Hoy quiero meditar en la redención que hemos recibido del Señor. Para poder entender lo que la Biblia nos enseña acerca del principio de redención, examinaremos brevemente unos cuantos pasajes que nos ayudaran a entender el cuadro completo de esta increíble gracia de Dios que hemos recibido.

Establecimiento del año de jubileo (Levítico 25)

“Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a serte cuarenta y nueve años. 
Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el mes séptimo a los diez días del mes; el día de la expiación haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra.
Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia”
           (Levítico 25: 8-10)

“Cuando tu hermano empobreciere, y vendiere algo de su posesión, entonces su pariente más próximo vendrá y rescatará lo que su hermano hubiere vendido”  (Levítico 25: 25)

Dios ordenó a Moisés que los hijos de Israel trabajen durante seis años la tierra, pero que al sétimo año deberían hacerla descansar. Asimismo, debían contar siete semanas de años, es decir que cada 49 años deberían dar un descanso general a la tierra: era el año santo, del jubileo, en el cual se tocaba la trompeta por todo Israel y se proclamaba la liberación de todas las tierras que habían sido vendidas, de todos los esclavos que habían sido vendidos. Era un tiempo de celebración, gozo, libertad y también de fe, porque el pueblo debía confiar en que Dios les proveería (como lo prometió) para sus necesidades durante el tiempo antes y después del año de jubileo (3 años) hasta que la tierra empiece a producir nuevamente. Esta orden incluía no esclavizar ni prestar a usura, ni abusar de los hermanos judíos que hubieren empobrecido, aunque si se permitía tener esclavos, pero de otras nacionalidades. También el Señor ordenó que si uno de los judíos empobrecía y tuviere que vender algo de su propiedad, o incluso a si mismo, el pariente próximo más cercano tenía el deber de rescatarlo, para que no pierda sus bienes o su vida misma. Si no hubiera quien rescatara a tal persona, aun quedaba el año del jubileo, el año 50 en el cual esa persona debía salir libre.

Libertad de la opresión y esclavitud del pecado

El principio del rescate en acción: Booz y Rut

“Y Booz dijo a los ancianos y a todo el pueblo: Vosotros sois testigos hoy, de que he adquirido de mano de Noemí todo lo que fue de Elimelec, y todo lo que fue de Querían y de Mahlón.
Y que también tomo por mi mujer a Rut la moabita, mujer de Mahlón, para restaurar el nombre del difunto sobre su heredad, para que el nombre del muerto no se borre de entre sus hermanos y de la puerta de su lugar. Vosotros sois testigos hoy.
Y dijeron todos los del pueblo que estaban a la puerta con los ancianos: Testigos somos. Jehová haga a la mujer que entra en tu casa como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de Israel; y tú seas ilustre en Efrata, y seas de renombre en Belén”
  (Rut 4: 9-11)

Rut era una joven moabita que había seguido a Noemí, una viuda judía que lo había perdido todo. Booz, un pariente cercano de Noemí y del esposo difunto de Rut, se ofrece a rescatarla, después de ver el ejemplo de virtud en la joven Rut. Después de una transacción con otro pariente que también la podía rescatar, pero que decidió no hacerlo, Booz se casa con Rut, con la bendición de los pobladores de Israel. Rut le da un hijo a Booz, a quien llamó Obed. Este Obed llego a ser el padre de Isaí, quien fue padre del Rey David, de quien proviene según la carne nuestro Señor Jesucristo.

Rut y Booz

El rescate definitivo

“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención  (Hebreos 9: 11-12)

La Biblia nos dice en este pasaje que Cristo entró al tabernáculo del cielo, en su calidad de Sumo Sacerdote, para ofrecer su propia sangre para obtener un rescate eterno, la redención completa. Entró al Lugar Santísimo para siempre, lo cual nos denota la permanencia, seguridad y poder del rescate que realizó. Ofreció su propia vida para pagar el inmenso precio que demandaba dicho rescate, el cual es seguro, firme y eterno. Lo hizo en el Lugar Santísimo, que en el templo terrenal indicaba la presencia de Dios, para darnos a entender que el precio del pago fue pagado a Dios, pues nuestro problema es con El. El problema del pecado no se soluciona con un hombre, se soluciona con Dios. Es cierto que muchos de nuestros pecados involucran haber dañado a personas, pero la esencia del pecado es rebeldía contra la voluntad de Dios. Contra El hemos pecado, y con El debemos solucionar nuestro problema. Dios mismo nos invita a ello:

Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”     (Isaías 1: 18)

Al pie de la cruz solucionamos nuestro pecado delante de Dios

El precioso precio de nuestro rescate

“sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1: 18-19)

La Biblia nos dice que fuimos rescatados con la preciosa sangre de Jesucristo, quien se ofreció como un cordero sin mancha en sacrificio por nuestros pecados, que practicamos y que hemos heredado de nuestra naturaleza humana. Esto nos habla del valor del precio pagado por nuestro rescate. La ofrenda de Cristo fue perfecta, pura, sin mancha de ningún tipo, lo cual asegura el perdón completo y la satisfacción plena de la Santidad de Dios, ofendida por los pecados del hombre. Hemos sido rescatados de la vana (vacía, sin sentido) manera de vivir. Ahora vivimos con un propósito: darle la gloria a Dios!

Debemos usar nuestra libertad en Cristo para darle la gloria a Dios

 

La meta de nuestro rescate

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”         (1 Corintios 6: 20)

“y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén”  (Apocalipsis 1: 5-6)

Pablo es claro en este texto. A la luz de los demás pasajes vistos anteriormente, sabemos que ese precio por el cual fuimos comprados es la sangre de Cristo. Pero ahora nos dice algo mas: hemos sido comprados, lo cual quiere decir que ya no nos pertenecemos, sino que le pertenecemos a Dios. Tenemos un nuevo amo y Padre, diferente al que antes teníamos cuando estábamos alejados de Dios (Juan 8: 44), y el deseo de nuestro Padre celestial es que le glorifiquemos en todo ámbito de nuestro ser. La meta del rescate proporcionado por el Señor Jesucristo para nosotros es darle la gloria a Dios con nuestra existencia completa.

 

Después de haber examinado estos versículos, podemos ver lo que la Biblia enseña sobre la redención. Fue prefigurado en los tiempos de la Ley, a través del Año del Jubileo, a través de la ley del levirato, a través de la historia de Rut y Booz, en la cual vemos siempre a alguien, un pariente cercano, rescatando a otro que esta en una situación de esclavitud, miseria y pobreza. Ya en la venida de nuestro Señor Jesucristo, quien se hizo a si mismo nuestro pariente cercano al hacerse hombre, podemos ver el concepto mas claro de la redención: el pagó el precio de nuestros pecados, que era la muerte, con su propia vida, para rescatarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte (Romanos 6: 23). Ahora, quienes hemos creído en el Señor Jesucristo hemos sido rescatados, nuestros pecados han sido pagados y somos libres en Dios para agradarle, amarle y vivir para El.

 

“Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud”  (Gálatas 5: 1)

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”  (Gálatas 5: 13)

¿Usaremos la libertad que hemos recibido del Señor para hacer su voluntad, o para jugar con el pecado y vivir para nuestros propios deleites y deseos engañosos? Solo nosotros, en lo mas profundo de nuestro corazón, y el Señor lo sabemos. Dios nos ayude a vivir para El, porque ahora le pertenecemos.

Amen!