Oraba al Señor por su Iglesia, por amigos y por mi vida misma cuando me llamo la atención al hecho de que muchos cristianos son leprosos espirituales. No tienen la enfermedad física; pero sus almas evidencian muchos de los síntomas de esta penosa enfermedad. La lepra se caracteriza por una insensibilidad de la piel del que la padece que lo lleva a dañarse severamente dado que no siente nada.

La piel que es el órgano que nos protege del contacto con el mundo exterior está dañada, su capacidad de reconocer los agentes que pretender ingresar ha sido anulada y cualquier cosa pueda ingresar sin que el hombre que la padece lo vea sino hasta cuando ya hay una herida y, en el peor de los casos, ya se ha infectado.

Asimismo, la Biblia habla acerca de los leprosos y enseñaba específicamente instrucciones sobre personas que la padecían. Un leproso se reconocería fácilmente por una capa, por una campanilla, por vivir aislado y por que cuando caminaba anunciaba su paso al gritar “Leproso, leproso”. Había una gran cuota de vergüenza, aislamiento que aunado a su incapacidad de sentir y de hacer nada hacían de esta una existencia miserable. En comparación, muchos cristianos viven una lepra espiritual. Sus almas se han insensibilizado con la anestesia de los placeres del  mundo y la ausencia de meditación y oración, de tal suerte que se han anulado o debilitando en gran manera sus sentidos espirituales para discernir lo que les edifica de lo que les lleva más y más a la impiedad. Sus vidas están marcadas por la vergüenza, por la incapacidad para hacer nada por el ámbito espiritual y por la ausencia de dolor: dolor por el pecado, dolor por ofender al Señor, dolor por cualquier cosa que se haya introducido en su vida que les este alejando del Señor. Ciertamente la lepra espiritual es más triste que la física y quienes la padecen están en un gran riesgo de perder una vida co el Señor.

Quiera el Señor restaurar nuestra “piel espiritual”, para que nuestros sentidos estén nuevamente alineados con su corazón y podamos discernir lo que nos edifica de lo que no y seamos sanados. No hay sino una sola cura y esa es el acudir en urgencia, humildad y dolor a los pies del Salvador. Así como el leproso que le dijo al Señor “Si quieres límpiame” y fue recibido con las dulces palabras de nuestro Salvador: “Quiero, se limpio”; así el Señor se complazca en sanarnos y devolvernos a una vida vibrante, audaz y llena del poder y del temor de Dios.

Amén.