En el camino de la vida cristiana, muchas veces experimentamos momentos de gran tensión, frustración y desánimo. Es en esos momentos cuando queremos “tirar la toalla”, dejarlo todo y volver a una vida “normal”, pasiva, mediocre y de desobediencia. Muchas son las razones o circunstancias que nos pueden haber llevado a ese punto de cansancio, desánimo y depresión: una traición en el ministerio, demasiada carga en el mismo, la incomprensión de la gente, o el poco fruto que vemos en nuestra labor en la obra del Señor.

Tal vez es una situación sentimental, una ruptura, o algo peor; un pecado que no podemos vencer hasta el momento y en el cual siempre estamos cayendo, un conflicto familiar muy fuerte, la pérdida de un ser querido; cualesquiera sean las circunstancias, el punto es que cuando llegamos a considerar el “tirar la toalla” y volvernos a lo que hacíamos antes, estamos entrando en terreno peligroso. Seria muy facil en este punto decir que no es lo correcto, que debemos seguir pese a todo, y eso suena bien, muy bíblico; pero sería completamente frío e impersonal, ademas de irreal: la mayoría de nosotros hemos pasado, y pasaremos, momentos muy difíciles, donde entramos en “shock espiritual” y no atinamos a hacer ni decir nada. Las grandes oraciones, los momentos de fe están un poco lejanos en estos tiempos de desierto espiritual; pero aun así podemos, y debemos, encontrar consuelo en la Palabra de Dios.

Quiero que me acompañes a ver el caso de dos hombres de Dios que pasaron momentos muy duros:

1. El caso de Moisés

“Entonces volvió Moisés a Jehová, y dijo: Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito”   (Éxodo 32: 31-32)

No debe ser nada fácil para ningún líder dirigir mas de 2 millones de personas, sobretodo cuando estas constantemente se están alejando de Dios, murmurando, quejándose y haciendo todo lo contrario de lo que uno planea y enseña. Llegó un punto en que la desesperación de Moisés llegó a tal grado que, al ver el gran pecado que había cometido el pueblo de Israel al hacerse dioses de oro, y por el amor que tenía por ellos, pidió a Dios que lo borre del Libro de la Vida. ¿Te imaginas tal oración? Prefería la condenación eterna con tal de que su pueblo tuviera una oportunidad mas. ¿Cuanta presión tiene que tener una persona para hacer una oración así, sin importarle ya su llamado, vida, familia?

Seguramente no sabremos con exactitud que pensamientos pasaban por la mente de Moisés; pero si sabemos la respuesta de Dios:   La salvación, o condenación, eterna es un asunto personal. Moisés podía estar pasando gran presión, dolor, desesperación por el estado degenerado de su pueblo; pero eso no cambiaba la perspectiva de Dios: Moisés era su siervo, El lo había escogido, había hallado gracia en sus ojos y lo había conocido por su nombre (Éxodo 33: 17). Ninguna situación puede cambiar la perspectiva de Dios para con sus hijos: han hallado gracia en sus ojos, tienen vida eterna y nadie las arrebata de su mano.

2. El caso de Elías 

“Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”    (1 Reyes 19: 3-4)

El caso de Elías es un tanto similar. Hace poco había tenido una apabullante victoria espiritual en el monte Carmelo, frente a los profetas de Baal, y ahora, debido a la amenaza de Jezabel, huye temeroso para salvar la vida. Sin embargo, en plena huida, se desea la muerte, cansado de tanta dificultad en el ministerio. El es la segunda persona que le pide al Señor la muerte; Moises fue la primera persona en hacerlo. Y en este caso, la respuesta de Dios es: come y bebe, porque largo camino te espera (verso 7)

¿Y porque debía seguir caminando? Porque las dificultades no solo no alteran la perspectiva que Dios tiene de nosotros, sino que tampoco alteran la perspectiva que Dios tiene de la misión, del encargo que nos ha dado. Elías era un siervo de Dios, y tenia una misión, y debía cumplirla. Para ello, contaba con el favor, poder y protección de Dios; pero el desanimo le hizo olvidar eso. Cuando llego al monte Horeb, tuvo un encuentro con Dios, un nuevo encargo y nuevas fuerzas para seguir adelante.

Entonces, vemos claramente que no debemos colgar los guantes, porque Dios no ha cambiado, aunque nosotros si cambiemos. Estamos seguros en El, y tenemos una misión por delante. Corramos a su presencia, aprendamos a esperar en El, y halle nuestro corazon consuelo en saber que Dios sigue con nosotros, no nos ha abandonado, pase lo que pase.

Me faltaría el espacio para hablar de David, Jeremías, Pedro, quienes también pasaron momentos de gran desánimo, algunos por pecado en su vida, otros por las dificultades del ministerio. Pero la divina respuesta siempre ha sido la misma: Sigueme, la gracia de Dios sigue estando sobre ti. Hay mucho camino aún por recorrer. ¡ Esfuérzate!

¡No desmayes! Dios está contigo. Nada de lo que te ha acontecido esta fuera de su entendimiento, conocimiento o poder. La mano de Jehová no se ha acortado. Nuestro Dios reina.

Amen!