Nunca te ha pasado que te has preguntado ¿por que es tan difícil servir a Dios? o porque a pesar de que te puedas esforzar mucho, no ves avances sustanciales, sino que todo es muy difícil; y lo que es peor, ves a otros que no tienen complicaciones, todo les sale bien y ni siquiera tienen temor de Dios.

Veámoslo de otro punto de vista: has servido a Dios por mucho tiempo e incluso has llegado a negarte a muchas cosas por causa de Cristo y su Palabra. Ves que el tiempo pasa y algunas cosas que querías para tu vida (casarte, estabilidad financiera, un negocio, un buen trabajo, etc.) de pronto no vienen, sino que incluso tienen mas complicaciones. Ves a otros que ni siquiera tienen pensado servir a Dios; pero los ves prosperar, emprender grandes cosas, tener todo lo que tu pudieras anhelar; pero ¡tu no lo tienes! ¿Suena frustrante no?

Bueno, esta situación es muy común y quiero en esta oportunidad poder meditar en la Palabra de Dios para ver como Dios usa estos momentos de impaciencia y de aparente abandono para poder mostrarnos lo que hay en nuestro corazón y que es lo que Dios desea de nosotros.

Experimentamos frustración al no alcanzar lo que queremos

1. El tiempo de la confrontación (versos 1 y 2)

Ciertamente es bueno Dios para con Israel,
Para con los limpios de corazón.
En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies;
Por poco resbalaron mis pasos
  (Salmos 73:1-2)

Existe en este mundo la verdad de la Palabra de Dios, la cual es perfecta y no cambia. Así también existe lo que nosotros vemos y experimentamos con nuestros sentidos y la manera como lo interpretamos. Lo primero depende de nuestro físico, lo segundo de nuestro corazón.

Tarde o temprano llega el momento en que entramos en crisis al tener que considerar cual tomaremos como verdad para nuestra vida: la Palabra de Dios o lo que vemos en nuestras circunstancias. Esto se encuentra en función a lo que esta en nuestro corazón y el resultado de esa decisión afectará toda nuestra vida y nuestra eternidad.

El salmista fue confrontado y casi estuvo a punto de caer. Así muchas veces nosotros podemos estar muy cerca de caer, a menos que entendamos que es lo que se encuentra detrás de esos momentos de desánimo y frustración que podemos experimentar.

2. Cuando el corazón desea lo equivocado (versos 3 al 12)

Porque tuve envidia de los arrogantes,  viendo la prosperidad de los impíos.
Porque no tienen congojas por su muerte, pues su vigor está entero.
No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres.
Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia.
Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón.
Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería.
Ponen su boca contra el cielo, su lengua pasea la tierra.
Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí,  aguas en abundancia serán extraídas para ellos.
Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?
He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas.

(Salmos 73:3-12)

El salmista vio sus circunstancias y las comparó con la de los que no tienen temor de Dios. El resultado: envidió lo que ellos tenían; porque no había logrado lo que ellos si. Su corazón envidió la prosperidad de los malos y arrogantes. Suena extraño; pero no lo es tanto cuando empezamos a analizar lo que estaba pasando:

  • Veía que los malos no tienen angustias futuras (v. 4)
  • Veía que los malos no tienen angustias presentes (v. 5)
  • Son orgullosos y soberbios (v. 6)
  • Logran conseguir lo que planean, no tienen a Dios en sus planes (v. 7)
  • Están llenos de palabras necias, hablan sin temor (vs. 8-9)
  • No tienen temor de Dios, son insensatos (v. 11)
  • Logran riquezas, fructificar, florecer en lo que piensan, logran comodidades (v. 12)

Para que el salmista haya envidiado esto, quiere decir que él estaba pasando por una crisis de fe. No entendía porque los que hacen mal son aparentemente bendecidos y los que tienen temor de Dios, a pesar de lo que la Escritura dice (v.1), no experimentaban algo mejor. En el punto de crisis, ¿a quien vamos a creer? ¿A lo que dice la Biblia o a lo que vemos en nuestras circunstancias?

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3. La decepción de la incredulidad (versos 13 al 15)

Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón,
Y lavado mis manos en inocencia;
Pues he sido azotado todo el día,
Y castigado todas las mañanas.
Si dijera yo: Hablaré como ellos,
He aquí, a la generación de tus hijos engañaría
(Salmos 73:13-15)

El salmista dice “En vano he obedecido a Dios”; pues Él no ha respondido. Por las puras me he guardado pues no ha habido fruto, no he experimentado bendición de buscar a Dios, pues los malos prosperan y yo no. El esta viendo que es muy difícil el camino de seguir a Dios; sin embargo, ve que los malos no tienen mayores angustias y eso le causa una terrible confusión: ¿Qué pasa? ¿Por qué no responde Dios? Aun así, el salmista reconoce que si llegara a hablar como un incrédulo (“¿Cómo sabe Dios? y ¿Hay ciencia en el Altísimo?”) estaría engañándose a si mismo y a los demás.

Este es el punto de inflexión donde muchos deciden dejar al Señor y buscar su propia satisfacción, sus negocios, su “propia vida”. La incredulidad nos decepciona, nos desilusiona; porque esperábamos algo que no recibimos, nos sentimos defraudados, humillados, dolidos. Consideramos nuestra propia situación como mas importante que lo que dice la Palabra de Dios, verdaderamente no creemos en ella ni en las promesas que están allí, y decidimos ir por lo que “si funciona”. Somos mercenarios espirituales, que vamos tras el mejor postor. Solo vamos tras los panes y los peces, no por amor al Señor, sino por lo que Él nos puede dar.

4. De la torpeza al entendimiento (versos 16 al 24)

Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí,
Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.
Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer.
¡Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores.
Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando despertares, menospreciarás su apariencia.
Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas.
Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti.
Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha.
Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria
  (Salmos 73:16-24)

Es muy difícil entender las cosas espirituales en incredulidad. La carne no puede entender las cosas del Espíritu (1 Corintios 2:14). Es en la presencia de Dios, en su palabra y en oración que podemos entender que cada ser humano tiene una meta, un propósito y esto es lo que determina la medida de su éxito o fracaso, no las circunstancias que vive, sino cual es la orientación de su vida.

Los malos, que no temen al Señor, no tienen a Dios en su propósito de vida; por tanto tampoco el Señor los considerará en el día final. Algunas características de los malos:

  • Su vida no tiene seguridad verdadera (v.18)
  • No tienen estabilidad ni vida espiritual (v.19)
  • No tienen en quien confiar, ni amparo, ni paz con Dios (v. 20)

En cuanto al salmista, no tenía bendición en ese momento, y tenia confusión, frustración, amargura de alma e incertidumbre momentáneas; producto de su ignorancia y poca fe. Sin embargo, porque tenia temor de Dios tenia las siguientes características:

  • Permanecía fiel, en cercanía a Dios, en intimidad con El (v.23)
  • Gozaba de la dirección de Dios, de su amparo, protección, paz y vida eterna con Dios (v. 24)

En la intimidad con Dios, en oración y en la Palabra, adquirimos sabiduría y entendimiento

5. El problema no es como vives, sino para quien vives (verso 25 al 28)

¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?
Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
Mi carne y mi corazón desfallecen;
Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.
Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán;
Tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta.
Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien;
He puesto en Jehová el Señor mi esperanza,
Para contar todas tus obras
(Salmos 73:25-28)

El salmista reconoce que su dependencia esta en Dios y que fuera de El nada quiere. Esto implica que hay dos esferas de vida: o vivo para mi mismo o vivo para la gloria de Dios. Esto significa que según cual sea el propósito de mi vida, yo experimentaré lo que el salmista vivió o lo que los malos vivían: probable prosperidad pasajera y comodidad momentánea; pero ruina y perdición futuras.

El creyente podrá experimentar, y lo hará, tribulación y pruebas momentáneas (Filipenses 1:29, 2 Timoteo 3:12); pero la fortaleza de su corazón debe ser Dios, la meta de su vida el conocerle a El. Nuestra meta es la gloria de Jehová, el Señor, el Todopoderoso, para anunciar sus maravillas, sus grandezas y las Buenas Nuevas de la salvación en el Señor Jesucristo. Esto debe ser nuestro norte y lo más importante para nuestras vidas.

Los problemas o carencias pasajeras no deben distraernos de la meta de nuestra vida: No vivimos para ser felices, prósperos, sanos, poderosos y admirados. Vivimos para darle la gloria a Dios con todo nuestro ser.

 

¿Para quien vives?