Hoy día mis amados hermanos y amigos quiero meditar sobre el patito feo del cristianismo: la santidad. Se ha hablado mucho acerca de ella, se ha predicado, se han hecho congresos y convenciones hablando y motivando a la santidad; pero son muy pocos quienes la practican en verdad. Vemos como algo extraordinario a siervos y siervas que son levantados por Dios para su obra y vemos sus fructíferos ministerios como algo “fuera de lo común”, como gente muy especial, y no entendemos completamente cual es el sustrato de sus labores y cual es la razón de que el Señor los esté usando de manera tan poderosa.

Sabemos que la santidad es la capacidad de mantenernos apartados y consagrados en obediencia a Dios, y es nuestra responsabilidad; es decir, a eso nos ha llamado Dios (1 Pedro 1:15). Es una disposición del corazón, una decisión diaria y un estilo de vida. No se trata tanto de atuendos externos o de comportamientos ante los demás (aunque la prudencia, moderación y criterio son importantes), sino mas bien es una dirección en la que vamos en la vida. Podemos entenderlo, aún tomar algunas decisiones aisladas de obediencia al Señor; pero ¿cómo podemos mantenernos viviendo en santidad en medio de este mundo lleno de tanto pecado y tentaciones? Bueno, sin ánimo de hacer un estudio muy exhaustivo sobre el tema, humildemente me dirijo a la Palabra de Dios para examinar un texto de la Escritura que nos habla claramente sobre el particular, y espero sean de bendición y desafío para quienes lo lean, como lo han sido para mi propia vida.

Es nuestra responsabilidad vivir en santidad

(Hebreos 12:12-17) Siguiendo el camino de la santidad

Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas;  y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.
Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.
Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.
Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas
” (Hebreos 12:12-17)

En este texto, vemos como el escritor de Hebreos nos habla acerca de la santidad, enfocándola como un camino que debemos seguir. Y podemos ver en este texto tres secciones fundamentales:

1. Manteniéndonos en el camino de la santidad (versos 12 al 13)

No buscamos caminar en santidad cuando hemos perdido el fervor y el gozo de nuestra salvación (Salmos 51:12). Cuando decae nuestro ánimo y nuestra pasión por buscar de Dios y los sueños que tenemos en El, es cuando empezamos a mirar todo lo que nos rodea: cada vez nos parece mas atrayente las cosas del mundo y poco a poco, paso a paso, empezamos a amoldarnos a este sistema de cosas, enfriándose nuestro amor por Dios, olvidándonos de tener comunión con El, y volviendo a las cosas que antes de conocerle hacíamos; es decir, dejamos de andar en el Espíritu y empezamos a andar en la carne, en desobediencia a la voluntad del Señor (Gálatas 5:16).

Pero no es lo que nos dice este pasaje. Aquí, el escritor de Hebreos nos dice que debemos tomar acción para no dejar que decaiga nuestro ánimo. Debemos levantar las manos caídas (¿que estamos haciendo para apasionarnos cada vez mas por Dios?) y las rodillas paralizadas (¿que sustento y dirección esta tomando nuestra vida? ¿Estamos moviéndonos, siguiendo al Señor?). Debemos hacerlo nosotros mismos. La orden es clara: Levantad!, es un imperativo, es nuestra responsabilidad, debemos dejar de lado lo que nos obstruye y empezar a caminar nuevamente en las cosas del Señor.

Asimismo, debemos ocuparnos en el camino de la santidad, haciendo sendas derechas para nuestros pies (Jeremías 6:16). Esto nos habla de permanecer en las sendas antiguas del Señor: su Palabra. Además, lo cojo debe ser sanado. Cuando permanecemos en la Palabra de Dios es que somos sanados y restaurados poco a poco, por medio de la acción santificadora del Espíritu Santo.

santidad

2. La principal consecuencia de la santidad (versos 14)

La santidad es un estilo de vida, representado aquí como un camino que debemos seguir. Está caracterizado por la paz: paz con Dios y con los hombres. Entonces podríamos definir la santidad también como una vida que está de acuerdo a lo que a Dios le agrada, donde caminamos en comunión con Dios, y sabemos que El no puede tolerar el pecado. Entonces, cuando andamos en paz con Dios y esa paz gobierna nuestro corazón, podemos vivir en paz con los hombres, haciendo lo que es agradable al Señor y experimentamos la principal consecuencia de esta actitud: vemos a Dios en nuestras vidas, ministerios, familia, etc. No lo vemos físicamente, pero vemos su respaldo y bendición en todo lo que hacemos. Dios bendice la obediencia, El mira a quien le obedece y tiembla a su Palabra (Isaías 66:2)

Esta debe ser la meta de todo creyente: buscar la santidad. No sólo es un mandato sino una marca de todo genuino cristiano. Es decir, todo aquel que ha nacido de nuevo, indefectiblemente, tarde o temprano, con pocas o muchas caídas buscará la santidad. Anhelará ver a Dios en su vida con todo el corazón. Aquel que no tiene este interés y anhelo, o está peligrosamente afectado por su mente carnal y ha llenado su mente de lo que el mundo ofrece, o realmente nunca ha conocido en verdad al Señor y se está engañando a si mismo al pensar que es creyente. La Biblia es clara al respecto: “el que dice que permanece en El, debe andar como El anduvo” (1 Juan 2:6).

3. Enemigos de la santidad (versos 15 al 17)

Se describen dos enemigos aquí de la santidad. Hay mas, pero estos dos son comunes y grandes enemigos de la santidad en el creyente:

  • Raíces de amargura: ¿Que quiere decir esto? Para entenderlo mejor, quiero recordar el episodio cuando Pedro reprende a Simón el mago (Hechos 8:18-23). ¿Cual era el problema de este hombre? No entendía su condición pecadora delante de Dios y no entendía la gracia inmerecida del Señor. Pensó que podía seguir haciendo lo que hacía antes y aún mejor, comprando para ello de Dios parte de su poder. Las raíces de amargura se encuentran en nuestro corazón, nos contaminan y estorban en alcanzar la gracia de Dios. El autor de Hebreos no nos dice que podemos perder la salvación, sino que se refiere a que no podemos vivir la plenitud de la vida cristiana con un corazón incrédulo y obstinado, que no se abandona al amor y a la gracia del Señor. La incredulidad, materialismo, falta de perdón, rencor, chismosería, murmuración y demás son muestras de estos pecados, que como raíces, se encuentran profundamente insertados en nuestro corazón. Necesitamos traerlos a la presencia de Dios en oración y arrepentimiento para que seamos limpiados de ellas. Recordemos que nuestro Padre es el Labrador.

  • Un corazón profano: Aquí se usa el ejemplo de Esaú, el hermano de Jacob, quien por un plato de lentejas, vendió la dignidad y honor de su llamamiento como primogénito.  Luego, cuando quiso recuperarlo, por mas que lloró no lo pudo lograr. Entonces, el otro enemigo de la santidad es un corazón profano: uno que prefiere los placeres momentáneos del pecado en vez de la gloria, dignidad y honor de obedecer al Señor. Que contraste con Moisés quien “escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Hebreos 11:25-26)

Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor


Pasarán mil años, pero el asunto sigue siendo el mismo: sin santidad NADIE verá al Señor. ¿Por que no vemos la mano de Dios en nuestras vidas, por que no hay crecimiento, por que las puertas se cierran y no se vuelven a abrir? Porque albergamos pecado en nuestro corazón, porque nos aferramos a aquello que sabemos que esta mal (chisme, mentiras, masturbación, alcohol, pornografía, falta de oración, desobediencia a los padres, etc.) y no nos ponemos a cuentas con el Señor.

Podemos engañar a los hombres, aún a nosotros mismos; pero a Dios no lo podemos engañar. El es quien escudriña la mente y los corazones y da a cada uno conforme sus obras (Apocalipsis 2:23). En lo que a mí respecta, anhelo de todo corazón ver la mano de Dios sobre mi vida y eso tiene un precio: SANTIDAD

 

Amén!

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