En esta oportunidad, queremos analizar la pertinencia y validez de la fe, y la necesidad que tenemos de acudir a ella para responder las grandes interrogantes de la vida. Hay diferentes confesiones religiosas en el mundo y también existe un generalizado desprecio por la fe, al punto de considerarla anti-intelectual; pero lo que queremos justamente es traer luz sobre la fe bíblica, que definitivamente no va en contra de la razón, sino que acude a ella y a la fuerza de las evidencias para traernos a los pies del Salvador Jesucristo, el fundador del cristianismo y la persona más importante en la historia de la Humanidad.

La fe del carbonero

Se dice de un hombre ignorante que se ganaba la vida vendiendo carbón en la calle, y decía que era creyente. Al preguntársele cuál era su creencia, cuál era la definición de su fe, él sencillamente respondió que él creía “lo mismo que cree mi iglesia”; ¿y qué cree su iglesia? “Lo mismo que creo yo” respondía el hombre. No había un entendimiento o razón de la supuesta esperanza que había en él. Solo había un compromiso emocional con verdades que ni conocía ni entendía.

Se dice en muchos medios seculares que la fe es un “acto ciego de la voluntad”, una decisión de creer algo que está ajeno de la razón o que incluso ignora voluntariamente la falta de evidencia para sustentar lo que se cree”. Y lamentablemente esto es una realidad en muchos lugares, incluso en las iglesias. Hemos dejado de lado del concepto bíblico de la fe que nos dice que es “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1)

La era moderna se caracterizo por un desprecio de la fe biblica y un abandono de la razon

¿Cómo llegamos a este deterioro de la fe? Bueno, sabemos acerca de la influencia de filósofos como Emmanuel Kant (1724-1804), que dijo que como no era posible experimentar a Dios con los 5 sentidos, entonces su existencia no puede considerarse como parte del conocimiento; del esfuerzo de la alta critica alemana por desacreditar el origen divino del Pentateuco y por ende la infalibilidad de las Escrituras; y a la teoría de la evolución de Darwin que quitó la dignidad y honra de la creación como obra de un Creador inteligente, reduciéndola a resultados del azar sin propósito alguno. Estos tres fueron factores muy importantes para el desarrollo del humanismo ateo y el abandono de la razón y de la fe bíblica. Aun la religión abandonó la razón y se enfocó en las emociones y sentimientos personales, separando lo secular (actos de la vida pública asociados normalmente a la inteligencia y razón) de lo sagrado (actos de la vida privada, asociados a los sentimientos).

La fe y la razón

Con este panorama tan desfavorable, es menester entender claramente la definición correcta de la fe y entender como esta se relaciona íntimamente con la razón. Para ello definiremos en primer lugar ambas palabras:

La razón es la capacidad de discurrir; de reflexionar, pensar, hablar acerca de algo, aplicar la inteligencia. Dar a alguien la razón, significa quedar convencido por los argumentos que se le presentan.

La fe es un poder o una habilidad para actuar de acuerdo con la naturaleza del reino de Dios. La fe es una convicción, una certeza en algo que esperamos, pero confiando en una información racional (Hebreos 11:1).

La fe bíblica y la razón no están divorciadas: la fe nos lleva a aceptar la existencia de Dios, de su amor mostrado en el sacrificio de Su Hijo Jesucristo, no en base a un sentimiento o emoción, sino en base a la revelación racional que El hizo de sí mismo en las Escrituras, a las evidencias del diseño inteligente en la creación, al testimonio de quienes vieron al Cristo vivo, crucificado y resucitado, a las vidas que han sido trasformadas al entrar en contacto por medio de una relación viva con el Hijo de Dios, al cumplimiento detallado de las profecías que de Cristo se hicieron, etc. Tenemos diversas evidencias sobre las que descansa la fe cristiana. No creemos en un Dios misterioso, lejano y místico; sino en Dios que se ha revelado de una manera inteligible y general a todos los hombres.

Los componentes de la verdadera fe

¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”  (Lucas 6: 46)

1. Conocimiento: El apóstol Pablo en Romanos 10: 13-17 nos da la secuencia lógica de cómo llega a nosotros la salvación. Solo es salvo quien invoca el nombre del Señor; pero no puede invocar en quien no han creído, eso hace necesario que alguien predique acerca de Él. Alguien debe enviar a dichos predicadores, y el mensaje que predican es la Palabra de Dios, el mensaje de Cristo. Esto nos muestra algo fundamental de la verdadera fe: requiere un objeto en quien creer. En este caso, el conocimiento de Cristo y su obra por los pecados de la humanidad es imprescindible para que exista la verdadera fe.

¿Es suficiente solo el conocimiento? No, porque solo un entendimiento intelectual acerca de Cristo no nos da la salvación. Los demonios también conocen de Dios, pero no son salvos (Santiago 2:19). Muchos incrédulos conocen las verdades fundamentales del cristianismo, pero no han creído en el Salvador con verdadera fe.

La fe no excluye a la razon

2. Voluntad: El conocimiento es un primer paso, pero decidirse a comprometer la propia vida a aquel conocimiento va más allá. El segundo componente de la fe involucra nuestra voluntad. En Romanos 10: 16 Pablo dice, hablando del pueblo de Israel, que “no todos obedecieron al evangelio”. Ellos conocían mucho más acerca de Dios que las naciones que les rodeaban; aun así, ellos no evidenciaron una verdadera fe en el Señor; es más, fueron disciplinados por su rebeldía y desobediencia.

Ese es el punto de quiebre que diferencia la verdadera fe de una fe defectuosa: la voluntad de apropiarse de la verdad que se conoce y de ajustar las acciones a lo que el conocimiento nos enseña. No podemos hablar de una fe en Cristo si no hay una obediencia a Cristo.

3. Respuesta: La verdadera fe se comprueba por la acción. Va más allá de las buenas intenciones y la sinceridad, dado que podemos estar sinceramente equivocados en lo que creemos. El Señor Jesucristo reprochó a quienes se llamaban sus discípulos pero no le obedecían en Lucas 6:46. Abraham es un claro ejemplo de un creyente, que oyó, aceptó y obedeció lo que el Señor le mandó, sacrificar a su propio hijo Isaac, a pesar de que no sintiera el deseo de hacerlo. Dios luego proveyó un cordero para el sacrificio, pero fue su fe obediente la que caracterizó a este hombre quien fue llamado luego “el padre de la fe” y “amigo de Dios” (Santiago 2:23).

¿Es culpable la incredulidad?

Una persona no puede ser considerada moralmente responsable por no cumplir un deber del cual esté desinformado. Así que la pregunta es: ¿está la gente suficientemente informada para ser considerada moralmente responsable por dejar de creer en Dios? La respuesta bíblica a esa pregunta es clara. En primer lugar, Dios ha provisto una revelación de Sí mismo en la naturaleza que es lo suficientemente clara para todas las personas y así saber que Dios existe (Romanos 1: 18-21). Así pues, las propiedades de Dios, su eterno poder y deidad, son reveladas claramente en la creación. Así que las personas que dejan de creer en el eterno y poderoso Creador del mundo, no tienen excusa. Pablo dice que ellos, en efecto, saben que Dios existe, pero suprimen esta verdad por causa de su maldad. Como resultado, su forma de pensar se nubla tanto que se pueden engañar a sí mismos pensando que son gente que busca la verdad de una forma honesta.

Aparte de la revelación de Dios por medio de la naturaleza, está el testimonio interno por medio del cual el Espíritu Santo atestigua de las grandes verdades del Evangelio. Cualquier persona que deja de creer en Dios hasta el fin de su vida lo hace sólo por una terca resistencia a la obra del Espíritu Santo, que procura traer esa persona al conocimiento de Dios. Según la Biblia, las personas no son corderos inocentes y perdidos que andan desamparadamente sin una guía. Más bien, ellos son rebeldes obstinados cuyas voluntades están puestas en contra de Dios.

La incredulidad es una eleccion consciente y el incredulo es responsable delante de Dios

La incredulidad es una elección. Es una elección de resistir la fuerza de la evidencia y la atracción del Espíritu Santo de Dios. El no creyente es como alguien que está muriendo de una enfermedad mortal y que se rehúsa a creer en la evidencia médica sobre la eficacia de una cura que se le ofrece y que también rechaza el testimonio de su médico a favor de esa cura. Como resultado, sufre las consecuencias de su propia terquedad.

Conclusiones

Lucas nos dice acerca de los cristianos de Berea: “Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). La fe de los cristianos de Berea no estaba divorciada de la razón. Ellos tenían un sincero anhelo por la verdad y fueron consecuentes con ello. La Biblia misma nos manda “examinarlo todo” (1 Tesalonicenses 5:21), “probar los espíritus” (1 Juan 4:1), y “retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Un esfuerzo diligente por conocer la verdad que profesamos nos hará comprender más profundamente las bendiciones que hemos recibido como consecuencia de nuestra relación con el Señor Jesús. Hemos recibido el regalo de la presencia de Dios, por medio del Espíritu Santo que mora en los creyentes; hemos recibido el regalo de la gracia de Dios, habiendo sido liberados de la condena de la ley, que nos era imposible de cumplir por nuestra debilidad; y hemos recibido la hermosa esperanza de los cielos al término de nuestra vida terrenal. Todo esto en los méritos de la vida, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20: 29)

 

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Tenemos suficiente base para conocer a Dios por medio de su Hijo Jesucristo. Seamos honestos y busquemos al Dios de la Biblia con corazones libres de prejuicios. Que el Señor nos ayude y de entendimiento en el conocimiento de su voluntad.

Amen!

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