Consejos para la juventud

El libro de Eclesiastés se escribió con una perspectiva pesimista, “debajo del sol” y enfocada solamente en las injusticias de la vida, las desigualdades y la falta de propósito, sentido, dirección y fuerza en todo lo que se hace cuando no se tiene a Dios como fundamento y meta principal de la vida. Sin embargo, las últimas secciones del libro levantan la mirada hacia la maravillosa verdad de que hay algo más allá “debajo del sol”. Existe un Dios que todo lo sabe, todo lo puede y que traerá a juicio toda las obras del hombre, aun las que haga encubiertamente. En ese sentido, el fin último de la vida del hombre trasciende su propia y limitada existencia y va hacia el trono de Dios: el hombre es responsable moral delante de su Creador. Las injusticias aparentes de la vida pierden su fuerza desmoralizadora a la luz de los propósitos divinos, de las obras de Dios, que se realizan aun a pesar de la pecaminosidad del hombre, y que dirigen toda existencia humana al cumplimiento de la divina providencia.

En este pequeño artículo, quiero examinar los últimos párrafos de este libro, que, a manera de conclusión, sirven de aleccionadores consejos de un hombre que vivió, que no se negó a experimentar nada de lo que este mundo ofrece, y que cayó en cuenta de que ni las riquezas, ni el placer, ni nada de lo terrenal puede satisfacer la angustiante necesidad espiritual que tiene el ser humano. Son consejos de un hombre experimentado a los más jóvenes que él y que, agrupados en cuatro secciones, nos ayudar a entender nuestra responsabilidad ante la vida y ante Dios.

Sección I: Eres responsable por tus decisiones (Eclesiastés 11:9 – 11:10)

Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios. Quita, pues, de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad.

Alegría, placer, independencia, auto suficiencia, decisiones basadas en la vista y en el corazón (sentimientos), fuerza física, impetuosidad y muchas cosas más son las marcas y características de la adolescencia y la juventud. Es tan natural estas características en esa etapa de la vida que muchos mayores recuerdan con añoranza los años en los que todo lo sabían, todo lo podían y no había límites. Aun la Palabra de Dios reconoce esto, pero nos da los límites razonables. Haz todo esto, dice el Predicador, disfruta tu juventud y tu fuerza, vive al máximo, pero conoce, entiende, sabe que sobre todas estas cosas serás juzgado por Dios. Somos responsables ante Dios por nuestras decisiones, y los adolescentes y jóvenes no son la excepción.

¿Está mal entonces vivir la juventud con gozo? Por supuesto que no, pero la Biblia nos hace responsables de cómo vivimos la vida delante de Dios. Asimismo, nos da los parámetros: vive con pasión pero no cedas a la ira y al enojo y toma las decisiones que desees, pero apártate del mal aun hasta en tu físico. Ten cuidado de como vives porque la fuerza y libertad que tienes no es permanente, no es lo más importante y no es determinante para la vida. Es vanidad, nos dice el Predicador, pasa, pero las consecuencias de tus decisiones quedan.

El mensaje de esta sección es: eres responsable por tus decisiones. Tu juventud es pasajera pero las consecuencias de las decisiones que tomes son permanentes y serán juzgadas por Dios.

Eres responsable por las deciciones que tomas

Sección II: Eres responsable por como usas el tiempo (Eclesiastés 12:1 – 12:7)

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia; cuando temblarán los guardas de la casa, y se encorvarán los hombres fuertes, y cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por las ventanas; y las puertas de afuera se cerrarán, por lo bajo del ruido de la muela; cuando se levantará a la voz del ave, y todas las hijas del canto serán abatidas; cuando también temerán de lo que es alto, y habrá terrores en el camino; y florecerá el almendro, y la langosta será una carga, y se perderá el apetito; porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán alrededor por las calles; antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud nos dice el Predicador. Es menester tener esta admonición en cuenta, porque tendemos a olvidarlo. Es maravilloso que Dios condescienda de tal manera con el ser humano, que a través de las páginas de su libro, clama a viva voz: ¡Acuérdense de Dios, recuérdenme! Háganlo porque la juventud, la fuerza, la memoria y todas estas cosas van en franco deterioro. Nuestro cuerpo está sujeto al pecado y condenado a la enfermedad y a la muerte, y si no tenemos en cuenta a Dios y le servimos cuando tenemos nuestras fuerzas completas, será más difícil cuando el envejecimiento haga presa de nuestro cuerpo.

Hay una verdad subyacente aquí que tenemos que identificar: Dios es eterno, nunca envejece, no se cansa, su inteligencia no tiene límites (Isaías 40: 28); sin embargo, nosotros si envejecemos, nuestra vista se apaga, nuestra mente se va volviendo menos clara. Nuestras espaldas se encorvan, nuestros cabellos se llenan de canas. Nuestra piel, alguna vez lozana y tersa se llena de arrugas e imperfecciones. El olor, el gusto y otras cosas que nos eran tan naturales van perdiendo su intensidad. Nuestro cuerpo va sufriendo la vejez y algún día se apagará. Volveremos al polvo de donde fuimos creados y nuestra alma y espíritu irán a enfrentarse con el Creador.

El mensaje de esta sección es: acuérdate de tu Creador mientras tienes fuerzas porque luego vas a tomar el camino de todos los mortales. Nuestro cuerpo, por causa del pecado, envejecerá y morirá; pero nuestra alma y espíritu pueden ser salvos del pecado si creemos en el nombre del Hijo de Dios, Jesucristo, quien se expuso a la muerte en la cruz para liberarnos de la condena del pecado. El cargo con el castigo de nuestro pecado para que nos arrepintamos y creamos en EL y seamos perdonados y tengamos vida eterna. “Yo soy la resurrección y la vida” nos dijo el Señor, y “todo aquel que cree en mí, aunque este muerto vivirá, y todo aquel que cree en mí no morirá eternamente”. La muerte no es el paradero final de nuestras vidas, pues tendremos que dar cara a nuestro Creador. ¿Crees en el Hijo de Dios? Él te libera de la condena del pecado y aunque tu cuerpo envejezca y muera, tendrás paz y vida eterna al lado del Señor en el cielo.

Eres responsable de como usas el tiempo de vida que tienes

Sección III: Eres responsable por aprender (12:8 – 12:11)

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad. Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor.

El resumen de todo lo vivido por el predicador es que todas las cosas bajo el sol son vanidad de vanidades. Nada es permanente, ni valioso, ni importante cuando lo analizamos a la luz de la perspectiva de Dios. Todo aquello por lo cual el hombre se desespera: dinero, bienes, sexo, amor, trabajo, títulos, cargos, etc.; todo ello no tiene la menor importancia a la luz de la existencia humana y de su responsabilidad última delante de Dios. Hubo un hombre muy rico que tenía muchos bienes y prosperaba tanto que se dijo a sí mismo: Muy bien, construye edificios más grandes, construye graneros, come, bebe, disfruta porque tienes bienes para muchos años (paráfrasis de Lucas 12:16-21). Sin embargo, ¿Qué le dijo Dios? Necio, porque necio es todo aquel que sigue las vanidades ilusorias y la misericordia de Dios abandona.

Esto lo entendió el predicador y se abocó a enseñar sabiduría al pueblo, a escribir y a dejar un legado de sabiduría para las siguientes generaciones. Palabras agradables, de verdad, que confrontan, que duelen, que incomodan, pero que son necesarias porque provienen de un sabio, de un maestro y un pastor. ¡Cuánto necesitamos esas palabras en nuestra vida! Lo necesitamos porque somos responsables por aprender. La ignorancia es una decisión y necesitamos edificar nuestras vidas sobre el fundamento sólido de una enseñanza buena, sólida y sistemática de la Palabra de Dios. Como jóvenes necesitamos dirección sabia y somos responsables por buscarla y aprender de la Palabra del Señor.

El mensaje de esta sección es: dado que la vida sin Dios no tiene sentido ni propósito, es necesario que entendamos que somos responsables por aprender a vivirla bajo la perspectiva divina, de tal manera que podamos vivir agradablemente para Dios y cosechar sus bendiciones.

Eres responsable por aprender y estudiar la Palabra de Dios

Sección IV: Eres responsable por temer a Dios y obedecerle (12:12 – 12:14)

Ahora, hijo mío, a más de esto, sé amonestado. No hay fin de hacer muchos libros; y el mucho estudio es fatiga de la carne. El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.

Por último, tenemos una amonestación del Predicador. Hasta ahora nos ha hecho saber que somos responsables por nuestras decisiones, por como usamos el tiempo de vida que tenemos y por aprender; pero ahora concluye diciendo que el mero conocimiento (relacionado con el mandato anterior de aprender) no es suficiente, no nos alcanza para vivir una vida “sobre el sol”. Tenemos que aterrizar los conceptos, los conocimientos a una vida practica de obediencia a Dios, la cual resume en dos pasos fundamentales: teme a Dios y obedécele. El temor a Dios, el principio de la sabiduría, es expresado en la vida diaria a través de la obediencia a dichos principios, leyes y mandatos del Señor. Este es el fin del discurso, el resumen de los consejos del Predicador a las generaciones que le seguirán: teman a Dios, hónrenlo, venérenlo, obedézcanlo, denle gloria. Esto es el todo, la esencia, el fin último, la meta principal de la vida del hombre, y quien da razón y sustento a la existencia humana. No somos una masa de células surgidas al azar, no somos un animal evolucionado, ni somos una máquina de carne y huesos que no tiene propósito, ni dignidad, ni valor. Somos seres creados a imagen y semejanza de Dios todo poderoso y somos responsables delante de El por la vida que hemos recibido, vida que se nos ha dado con el propósito de tener comunión con Dios por medio de la fe en Jesucristo, una vida que debe darle la gloria a Dios en todo lo que hagamos (1 Corintios 10:31).

Es menester que vivamos de esa forma porque Dios traerá toda obra a juicio, todo lo que hagamos, a la luz o encubiertamente, es claro para Dios y el, como el Juez de toda la tierra, hará justicia en su creación en el día que El mismo ha designado como el tiempo del cumplimiento de todas las cosas. En ese día, nuestro Señor Jesucristo volverá a la tierra por segunda vez para recoger a su pueblo y para juzgar a todos los hombres según sus obras. Más nos vale estar preparados para cuando llegue ese tiempo. Más nos vale haber vivido una vida de fe y obediencia a Dios, porque terrible cosa es caer en manos del Dios vivo.

El mensaje de esta sección es: somos responsables por temer a Dios y obedecerle. Esta es la voluntad de Dios para el ser humano, que crean en Él y le obedezcan (Hechos 17: 30-31) y así reciban la vida abundante que Jesucristo promete, porque viene el día del juicio y solo los que han creído en el nombre del Cordero de Dios y han lavado sus vestidos en su sangre serán salvos de la ira de Dios sobre la humanidad rebelde.

Eres responsable por temer a Dios y obedecerle

En conclusión, las generaciones que seguimos al Predicador somos responsables ante Dios. Es posible vivir una vida “sobre el sol”, una vida de satisfacción y sentido; pero ello requiere que temamos a Dios, le obedezcamos y entendamos nuestra responsabilidad delante del Señor de toda la tierra. Nuestra existencia no es vana ni vacía, todo lo contrario, tenemos valor y dignidad delante de Dios, y ello nos debe llevar a buscar a Dios en su Palabra para comprender como podemos vivir la vida abundante que Jesucristo prometió a todos los que creen en El.

Amén!