Hoy quiero abordar el tema del sufrimiento. ¿Cómo es posible que Dios permita que me pase esto a mí?, es la pregunta que muchísimos cristianos se han hecho a lo largo de la historia en el momento de la soledad y la crisis, y tristemente esto ha sido el punto de inflexión de muchos para volverse atrás en la fe y enquistarse en una vida de amargura, resentimiento y dolor hacia la vida, hacia los semejantes y hacia Dios mismo. Una de las primeras cosas que sucede en medio de una crisis inesperada es la sensación de ser abandonado y aun traicionado por Dios. Es difícil para el ser humano común entender que un Dios de amor, nuestro Padre Celestial, puede permitir el dolor, el sufrimiento, la crisis, la desgracia e incluso la muerte como uno de sus caminos en el trato con nuestras vidas. Ciertamente nuestra confianza en Él se quebranta y nos sentimos desamparados y dejados de lado. Sin embargo, si logramos traspasar esa “barrera de la traición”, empezaremos a mirar las cosas desde una perspectiva diferente: lo que Dios hace y sobretodo, como lo hace, tiene sentido, propósito y va acorde a su naturaleza y carácter, aunque para nosotros no tenga el menor sentido.

Esto amerita que vayamos más allá de las emociones volubles y temporales hacia el sendero angosto y arduo de la fe. Fe en un Dios Santo, bueno, amoroso y que todo lo tiene bajo control. Fe en un Dios que está presente, interesado e involucrado en cada aspecto de nuestras vidas. El Señor Jesucristo nos dijo que ni un pajarillo cae a tierra sin el Padre (Mateo 10:29). Este conocimiento de Dios nos debe llevar a entender que su sabiduría y poder van más allá de nuestro limitado entendimiento. Las razones, o propósitos, que dirigen sus actos trascienden nuestra existencia y van más allá de lo humanamente comprensible, aunque no por ello dejan de ser santos y puros en su motivación. El tiempo en que Dios actúa es también perfecto y acorde a sus propósitos, no a nuestros deseos. No debemos perder de vista que Dios obra de acuerdo a su programa, el cual es perfecto y tiene como bien final su gloria y nuestro bienestar (Romanos 8: 28).

Ahora, esto no quiere decir que podemos atribuir a Dios insensibilidad y que por lo tanto El obra sin importarle nuestros sentimientos. Nada más lejos de la realidad: De manera inexplicable, el Dios eterno, omnisciente y todopoderoso ha decidido interesarse y amar a la humanidad con amor eterno (Salmos 8:4). Dios se interesa en los seres humanos y los ama de tal manera que envió a su Único Hijo para morir por los pecados de la humanidad y proveerles salvación (Juan 3:16).

Así pues, es necio atribuir despropósito alguno a Dios y pensar de El cínicamente, ofendiéndole al pensar que Dios esconde motivos impuros, crueldad o desinterés (Santiago 1: 17). No luchemos contra Dios, ni desconfiemos en El, sino que humildemente aceptemos el amor, la sabiduría y la soberanía de Quien hace todas las cosas para los propósitos de su pura y santa voluntad, confiando en que Dios es bueno, ha sido bueno y siempre será bueno (Malaquías 3:6, Hebreos 13:8). Esta actitud de contentamiento y aceptación hará bien a nuestras almas, dará paz y descanso a nuestro corazón y reemplazara los sentimientos de desesperación que vienen cuando queremos tomar las riendas de nuestra vida en nuestras propias manos, queriendo manejar variables que son imposibles de considerar para nuestra humanidad caída y limitada. Estemos contentos con todo lo que Dios nos da y lo que nos permite vivir (1 Timoteo 6:6).

Esta actitud de contentamiento no consiste en una pasiva resignación sino en una fe firme, constante y viva que sabe que Dios puede librar a sus hijos si desea, porque tiene el poder para hacerlo; pero que no desmayará ni renegará aunque Dios decida no hacerlo. Es una fe que se encomienda en las manos de Dios y no en la propia sabiduría (Daniel 3: 16-18). Esta fe tan firme y resuelta no proviene de la noche a la mañana: debe ser formada en el horno de la aflicción y esta es una de las gloriosas verdades del evangelio: se nos ha concedido los padecimientos para que, por medio de ellos, nuestra fe sea fortalecida, nuestra capacidad emocional sea probada y juntamente todo nuestro ser sea entrenado para la piedad, la devoción, la convicción y la obediencia a la Palabra de Dios, aun en medio de las circunstancias más difíciles de la vida (Santiago 1:3, 1 Pedro 1:7).

La sabiduría y los caminos de Dios no son los nuestros (Isaías 55:8) y el trato de Dios que implica el sufrimiento no puede hacernos perder de vista que Dios está formando en nosotros la imagen de su Hijo Jesucristo, por medio de la santificación obrada por el Espíritu Santo (Romanos 8: 29, 2 Corintios 3: 18). El cumplirá ciertamente su propósito en sus hijos y nadie puede frustrar los planes de Dios. Él es el Soberano Rey de toda la tierra. ¿Quién puede detener su mano? Estas verdades deben darnos descanso y paz y más bien deben ser fundamento para nuestra fe y ánimo para enfrentar las pruebas de la vida sabiendo que si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El ya entrego a su Hijo por nosotros, ¿Cómo no nos dará también con El las demás cosas? Nada nos puede separar del amor de Dios y las pruebas no son la excepción.

Podemos tener verdadera esperanza en Dios

Es bueno también considerar que muchas de las pruebas que vivimos son producto del pecado, o de sus consecuencias. No podemos obviar que el pecado es desagradable a Dios y tiene consecuencias terribles. La paga de este es la muerte y aun el Hijo de Dios tuvo que sacrificarse para pagar la condena terrible del pecado sobre la humanidad. Dios es Santo y no puede dejar sin castigo el pecado y aunque el Hijo de Dios pago la condena eterna y espiritual del pecado, las consecuencias físicas y emocionales de nuestra desobediencia aún puede provocar mucho daño a nuestras vidas. Esto debe animarnos a tener temor de Dios, a guardar la Palabra de Dios en nuestros corazones y esforzarnos por obedecerle y agradarle, viviendo en santidad y obediencia a Dios.

En conclusión, ¿Por qué permite Dios el sufrimiento? Porque en los propósitos de Dios, El trata con sus hijos para conformarlos a la imagen de Cristo, haciendo crecer y madurar su fe por medio de circunstancias adversas en las cuales podemos fortalecerla por medio de no dejarnos llevar por los sentimientos de abandono y desesperación, sino por medio de aceptar con humildad la sabiduría, amor y soberanía del Señor, confiando en El, abandonándonos en sus brazos y confiando en que Dios es santo, bueno y poderoso para guardarnos sin caída hasta el día de Jesucristo (Judas v. 24-25), en que toda lagrima será enjugada y entenderemos todas las cosas porque le veremos a Él y estaremos en su presencia con gozo y alegría (Apocalipsis 21:4, 1 Juan 3:2).

Amén!