El día de hoy tengo que compartir un tema que es una lucha para todos los cristianos, no importa el tiempo que tengan de creyentes, el conocimiento que posean o lo mucho, o poco, que hayan vivido en la vida cristiana. Se trata de la oración, y sobre este tema hay mucho que decir y muy poco tiempo para hacerlo, así que vamos a concentrarnos en lo más importante: ¿Por qué tan pocos cristianos oran de verdad? ¿Por qué hacemos promesas de orar y casi siempre terminamos incumpliéndolas? La triste realidad es que muy pocos cristianos oran. Uno de mis propósitos con este tema es que podamos entender que la oración no es un tema solo para hermanos mayores, sino que está disponible para cualquiera que haya nacido de nuevo. La oración es poderosa porque no depende de quién ora, sino a quien ora. Lo importante aquí es que nos dirigimos al Dios todopoderoso y en tanto no entendamos esto, siempre nuestras oraciones serán pobres e incrédulas. Les invito por favor a leer conmigo Lucas 11: 1-13:

Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”

Jesús enseña sobre el modelo de la oración

Si queremos saber sobre la oración, tenemos que ir al Señor quien nos dejó en la Palabra de Dios instrucciones sobre ella. Leamos nuevamente los versos 1 al 4.

Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.”

Vemos que el primer paso que tenemos que tener en cuenta para poder ser hombres y mujeres de oración es reconocer la necesidad de orar. El Señor Jesús tenía siempre la costumbre de orar, y algunas de esas veces se mantenía cerca de sus discípulos, quienes veían su disciplina en la oración. En algún momento tuvieron que relacionar el hecho de que la vida poderosa del Señor estaba relacionada a su vida de oración. También tuvieron que darse cuenta que mientras los fariseos enseñaban a sus discípulos a orar, y aun Juan el Bautista enseñaba a sus discípulos a orar, el Señor Jesucristo nunca les menciono que les iba a enseñar a orar directamente: solo lo veían hacerlo. ¿Por qué? ¿Es que acaso al Señor Jesús no le importaba que sus discípulos oraran? O ¿es que él quería que ellos descubrieran algo más importante? El salmista dijo en Salmos 27:8 “Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscare”. Isaías dijo en el capítulo 26, verso 9 “con mi alma te he deseado en la noche, y en tanto me dure el espíritu dentro de mí, madrugare a buscarte”. Y es que no puede haber una verdadera vida de oración si es que no hay deseo. El deseo de buscar a Dios, el reconocimiento de que tenemos necesidad de Él, de tener intimidad con el Señor. Cuando los discípulos fueron los que se acercaron al Señor, llevaron su deseo a Él. “Enséñanos a orar”, le dijeron, sabían que ellos no sabían cómo hacerlo. Reconocían que el Señor si sabía. Él era su maestro, debía enseñarles. Ellos tenían necesidad de orar, querían tener intimidad con Dios y una vida espiritual creciente. Debían aprender a orar. El Señor les enseña el Padre nuestro, que haríamos bien en leer nuevamente:

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.”

¿Qué vemos en este modelo de oración? Un reconocimiento de la relación que tenemos con Dios: “Es nuestro Padre”, un reconocimiento de que Él está en un nivel por encima de nosotros “está en los cielos”. Él es santo y puro. Un deseo de que su nombre sea santificado, glorificado aquí en la tierra y de que su reino venga a nuestras vidas, haciéndose su voluntad aquí en la tierra, en mi vida, de la misma manera que se hace allá en los cielos (Salmos 103:21, Daniel 4:35).

Jesus enseña el Padre Nuestro

Luego de esto, y no antes, viene tres tipos de peticiones: por nuestras necesidades físicas (pan), por nuestras necesidades espirituales (pecado), teniendo en cuenta de que nosotros mismos tenemos el corazón libre de amarguras y rencores. Por último, necesidad de ser guardados en santidad y obediencia a Dios. El Padre nuestro es un modelo de cómo debemos orar, con nuestras propias palabras pero incluyendo estos principios importantes y recordando que lo principal no somos nosotros sino El, porque Dios ya conoce nuestras necesidades antes de que se las pidamos. Quienes no conocemos que cosas realmente necesitamos somos nosotros. Normalmente quedamos a nivel de necesidades físicas, pero aún hay muchas necesidades, pecados, actitudes, comportamientos y pensamientos que debemos llevar a la presencia de Dios para ser perdonados, sanados y transformados.

Jesús enseña sobre la actitud en la oración

Luego de enseñar sobre el modelo de la oración, ahora el Señor Jesús procede a hablarnos acerca de la actitud que tenemos que tener ante la oración. Ya hemos visto que no es un rezo y aunque tiene un orden y una estructura, es una conversación viva, recíproca y no algo mecánico y sin vida. Imagínate a uno hablando con un robot, ¿Qué feo no? Bueno, la oración es no es como hablar con un robot, sino con El que nos creó y eso demanda cierta actitud. Más allá de la reverencia que debe saber que hablamos con el Dios del universo, hay 3 actitudes que son necesarias y que Cristo nos quiere enseñar a través de una parábola. Leamos por favor los versos 5 al 10 de Lucas 11:

“Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.”

El Señor nos cuenta una situación un tanto incómoda para un padre de familia en los tiempos de Israel antiguo. En esas épocas, normalmente las casas tenían un solo cuarto grande donde todos dormían juntos. Los padres dormían con sus hijos en una misma habitación. La cortesía oriental demandaba que si un viajero llegaba de improviso había que darle posada y alimentos. En este caso, un viajero llego y su anfitrión no tenía que darle de comer, así que va donde su amigo a pedirle 3 panes. El otro le dice que no moleste porque ya está acostado, la puerta cerrada y todos en cama. Tendría que ser muy molesto levantarse, levantando a los demás, buscar los panes, abrir la puerta y dárselos todo a medianoche. Consideremos que la gente del campo se acuesta temprano porque se levantan temprano, así que a medianoche ellos estaban ya profundamente dormidos! Sin embargo, dice el Señor que a pesar de que no se levante a darle los panes por ser su amigo, lo hará por su importunidad. Esto nos dice que aquel que pedía desde afuera no lo hizo solo una vez, sino que literalmente “importuno” a su amigo hasta que consiguió lo que quería.

Esto nos da profundas enseñanzas. El amigo tenía una necesidad: darle pan a su amigo viajero; pero no podía satisfacerla. Entonces tuvo que acudir a pedir ayuda, insistiendo hasta conseguirlo. Y aquí termina la comparación porque Dios SI está dispuesto a darnos lo que necesitamos; pero eso no significa que no tengamos que tener las tres actitudes que les mencione al inicio de este punto. ¿Cuáles son esas tres actitudes? Bueno, son pedir, buscar y llamar.

Al orar tenemos que tener la actitud correcta

Pedir: Implica humildad, reconocer que tenemos una carencia, que somos pobres de espíritu, de mente, de voluntad y de recursos. Nos acercamos a Aquel que es dueño de todo y fuente de todo lo que necesitemos. ¿Cuál es el resultado? Obtendremos lo que pedimos. Se nos dará lo que necesitamos. Respuesta garantizada reciben los que piden.

Buscar: Implica constancia, diligencia, interés por encontrar algo. Si no tenemos interés en encontrar algo no lo buscaremos, así de simple. Pero para quienes busquen el rostro de Dios y aquellas cosas de las que tienen necesidad, la Palabra dice que hallaran lo que buscan.

Llamar: Implica tocar insistentemente, pedir auxilio, atención, socorro. Implica tiempo y reconocer que necesita una puerta abierta u oportunidad. ¿Cuál es el resultado? Se me abrirá la puerta y podré entrar.

Entonces, ¿cuál es la actitud que debo tener al orar? La de la necesidad y muchas veces no oramos porque nos sentimos auto suficientes, porque nuestro orgullo es muy grande y realmente no pensamos que tenemos tanta necesidad, o simplemente oramos cuando el problema es demasiado grande y vemos que esta fuera de nuestras manos, pero en los demás asuntos de la vida, dejamos de lado a Dios y nos encargamos nosotros. Pero esto no es lo que nos enseña la Palabra del Señor.

Jesús enseña sobre la confianza en la oración

Por último, el Señor enseña a sus discípulos sobre la confianza que deben tener en la oración. Esto porque es muy fácil pensar que la oración no tiene sentido, que Dios realmente no nos está escuchando o si lo hace, no obtendremos respuesta en lo que pedimos. Para esto, leamos por favor los últimos tres versos de este texto:

¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”

Para poder entender lo crucial en la oración, Jesús hace una ilustración más, comparando a un padre de familia con el Padre celestial. Así como vimos que hay una semejanza entre Dios oyendo las oraciones y el padre que fue importunado por su amigo, así también veremos semejanzas entre la motivación, el deseo y la acción de un padre de familia para con sus hijos y Dios para con los creyentes, quienes somos sus hijos.

Un padre normalmente quiere lo mejor para sus hijos, ¿cuanto mas nuestro Padre Celestial?

En primer lugar, se nos dice que hay un padre que va a suplir las necesidades de su hijo Esto es lo lógico, lo normal: un hijo tiene hambre y acude donde su padre porque sabe que el le va a proveer de alimento. El padre ve a su hijo en necesidad y le da sustento a sus hijos. No le va a dar algo que no les alimente como una piedra, o algo que les haga daño como una serpiente o un escorpión. No! Él le dará alimento, cuidado, protección porque es su padre y quiere lo mejor para su hijo. Esta criatura puede estar confiada en su padre, él le proveerá lo que necesite.

En segundo lugar, aunque el ser humano es malo, imperfecto y los padres lo son también, sus motivaciones para con sus hijos son de las mejores. Cuanto más el Padre celestial, el Dios de los cielos, que no tiene imperfecciones, que no tiene maldad, que es puro y santo y no solo eso, sino que todopoderoso, dará a sus hijos no solamente lo que necesiten para satisfacer sus problemas temporales, sino que dará lo que realmente necesitan: el Espíritu Santo a quienes se lo pidan. Pero si el hijo quiere pan, ¿acaso Dios no le dará pan? Por supuesto que sí, pero la mayor necesidad del hombre no es pan, sino de vida espiritual y eso solo puede ser provisto por Dios, por medio de la fe en Cristo Jesús y cuya evidencia es la residencia, la morada del Espíritu Santo en aquellos que invocan el nombre del Señor.

Son hijos de Dios los que tienen el Espíritu de Dios. Son ellos los que pueden clamar “Abba Padre”, son solo ellos los que pueden confiar en que están agarrados en la mano del Padre y de su poderosa mano nadie los puede sacar. Son ellos los que pueden gloriarse de que ni la vida ni la muerte, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo porvenir ni nada de lo creado los puede separar del amor de su Padre, que es en Cristo Jesús nuestro Señor.

Conclusión

Concluimos pues, que tenemos un Padre en los cielos que nos ama, al cual podemos y debemos acudir en oración con fe, confianza, constancia, persistencia y diligencia. Pediremos y se nos dará lo que necesitamos. Buscaremos y hallaremos lo que hemos perdido o lo que no tenemos. Llamaremos y se nos abrirá la puerta para poder entrar y descansar. Podemos confiar porque Dios no cambia, Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Alzaremos nuestros ojos a los montes, de donde vendrá nuestro socorro. Nuestro socorro viene del Señor que hizo los cielos y la tierra. De allí viene nuestro auxilio, pero primero debemos alzar los ojos en oración. Debemos desear orar, tener consciencia de nuestra necesidad de Dios. Debemos tomar la decisión de orar, determinando en nuestros corazones ser unos hombres o mujeres de oración. Debemos disciplinarnos a orar, no desmayando sino buscando a Dios todos los días, un poco cada día mientras nos vamos acostumbrando al ritmo y vamos ganando confianza y experiencia en la oración. Por último, disfrutaremos del deleite de la oración, cuando aprendemos a tener comunión íntima con el Señor y podemos conocer más de Él, más de nosotros y más de su voluntad para nuestras vidas.

Orando con confianza

Termino con una pregunta: ¿Qué decisión vas a tomar el día de hoy? Reconocerás tu necesidad o te quedaras en tu propia manera de pensar, sintiendo y pensando que realmente la oración no es tan importante y que no tienes por qué darte tanto trabajo. Te pregunto ¿eres ya un hombre de Dios? ¿Has logrado todos tus planes? ¿Todos tus parientes son creyentes? ¿Ya estas sirviendo al Señor con poder? ¿Ya descubriste todos tus dones? ¿Estás seguro que estás haciendo la voluntad del Señor? ¿Ya sabes con quien te vas a casar? ¿Ya sabes que va a ser de tu vida? Si no es así, entonces tú necesitas orar. Necesitas acudir al trono de la gracia, al soberano y poderoso Dios, autor de tu vida y clamar a Él por dirección, ayuda, provisión, bendición y poder. De ti depende, Dios está esperando y tú no sabes cuan poderosa puede ser una oración tuya, no por ti, sino porque va dirigida a Aquel que tiene el mundo en la palma de sus manos.

Amén!