Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1: 12-15)

Muchas veces he visto creyentes que de un momento a otro cayeron en algún pecado. Pero, ¿eso es cierto? ¿Caemos en pecado de la noche a la mañana? ¿Es que andamos por la vida, obedientes a Dios y de pronto, de un momento a otro, sin quererlo nosotros caemos? Lo cierto es que no es así. Hay todo un tiempo y un proceso en el cual un creyente se va alejando de la obediencia y el fervor a Dios y va entrando en terreno peligroso, y sin darse cuenta esta cada vez más dentro de la zona de peligro, coqueteando con el pecado hasta que es demasiado tarde y una vez caídos, es fácil deprimirnos, echarle la culpa a los demás, a las situaciones, a Dios pero es difícil aceptar la responsabilidad, confesar nuestro pecado, arrepentirnos y volver a Dios. Mi propósito en esta noche es que podamos entender tres puntos muy importantes: como creyente tienes que pelear por tu pureza e integridad delante de Dios y eso tiene una recompensa. En segundo lugar, tú y solo tú eres responsable por el resultado de esa lucha; y por último, en esta lucha tienes que enfrentarte con un enemigo y por ende debes conocer como actúa. Es mi oración y deseo que al examinar el texto que acabamos de leer, Dios nos hable al corazón, dándonos paz, aliento y confianza para poder enfrentar la batalla por nuestro corazón, con el fin de ganarlo para Dios y vivamos vidas para su gloria y honra.

Todo creyente debe luchar contra la tentació y el pecado

Punto 1: La lucha por la santidad tiene su recompensa (v. 12)

“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman

Feliz, dichoso y bienaventurado es quien soporta la tentación y es aprobado. La palabra traducida por “soportar” nos da la idea de la espera paciente y sufrida. Hablamos de una persona que no escapa sino que puede soportar la presión y el sufrimiento sin huir. La Biblia nos manda a huir de las pasiones juveniles y el ejemplo de José nos ilustra este mandato; pero de lo que hablamos aquí es una actitud del corazón. Hablamos de la persona que persiste en su fidelidad a Dios y que se resiste a fallarle aunque eso le ocasione problemas en este mundo. ¿Cuál es la meta o propósito de que Dios permita la tentación? La siguiente parte del versículo nos lo aclara: cuando haya resistido la prueba se puede traducir mejor por “cuando haya sido aprobado”. La meta o propósito de la prueba y la tentación es que seamos aprobados delante de Dios. Hermanos, Dios prueba nuestros corazones; no porque Él no sepa lo que hay en nosotros, sino porque nosotros necesitamos saberlo y al enfrentarnos a la tentación y la prueba tenemos la oportunidad de obedecer y crecer espiritualmente hasta ser aprobados como hijos de Dios maduros y fieles al Señor. Leamos Jeremías 17: 9-10 y vemos que es necesario que entendamos que nuestro corazón es engañoso y no somos tan obedientes, maduros, fieles, inteligentes, sabios y espirituales como pensamos. Eso trae humildad y dependencia a nuestras vidas al entender que necesitamos del Señor más de lo que nosotros pensamos. Uno de los peores enemigos en la lucha por nuestra santidad es el orgullo. Aquel que piensa que ya llego a un nivel en su vida que no necesita preocuparse de su caminar cristiano realmente ya empezó a caer. El que cree estar firme, mire que no caiga nos dice la Palabra del Señor y hoy más que nunca es necesario atender a esta palabra, sobre todo cuando Dios bendice nuestro trabajo, estudio o ministerio. Es fácil, más aun para los varones, confundir crecimiento con santidad, conocimiento con santidad, prosperidad con santidad. Y la verdad es que el hecho de que Dios nos bendiga en alguna área no significa necesariamente que le estamos agradando. Dios hace salir el sol sobre justos e injustos y la única garantía o la única marca que nos garantiza el agrado de Dios es la obediencia a su Palabra.

Soportar la tentación, resistir en obediencia implica esfuerzo, disciplina, constancia y tener una motivación firme. Lo bueno es que en esta lucha no estamos solos: Dios ha prometido una recompensa a quienes le aman. La corona de vida, que es dada a los vencedores, es la recompensa de aquellos que aman a Dios, y aquellos que aman a Dios son los que resisten hasta el final, quienes a pesar de que pueden caer – y en algunas ocasiones pueden hacerlo – vuelven a levantarse y siguen su camino con el Señor. Esta corona es un símbolo de la recompensa que recibe el creyente por la obediencia, las bendiciones de Dios en esta vida y el gozo aún mayor en la venidera. Vida, vida abundante y vida eterna son aspectos de la recompensa de Dios a sus hijos quienes toman la decisión de permanecer firmes ante la tentación. Hablamos hermanos de vivir por convicciones y no por sentimientos. Que fácil puede ser obedecer a Dios cuando todo va bien, pero que difícil se nos hace mantener el gozo, la fidelidad, la vida de oración cuando falta el dinero, cuando hay problemas en el trabajo, cuando hay angustia en el corazón; pero justo eso es lo que se requiere de nosotros. Al final de cuentas hermanos, las pruebas revelan lo que hay en nuestro corazón, nuestras reales intenciones y lo que nos motiva en realidad. Examinemos nuestros corazones en esta lucha por la santidad porque nuestra respuesta es más importante de lo que pensamos.

Desde Adan y Eva, el hombre evade la responsabilidad por su pecado

Punto 2: La lucha por la santidad tiene un responsable (v. 13)

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie

En la lucha por ser íntegros delante de Dios, hay un solo responsable. No es el diablo, ni el mundo que nos rodea. No es la ausencia de dinero o la abundancia de él. No es una mujer o un hombre, tu esposa o esposo. No es tu jefe, o tus amigos que te inducen al mal camino. El único responsable eres tú y soy yo y la madurez espiritual está marcada por la aceptación de la responsabilidad por tu crecimiento, por tu obediencia. En el Génesis, Adán echo sobre Dios mismo la responsabilidad por su pecado al decir “la mujer que me diste como compañera me dió del árbol y yo comí”. Eva echo sobre Satanás la responsabilidad por su pecado al decir “la serpiente me engañó y comí” y desde ellos hasta nosotros hemos arrastrado la naturaleza pecaminosa y el orgullo de no aceptar nuestra pecaminosidad sino de descargarla en alguien más; pero la Palabra de Dios nos dice que si somos tentados no podemos decir que lo somos de parte de Dios, es decir, es nuestra la responsabilidad. Para los judíos había una enseñanza de que dado que Dios creo todo, él también había creado pues en el hombre la inclinación al mal. Otros maestros judíos decían que la inclinación al mal vino desde Satanás, otros decían que vino de los ángeles caídos; el común denominador era descargar en cualquiera menos en uno mismo la responsabilidad del pecado. Aun hoy muchas personas y muchos psicólogos (y no estoy en contra de la psicología) llaman “problemas” a lo que la Biblia llama “pecado”. El filósofo Jacques Rousseau postuló que “el hombre es naturalmente bueno pero es la sociedad quien lo corrompe”. Una y otra vez vemos al hombre excusándose y no queriendo aceptar la responsabilidad por sus actos. Y la verdad es que podemos echar la culpa a la pobreza, a la falta de oportunidades, a la familia donde naciste, a los padres que tuviste, a la iglesia donde congregas, a los amigos que tienes, a que estas solo, a que estas acompañado, a diversas situaciones, pero hasta que no reconozcas que tú y solo tú eres responsable de tus actos y de la consecuencia de ellos, jamás podrás crecer y madurar. La Biblia nos dice en 1 Juan 1:9 “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”, pero esto requiere la confesión, requiere que reconozcamos como el hijo prodigo lo hizo “yo peque contra el cielo y contra mi padre”. Hermanos, hemos pecado. Es más, lo único que hemos sabido hacer es pecar desde que nacimos; pero cuando éramos descarriados, corrompidos, maldicientes, aborrecibles y aborrecedores de Dios, se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, salvándonos, no por nuestras propias obras o méritos, sino por su infinita misericordia y amor con que nos visitó desde lo alto, trayéndonos perdón de los pecados, vida eterna y paz con Dios. Esta paz está disponible hoy y ahora si tu corres a los pies del Salvador Jesucristo, y si ya lo has hecho, debes saber que aunque tengas paz con Dios aun luchamos con el pecado, aun no eres perfecto, aun puedes pecar con tus pensamientos, sentimientos y acciones. Y solo tú eres responsable por ello. Dios nos motiva prometiéndonos la recompensa de la corona de vida, dándonos su Espíritu Santo, dándonos su palabra, ofreciéndonos consuelo, aliento, perdón y fortaleza, pero nosotros somos responsables de nuestro caminar en el Señor.

Otro punto importante que Santiago resalta aquí es que Dios no es responsable de tentar a nadie porque Dios es santo en su carácter y en sus obras. Él está completamente ajeno al pecado y no puede ser tentado. El idioma original aquí es enfático, él es “no tentable”, no puede ser afectado por tentación, pecado o maldad alguna dado que Él es puro, santo y limpio en una dimensión que no podemos entender. Él es el gran Dios Santo, Santo, Santo y sus caminos son mucho más altos e incomprensibles que los nuestros; pero ojo! el hecho de que no podamos entender sus caminos en algún momento de nuestras vidas no significa que sean malos. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. No podemos comulgar con el pensamiento de Maquiavelo que decía que “el fin justifica los medios”. No mis hermanos, en Dios, el fin es santo y los medios son santos porque su voluntad es santa. Dios es santo y nunca lo debemos olvidar. No podemos ni debemos atribuir maldad o algún despropósito a Dios, no podemos ni siquiera pensar que Dios no sabe lo que hace o que hace algo sin un propósito bueno. Todo, absolutamente todo lo que Dios permite en la vida de sus hijos y aun en la humanidad entera corresponde con sus propósitos buenos y soberanos. Sin embargo, muchos piensan que Dios es un ser lejano que simplemente mira de lejos los acontecimientos humanos con desinterés. Nada más falso, porque de tal manera amo Dios al mundo que entrego a su Hijo Unigénito para que todo aquel que creyera en él no se pierda sino que tenga vida eterna. Otros piensan que Dios si está tentando y probando a las personas, como cuando dice la Biblia que Dios probo a Abraham en Génesis 22:1 o al pueblo de Israel en Deuteronomio 8:2. Para responder a esta acusación, leamos ambos pasajes:

Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí

Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos

Hermanos, no tenemos tiempo para analizar con detenimiento ambos pasajes pero baste decir que Dios no tienta, Dios permite la tentación y la prueba en la vida de los creyentes para madurarles, para hacerles crecer espiritualmente y enseñarles alguna lección importante para sus vidas. Aun las situaciones difíciles que pudiera permitir Dios en nuestras vidas tienen un fruto de gloria, una motivación santa y un propósito santo: nuestro crecimiento a la estatura de la plenitud de Cristo. Eso es lo que significa la lucha por la santidad; santidad es sinónima de crecer a la semejanza a Cristo y eso le da gloria a Dios.

Somos tentados cuando de nuestra propia concupiscencia somos atraidos y seducidos

Punto 3: La lucha por la santidad tiene un enemigo (v. 14 – 15)

“sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte

Hemos visto hasta ahora que en la lucha por la santidad, es decir la lucha que tenemos día a día por mantenernos puros ante Dios tiene un propósito que es nuestro crecimiento a la estatura de Cristo y eso tiene una promesa dada por Dios y un único responsable que somos nosotros mismos. Por último, veremos que esta lucha también tiene un enemigo. El apóstol Pablo nos dice en Gálatas 5: 17 que el deseo de la carne es contra el Espíritu y ambos combaten entre sí para que no hagamos lo que queremos. ¿Qué es lo que queremos? Bueno, todo creyente honesto quiere obedecer a Dios, servir a Dios y adorar a Dios; pero la verdad es que en el camino de la vida cristiana somos tentados de múltiples maneras y muchas veces caemos y algunas de esas veces es muy difícil caer. Otros, simplemente siguen “avanzando” en una vida de apariencia religiosa, pero albergan en su interior celos, envidias, odios, rencores, amargura, inmadurez, desobediencia, impureza sexual y demás pecados que muchas veces no son visibles a simple vista, pero que afectan nuestra vida, deteniéndola e impidiendo que seamos la persona que Dios quiere que seamos para El.

¿Has visto a algún hermano caer en pecado? ¿Has visto tu propia vida ceder al pecado? ¿Por qué la lucha a veces están difícil? ¿Por qué muchas veces es más fácil hacer lo malo que obedecer a Dios? ¿Por qué es más fácil ver televisión que orar o quedarme en mi casa o salir a hacer mis cosas que venir a la iglesia a dar mi tiempo y talentos al Señor? Bueno, Santiago nos explica que tenemos un enemigo en la lucha por la santidad y ese enemigo eres tú mismo hermano. La tentación inicia cuando cedemos a la concupiscencia. Esta palabra nos da la idea de “un deseo fervoroso, intenso” y es usado en sentido positivo (como cuando Cristo dijo que anhelaba comer la pascua con sus discípulos) o en sentido negativo como en este caso. La concupiscencia lo podemos entender como el deseo intenso por lo prohibido, por lo malo, por lo pecaminoso, que viene desde nuestro propio interior, de nuestra naturaleza carnal, que se ve fortalecida cuando descuidamos nuestra vida devocional y nuestra comunión con el Señor. La Biblia nos dice que somos tentados cuando de nuestra propio deseo por hacer lo malo, alimentado por nuestra naturaleza carnal, somos atraídos y seducidos. Estas dos palabras “atraído” y “seducido” dan la idea de un animal atraído por una trampa, por un cebo. Como un pez que ve el peligro en el sedal, pero no puede resistirse a la carnada, así es el creyente que es atraído, cebado, engañado y seducido poderosamente por la tentación a hacer lo malo cuando ha descuidado su relación con el Señor. Hermano mío, el problema nuestro empieza no cuando empezamos a mirar el mundo con ojos de agrado, sino cuando dejamos de mirar al Señor con ojos de amor y devoción. Si Cristo es tu principal prioridad, tu amor más grande, la fuente de toda tu vida que vengan todos los placeres del mundo, todos los reinos, todo el dinero, todas las mujeres, todo lo deseable y codiciable por esta humanidad pero nada te podrá seducir. Si Cristo te llena y satisface podrás decir como decía el salmista “¿A quién tengo en los cielos sino es a ti?, y fuera de ti nada deseo en esta tierra” (Salmos 73: 25) y si leemos este salmo completo veremos que el salmista luchaba consigo mismo al ver a los incrédulos prosperar y enfrentó la tentación de decir “En vano he limpiado mis manos”. ¿Qué nos atrae, que nos seduce? Si no es el Señor y su Palabra, entonces el mundo conquistara tu corazón, tenlo por seguro.

Santiago usa en estos dos versículos dos imágenes muy poderosas para graficar el proceso de la tentación, como se gesta y como da a luz sus malignos frutos. Primero usa la figura de un animal que cae en una trampa y lo asemeja al varón que cede a la tentación cuando de su propia concupiscencia es atraído como a un cebo. Luego dice que la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz al pecado. Y cambia la ilustración: ahora ya no habla de un animal que cae en una trampa, sino del proceso de concepción: la voluntad humana tiene que ceder a la concupiscencia y unirse ambos para concebir y dar a luz el pecado. No solo tiene que albergarse en la mente el deseo pecaminoso, sino que tiene que haber el compromiso de la voluntad, llevarlo a la acción y cuando esto sucede entonces se produce el pecado. La tentación no es pecado, pero es un paso antes de este. Una vez que se unen nuestra mente y corazón en el deseo por hacer lo malo, entonces se manifiesta el pecado. La Biblia nos narra un pasaje muy interesante en Proverbios capítulo 7 y no vamos a leerlo por causa del tiempo pero este pasaje es una historia de un joven tonto que cae en manos de una mujer adúltera. Esta mujer es un simbolismo de la inmoralidad sexual y del pecado en general. En el transcurso de la historia que se narra en este capítulo, vemos que el joven poco a poco, paso a paso va cediendo a las artimañas de esta mujer, a sus coqueterías y al final cae en el pecado. Leamos los últimos versos para entenderlo mejor:

“Lo rindió con la suavidad de sus muchas palabras,
Le obligó con la zalamería de sus labios.

Al punto se marchó tras ella,
Como va el buey al degolladero,

Y como el necio a las prisiones para ser castigado; como el ave que se apresura a la red,
Y no sabe que es contra su vida,
Hasta que la saeta traspasa su corazón.

Ahora pues, hijos, oídme,
Y estad atentos a las razones de mi boca.

No se aparte tu corazón a sus caminos;

No yerres en sus veredas.

Porque a muchos ha hecho caer heridos,

Y aun los más fuertes han sido muertos por ella.

Camino al Seol es su casa,

Que conduce a las cámaras de la muerte.” (Proverbios 7: 21-27)

¡Que poderosa ilustración! Que relevante es la Palabra de Dios al mostrarnos el proceso en que un creyente empieza a coquetear con el pecado y empieza a creer que realmente puede obtener mayor placer en desobedecer a Dios que en obedecerlo. Hermanos el pecado es terrible, promete agradar y servir pero solo esclaviza y domina a quien lo practica. Pecado es todo aquello que se rebela contra la santa voluntad de Dios en pensamientos, sentimientos y actos y tiene consecuencias funestas.

Santiago termina diciendo que el pecado una vez consumado da a luz la muerte. Y con eso concluye el proceso de degradación: tentación, pecado y muerte. Tres terribles compañeros que se unen para destruir a los hombres. La Biblia es enfática al declarar que la paga del pecado es la muerte (Romanos 6: 23). Muerte física, muerte espiritual y muerte eterna son el pago del pecado. Cada ser humano que ha nacido en esta tierra ha nacido en pecado. Aun nuestros actos más nobles están marcados por el pecado y no hemos hecho nada más que pecar. Dios es santo y debe castigar el pecado porque es una ofensa directa a Dios. Pero Dios ama al hombre y quiere que sea salvo, por ello envió a su Único Hijo, santo y sin pecado para que el pagara la condena del pecado. Allí, en la cruz, Dios cargo en Cristo todos los pecados de la humanidad. Cristo murió por tus pecados y por los míos, murió pero resucito al tercer día y ahora es Señor de Señores y Rey de Reyes y vendrá otra vez para reinar por siempre. Hasta que eso suceda, Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan de sus pecados y crean en el sacrificio de Jesucristo para que tengan el perdón de los pecados y la vida eterna. Quienes rehúsan creer en el nombre del Hijo de Dios, serán castigados con la muerte eterna, la separación de Dios por toda la eternidad en el lago de fuego. Amigo, esta no es la voluntad de Dios para tu vida, sino que Dios hoy te manda a arrepentirte de tus pecados y volverte a Dios. Hoy es el día de salvación.

Para los creyentes, el pecado no cambia nuestra posición delante del Señor: somos hijos de Dios y siempre lo seguiremos siendo; pero el pecado en la vida del creyente interrumpe su comunión con Dios, atrae la disciplina del Señor y le expone a los efectos de la muerte en sus relaciones, en su carácter, degradación en todos los aspectos de su vida. Hermanos míos, Dios nos llamó a ser luz y alumbrar a este mundo no a ser parte de la oscuridad. Para ello, debemos estar en comunión constante con el Señor. Uno de los santos de la antigüedad decía “el creyente que ora no peca y si peca es porque ha dejado de orar”. Que relevante es este pensamiento en esta época donde somos más conocidos por nuestros desaciertos que por nuestro fervor para orar y buscar en la Palabra de Dios. El espíritu está dispuesto pero la carne es débil, y si no queremos caer en la tentación, el pecado y sus efectos en nuestra vida debemos orar, debemos buscar la Palabra de Dios y debemos obedecer.

Cristo es nuestro refugio y fortaleza

Conclusión

¿Estas creciendo en tu vida espiritual o sientes que te has estancado? ¿Estas avanzando y desarrollándote en el ministerio que Dios te ha encargado o has descuidado el don que Dios te dio? ¿No sientes la fortaleza en tu vida para orar y buscar el rostro de Dios? Ten cuidado hermano, el enemigo está obrando en ti. Satanás y el mundo entero pueden acosarnos, pero no lograran nada hasta que nuestra voluntad ceda a nuestra propia concupiscencia y esta, como una termita, está constantemente buscando que hacer la voluntad de la carne, resistiéndose y oponiéndose a la voluntad de Dios. Hermano, no importa cuán dura sea la tentación, cuan difíciles las circunstancias, tienes que resistir. Tienes que proponerte en tu corazón no contaminarte con este mundo y ser fiel al Señor. Pedro nos dice:

“Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma,”

Hay una batalla en tu interior, la batalla por quien va a sentarse en el trono de tu ser. Tienes que pelear por tu santidad, por tu llamado, por la obediencia al Señor. ¿Cuál es el mejor remedio para la lucha contra la santidad? Santiago nos dio la clave al inicio de este texto. La corona de vida es dada a los que aman a Dios. Ama a Dios, amalo como lo más importante en tu vida, como lo más prioritario. Nadie más puede ocupar ese lugar en tu mente y corazón. Ningún tesoro, ninguna persona, nadie puede ni debe ocupar ese lugar en tu vida. Ama a Dios y le temerás, ama a Dios y le servirás. Ama a Dios y querrás conocerlo más cada día. Ama a Dios y le obedecerás y te esforzaras. Si, tropezaras, pero te volverás a levantar y seguirás caminando y procurando serle fiel en todo lo que puedas. Este es el tiempo hermano de consagrarte más a Dios, es tiempo de retomar tus promesas, de volver a caminar, a correr, a soñar con los sueños que Dios había puesto en tu corazón. Es tiempo de levantar los brazos nuevamente y volver a apasionarte por Dios y por su obra. Dios no puede ser tentado ni El tienta a nadie, pero si ha prometido restaurarte, sanarte, levantarte, apasionarte y mostrarte cosas grandes y ocultas que tu no conoces.

¿Qué decisión tomaras?