El día de hoy tengo el privilegio de compartir una vez más la Palabra de Dios y para empezar quisiera recordar con ustedes los trágicos eventos del 11 de Setiembre del año 2001. Cerca de 3000 personas muertas y más de 6000 heridas fue el saldo de dicho atentado terrorista. Muchos de los muertos y heridos eran policías, bomberos, ayudantes que contra toda lógica humana, no huían del lugar de la catástrofe, sino corrían hacia el lugar donde todo estaba ocurriendo. En medio del polvo, los escombros, el calor insoportable y los muertos, estos héroes trabajaban para salvar la mayor cantidad de personas. Muchos pagaron con su vida por el cumplimiento de su deber, dejándonos con sangre impresa en nuestras mentes que cuando una persona de convicción va al cumplimiento de su deber, hay cosas más importantes que la vida misma. Que gran ejemplo y que desafío para nosotros, quienes anhelamos servir al Señor con nuestras vidas acerca de la importancia, la urgencia, el riesgo y la recompensa de entregarnos al servicio del Señor.

Necesitamos heroes en el ministerio

Hoy más que nunca necesitamos héroes en el ministerio, personas que no corran de los peligros ni de las responsabilidades, sino hombres y mujeres dispuestos a darlo todo por el servicio del Señor. Pero lamentablemente esa no es la realidad: vemos ahora muy pocos dispuestos a entregar la vida por el servicio al Señor y más bien vemos muchos utilizando el santo ministerio para su propio provecho personal. En este sentido mis hermanos, como una muy humilde aportación, el día de hoy me presento ante ustedes para compartir la Palabra de nuestro buen Dios con el fin de responder una pregunta muy sencilla pero profunda: ¿Cuál es la perspectiva correcta del ministerio? O también ¿Cómo puedo asegurarme de que estoy sirviendo correctamente al Señor? Bueno, para poder responder esta interrogante, les pido por favor que me acompañen a 1 Pedro, capitulo 4 y vamos a leer los versos 10 y 11.

Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

Ok mis hermanos, antes de empezar tenemos que tener en cuenta que el contexto de este pasaje es que el fin de todo se acerca. La venida del Señor esta próxima y con ella el juicio a los incrédulos, la restauración de todas las cosas y la creación de cielos nuevos y tierra nueva como nos lo promete la Palabra del Señor. Esto los judíos lo conocían como el “Día del Señor”, en el cual los juicios de Dios se harían efectivos contra las naciones paganas y Dios reinaría para siempre en medio de su pueblo. A la luz de estos eventos y de la inminente venida del Señor en gloria y del inicio del estado eterno de las cosas, el apóstol Pedro nos llama a vivir sobria y piadosamente, sirviendo con temor y reverencia a Dios. Esto tiene que afectar cada área de nuestras vidas y este pasaje que nos ocupa esta noche nos habla de estar consagrados a servir a Dios y a glorificar a Dios. Hace un momento preguntamos ¿Cómo puedo saber que estoy sirviendo a Dios correctamente? Bueno, este pasaje nos enseña que un ministerio conforme a Dios sirve a los demás (verso 10ª), opera conforme a la voluntad de Dios (versos 10b – 11ª) y por ultimo tiene la gloria de Dios como su prioridad (verso 11b).

Un ministerio que sirve a los demás

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros”

Recibimos los dones por gracia

Pedro también enseña una verdad enseñada por Pablo en el Nuevo Testamento: cada creyente ha recibido dones espirituales dados por la gracia de Dios. Sabemos por el apóstol Pablo que es el Espíritu Santo quien reparte los dones a los creyentes conforme su voluntad (1 Corintios 12: 7, 11). Pablo da una lista más exhaustiva que Pedro en cuanto a los dones espirituales, pero ni el uno ni el otro se enfocan tanto en ello como en recalcar que los dones (gr. jarisma) son un regalo de Dios, una concesión y una dadiva dadas por el Señor, el Padre de las luces, de quien viene toda dadiva y don perfecto con un propósito soberano. Los dones no son nuestros, no los ganamos, no los merecemos y no debemos actuar como si fuera nuestro conocimiento, madurez, experiencia los que nos hacen merecedores de tenerlos o usarlos.

Un ministerio exitoso es uno que sirve a los demas

Un problema de muchos que sirven a Dios es llegar a pensar que de verdad merecen ser siervos y tener los dones que tienen, o llegar a enorgullecerse de que sus dones han sido más pulidos por la experiencia o porque Dios les dio una capacidad mayor que a sus otros hermanos. Esta es una vía muy peligrosa de transitar y Pablo lo menciona en 1 Corintios 4: 6-7 cuando pone su caso y el de Apolos como ejemplo. ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Estas son preguntas que todo siervo de Dios siempre debe hacerse a sí mismo para no perder la perspectiva clara: nada de lo que tenemos es nuestro y los dones que usamos para servir al Señor son dados por el mismo para su gloria y honra. Nunca lo olvidemos.

Debemos ministrarlos a los otros

Cada creyente, y no solamente los líderes o pastores, debe ministrar a los demás con el don, o dones, que ha recibido del Señor. La palabra traducida aquí como ministrar es diakoneo, de donde viene nuestro término diacono. Y aunque muchas veces se ha malentendido este oficio, y la palabra también, lo que realmente quiere decir esto es que cada creyente es un servidor de los demás. Servimos a Dios al servir, ayudar y bendecir a nuestros demás hermanos. Recordamos al Señor Jesucristo quien sabiendo de donde venía y a donde iba y por el amor que le tenía a los suyos, no dudo en ponerse la toalla y tomar el lebrillo para lavar los pies de sus discípulos. Ejemplo os he dado nos dijo el Señor, para que nosotros también hagamos lo que El hizo, lavándonos los pies entre nosotros. Ese es el objetivo del servicio cristiano: no para jactarnos, no para gobernar sobre los hermanos, no para aprovecharnos de ellos, sino para servir como esclavos humildes que lavan los pies de los invitados a casa. Pero ¿qué difícil es encontrar a quien quiera hacer esto? Nos vemos unos a los otros y uno espera que el otro le sirva, y viceversa. Sea por la antigüedad, el rango, la experiencia, los galones en el ministerio, “asumimos” que nos deben servir y no pensamos en servir a los demás como nuestra primera reacción.

Hermanos, no somos profesionales, como dice el título de un libro muy conocido; ni tampoco somos gerentes o tiranos en la obra de Dios. Somos esclavos, somos siervos y somos humildes colaboradores en la obra del Señor. Si no comprendemos esto, siempre trataremos a la iglesia como nuestra empresa y a los hermanos como nuestros empleados.

Un ministerio que opera conforme a la voluntad de Dios

“como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da”

No solo es importante servir a los demás, sino es menester hacerlo por las razones correctas y de la manera correcta. De la misma manera que la iglesia no es una empresa y los siervos no son gerentes, así tampoco somos una ONG o una organización social y los siervos no son benefactores de la humanidad. Si, somos llamados a bendecir y amar al hombre perdido, pero nuestro principal enfoque no debe ser ese. Para ello veremos que un ministerio conforme a la voluntad de Dios es uno donde los siervos entienden su posición en el plan perfecto del Señor.

Somos administradores de la gracia de Dios

¿Por qué debemos usar nuestros dones para servir a los demás? Porque somos administradores de la multiforme gracia de Dios. La palabra administradores es oikonomos, de donde viene nuestra palabra economía que significa “administración de la casa”. Un oikonomos es un distribuidor, un mayordomo, un supervisor. Pensemos en Jose en casa de Potifar o como segundo después de Faraón. Ni Potifar ni Faraón tenían que preocuparse por nada porque Jose se encargaba de la administración de la casa o de Egipto: de la alimentación de todos y de los demás aspectos de la vida diaria. Un servidor es un administrador, un mayordomo en la casa de Dios. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? (Mateo 24:45) pregunta el Señor Jesús. Ese es un administrador conforme la Palabra del Señor: fiel, prudente, responsable de dar alimento a todos a su tiempo.

¿Qué debe administrar? La multiforme gracia de Dios. Esta palabra nos da la idea de un rayo de luz que atraviesa un prisma y que emite una multitud de colores a partir de ello. La gracia (jaris), que es multiforme, ha sido otorgada por Dios a fin de que seamos buenos administradores de ella. No somos dueños, sino mayordomos de lo que se nos ha encomendado. Ni debemos menospreciarlo o usarlo egoístamente para nosotros mismos. Cada servidor tiene una función propia, una actividad particular dentro del cuerpo de Cristo; esto no es solo para líderes o pastores, y debemos ejercitarla convenientemente. Mi hermano, ¿estas administrando tus dones sabiamente? ¿Sabes dónde eres más fructífero? ¿O estas descuidando por negligencia o descuido lo que has recibido del Señor? Recordemos que daremos cuenta algún día al Señor de nuestra administración.

Debemos trabajar juntos diligentemente sirviendo al Señor

Ejemplos de administración

Para dejar más claro este punto, el apóstol Pedro no trata de nombrar todos los dones espirituales, pero está pensando en las dos grandes actividades de la iglesia cristiana: la predicación y el servicio cristiano. La palabra que usa para “palabras” es loguía. Esta es una palabra con un trasfondo divino. Los paganos la usaban para los oráculos que les venían de sus dioses; los cristianos la usaban para las palabras de la Escritura y de Cristo. Pedro está diciendo: “Si uno tiene el ministerio de la predicación, que no lo ejerza ofreciendo sus opiniones particulares o propagando sus propios prejuicios, sino como el que transmite un mensaje de Dios” Aquí está el secreto del poder de la predicación. También dice que si un cristiano se ocupa del servicio práctico debe cumplirlo con la fuerza que Dios suple. Es como si dijera: “Cuando te has comprometido a realizar un servicio cristiano, no debes hacerlo como si estuvieras prestando un favor personal o distribuyendo bienes de tu propio almacén, sino siendo consciente de que lo que das lo has recibido tú antes de Dios”. La finalidad de todo es que Dios sea glorificado. La predicación no se hace para que el predicador despliegue sus cualidades sino para poner a la gente cara a cara con Dios. El servicio no se otorga para conferir prestigio al dador sino para volver los pensamientos de las personas a Dios.

Sea cual sea el ministerio y los dones que ejerzamos mis hermanos, tenemos que tener en cuenta que lo que tenemos lo hemos recibido de Dios en primer lugar, hemos de dar cuenta de su uso, y tienen como finalidad la bendición de a quienes sirvo. Dios nos guarde de mal usar los dones para maltratar, enriquecernos o cosas peores. Que no seamos como Balaam que se vendió por dinero o Giezi que por su codicia perdió su oportunidad de ser el sucesor del profeta Eliseo. ¿Es tiempo acaso de comprar, vender, guardar, ahorrar? Pregunto el profeta en ese entonces. No, no lo fue en ese momento ni lo es ahora. Es tiempo de servir al Señor, consagrarnos a Él y no de buscar nuestro propio beneficio personal. El ministerio nunca se trata de nosotros, sino del Señor quien nos salvó, nos llamó y nos capacita para servirle.

Un ministerio que glorifica a Dios como su prioridad

“para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén”

¿Cuál es el fin último del ministerio cristiano? No es realmente el ser humano, sino la gloria de Dios. ¿Para qué debemos usar nuestros dones bendiciendo a otros, usándolos correctamente según lo que Dios en su misericordia nos ha dado? Para que en todo sea Dios glorificado por medio de Jesucristo. Cristo subió al cielo pero antes de ello dio dones a los hombres, para que sean usados en la obra del ministerio, en la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Cuando edificamos la iglesia, Dios es glorificado. Cuando ponemos nuestros dones al servicio de los hermanos de la manera que Dios lo ha especificado, entendiendo que somos solo administradores, pero no por ello no eficientes, responsables, dedicados y fieles, Dios es glorificado por medio de quien nos dio la salvación, el perdón de los pecados, los dones, los ministerios y quien nos sostiene.

Debemos servir a Dios conforme a la fuerza que Él nos da; pero a Él pertenecen la gloria y el imperio. Nosotros sus siervos tenemos fuerza (gr ijsus) dadas por El; pero el imperio absoluto (gr. kratos) pertenecen al Señor nuestro Dios. Cualquier ministerio que entienda que la gloria es de Dios y no del hombre será un ministerio bendecido, fructífero y de gran ayuda y consuelo para el cuerpo de Cristo. Cuidemos de que todo lo que hagamos sea cristo céntrico, sobre la base de la persona y obra de Cristo y estaremos usando nuestros dones conforme la voluntad de Dios: que en todo el nombre de Cristo sea exaltado y el nombre de Dios glorificado. Cuidemos de no elevarnos por sobre los hermanos o enorgullecernos de lo que tenemos, somos o hemos logrado y siempre tendremos un corazón dispuesto y humilde para reconocer que de Dios son todas las cosas pues por El fueron creadas y por El subsisten.

La prioridad principal debe ser la gloria de Dios

Conclusión

T. B. Maston, distinguido profesor de ética cristiana en el Seminario del Sudoeste en Fort Worth, Texas, ya fallecido, decía en cierta ocasión: “La vida es demasiado corta y sólo vale la pena vivirla haciendo la voluntad de Dios”. Pedro anima a los creyentes, y a nosotros también, a dedicar el resto de la vida que nos quede haciendo la voluntad de Dios.

No sé cuánto tiempo nos quede a cada uno sobre esta tierra: tal vez muchos años, tal vez pocos, pero sea cual sea el tiempo debemos consagrarlo a servirlo al Señor. Debe ser nuestra prioridad y el destino de nuestros esfuerzos: antes de irnos haber hecho todo lo que estuvo en nuestras manos para servir al Señor en el engrandecimiento de su obra. Tenemos un sentido de urgencia hermanos, los tiempos son difíciles y la venida del Señor cada vez más cercana. Ya se oyen las voces de quienes gritan a medianoche “Ya viene el esposo, ya viene el esposo” y no podemos darnos el lujo de ser hallados sin aceite o maltratando a nuestros consiervos, bebiendo y comiendo nosotros en vez de estar dando el alimento de la Palabra de Dios y el mensaje de las buenas nuevas a un mundo perdido.

Te desafío mi hermano en esta noche a que reenfoques tu ministerio, a que cobres nuevos ánimos, a que te apasiones por servir al Señor. Que seamos hallados con las manos en el arado, con el rostro sucio, con las rodillas dobladas, que nos encontremos cansados, agotados, perseguidos, con hambre, frio, padecimientos pero que sean por causa del evangelio, porque lo entregamos todo por causa de Aquel que nos amó y nos puso en el ministerio, teniéndonos por fieles cuando éramos enemigos y aborrecedores de Dios.

Amen

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