Hace un tiempo atrás publique un post donde mencionaba lo que nos enseña la Escritura acerca de no entrar en yugo desigual, es decir no asociarnos permanentemente en ningún modo con una persona no creyente, sea para el caso de negocios, de manera sentimental u otro tipo de asociación que requiriera un compromiso mas allá de la mera amistad y compañerismo que todo creyente debe tener con todos, sean cristianos o no.

Normalmente este tema es mas candente cuando se habla del aspecto sentimental, dado que es lamentablemente muy común ver creyentes que entran en relaciones de enamoramiento, noviazgo y aun hasta matrimonios con personas no creyentes; o cuando uno de los cónyuges se hace cristiano y el otro no. Hay incluso otro aspecto del yugo desigual: cuando un creyente maduro en la fe inicia una relación sentimental con otro creyente relativamente nuevo e inmaduro en la fe, o cuando ambos tienen esferas de interés y llamados diferentes en la obra del Señor; pero estos dos casos no los consideraré en este tiempo.

En el caso del enamoramiento y del noviazgo, no hay mas vuelta que darle y el asunto es simple (aunque no fácil): en obediencia a la Palabra de Dios, esa relación debe romperse. Un creyente no debe entrar en yugo desigual, esa relación no debió iniciarse nunca, y el que tal hace, debe aceptar su pecado, renunciar a el y cortar esa relación. Lamentablemente habrán consecuencias, dolor y angustia en ambas partes, pero es mejor un dolor temporal al inicio que una vida de desobediencia y pecado delante de Dios, producto de un matrimonio de dos personas que pertenecen a dos reinos diferentes y que tienen prioridades y motivaciones diferentes.

Yugo desigual es fuente de frustración, dolor y problemas

Pero, ¿que pasa en el caso de un matrimonio, cuando una persona creyente ya esta viviendo con una no creyente, e incluso ya tienen hijos? ¿La Biblia nos enseña algo acerca de este tema tan difícil? Pues si, Dios no nos ha dejado solos en esto tampoco, nos da dado enseñanza para poder tomar la decisión correcta.

El primer texto que examinaremos se encuentra en 1 Corintios 7: 10-16:

Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer.
Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. 
Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. 
Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos. 
Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios. 
Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?
                   (1 Corintios 7: 10-16)

El texto bíblico es bien claro. El apóstol Pablo construye estas ordenanzas, donde incluye mandatos específicos del Señor, tanto como su opinión autorizada como apóstol de Jesucristo, en base a la orden misma del Señor Jesús sobre el matrimonio, registrada en Marcos 10: 7-9 y Lucas 16: 18. El matrimonio, según el Señor Jesús, es sagrado y santo delante de Dios. No se debe romper, el divorcio no es la solución sino que es dado a causa de la dureza de los corazones de los hombres (Mateo 19: 3-8). Debido a esto, el apóstol Pablo empieza diciendo que la mujer no se debe separar del marido, ni el marido debe abandonar a su mujer; porque esto es lo que el Señor Jesús enseñó. Sin embargo, vemos que aborda el caso especial de creyentes que tienen parejas no creyentes y para ellos dice lo siguiente:

  • Si el cónyuge que no es creyente consiente en vivir con el hermano(a), entonces no deben separarse, pues es ese el sentido original del matrimonio; además que el cónyuge incrédulo, y sus hijos, se encuentran bajo la influencia del cónyuge creyente, bajo la bendición de estar unido a un hijo(a) de Dios y eso es algo muy bueno. No dice que son salvos automáticamente, sino que se hallan bajo la bendición de un creyente y claro, en esas condiciones pues el deseo y anhelo del cónyuge creyente debe ser la conversión de su pareja e hijos.
  • Si el cónyuge que no es creyente quiere separarse, entonces tiene libertad para hacerlo, pues Dios nos llamó a paz no a esclavitud. En este sentido, el divorcio es permitido (no justificado) debido al deseo explicito del cónyuge no creyente de no seguir viviendo con su pareja o en caso de fornicación (adulterio – Mateo 19: 9).

Pero Pablo termina estos versos con una nota de esperanza. El no esta a favor del divorcio, y dice lo siguiente:

Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?

Esto es una perspectiva diferente de ver el matrimonio cuando existe yugo desigual. En vez de caer en la desazón y el desanimo porque la convivencia es insoportable y la pareja no creyente, obviamente, no teme a Dios y hace cosas detestables para su cónyuge; Pablo nos hace ver la otra cara de la moneda: ¿Quien sabe si tu puedes hacer salvo a tu pareja? O sea, en vez de ver el matrimonio en yugo desigual como una tortura interminable o un castigo, Pablo dice que lo veamos como la oportunidad para ganar esa alma para el Señor. Claro, esta situación nunca debió ocurrir; pero tal vez llegamos al Señor ya casados y no podíamos saber que estas cosas eran así; por lo tanto, Pablo nos anima con estas palabras.

El apóstol Pedro termina de redondear la idea cuando dice:

Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. (1 Pedro 3: 1-2)

¿Hay esperanza en un matrimonio en yugo desigual? Por supuesto que si! Dios es fiel y no se equivoca; pero sus caminos no son como los nuestros ni sus pensamientos como los nuestros. Donde nosotros vemos fracaso y derrota, Dios ve oportunidades donde glorificarse. Así pues, un cónyuge creyente tiene la hermosa oportunidad de ganar a su pareja para el Señor, por mas imposible que parezca. Solo basta tener la perspectiva bíblica sobre el asunto, paciencia, mucha paciencia, oración y una conducta de amor, respeto y consideración, en franca imitación al Señor, aun cuando el cónyuge incrédulo no lo merezca.

Un matrimonio exitoso requiere esfuerzo, amor y obediencia al Señor

No digo que sea fácil, pero digo que para Dios no hay nada imposible. El ha prometido estar con nosotros todo el tiempo y cuando le obedecemos, El se glorifica.

Que el Señor nos bendiga y a los hermanos(as) que están pasando por esta difícil situación les de fuerza, valor, amor y decisión para obedecer al Señor y para amar a sus cónyuges con el amor incondicional de Dios. ¿No es eso acaso lo que el Señor hizo por nosotros: amarnos cuando no lo merecíamos, cuando no lo buscábamos?

Amen!