Quien ya tiene cierto tiempo en los caminos del Señor reconoce, y en cierto modo teme, esta frase que voy a mencionar: “Estoy pasando por un desierto”. Pero, ¿a que se refiere exactamente esta frase?. Bueno, esta frase es comúnmente usada por muchos creyentes para referirse a un tiempo de sequía espiritual, donde no hay deseos de orar, ni de leer la Palabra, ni de congregar, ni de nada. La emoción y el fervor, la pasión por servir a Dios se ha apagado y solo hay rutina, costumbre, frialdad, indiferencia. Incontables noches donde no podemos esbozar ni siquiera una pequeña oración, semanas donde parece que nada sucede, donde todas las puertas se cierran y nada funciona. Sabremos que no debemos vivir por emociones sino por nuestras convicciones; pero aun así, tenemos esa desazón, ese desanimo galopante, el cual nace en nuestra propia incapacidad para vivir correctamente para Dios y en la duda, el temor y la incertidumbre de no saber que esta sucediendo y sobretodo, porque Dios lo permite.

Desanimado y frustrado

Si te has sentido así en algún momento de tu vida cristiana, bienvenido al club! Somos muchos los que hemos pasado por innumerables desiertos en la vida, en los cuales estamos solos, angustiados, heridos, abatidos, sin dirección ni nada claro adelante. El problema es que muchos se quedan en dicha estación de la vida por mucho tiempo, incluso años, cuando no es necesario que sea así. Sabemos que el Señor ama a sus hijos y los disciplina para que participen de su santidad (Hebreos 12: 10). Y esa es la clave: El Señor nos lleva a momentos en nuestra vida donde debemos tomar conciencia de que nos hemos amoldado al mundo y nos hemos rodeado de cosas que llenan nuestro corazón y nos impiden amar a Dios como El se lo merece.

Considera lo que dice el profeta Oseas:

“Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino, y la cercaré con seto, y no hallará sus caminos. Seguirá a sus amantes, y no los alcanzará; los buscará, y no los hallará. Entonces dirá: Iré y me volveré a mi primer marido; porque mejor me iba entonces que ahora”     (Oseas 2: 6-7)

El libro de Oseas nos habla del incondicional amor de Dios. El Señor mandó a su profeta a casarse con una mujer de muy mala reputación y aun a buscarla luego de que ella lo había abandonado, como una muestra del amor de Dios, que busca a su pueblo que se ha apartado de El. Esa búsqueda de Dios por el corazón de su pueblo es la misma que el Señor realiza con sus hijos. El nos quita nuestros amantes, esos “sustitutos” del gozo y la comunión con el Señor, para que quedemos solos, desnudos y vulnerables, con el fin de que nos veamos a nosotros mismos y entendamos que si no estamos cerca del Señor, no tenemos realmente nada. ¿Cuales son esos sustitutos? Bueno, podemos hablar del éxito ministerial, el dinero, la televisión, las comodidades, un trabajo, la seguridad financiera; en fin, todo aquello que llena nuestro corazón y nos aparta del sincero y puro amor a Cristo. Nada de estas cosas en si son malas, pero si son dañinas cuando nuestro corazón aun es inmaduro y no ha aprendido a colocar las prioridades en el orden correcto.

“Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”     (Oseas 2: 14)

En el desierto, Dios nos habla. Hay un oasis en medio del desierto!

En la soledad y la angustia entendemos que las cosas a las que nos aferramos tan desesperadamente no son realmente importantes, que nada podemos hacer separados de Dios y que cuando hemos perdido la comunión pura y el amor sincero y desinteresado por el Señor, todo lo que hagamos será hecho en la carne, puramente humano y por lo tanto, sin fruto ni trascendencia.

El desierto es el tiempo de conocerte y de apreciar el amor de Dios

Quiera Dios que entiendas que si estas pasando por un desierto espiritual, es tu tiempo de análisis, quietud y restauración. No nos desesperemos porque nada pasa o porque al parecer lo hemos perdido todo. Nada mas lejos de la realidad: estamos sin obstáculos ni distracciones ante el Único que puede sanarnos, restaurarnos y levantarnos otra vez. Despojémonos de todo peso y el pecado que nos asedia y busquemos el rostro de Dios en la quietud de tu desierto. Conocerás el amor de Dios de una manera que nunca lo habías visto. Entenderás cuan miserable, pecador, sucio e incapaz eres realmente, y cuan amoroso, bueno y fiel es Dios quien te llamo y te quiere usar no por causa tuya, sino a pesar de ti. Y todo porque Dios te ha amado con amor eterno, porque El es fiel y para siempre su misericordia.

Amen!