En esta oportunidad analizamos el principio fundamental que se encuentra tras la reticencia de muchas personas a abrazar el mensaje del evangelio del Señor Jesucristo. Para ello, examinaremos el pasaje bíblico de Lucas 5: 1-9. En este pasaje, vemos que Pedro y sus compañeros no han pescado nada en toda la noche y cuando el Señor les halla, les manda a echar nuevamente las redes. Pedro se encuentra reacio a hacerlo, aunque en última instancia dice “Maestro… en tu palabra echaré la red”. Efectivamente, al echar la red ocurre un milagro: capturaron tan grande cantidad de peces, que las redes se rompían. Otros pescadores tuvieron que venir a ayudarlos, y entonces Pedro cae de rodillas ante Jesús y le dice “Apártate de mi Señor, que soy hombre pecador”.

Pedro reconociendo su condicion perdida y a su Salvador

En un inicio, Pedro tenía un concepto muy alto de sí mismo; él era el pescador y Jesús solo era un maestro; instantes después vemos a Pedro humillado, reconociendo que era un pecador y que Jesús era Señor. Y este es el punto crucial, el principio espiritual que se encuentra detrás de la resistencia de las personas, que aunque puedan entender las verdades bíblicas de la vida, muerte y resurrección del Señor Jesucristo, se niegan a aceptar y abrazar en fe dichas verdades para sus vidas. Pedro tuvo que dejar su orgullo y humildemente reconocer su necesidad del Señor. Jesús mismo dijo en otra oportunidad que “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lucas 5: 31). Aquel que no reconoce su necesidad, que no acepta su total incapacidad de salvarse y su estado perdido, no puede ir hacia el Salvador en verdadero arrepentimiento y fe.

Otro ejemplo de este principio de humildad espiritual lo podemos ver en Juan el Bautista, el mensajero enviado para allanar los caminos al Señor que venía al mundo. Su ministerio gozaba de gran popularidad y en pleno auge de su labor, sus discípulos le llaman la atención a un hecho sorprendente: Jesús de Nazaret de pronto empezaba a tener más seguidores que él. Normalmente, cualquier persona hubiera tenido inconvenientes con ello, y aun se hubiera puesto celosa; pero Juan no. El entendía el propósito de su ministerio y de su vida misma: menguar para que el Señor crezca. Él había entendido claramente que solo era un enviado, un mensajero que debía pregonar la venida del Rey, tan indigno era de tal privilegio que ni siquiera se consideraba digno de desatarle la correa de las sandalias, lo cual era la labor de los esclavos (Juan 1: 26-27, 3: 26-30)

Por último, vemos en Moisés este principio ilustrado. Este hombre de Dios fue reconocido como un gran profeta y siervo de Dios entre su pueblo y hasta el día de hoy; sin embargo, sus inicios no fueron tan agradables como pensamos. Escondido apenas nació, salvó de la condena de muerte que tenían los niños judíos porque su madre lo escondió y fue recogido y criado por la hija del Faraón. Así pues, hasta los 40 años Moisés fue criado en la sabiduría de los egipcios de tal manera que era “varón poderoso en palabras y obras” (Hechos 7: 22). Tiempo después tuvo que huir de Egipto para salvar su vida, porque mató a un egipcio al defender a un hebreo. La Biblia nos dice que “él pensaba que sus hermanos entendían que Dios les había de dar libertad por su mano” (Hechos 7: 25); aunque Dios no le había dado ningún llamamiento aún. Rechazado por su pueblo y perseguido por los egipcios, pastoreó ovejas por espacio de otros 40 años en el desierto, donde tuvo tiempo de sobra para meditar en su comportamiento y ser tratado en su auto suficiencia y orgullo. Al Dios llamarlo para liberar al pueblo de Israel, Moisés ya tenía 80 años y era un hombre tratado por Dios, de tal manera que la Biblia lo califica como el hombre “más manso de la tierra” (Números 12: 3).

Moises y su encuentro con Dios, a los 80 años

Las preguntas fundamentales

El llamamiento de Dios a Moisés nos ayuda a entender claramente el principio espiritual de la humildad en acción. La respuesta de Moisés al llamado de Dios es ahora completamente diferente de lo que hubiese sido cuando era joven y arrogante: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón y saque de Egipto a los hijos de Israel? (Éxodo 3: 11) Años antes, Moisés había pensado justamente en esto, pero sin la dirección ni autorización de Dios; por ende, todo le había salido mal. Ahora, era el mismo Señor quien lo comisionaba y Moisés había aprendido humildad. Ya no se sentía competente por sí mismo para tal tarea. Así pues, la primera pregunta es ¿Quién soy yo?

Aun dubitativo ante la comisión que Dios le está haciendo, Moisés hace una pregunta lógica: ¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu nombre, de modo que yo pueda decirles quien me envía? (Éxodo 3: 13) Moisés reconoció que no conocía al Dios de sus padres. Y el Señor le responde con su nombre personal: el Yo Soy, el que tiene existencia en sí mismo, la fuente de todo lo que tenemos y recibimos. En este punto, la pregunta es Dios, ¿Quién eres tú?

Estas dos preguntas deben ser respondidas en la mente de toda persona que es confrontada con la verdad bíblica acerca de la persona de Jesucristo. Reconocer mi necesidad espiritual y entender quién es el Salvador es necesario para venir a la verdadera fe salvadora en el Señor. Cada vez que la Escritura registra que un hombre se ha encontrado con Dios, la reacción siempre ha sido la misma: humillación. Desde Isaías reconociendo que era “hombre inmundo de labios”, o Daniel cayendo postrado y sin fuerzas ante el Señor, hasta Juan que cae como muerto a los pies del Señor, siempre el efecto causado en el hombre es el asombro, temor, perplejidad y la sensación de pequeñez e incapacidad ante la grandeza, majestad y santidad del Dios tres veces santo.

Una ilustración poderosa

Job fue un hombre registrado en la Biblia como varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal (Job 1: 1). Cuando es sometido a grandes y terribles pruebas, él llega a clamar que quiere hablar con Dios, para que le explique porque le ha agraviado en tal manera (Job 9: 33, 19: 6). Después de muchos lamentos, dudas y las réplicas de sus amigos, Dios aparece en escena diciendo: “¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? Ciñe ahora como varón tus lomos; yo te preguntaré, y respóndeme tú” (Job 38: 2-3).

Job aprendió a confiar en la grandeza, santidad y poder de Dios

Dios empieza a hacerle una serie de preguntas que ponen de manifiesto su grandeza y lo pequeño que es Job para entender el propósito de todas las cosas, la sabiduría de Dios al hacerlas y su carácter divino. Job entiende la reprimenda y declara “He aquí que yo soy vil, ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca” (Job 40: 4). Job estaba incurriendo, al dudar de la sabiduría, propósitos y carácter de Dios, en acusar a Dios y justificarse el (Job 40: 8). Pero este hombre de Dios, al ser ahora confrontado con cosas más grandes que él, al considerar la grandeza de Dios y su propia incapacidad, declara estas palabras que han quedado registradas para la eternidad:

Yo sé que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti.

¿Quién es el que oscurece el consejo sin conocimiento? Por tanto yo hablaba lo que no entendía; cosas muy maravillosas para mí, que yo no sabía. Oye te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y en ceniza (Job 42: 2-6)

Job entendió. Su orgullo fue hecho a un lado y nueva humildad ante el poder y carácter de Dios llenó su corazón. Ya no había más lamentos, ni tampoco demandas de explicaciones por las cosas que habían sucedido. Job se había encontrado con Dios y contemplar tan sublime cuadro era suficiente para que creyera en Dios, en una relación personal con este Dios de amor que todo lo puede y que todo lo sabe.

 

Conclusión

La fe es el requisito de la salvación, eso lo tenemos claro; pero el principal obstáculo para la verdadera fe es el corazón orgulloso y autosuficiente, que no acepta su condición perdida y que no corre a los pies del Salvador para obtener gracia y perdón. El apóstol Pablo nos dice en Romanos 10: 9-10 que “si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, mas con la boca se hace confesión para salvación”. Pero esta promesa de salvación no es efectiva hasta que abandonamos el orgullo y la incredulidad, que es una decisión y postura del corazón, y corremos a Jesús, reconociéndole como Señor soberano de nuestras vidas y estamos dispuestos a rendirnos ante el que resucitó de los muertos para nuestra salvación.

La peor desagracia que puede ocurrirle a un ser humano es que tenga tal dureza de corazón, que ante las verdades bíblicas presentadas a su mente y corazón decida rechazarlas. Entendemos la soberanía de Dios en la salvación; aun así, el hombre es responsable de aceptar o rechazar el mensaje de la salvación. Jesús mismo lo expresó cuando al acusar a los fariseos repetidas veces, y ante su obstinada incredulidad, declaró:

“¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (Mateo 23: 33)

Y la respuesta es que no es posible. Sin humildad, sin reconocer que somos pobres de espíritu, sin convicción de pecado, no podemos acercarnos al Señor. Y eso es sinónimo de perdición eterna, pues no hay salvación fuera de Cristo Jesús.

 

Les dejo este video para que recordemos que nuestro Dios es soberano, sabio, santo y amoroso. Necesitamos de El en todo tiempo!

 

Amen!