Entonces vinieron a Él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés nos escribió, que si el hermano de alguno muere, y deja esposa y no deja hijos, que su hermano tome su esposa, y levante descendencia a su hermano. Hubo siete hermanos; y el primero tomó esposa; y murió sin dejar descendencia. Y la tomó el segundo, y murió, y tampoco él dejó descendencia; y el tercero, de la misma manera. Y la tomaron los siete, y no dejaron descendencia; a la postre murió también la mujer. En la resurrección, pues, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa? Porque los siete la tuvieron por esposa. Entonces respondiendo Jesús, les dijo: ¿No erráis por esto, porque no conocéis las Escrituras, ni el poder de Dios? Porque cuando resuciten de entre los muertos, no se casarán, ni se darán en casamiento, mas serán como los ángeles que están en el cielo. Y de que los muertos hayan de resucitar, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Él no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho erráis”                                                      (Marcos 12: 18-27)

En esta oportunidad quiero hablarles de un hombre llamado Guillermo Miller, que nació en 1782, en Pittsfield, Massachusetts. Un porfiado deísta, se convirtió al cristianismo y se entregó de lleno a la predicación de la Palabra de Dios hacia el año 1834, enfocándose bastante en el pronto regreso del Señor Jesucristo. Formó un movimiento que estaba bien consolidado para 1842. Su mensaje original no incluía una fecha específica, aunque luego, según sus cálculos señalaba el 21 de marzo de 1843 como la fecha de regreso del Señor. Tal fecha provino de una errónea interpretación de Daniel 8: 14. Aunque a la llegada de dicha fecha no sucedió nada, ni luego tampoco en 1844, el prosiguió firme en su convicción que el Señor pronto vendría. El murió en 1849, dejando una multitud de seguidores de sus ideas que luego fueron distorsionándolas.

Su interpretación equivocada de un solo texto lo llevo a un error que contribuyó años después al nacimiento de las sectas “Iglesia Adventista del Séptimo Día” y a los “Testigos de Jehová”. Aunque él era un cristiano sincero, estaba sinceramente equivocado. Guillermo Miller no inició estas sectas, sin embargo, su enseñanza tergiversada de la Escritura dio pie a estas organizaciones que hasta el día de hoy engañan a millones de personas, alejándolas del Salvador Jesucristo.

¿Es posible leer la Biblia y aun así estar equivocado? ¿Puedo estar entendiendo y aplicando la Biblia de manera incorrecta? ¿Cómo afecta esto mi vida, familia y servicio al Señor? Sí, es posible equivocarnos cuando dejamos que nuestras posiciones doctrinas prefijadas e ideas personales estén por encima de la Palabra de Dios, relegándola a un segundo plano o usándolo solo para justificar nuestra manera de pensar.

El día de hoy quiero compartir con ustedes Marcos 12: 18–27 donde vemos un episodio donde el Señor Jesucristo se enfrenta a un grupo de religiosos de la secta de los saduceos, quienes eran conocedores de la Palabra de Dios, pero estaban terriblemente equivocados con respecto a lo que creían. Dichas creencias equivocadas permeaban todo su pensamiento y vida. Su ejemplo nos puede mostrar claramente el peligro de conocer las Escrituras con un corazón duro y no dispuesto al Señor.

Los religiosos se acercaban a Jesus no para aprender sino para contender

La perspectiva errada frente a las Escrituras

Este texto nos habla de lo equivocado que puede estar una persona que conoce la Biblia pero que se acerca a ella con prejuicios e ideas personales que le impiden tener un corazón moldeable y enseñable para con Dios. Los saduceos eran una secta religiosa que dominaban los puestos más altos del pueblo de Israel; a pesar de que eran pocos en número, eran muy influyentes y poderosos. Eran materialistas, negaban los aspectos de la vida espiritual y no esperaban el regreso del Mesías. Habían hecho alianzas con el imperio romano y manejaban la política y la vida de la nación de Israel. Teológicamente hablando, solo reconocían el Pentateuco como enseñanza inspirada de Dios, y dado que no encontraban en ella enseñanza clara acerca de la resurrección de los muertos, entonces no creían en ella.

Al enfrentarse a la poderosa enseñanza del Señor Jesucristo, los saduceos se unen para tentar al Señor con una pregunta en la cual ellos mismos no creían. Le plantean el caso de una mujer que tuve por maridos a siete hermanos, los cuales murieron uno después del otro, y al final murió ella también. Según las enseñanzas de Moisés, la ley del levirato establecida en Deuteronomio 25: 5-10 mandaba que el hermano que sobrevivía al fallecido tomara a la mujer del difunto para mantener la descendencia y no se pierdan los bienes y tierras del que murió. Sin embargo, en este caso extremo, fueron 7 los hermanos que murieron y que tuvieron a la mujer por esposa. Aunque ellos no creían en la resurrección, le preguntan al Señor, que pasaría con esta mujer en la otra vida, ¿mujer de quien sería si los siete la tuvieron por esposa? El objetivo claro de los saduceos era ridiculizar la idea de la resurrección ante los ojos de los fariseos, escribas y demás, así como poner en aprietos al Señor con la respuesta que daría: ¿invalidaría la enseñanza de Moisés?, ¿invalidaría la enseñanza de la resurrección?, ¿no sabría que responder?

Su intención no era conocer la verdad. Ellos ya tenían un status quo, una manera de pensar y de actuar que les era muy cómoda y no estaban dispuestos a cambiarla. El mensaje del Señor Jesucristo les era ofensivo porque iba en contra de todas sus prerrogativas y alianzas; por ello buscaban que avergonzarlo, desacreditarlo ante el pueblo. Son como ese niño que en plena clase no paraba de jugar con sus lapiceros. Su maestra le llama la atención, pero este niño a los 3 minutos estaba jugando nuevamente con sus lapiceros. La maestra, ya un poco impaciente, le amenaza diciéndole: “Juancito, no vuelvas a jugar con tus lapiceros porque no es hora de recreo. Atienda la clase”. El niño refunfuñando deja sus lapiceros pero a los 3 minutos nuevamente está jugando con ellos. La maestra, habiendo perdido la paciencia, se acerca al niño y le quita los lapiceros diciéndole: “Juancito, te lo advertí, ahora siéntate y solo escucha la clase”. Continúa la clase y le hace una pregunta a Juancito para comprobar si está atendiendo, pero el niño no responde y más bien se ve bastante entretenido. “¿En qué piensas Juancito, que no atiendes la clase?” le dice la mujer, a lo que el niño responde “Estoy jugando con mis lapiceros en mi mente”. Por fuera, aparentaba hacer la voluntad de la maestra, pero su rebeldía le llevaba a hacer lo que él quería, no lo que le decían. Así eran los saduceos.

Asimismo, corremos el peligro de tener un corazón rebelde a Dios, que quiere hacer su propia voluntad en vez de sujetarse a lo que Dios nos está hablando y enseñando por medio de su Palabra. Juan 7: 17 nos dice que el que quiera hacer la voluntad de Dios entenderá la doctrina de Cristo, pero si tenemos un corazón endurecido, rebelde, desobediente a Dios no entenderemos nada (Proverbios 28: 5).

Un corazon humilde y deseoso de aprender es necesario para acercarse a las Escrituras

La perspectiva correcta frente a las Escrituras

Pero es imposible para el hombre burlarse de Dios. El Señor hace un diagnóstico rápido y claro de su situación: ellos querían poner a prueba al Señor, pero lo que no sabían era que ellos mismos se habían puesto a prueba y habían fallado a los ojos de Dios. Habían errado (gr. planao = extraviarse, descarriarse, errar), porque no conocían las Escrituras ni el poder de Dios. Desconocían las Escrituras por ignorancia del espíritu de la Ley; aunque conocedores de la Ley, no la entendían ni el camino que ella apuntaba. Desconocían al Dios de la Biblia, ni su poder ni el propósito por el cual habían escrito su Palabra. El Señor procede a responder en detalle en qué consistía su equivocación:

La vida futura será completamente diferente de esta; aun nosotros mismos seremos diferentes. Los que resuciten de entre los muertos, los que sean tenidos por dignos de ser parte de la resurrección para gloria, es decir, los que han creído en el Señor Jesucristo, ya no mueren más, son hijos de la resurrección. No solo eso, sino que no se casan ni se dan en casamiento pues son como los ángeles del cielo. Los ángeles viven para servir y alabar al Dios todo poderoso, su propósito es ministrarle a Él y cumplir su voluntad. Los creyentes resucitados vivirán para servir, alabar y adorar al que vive por los siglos de los siglos (Apocalipsis 21: 2-3); ese será su propósito y el cumplimiento de su gozo, disfrutando del amor, comunión y conocimiento del Dios eterno, infinito y verdadero (Juan 17: 3).

Los saduceos no habían entendido esto: para ellos, la relación con Dios se basaba en la fría observancia a las leyes establecidas por Moisés y en el disfrute de esta vida terrenal. No consideraban ni tenían la mirada puesta en la vida espiritual, estaban llenos de materialismo.

Los saduceos basaban su negación de la vida después de la muerte en que no encontraban en el Pentateuco enseñanza sobre la vida más allá. Jesús arroja por tierra sus excusas al tomar del mismo Pentateuco, del pasaje en Éxodo 3: 6 la verdad de que Dios es Dios es vivos, no de muertos. La muerte no termina la relación de Dios con sus hijos: Abraham, Isaac y Jacob, aunque muertos muchos años antes de Moisés, aún viven para Dios, porque para El todos viven. La muerte física solo es la separación entre el cuerpo y la parte inmaterial del ser humano, la cual sigue viviendo y relacionándose con Dios.

Los saduceos erraban porque pensaban que la vida terrenal era todo lo que existía y que el término de esta concluía la interacción con Dios; sin embargo, el Señor les muestra que se equivocan al no entender las Escrituras, que desde los primeros libros del Pentateuco enseñaba con claridad esta verdad. Dios, desde Génesis 3: 15 hizo evidente su deseo de formar para si un pueblo que le ame y le busque. El llamó a Abraham con el objetivo de formar dicho pueblo, manteniendo su promesa a sus descendientes Isaac y Jacob, liberándolos por mano de Moisés, sosteniéndolos por jueces, reyes y profetas que enviaba hasta la manifestación de su Hijo Unigénito, en el cual se cumplía las promesas de Génesis 3:15 y el pacto hecho a Abraham de que en su descendencia serian benditas todas las familias de la tierra. Dios es poderoso para mantener sus promesas y cumplirlas y es poderoso para dar vida.

¿Cómo entonces nos aseguramos de entender correctamente la Palabra de Dios? Conociendo la Palabra de Dios y el poder de Dios, lo cual es una referencia al ministerio del Espíritu Santo sobre la vida de los creyentes, dirigiéndoles a toda la verdad. El nos abre el entendimiento para comprender las Escrituras y obra en nosotros con poder para transformarnos de gloria en gloria, conformándonos a la imagen del Hijo de Dios. Para ello, usa su Palabra y demanda de nosotros la obediencia y un corazón dispuesto a buscarle.

Cuidemos de estudiar sincera y profundamente la Palabra de Dios

Concluyendo

¿Es posible entonces conocer la Biblia y estar equivocado? ¡Por supuesto! Esto sucede cuando nuestro corazón no es sincero delante de Dios y cuando nos acercamos a la Biblia con prejuicios y presuposiciones personales que nos impiden entender y comprender la verdad de la Palabra de Dios. Si no tenemos una relación con el Señor, es imposible poder entender las verdades espirituales de la Palabra de Dios, porque el hombre natural no las puede comprender. El Señor Jesucristo termina reafirmando su diagnóstico de los saduceos: habían errado y mucho. Se habían extraviado completamente de la verdad bíblica, endureciendo sus corazones y enfocándose en los temporales engaños de una vida separada de Dios.

El cristianismo no es una religión, sino una relación con el Dios vivo. Una relación de amor que va más allá de la muerte física, que trasciende todas las cosas, porque Dios es eterno y todopoderoso. Para El, todos viven y aun la muerte física de los creyentes, tan dolorosa para quienes quedamos de este lado, es buena a los ojos de Dios (Salmos 116: 15).

Jesucristo dijo que Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14: 6). En otro pasaje, mencionó que Él es la resurrección y la vida y que quien creyera en El, aunque este muerto vivirá (Juan 11: 25-26). Tanta es la profundidad de estas verdades que no podremos nunca entenderla; sin embargo, se nos llama a creerlas y abrazarlas, mirando al Señor Jesucristo como nuestro Único y suficiente Salvador, quien nos da la vida eterna y la comunión gozosa con el Padre Celestial, aquí en la tierra, y allá en el cielo. El Señor no respondió a la pregunta de cómo resucitaremos, pero fue claro al mencionar que si existe una vida más allá de la muerte, cuyos detalles no conocemos, pero que sabemos que es completamente diferente a la existencia temporal, limitada y débil que vivimos aquí en la tierra. Y eso debe ser suficiente para tener expectativa por lo venir y para esforzarnos en predicar la Palabra de Dios, de tal manera que más personas puedan experimentar el indescriptible gozo de la vida eterna.

Por ello, tengamos un encuentro profundo y constante con la Palabra de Dios. Dejemos que ella nos permita conocer al Dios verdadero; que renueve nuestra mente y nos cambie con su poder. Tal decisión tendrá trascendencia eterna en nuestras vidas, familias, ministerio y en nuestra sociedad. Recordemos que nuestras creencias moldean nuestras acciones y que ellas siempre tienen consecuencias que trascienden a nosotros mismos y pueden ser de bendición o de gran mal para quienes nos rodean.

 

Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”               (1 Timoteo 4: 16)

Amen!