Todo creyente ha sido llamado a predicar la Palabra de Dios. Algunos lo realizarán a tiempo completo, según el llamado al ministerio que reciban de parte del Señor, otros lo harán a la par de sus labores cotidianas; sin embargo, tanto para un caso como para el otro, la importancia de hacerlo bien es igual: se debe predicar, y lo que se predica no es un mensaje humano, no es un consejo de hombres, no es un discurso  moral, sino es la bendita Palabra de Dios, el mensaje del Dios Todopoderoso al hombre.

Este encargo de predicar la Palabra es un privilegio pero también una responsabilidad. Como tal, se espera que seamos hallados fieles en hacerlo, al comunicar el mensaje de Dios a un mundo perdido, en amor, pero con toda la claridad, firmeza y energía que dicho mensaje merece. Y esto es muy difícil de hacer al considerar que muchas veces preferimos “suavizar” el mensaje, o desviar la atención de las personas hacia los “problemas periféricos” del hombre, los cuales no son mas que los síntomas del problema real y mas grave: el estado del corazón del hombre.

Cuando digo esto, no me refiero a que hay que “espiritualizar” todo y olvidar los asuntos cotidianos de la vida humana. Nada seria mas ineficiente que predicar los eternos principios de la Palabra de Dios pero sin aterrizarlos a su aplicación en la vida humana. Creemos que Dios ha hablado a cada área de la vida del hombre; sin embargo, a partir de cada necesidad en particular inicia al viaje que nos debe llevar al punto común y central del asunto: el hombre en su esencia y en todos sus aspectos se encuentra depravado por el pecado y solo un “nuevo nacimiento”, una nueva creación hecha por Dios a través de la fe en el Señor Jesucristo puede solucionar el problema central del hombre y a partir de allí, empezar el proceso de sanidad y restauración de cada área de la vida humana. Cualquier cosa menor a esa es simplemente una perdida de tiempo: el hombre no puede cambiarse a si mismo, ni mucho menos intentar aspirar a una “conciencia o moral superior”, siendo que esta corrompido en lo mas intimo de su ser. Seria efectivamente, convertirlo en un “sepulcro blanqueado” en el mejor de los casos.

Sembrar la Palaba de Dios

Viendo en la Escritura, vemos puntos importantes a considerar cuando predicamos la Palabra de Dios. Tomarlos y hacerlos parte de nuestra vida y ministerio nos ayudarán a ser siervos mas eficientes en la labor que el Señor nos haya encomendado, así como mejores comunicadores del mensaje de salvación al mundo que tanto lo necesita.

 

1. Predicar todo el consejo de Dios

“Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios”  (Hechos 20: 26-27)

Desde el inicio la valla es alta: aquí nomas muchos quedan atrapados en un inútil intento por predicar o enseñar la “ultima moda” evangélica, o la revelación del momento. Sabemos también de aquellos que hacen énfasis exagerado en ciertos aspectos de la verdad, o quienes maliciosamente, toman partes de la Escritura, las tuercen y con ellas se dedican a asaltar los caminos, robando indiscriminadamente a creyentes inmaduros, quienes por no tener aun un conocimiento de la verdad, se dejan llevar por cualquier viento de doctrina. Lo peligroso de esto es que estamos creando una generación de cristianos parcializados con cierta parte de la verdad o con una versión distorsionada del evangelio. Cuando esta nueva generación llegue a enseñar la Palabra, ¿que enseñaran?

Sin embargo, vemos en la Escritura que Pablo se preocupó por enseñar todo el consejo de Dios: el amplio abanico de las enseñanzas bíblicas, para luego no tener que preocuparse delante de Dios de  no haber sido fiel en la predicación.

2. Predicar a tiempo y fuera de tiempo

“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”  (2 Timoteo 4: 1-2)

La actitud del predicador debe ser la de predicar en todo tiempo: esto nos hace recordar la urgencia del encargo que hemos recibido. No estamos aquí para dar consejos, para contar cuentos, para entretener a las personas. Estamos para predicar el mensaje de la salvación, el único que puede hacer la diferencia entre el cielo y el infierno para las personas que aun no han conocido al Señor Jesucristo. Y ello debemos hacerlo redarguyendo, reprendiendo, exhortando; es decir, en las maneras que sean necesarias según la ocasión y la persona lo amerite; pero con paciencia (considerándote a ti mismo, no sea que tu también caigas) y doctrina (para no dejarme llevar por mis emociones, por mi ganas de que las personas respondan de la manera y en el tiempo en que yo quiero).

Debemos predicar la Palabra de Dios con pasión y conocimiento. Ambos aspectos son necesarios si queremos ser mensajeros eficientes del mensaje de Dios a un mundo que esta embotado con miles de mensajes que el mundo se encarga de transmitir muy bien, los cuales tienen como único objetivo distraer su mirada y atención del Salvador Jesucristo.

Predicar la Palabra de Dios es tanto un privilegio como una gran responsabilidad

3. Predicar siempre el evangelio de Cristo

“Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio”  (2 Timoteo 4: 5)

“Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera(A) con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios”  (Hechos 20: 24)

El encargo de la predicación tiene un eje central alrededor del cual siempre debe girar y no desviarse: el evangelio del Señor Jesucristo. Y aquí tenemos un gran problema porque tenemos por costumbre una vez que evangelizamos a las personas, no volvemos a enseñar de la salvación, de la obra de Cristo en la cruz, sino que vamos a temas mas “avanzados” o peor aun; nos desviamos a una predica motivacional, sin una base bíblica firme, que solo forma creyentes que están tan desinformados del plan de Dios para la humanidad escrito desde Génesis hasta Apocalipsis (con todas las implicaciones que ello conlleva para la vida del creyente), como de la maravilloso de la salvación que han recibido de parte de Dios.

Pero un predicador debe siempre tener un mensaje cristo céntrico: no se puede colocar otro fundamento (1 Corintios 3: 11). Los creyentes deben conocer y estudiar constantemente acerca de “nuestra común salvación” (Judas verso 3), y es responsabilidad del pastor, del maestro de escuela dominical, del predicador enseñar constantemente acerca de estos temas. Un corazón que no conoce la obra del Señor en su salvación carece de una base profunda de entendimiento y gratitud hacia Dios por lo que ha hecho por el. Tal vez eso explica en parte la frialdad, apatía e indiferencia de muchos creyentes hacia la obra de Dios: no tienen conciencia real de cuan necesitados estaban de salvación, y de lo terrible y maravilloso que sucedió en la cruz del Calvario (sin considerar que esto nos deja pensando si realmente recibieron la salvación por la predicación del evangelio o una “convicción” humana, emocional y pasajera).

 

4. Predicar confiando en el poder de Dios

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”  (Romanos 1: 16)

“¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?”  (Jeremías 23: 29)

Muchos predicadores pueden cansarse o frustrarse al ver que sus esfuerzos por predicar la Palabra de Dios tienen poco resultado. La gente parece ser receptiva al mensaje, pero reticente a obedecer, insensible y dura con respecto a las demandas de Dios dadas en su Palabra. Y entonces, por la impaciencia y frustración de no ver resultados cometemos el terrible error de cambiar la predicación sistemática y constante de todo el consejo de Dios, por la motivación, el animo y las tácticas humanas para persuadir, emocionar y mover las emociones, pero no cambiar el corazón.

Pero eso no es lo que la Biblia enseña: el evangelio es poder de Dios para salvación, y la Palabra de Dios es martillo que despedaza la roca de los corazones mas endurecidos. La Palabra no falla, no volverá vacía, sino que tendrá el efecto que Dios quiere que tenga. Entonces, ¿cual es el problema? El problema es que no somos fieles y pacientes para martillar con la Palabra de Dios, vez tras vez, a tiempo y fuera de tiempo, esperando pacientemente, y regando nuestra labor con oración y lagrimas. Suena fácil decirlo, es mas difícil hacerlo, pero es la manera como debe proceder todo aquel que toma el mensaje de Dios para predicarlo.

Consejos para el predicador

Hemos considerado varios versículos de la Escritura, pero todos ellos apuntan a la gran responsabilidad del predicador de anunciar el mensaje de Dios. En ese sentido, el es solo un vocero, un atalaya, un anunciador del mensaje de Cristo, no para que la gente lo mire a el, sino a Jesucristo. Y eso ya de por si es una ardua labor, pero nada menos que eso exige el Señor de nosotros.

Amen!

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