Hoy hablaba con un amigo de hace varios años, al cual no veía después de mucho tiempo, y claro, como es propio de un reencuentro asi, nos preguntabamos mutuamente en que estabamos, que haciamos y si ya nos habiamos casado y todas esas cosas que suelen preguntarse los amigos que no se ven durante un lapso de tiempo. Me alegró el corazon saber que mi amigo sigue firme en la fe, avanzando y siendo constante en su llamado y encargo. Cuando me pregunto por mi y le conte sobre algunas cosas que habia vivido y como el Señor habia tratado en algunos aspectos de mi vida, me dijo algo que me sorprendió y me dejó pensando. Me dijo “que bueno hermano, estas enfocado en el Señor y en su llamado“; y me sorprendió que me lo dijera porque suena bonito si alguien te lo dice, pero realmente involucra muchas mas cosas; suena mas bonito de lo que realmente es y es algo que me puso a meditar.

Normalmente vemos a las personas como productos terminados; pero no nos percatamos del proceso, del trato de Dios con sus hijos y que bajo la superficialidad de los “éxitos” o “logros” hay toda una historia de luchas, derrotas, victorias, disciplina, auto negación que no es tan bonita ni simple de contar; pero que es el sustento sobre el cual se puede realizar todo lo demás en la vida cristiana. Nos ayudaría mucho como cuerpo de Cristo si dejamos de “endiosar” a quienes han “logrado grandes cosas” para Dios, entendiendo primero que lo mas grande según la Escritura no se puede ver o tocar, es espiritual y se trata básicamente de amar a Dios con todo nuestro ser (Marcos 12:30), y ser conformados a la imagen del Hijo de Dios (Romanos 8: 29). Si entendemos, reconocemos, disfrutamos y vivimos el proceso del trato de Dios no solo en nuestras vidas sino en las vidas de nuestros hermanos, dejaremos de entretenernos con lo visible, que puede ser engañoso, y nos concentraremos en las cosas que no se ve, que son las mas importantes pues son eternas (2 Corintios 4: 18)

Nadie le ha preguntado a aquel que ama a Dios con todo su corazón sobre esos días y noches llenos de incertidumbre, cuando no sabe si la decisión que tomó era la mas conveniente, o cuando tuvo que dejar a un amor de lado por causa del evangelio, o cuando pasó una noche sin dormir por la carga, por la preocupación. Suena heroico, pero hay un dolor implícito allí que no vemos. Vemos las cosas bonitas pero nos olvidamos de esos días terribles cuando se equivocó, cuando pecó haciendo lo malo delante del Señor y de pronto todo lo avanzado se derrumbó, de cuando el corazón se endurece y la voluntad se quiebra. Quienes han pasado esos valles de angustia terrible saben de lo que hablo.

Nadie ha visto al pastor que es “exitoso”; pero que tiene que enfrentarse  a crisis de desánimo tan fuertes que derrumbarían hasta al mas impetuoso de entre nosotros. Claro, solo vemos numeros, vemos y calificamos según el “exito” material, pero no vemos el trato duro que recibe nuestro carácter, no vemos la renuncia, las lágrimas, la negación, la disciplina a la que nos sometemos y las cosas que tenemos que abandonar, que no son pecaminosas; pero que nos distraen del llamado de Dios. Nadie nos obliga a hacerlo; pero lo hacemos porque hay un encargo divino, una meta superior.

Pienso en Pablo cuando dijo lo siguiente:

De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias.   (2 Corintios 11:24-28)

 Veo a un hombre perseguido, atribulado, golpeado, rechazado, padeciendo necesidad, no persiguiendo sus propias comodidades, sino muriendo a si mismo por la causa de Cristo. Veo a un hombre que ama a Dios al punto de dejar de lado su propia vida por causa del evangelio; pero eso le trae dolor, sufrimiento, rechazo, golpes, frío y muchas cosas que no nos gustaría experimentar.

Pero aun hay mas:

Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. (2 Corintios 12:7-8)

Veo a un hombre que lucha. No es alguien perfecto, no es el gran apostol Pablo (aunque de hecho lo es, y es un tremendo hombre de Dios); pero veo a un discipulo de Cristo necesitado, humilde y sujeto a padecimientos, pecados y luchas como todos los demas. Pablo luchaba hermanos, y se esforzaba por vivir su cristianismo (1 Corintios 9:26-27). No era un producto terminado (Filipenses 3:12), era alguien digno de imitar (Filipenses 3:17) no de “endiosar”. Pablo buscaba formar seguidores de Cristo, no de Pablo. Y ese es nuestro defecto: vemos a los hombres como modelos terminados y los idolatramos, poniendolos por encima de los demas; o en caso contrario,  vemos personas que aun son débiles y las descalificamos automaticamente. Pero eso no debe ser así, debemos tener la optica biblica sobre este asunto: No somos modelos terminados, no somos perfectos, pero tampoco somos como eramos ayer, estamos en un constante crecimiento (Proverbios 4:18).

Al final, ¿cual es el secreto para seguir creciendo sin desanimarse por las luchas o envanecerse por los logros?

Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Corintios 12:9-10)

El punto es que no se trata de nosotros. Si hemos logrado algo para el avance del reino de Dios o para el fortalecimiento de nuestra vida espiritual, es por la gracia y misericordia del Señor. A El sea la gloria porque El lo ha producido (Filipenses 2:13). Si aún luchamos (y mis hermanos, siempre lo haremos en algún aspecto u otro), podemos consolarnos y fortalecernos en el poder y gracia de Dios. El Señor Jesucristo nos llena y completa (Colosenses 2: 10), supliendo todo lo que no somos y lo que no tenemos. Podemos confiar en El, su amor permanece inalterable aun cuando logramos grandes victorias, como cuando mordemos el polvo de la derrota y la frustración. Nuestro Dios es fiel.

Amen!