Hoy estaré compartiendo con ustedes la Palabra de Dios, acerca de un tema muy importante: la oración. Todos nosotros, estoy seguro, hemos escuchado muchas enseñanzas acerca de la oración, acerca del modelo de la oración, del poder de la oración y lo importante que es que los cristianos oren. Innumerables historias bíblicas nos narran acerca de los hombres y mujeres de Dios orando y vemos al Señor respondiendo sus oraciones. Nos inspiran, nos desafían y agradecemos a Dios por darnos ese recurso tan poderoso que es la oración: el poder de la oración no está en nosotros, sino en Dios a quien oramos. Él es poderoso y fiel. Aun así, tengo que reconocer tristemente que muy pocos cristianos tienen un estilo de vida de oración. Sabemos mucho sobre la oración, podemos escribir libros enteros sobre ella, pero experimentamos muy poco de la vida de oración. Nos hemos llenado de conocimientos sobre la oración, pero nuestras rodillas no manifiestan que estemos orando. Y eso se puede ver en nuestras vidas: apáticas, desapasionadas, rutinarias, tristes, sin pasión ni esfuerzo por conocer y servir a Dios. ¿Por qué es tan difícil orar? ¿Por qué parece que la oración es solo un tema para algunos santos escogidos por Dios y no para todos? La realidad es que la oración es un recurso disponible para todos los creyentes pero hay razones específicas por las cuales no es difícil orar. Vamos a examinar la Palabra de Dios en busca de 5 razones que nos dificultan el tener una vida de oración sana. Estas son: porque no conocemos a Dios bíblicamente; porque no nos conocemos a nosotros bíblicamente; porque tenemos pecado en nuestro corazón; porque nuestra mente está llena de pensamientos mundanos; y porque nos cuesta disciplinarnos. Examinémoslos pues uno por uno.

Es difícil orar porque no conocemos a Dios bíblicamente

Todos los creyentes hemos conocido a Dios, hemos sido hechos hijos de Dios por medio de la fe en el Señor Jesucristo, en su muerte en la cruz por nuestros pecados y su resurrección gloriosa; pero hay un sentido en el que vamos conociendo a Dios poco a poco a medida que vamos creciendo espiritualmente en el estudio de su Palabra, en la oración y en el servicio cristiano. Hay muchos aspectos de la persona de Dios que necesitamos aprender porque no los conocemos y ellos afectan directamente nuestra percepción de Dios, de nosotros, del mundo que nos rodea y por ende trascienden a nuestro servicio y modo de vivir en esta tierra.

La Palabra de Dios nos dice en Isaías 40: 25-28 lo siguiente:

¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo.

Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio. ¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido de Jehová, y de mí Dios pasó mi juicio? ¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance.”

También la Escritura nos dice en Apocalipsis 4: 8-11 lo siguiente:

Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.”

Estos y muchos pasajes más nos dan luces sobre la persona de Dios. Él es el soberano absoluto del Universo, todopoderoso, creador de los cielos y de la tierra y quien sostiene todas las cosas con la palabra de su poder. Él es todopoderoso, sin límite alguno en tiempo, espacio o poder. No es parecido a nada que exista en esta creación: nuestro Dios trasciende su creación aunque no está lejano de ella. Él es Santo, Santo, Santo digno de adoración, honra y gloria. A él se postran todos los seres celestiales y también en su momento todos lo creado doblara sus rodillas ante El. Solo podemos imaginar levemente con nuestra limitada mente humana las grandezas y maravillas de la persona de Dios. No existe Dios fuera de Él, Él es el Único Dios verdadero a quien debemos honrar, reverenciar y adorar.

Angeles sirviendo al Señor de Señores y Dios de Dioses

Es la Palabra de Dios quien nos enseña sobre el Altísimo, quien nos muestra atributos de su persona que al conocerlos provocan en nosotros adoración, gratitud, amor. Ese Dios maravilloso, sin límites, eterno, santo, que todo lo sabe, que todo lo puede, que está en todas partes, que no se cansa, que no se fatiga, que lo creo y lo sostiene todo, ese Dios nos ama personalmente y lo ha demostrado enviando a su Único Hijo, quien le ha revelado. “No me vera hombre y vivirá” le dijo el Señor a Moisés; pero en Jesucristo vemos que “el que le ha visto a Él, ha visto al Padre”. El Hijo nos ha revelado a Dios y su Palabra nos habla de Él. Pero cuando no le conocemos tal y como la Biblia nos enseña, entonces nuestra percepción de Dios es pobre. ¿Cómo relacionarnos con quien no conocemos? ¿Cómo adorar a Aquel de quien no estamos agradecidos? ¿Cómo confiar en Dios si no sabemos que Él es la fuente de toda la vida y de todo lo que necesitamos? Nuestro conocimiento de Dios afecta directamente nuestra vida de oración y mientras más le conocemos, más profunda, viva, sincera y dependiente se vuelve nuestra oración a Él. Entendemos que no somos nada sin Él y podemos decir como David “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.”

Es difícil orar porque no nos conocemos a nosotros mismos bíblicamente

Así como un desconocimiento de la persona de Dios afecta nuestra vida de oración, de la misma manera un desconocimiento de quienes somos nosotros realmente según lo que nos enseña la Palabra de Dios afecta también nuestra vida de oración. Es muy común encontrar personas que toman la oración como último recurso en un momento de desesperación, o aquellos que hacen sus planes y oran al final para que el Señor le dé el “amen” a lo que ellos han planeado. Hay quienes solo dirigen sus oraciones en asuntos que consideran importantes y otros que oran pero sin una real disposición de corazón para obedecer, confiar y encomendarse al Señor.

¿Por qué sucede esto? Porque no sabemos lo que Biblia dice sobre el ser humano. Ella nos dice en Romanos 3:10-12:

“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”

Asimismo, Jeremías 17:9-10 nos dice que:

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”

El ser humano sin Dios está completamente depravado, inutilizado en su corazón, en su mente y en su voluntad de agradar a Dios, de acercarse a Él y amarlo. Su corazón es engañoso, completamente vendido al mal y esclavo del pecado. Eso lo sabemos; pero lo importante aquí es entender que los creyentes somos hechos nuevas criaturas, pero aun debemos luchar con la naturaleza pecaminosa que no ha sido extirpada de nuestro ser sino que ha perdido su poder. Y esta es la lucha del creyente que debe caminar lleno del Espíritu Santo; pero que si se descuida entonces da lugar a que su corazón se incline nuevamente al pecado. Decía un santo de la antigüedad que “el que ora deja de pecar y el que peca es porque ha dejado de orar” y esto es muy cierto. Cuando no conocemos de donde nos ha sacado Dios y cuál es la lucha que tenemos que batallar en nuestro caminar cristiano, es fácil pensar, como piensan muchos actualmente, que ya somos completamente buenos y que podemos prescindir de la oración y en esencia dejarnos guiar por nuestro corazón. No podemos dejarnos llevar por el corazón, más bien debemos guiarle hacia la obediencia a la Palabra de Dios.

El corazón del hombre es engañoso y perverso sin Dios

El creyente inmaduro que no conoce el estado del hombre antes de Cristo y su lucha actual, así como el papel de la oración y el ministerio del Espíritu Santo en su santificación, cae en el orgullo de pensar que después de todo, la oración no es tan importante. La autosuficiencia, la independencia es algo muy peligroso para el creyente: poner la mira en las cosas del mundo y decidir y pensar como el mundo lo hace nos pone en peligro de seguir caminos que nos pueden parecer derechos, pero cuyo fin es camino de muerte.

Es difícil orar cuando albergamos pecado en nuestro corazón

A estas alturas ya debemos tener claro que nuestro Dios es Santo y “muy limpio de ojos para ver el mal”. Él no puede tener comunión con el pecado y aparta su rostro del mal. Por eso cuando pecamos y no arreglamos cuentas con Dios no se altera nuestra posición ante el Señor pero si se interrumpe nuestra comunión con El y nos ponemos en posición de recibir la disciplina de nuestro Padre Celestial. Veamos lo que la Palabra de Dios nos dice en Salmos 66: 18:

“Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado”

Es un texto muy corto pero bastante claro: Dios no puede tener comunión con el pecado. Para ello, la Palabra de Dios nos dice que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos de nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Podemos, y debemos, acudir al Señor para arreglar cuentas con Dios y así restaurar nuestra comunión con El; de lo contrario, nuestra oración no sería escuchada.

Hay un peligro muy grande mis hermanos cuando descuidamos nuestra comunión con Dios, cuando dejamos la oración a un segundo o tercer plano y persistimos en la actitud de rebeldía y desobediencia al Señor, eso atrae la disciplina del Señor. Por ello es necesaria la confesión de todo pecado que tengamos en nuestro corazón hacia Dios para que podamos disfrutar de una comunión sin interrupciones con nuestro Señor. ¿Por qué experimentamos muchas veces la ansiedad, desesperación, preocupación, problemas, crisis? Muchas de esas veces puede deberse a que no estamos confesando nuestros pecados al Señor y a que no estamos cuidando de nuestra relación con el Señor. Seguramente veremos a un joven cuidando de su relación amorosa, esforzándose en agradar a su enamorada; pero la peor tragedia es ver a un creyente siendo negligente en su relación con Dios, no cuidándose ni valorando el privilegio que tiene de poder acercarse con libertad, por los méritos de Cristo Jesús, al trono de la gracia de Dios en oración.

Es difícil orar cuando nuestra mente está llena de pensamientos mundanos

Como creyentes, estamos inmersos una sociedad que rechaza a Dios completamente. Estamos en este mundo, aunque no somos de este mundo. Y este sistema mundano, gobernado por Satanás mantiene cegados a los hombres y promueve la rebelión contra el Señor usando todos los medios que tiene a su disposición. No es de sorprendernos que esta cultura moderna de entretenimiento cuyo enfoque es la búsqueda del placer por el placer mismo ataque a todos por igual, creyentes y no creyentes.

Por ello la Palabra de Dios nos manda en Romanos 12: 2 que:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

Aquí Pablo nos exhorta a no conformarnos a esta corriente de pensamiento mundano, sino que renovemos nuestra mente para que seamos transformados en nuestra manera de pensar, sentir y decidir y así poder experimentar de primera mano y no por lo que otros dicen, que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. Si no lo hacemos estamos a merced de pensamientos contrarios a la Palabra de Dios, los cuales nos debilitan espiritualmente y afectan nuestra vida de oración. La gran tragedia de este siglo son creyentes que pasan más tiempo frente a una pantalla de computadora o detrás de un televisor que de rodillas en oración delante de Dios. Pablo también nos exhorta en Efesios 4: 22-23:

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”

El creyente tiene que estar presto a dejar los hábitos y costumbres de nuestra vida pasada, cuando estábamos sin Cristo, y ser renovados en el espíritu de nuestra mente, nuestra actitud interior, nuestros esquemas de pensamientos, alineándolos a la Palabra de Dios, la mente de nuestro Señor, para que podamos vivir de acuerdo a la voluntad del Señor, conforme al estándar del nuevo hombre, que ha sido creado en Dios; y aquí viene lo importante, en la justicia y santidad de la verdad. “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad” oró el Señor Jesús y cuando el creyente no está abrazando la verdad está llenándose de la mentira del diablo. ¿Podemos entonces esperar que un creyente que negligentemente no está llenando su mente de la Palabra de Dios, sino que está consumiendo programas, ideas, filosofías mundanas; tenga una vida de oración sana y creciente? De ninguna manera. Lamentablemente vivimos en una era de un cristianismo ligero, liviano, superficial y mundano; por ende no podemos alcanzar las profundidades de la oración cuando nuestra mayor prioridad es no perdernos el último capítulo de la serie de moda o el último video juego del momento.

Renovar nuestro entendimiento con la Palabra de Dios

Es difícil orar cuando no nos hemos disciplinado a orar

El Señor Jesús enseñó en el capítulo 18 del evangelio de Lucas acerca de la parábola de la viuda y el juez injusto. El propósito de esa parábola era enseñarles a sus discípulos la necesidad de “orar siempre sin desmayar” (Lucas 18: 1). Al final de la parábola, la viuda consigue que se le haga justicia porque perseveró en su petición, y nuestro Señor concluye “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18: 7-8). Aquí hay algunos puntos importantes: Dios responde la oración de sus hijos; pero ellos están orando día y noche; hay una implicancia en la petición de la viuda que no podemos pasar por alto: si una viuda perseveró tanto ante un juez humano e imperfecto por una necesidad temporal, ¿cuánto más deberían perseverar los hijos de Dios delante del Señor de toda la tierra por causas tanto más nobles como elevadas, considerando que no pedimos a un juez malvado, sino ante el Juez de toda la tierra, el Dios santo y amoroso que está presto a hacernos justicia. Sin embargo, hay una pregunta inquietante que hace el Señor ¿se hallara fe en la tierra cuando el Hijo del hombre vuelva? Nunca más que ahora se hace tan relevante esa apreciación. No perseveramos en la oración porque no creemos que recibiremos respuesta. No nos mantenemos de rodillas ante el trono de Dios porque estamos acostumbrados en esta era de la información a obtenerlo todo a un clic de tiempo y no nos gusta esperar. Cuanto debemos aprender de la perseverancia de una pobre viuda y cuanto ganaríamos si nos determináramos a esperar en la presencia de Dios por su respuesta y no por nuestros débiles e imperfectos intentos de resolver nosotros nuestros problemas.

El apóstol Pablo nos manda en 1 Tesalonicenses 5:17 “Orad sin cesar”. Pequeña orden pero sumamente difícil cuando preferimos la acción a la dirección de Dios. Nos gusta tomar el asunto en nuestras propias manos, resolverlo, pensar, preocuparnos, luego nos equivocamos y experimentamos el quebranto. Recién allí reaccionamos y lo primero que decimos es “Dios, ¿porque lo permitiste?” Y no nos hemos dado cuenta que nunca buscamos la dirección de Dios, nunca nos pusimos en sus manos en absoluta confianza ni tampoco esperamos en su presencia por la respuesta aunque eso tardara mucho. Dios conoce nuestros corazones, sabe nuestras motivaciones. La oración nunca lo cambia a Él; pero si nos cambia a nosotros pues mientras permanecemos en oración, vamos siendo enfocados y nuestras prioridades cambian para alinearse con su perfecta voluntad.

¿Qué hacemos ahora?

Nos queda claro que cuando no vamos a la Palabra de Dios para conocer al Señor y conocernos a nosotros mismos, cuando albergamos pecado en el corazón y cuando negligentemente dejamos que nuestra mente y pensamientos sean absorbidos por este mundo aborrecedor de Dios, nuestra vida de oración sufre las consecuencias y con ella, nuestra vida espiritual toda y todo lo que nos rodea son afectados. Si queremos vencer y adoptar un estilo de vida de oración sana y creciente, necesitamos hacer dos cosas básicas y claras: disciplinarnos en la lectura, meditación y estudio de la Palabra de Dios; y en la oración constante para poder vencer la tentación y el pecado.

Colosenses 3: 16 nos dice:

“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales”

El apóstol Pablo no nos está hablando de un lectura ocasional para calmar la conciencia. Nos habla de un esfuerzo consciente y disciplinado para que la Palabra de Dios more en abundancia en el corazón del creyente. ¿Con que limpiara el joven su camino? Con guardar la Palabra de Dios. ¿Por qué es bendecido el hombre de Salmos 1? Porque medita en la Ley del Señor de día y de noche. ¿Cuál fue el punto principal del mandato de Dios a Josué? Nunca se apartara de tu boca este libro de la Ley, sino que de día y de noche meditaras en él. Hablamos de un hombre que está lleno de la Palabra de Dios, cuyos pensamientos están, como lo diría en su momento Martin Lutero, cautivos de la Palabra de Dios. Una mente renovada ve las cosas como Dios quiere que las veamos, está llena de fe, esperanza, amor y puede ser usada poderosamente por el Espíritu Santo.

Jesús les dijo a sus discípulos en el momento más terrible de su vida lo siguiente:

“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.”

Recordemos que el hombre que ora no peca y el que peca es porque ha dejado de orar. Nuestro hombre interior anhela obedecer y hacer la voluntad de Dios; pero si no nos disciplinamos en la oración, nuestra vida espiritual es débil y es fácil presa del león rugiente que busca que seamos improductivos, inútiles, perezosos en vez de siervos de Dios dispuestos a servirle con pasión. Nunca olvidemos: la carne es débil, nuestra naturaleza humana aun afectada por el pecado tiene tendencia al mal. Dios nos ha dado la provisión de su Espíritu Santo para poder vencer y ser victoriosos; pero debemos echar mano de la oración constante para que nuestra vida espiritual sea fortalecida. Los discípulos dormían, inconscientes del momento más importante de la historia humana; así nosotros cuando no estamos orando estamos lejanos, inconscientes del obrar de Dios aun en nuestras propias vidas y ministerios.

Jesus orando en el huerto de Getsemani

Conclusión

Orar no es fácil, tener una vida de oración tampoco lo es; pero no es imposible. Hemos visto que tenemos todos los recursos para poder ser hombres y mujeres de oración y que necesitamos tomar la decisión de llenarnos de la Palabra del Señor y disciplinarnos a orar. “Ejercítate para la piedad” le mando Pablo a su joven discípulo Timoteo, y así como en un gimnasio debemos entrenar para llevar una vida de oración agradable al Señor. Empecemos con lo poco pero seamos fieles, avancemos por más sin desmayar. No te detengas hermano así los mares se partan y así tu corazón y mente te lleven por miles de pensamientos y emociones, no desmayes. Determínate a ser un hombre de oración, decide ser un hombre que mueva la mano de Dios. “Dame Escocia o me muero” rogaba John Knox; “Si tu presencia no va con nosotros, no nos saques de aquí” clamaba Moisés; “Los que persiguen vanidades ilusorias su misericordia abandonan; pero yo pagaré lo que prometí, la salvación es de Jehová” oraba Jonás; “Pasa de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” rogaba nuestro Señor Jesucristo. Todos estos hombres oraban en momentos difíciles de su vida; pero todos fueron escuchados por Dios. Algunas oraciones fueron memorables, otras muy cortas, algunas angustiosas, otras en victoria; pero todas movieron la mano de Dios; porque una vez más concluimos: lo importante de la oración no está en quien ora, sino en Aquel a quien oramos.

¿Por qué es tan difícil orar? Porque no conocemos a Aquel a quien oramos. Si así fuera, no nos cansaríamos de estar en su presencia y nuestros pedidos y peticiones pasarían a ser una contemplación, una adoración y una petición de conocerle más. “Muéstrame tu gloria” no fue la más grandilocuente de las oraciones; pero si la más profunda que hizo Moisés en toda su vida, y la respuesta a esta cambio la vida de este siervo de Dios para siempre.

¿Y una oración tuya cambiara tu vida o la de otros? Dios es el mismo; pero ¿tendrás fe para creer que esto es así? Te animo a que hoy eleves un clamor a Dios, para que empieces a ser un hombre de oración. Tú decides.

 

Amen!