Al buscar al Señor en oración, me realiza una pregunta que me dejo intrigado. ¿A qué vienes? me pregunto. Me hizo recordar este pasaje de la Escritura:

Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? (1 Reyes 19:9)

Entendí la interrogante del Señor. Es que no podemos impresionarlo con nuestra verborrea religiosa, no podemos impactarlo con nuestras largas oraciones, con el sacrificio de nuestra carne y por el interés en obtener de Él unción y poder; o por nuestras aflicciones por su causa. Dios conoce los corazones y escudriña hasta lo más profundo del hombre. Conoce nuestras motivaciones. La pregunta no es para que El obtenga alguna información, es para que seamos conscientes de porque vamos a la presencia del Señor. Dios ya conoce porque vamos y si es genuino, fue porque El puso en nosotros ese sentir de buscar su rostro. Nosotros muchas veces no sabemos, vivimos engañados, orgullosos de nuestra comunión con Dios, de nuestra amistad con El. Lo gracioso es que nuestro supuesto conocimiento de El no produce mayor cambio en nuestras vidas. Carecemos de poder, no me refiero al espectacular derroche de manifestaciones, sino de aquel poder de Dios que cambia un corazón rebelde e insensible en uno sensible y obediente a su Palabra.

Cuando entendí la interrogante, pude hacer una evaluación sincera de mi devoción al Señor. Pude entender que muchas veces voy al Señor en espera de que, como lo busco, debo recibir respuesta. O en busca de impresionarlo con mi determinación de agradarle. No, nada más fuera de la realidad. Y me arrepentí. Lo busco porque lo amo, porque no tengo otro lugar a donde ir, porque todo lo que deseo en mi vida quiero que provenga de Él. Dios es mi porción en la tierra de los vivientes, es mi herencia. Voy porque mi debilidad es muy grande y El es mi fuente, El es mi sustentador. Sin El no soy nada. Nada puedo hacer separado de Él.

Elías presento una visión distorsionada de la realidad al responder la pregunta del Señor. Dios, en su misericordia, le mostró sus planes y propósitos, mayores y más altos que las circunstancias que rodeaban a Elías. Creo que este hombre de Dios entendió. Pudo reconocer el estado de su corazón y continuó la carrera que tenía por delante. Todo cristiano debe responder esa pregunta si quiere realmente acceder al privilegio de comenzar a conocer el corazón y el rostro del Señor en oración. Nada impuro o distorsionado puede ingresar en su presencia. Solo los muertos pueden ver su rostro. Estaré dispuesto a morir, negándome a mí mismo y a lo que yo considero mis derechos para tener el bendito privilegio de ser contado como uno que moraba en la presencia de Dios?

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