Hoy quiero hablar de las misiones, ¿que son? ¿que dice la Biblia al respecto? ¿Como podemos crecer en la iglesia? No hablamos de crecer por crecer, sino de crecimiento que permanece en el tiempo; de lo contrario, estaríamos hablando de un trabajo que no produce resultados permanentes para la gloria de Dios. ¿Cuál es el objetivo de las misiones? Vidas regeneradas, tomadas de cada lengua, tribu, nación y pueblo para Dios. No hay nada peor que una labor evangelizadora pero que no tiene un respaldo de discipulado o enseñanza profunda y sistemática de la Palabra de Dios. Realmente cometemos un pecado muy serio al abandonar a los nuevos creyentes a su propia suerte, sin preocuparnos por su crecimiento espiritual. También cometemos un grave pecado al predicar moral, conveniencia, principios, valores morales, sin llegar al fondo del asunto: el hombre esta perdido, muerto en sus pecados sin Cristo. Lo único que puede salvar al hombre es la predicación del evangelio, por medio de la cual puede responder en fe a Jesucristo y recibir el perdón y la vida eterna.

Aun la evangelizacion y misiones deben realizarse de acuerdo a la Palabra de Dios

Veamos lo que dice la Palabra de Dios al respecto:

Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. Y constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído” (Hechos 14:21-23)

 
1. Anunciando el evangelio (Hechos 14:21)

El primer punto que vemos en la estrategia bíblica para la preservación del crecimiento del esfuerzo misionero es la predicación del evangelio. Tanto los misioneros como los pastores deben estar siempre evangelizando y movilizando a la iglesia, si es que ya esta formada, a la evangelización en todas las formas posibles. El ímpetu evangelizador llena la iglesia de un sentido de propósito, esperanza y gozo, los cuales dan fuerzas y ánimo a todo creyente. En el caso de un misionero que esta iniciando una obra nueva, este versículo nos muestra que Pablo no iniciaba una obra tomando creyentes de otras iglesias, como solemos ver ahora, sino que se disponía a predicar el evangelio, normalmente a partir de la predicación en las sinagogas, hasta que podía tener un grupo de nuevos creyentes. Pablo no se iba de una ciudad a menos que pudiera realizar la tarea de evangelización, si en algunos casos tuvo que retirarse antes fue por oposición de los judíos, quienes hacían peligrar el trabajo con los nuevos creyentes, si es que el apóstol se quedaba en dicha ciudad.

Este punto, aunque pudiera parecer fácil, es muy importante: requiere que el misionero y/o pastor tenga claro el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, y que pueda comunicarlo con claridad y exactitud. Muchas veces, este es el punto de error de muchos intentos misioneros, pues los obreros no tienen claro los fundamentos básicos del evangelio y terminan predicando un falso evangelio: prosperidad, promesas de sanidad, realización personal, solución de problemas, etc. que no son el mensaje correcto del evangelio, y que por ende no tienen poder para convertir a las personas. No podemos olvidar la severa advertencia que Pablo mismo hace a los gálatas en Gálatas 1:8. A este respecto, el pastor debe enseñar a su membresía los fundamentos del evangelio de tal manera que todos lo puedan tener claro al momento de evangelizar. Lo mismo podemos decir del misionero: lo que el crea y enseñe, determinará la mentalidad y creencias de las obras que inicie y de los creyentes que la conformen.

Todo creyente debe compartir su fe al mundo perdido
2. Discipulando los nuevos creyentes (Hechos 14:22)

El segundo punto que vemos en la estrategia bíblica para la preservación del crecimiento del esfuerzo misionero es el discipulado de los nuevos creyentes. Pablo muchas veces tenía que salir rápidamente de las ciudades donde tenía que predicar debido a la oposición de los judíos; pero nunca dejaba un grupo de creyentes abandonados: regresaba al cabo de un tiempo, o en su defecto enviaba a alguno de sus colaboradores a que pudieran seguir enseñando la Palabra de Dios, con el fin de poner el fundamento necesario para que los creyentes pudieran continuar su vida cristiana, aun en medio de la inmoralidad y el paganismo en el que se encontraban.

El apóstol Pablo tenía este proceso muy claro: no sólo es necesaria la evangelización, sino que también la edificación de los creyentes. Aun más, aunque ambos aspectos del ministerio son muy importantes, el resultado final, el crecimiento espiritual de los creyentes depende en última instancia de Dios. En 1 Corintios 3:6, nos dice “Yo planté (evangelización), Apolos regó (enseñanza); pero el crecimiento lo ha dado Dios”.

Entonces, el discipulado es el complemento necesario y natural de la evangelización: no se puede anunciar el evangelio y dejar a los nuevos creyentes sin las herramientas básicas y los conocimientos necesarios para que se relacionen correctamente con su Salvador. Después de haber hecho eso concienzudamente, sabiendo que se ha enseñado la sana doctrina, que es capaz de hacernos “sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15), el obrero (misionero o pastor) puede descansar en el hecho de que ha sido fiel a su encargo y que Dios es quien en última instancia da el crecimiento, aunque el ya no este presente en la obra. Dios salva a las personas, las santifica y las preserva hasta el final, sus siervos son los instrumentos por medio de los cuales los hombres “han creído”; pero la salvación es de Dios.

Jesús invirtió gran tiempo de su ministerio en formar a sus discipulos mas cercanos, quienes habrian de continuar su labor
3. Constituyendo líderes que presidan la nueva obra (Hechos 14:23)

El tercer punto que vemos en la estrategia bíblica para la preservación del crecimiento del esfuerzo misionero es la preparación de lideres cristianos que continúen el trabajo una vez que el misionero tenga que dejar el campo. El apóstol Pablo tenia muy claro que la obra no podía depender de su ministerio o de alguno de sus colaboradores: los nuevos creyentes tenían que entender que su dependencia debía estar en Dios mismo, quien tiene poder para “sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados” (Hechos 20:32).

Eso no significaba que Pablo se desentendía de los creyentes o de las nuevas iglesias que iba plantando a lo largo de su ministerio: cuando estuvo en Éfeso, intencionalmente no había rehuido enseñarles “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27), sino que, “por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hechos 20: 31). Este esfuerzo tuvo sus frutos pues cuando Pablo debía seguir su viaje hacia Jerusalén, vemos en los demás versículos del capitulo 20 del libro de los Hechos que había un grupo de ancianos que presidian las iglesias locales en Éfeso (Hechos 20:17). El apóstol le dijo a los ancianos “mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28).

¿Qué quiere decir esto? En la economía de Dios, agradó salvar a los hombres por la locura de la predicación (1 Corintios 1:21), como ya hemos visto antes. También agradó a Dios que los creyentes se uniesen en congregaciones locales, las cuales debían ser presididas por hombres llamados por Dios mismo, escogidos para tener el encargo de capacitar a los santos para la obra del ministerio (Efesios 4: 11-16). Entonces, la preparación de líderes para que presidan las nuevas obras es nada mas que la expresión de la voluntad de Dios para la edificación de sus hijos, por medio de hombres que El mismo ha escogido para tal tarea.

Los obreros cristianos tienen el encargo de capacitar a los creyentes para el ministerio


Hoy más que nunca se hace evidente la falta de siervos de Dios preparados para establecer iglesias sanas, crecientes y con visión misionera. Asistimos a una época de la historia del cristianismo donde hemos cambiado el “Id” de la Gran Comisión por el “Vengan si quieren”: una suerte de invitación débil, no comprometida e incierta; no a una relación personal con el Salvador sino a la asistencia a un evento. Vemos hoy grandes sumas de dinero, grandes esfuerzos humanos y toda una movilización tecnológica y mediática en pos de realizar el mejor evento, el show más elaborado y la música más conveniente, con el fin de conquistar los sentidos de los asistentes a los servicios religiosos.

Este cambio de paradigma ha ocasionado que el éxito de las congregaciones se mida ahora en función de la asistencia a un servicio religioso, en vez de hacerlo en función al crecimiento espiritual y al grado de obediencia a la Palabra de Dios. Este cambio, aunque sutil y ciertamente conveniente a los ojos de los nuevos creyentes, está ocasionando la erosión de los fundamentos sobre los cuales se cimenta la Iglesia cristiana: la fe en Jesucristo como Señor y Salvador de los que creen en El, y su mandato (que por ser Señor debe ser obedecido sin ningún tipo de reserva o condición, cf. Mateo 28:18) de llevar las Buenas Nuevas del evangelio hasta los últimos términos de la tierra.

¿Estamos obedeciendo sus palabras?

 

Amén!