En una era donde valoramos mucho la sofisticación, los valores y las buenas formas en todo aspecto, una persona torpe, necia, insensata e ignorante no es bien vista. No nos gusta asociarnos con gente que comete errores, nos alejamos discretamente de aquellos que están “marcados”, los que en algún momento de su vida cometieron uno o varios errores y por ende, son marginados y dejados de lado en alguna u otra manera. Se dice que “se perdona el pecado, pero no el escándalo”; y esa frase es mas vigente ahora que nunca en una era donde se pregona la “mente abierta” y la “tolerancia”, siempre y cuando no perjudique mi reputación y el “que dirán” ante los demás.

Es mas facil juzgar a otros pero dificil ser empatico y entender el dolor ajeno

Esto no es ajeno a la Iglesia: es común ver una extraña mezcla de creyentes sofisticados, de buenos modales y valores firmes que vemos como modelos terminados, como suerte de pequeñas estrellas de moda, los cuales nos hacen pensar, de una manera u otra, que el éxito en Dios pasa necesariamente por la prosperidad, la amabilidad, la inteligencia en los negocios y el ministerio, la buena administración, las buenas relaciones y la influencia.

Pero ese pequeño castillo de naipes se desmorona ante las inclemencias de la vida. Ante las crisis, producidas por nuestras malas decisiones o aquellas que Dios permite en nuestras vidas, esas características, buenas y deseables pero superficiales, poco nos ayudan para encontrar la luz y la paz en medio de la tormenta. Y entonces nos hallamos fuera del circulo de los exitosos, frustrados, alejados y preguntándonos ¿Como Dios podría amarme, usarme, atenderme siendo como soy?

Pregúntale a una joven cristiana que cometió un error y ahora tiene un hijo sin padre reconocido si es fácil que un varón creyente se fije en ella y la tome en serio para formar una familia. O sino pregúntale al jovencito que lucha con la masturbación y la pornografía si puede superar su vergüenza para poder pensar en buscar a Dios, amarle y servirle. Camina al lado de un esposo abatido porque su mujer es una constante gotera en su nuca, y pregúntale si realmente cree que puede ser útil alguna vez a Dios. Mira al líder de jóvenes que fue traicionado por la mujer que amó, y considera si alguna vez sanó por completo y puede ministrar con total libertad a jóvenes que tienen los mismos problemas que el tuvo. No nos engañemos, fácil es predicar desde un pedestal, como modelo terminado, como “maestro de los indoctos y guía de los ciegos” (Romanos 2: 19-20); pero que difícil es sufrir con los que sufren, compadecerse de la debilidad ajena y bajar al llano, ministrar con la Palabra de Dios no como superior, sino como hermano, como compañero de milicia, no juzgando sino usando las palabras como bálsamo que sana y restaura.

La verdadera humildad espiritual empieza cuando reconocemos que no somos nada especial ni merecemos nada de Dios

Particularmente, he cometido cientos de errores: he sido necio, insensato, negligente y torpe en muchas de las decisiones que he tomado. He bebido las consecuencias amargas de mis pecados y aun las bebo de cuando en cuando. Muchos me han menospreciado, se han burlado, me han criticado y me han etiquetado; algunos con sus palabras, otros con sus actitudes. Muchos hermanos han amablemente sugerido y hecho notar mis errores, otros han simplemente meneado su cabeza en reproche a mi cabeza dura y torpe. Hecho a un lado, he visto como ese sentimiento de fracaso se apoderaba de mi ser y me cubría con un manto de vergüenza que impregnaba todo mi ser. No, jamás dejé de amar a Dios y de desear servirle con todo mi ser. Pero al considerar mi vida, mis antecedentes, mi familia, etc, lo único que podía pensar era: ¿Como es posible que Dios pudiera usarme a mi, siendo como soy, viniendo de donde vengo, teniendo la familia que tengo?

y después de mucho lo entendí: No soy, no somos nada especial. Mi fe no se basa en mi carácter, mis principios, mi inteligencia o mi fuerza de voluntad. Se basa en la obra terminada, completa y suficiente del Hijo de Dios en la cruz del calvario y en la gracia y bondad de Dios al mirarme a mi y atraerme hacia El. Sigo siendo creyente después de 13 años no por mi fortaleza y madurez cristiana, sino porque Dios prometió que nadie podría arrebatarme de Su mano (Juan 10: 29). Es Su bondad y poder en mi quien me sostiene día con día, no por causa de mi, sino a pesar de mi. El me amo primero, y prometió serme fiel y estar conmigo hasta el fin del mundo.

El Señor es fiel y nos sostiene

Creo que es tiempo de dejar de lado las caretas y ser mas honestos, con nosotros mismos y con los demás. Seamos cristianos normales, que viven, lloran, sufren, ríen, se equivocan. No me mal entiendan: no apruebo el pecado ni digo que vivamos como queramos. Digo que vivamos en obediencia al Señor, busquémosle, esforcémonos. Pero sepamos que caeremos y pecaremos porque no somos perfectos y la naturaleza pecaminosa aun está en nosotros. Y tengamos siempre claro que si no hemos caído gravemente es sólo por la misericordia del Señor. Si caímos y nos levantamos es por la gracia de Dios. Suceda lo que suceda, reconozcamos que Dios es nuestro sostén, nuestra fuerza, y quien obra en nosotros. No somos nada especial, no somos super estrellas, ni lideres exitosos, poderosos, con gran carácter, influencia y talento. Somos vasijas de barro, torpes, necias, incrédulas, duras de corazón y cerradas de mente para creer todo lo que el Señor nos enseña en su Palabra. Ese día, cuando reconozcamos nuestra debilidad, estaremos mas cerca de vivir la verdadera fortaleza: la que viene del Señor; y seremos mas agradecidos con nuestro Dios pues entenderemos que El nos ha prometido guardarnos de toda tentación y mal, dándonos la salida para que podamos soportar.

Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia

(1 Corintios 1:26-29)

 

Y habrá allí calzada y camino,  y será llamado Camino de Santidad;  no pasará inmundo por él,  sino que él mismo estará con ellos;  el que anduviere en este camino,  por torpe que sea,  no se extraviará” (Isaías 35:8)

 

 

Amen!