¿Un hombre como Pablo podía tener miedo? Vemos en las Escrituras como este gran siervo de Dios enfrentó oposición, dolor, golpes, persecución de toda índole sin desanimarse. Es un poco difícil imaginar que un hombre tan decidido, radical y lleno del Espíritu Santo pudiera tener temor. Sin embargo, en tres oportunidades en sus cartas, Pablo menciona que teme.

En ninguna de las tres oportunidades, su temor se refiere a circunstancias externas que el estuviera pasando, sino siempre se debía a situaciones del ministerio, tanto en el mismo como en los creyentes a quienes servía.

En esta oportunidad quiero examinar una de esos versículos donde Pablo nos dice que teme:

“Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo.
Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”  (2 Corintios 11: 2-3)

1. El corazón de Pablo para los creyentes

Pablo sentía celo por los creyentes; pero no como que fueran su propiedad, sino con un celo de Dios. Usa la figura de un padre que entrega la novia al futuro esposo, que mientras el no llega a recogerla, debe cuidarla, dado que se ha desposado con un solo esposo (esto nos habla de la idolatría, de tener otros amores en el corazón que compitan con el Señor), para presentarla virgen pura al Señor (sin impureza, ni inmoralidad de ningún tipo). Pablo buscaba pureza espiritual y moral de los creyentes.

Esto nos debe hacer pensar. ¿Que buscamos los lideres ahora en la iglesia? ¿Números, espectáculo, conocimiento, o anhelamos santidad y carácter cristiano en los creyentes?

2. El temor de Pablo por los creyentes

Pablo temía que los creyentes no pudieran llegar a esa meta en Dios. Su temor no es irracional, o carnal; esta bien fundamentado en el siguiente hecho:

“como la serpiente con su astucia engañó a Eva”

 

Había un hecho incontrovertible y Pablo no lo ignoraba: los creyentes tenemos un enemigo que anhela devorarnos y alejarnos del Señor. Para ello, se remonta a Génesis 3, donde recuerda como Satanás engaño a Eva con respecto a Dios (haciéndolo dudar de su carácter), con respecto a los mandatos de Dios (haciéndole dudar de la naturaleza bondadosa de los mandatos de Dios), y con respecto a las consecuencias de la desobediencia (haciéndole dudar de que no morirían, o sea no habría consecuencias por su desobediencia). Satanás es padre de mentira y engaño a Eva para que ella viera, codiciara y tomara el fruto, rebelándose contra la voluntad de Dios y estableciendo su propios razonamientos por encima del mandato de Dios.

Satanás engañó a Eva para que desconfiara de Dios

“vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo”

Así como Eva había sido engañada, Pablo teme que los creyentes también lo sean. Claro, ahora Satanás no engañaría a los creyentes de la misma manera como lo hizo con Eva: serian demasiado obvias sus intenciones, y cualquier creyente estaría en condición de reconocer y rechazar dicho ataque.

No, ahora Pablo nos muestra, inspirado por el Espíritu Santo, cual es la estrategia que usa Satanás para lograr su mismo objetivo: robar, matar y destruir a través del engaño. Esta estrategia consiste en desviar sutilmente, paso a paso a los creyentes a través de la intoxicación de sus sentidos con todo lo que ofrece su sistema mundano de cosas, las cuales tienen como objetivo alejar al creyente de la Palabra de Dios y de la pasión, piedad y fervor de la devoción a Cristo.

¿Porque los sentidos? Es claro, porque ellos son la puerta de entrada y de comunicación de nuestro interior a este sistema que Satanás ofrece a los hombres. Cuando nuestros ojos, oídos, bocas, manos se prestan al engaño organizado por el diablo fuera, o aun dentro de la iglesia (por medio de los falsos apóstoles de Cristo), exponemos nuestra mente y corazón a los mensajes del mundo, llenándonos de pensamientos mundanos, pecadores, alejados de Dios.

Una mente llena de afanes, deseos y motivaciones mundanas

De esta manera, lo que al principio de nuestra vida cristiana nos escandalizaba y lo rechazábamos, ahora ya lo aceptamos y lo vemos casi como normal. ¿Quieren ver un ejemplo simple? Lo que antes era indecoroso hace un siglo atrás ahora es un chiste de niños. Lo que antes no se pensaba, ahora se piensa y se hace, y los cristianos estamos imbuidos en este mundo.

Ahora, el punto no es salir del mundo, hacer nuestra burbuja, nuestro “mundo feliz” y desconectarnos de la realidad. Todo lo contrario, debemos estar muy presentes, pero teniendo claro que la responsabilidad de guardar nuestro corazón es nuestra, y ello se logra cuidando lo que vemos, oímos, hacemos; porque eso determina en gran manera lo que sale por nuestros labios y hacemos.

Cuidémonos entonces, de no extraviarnos sutilmente, porque la meta de nuestra vida no es complicarnos con los afanes de esta, sino la simple, sencilla, sincera pero poderosa devoción al Señor Jesucristo.

Amen!