Esta semana continuaremos estudiando los diferentes elementos del carácter cristiano, que todo creyente debe manifestar en su vida para agradar a Dios. Para ello, vamos a leer Romanos 6:15-23, el cual nos va a enseñar que estar en la gracia de Dios nunca debe ser un pretexto para pecar porque si bien es cierto antes de conocer a Cristo éramos esclavos del pecado, ahora hemos sido libertados del pecado y hechos siervos de la justicia; así que si antes servíamos al pecado ahora debemos servir a la justicia porque esa es la meta de nuestra salvación, la santificación; porque los frutos del pecado son vergonzosos y su fin es muerte y porque lo que Dios nos ha concedido es vida eterna en Cristo Jesús.

1. Libertados del pecado para obedecer (v. 15-18)

¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia

Al inicio del capítulo 6 de este libro de Romanos vemos a Pablo explicando que el creyente no debe volver al pecado porque ha muerto al pecado (v. 1), porque se ha identificado con Cristo en su muerte y resurrección a una nueva vida (v. 5-6) y porque ya no está bajo la ley sino bajo la gracia de Dios (v. 14). Estas son tres razones poderosas por las cuales el creyente ya no debe presentar su cuerpo a la inmundicia y maldad, sino a la justicia, tal y como Cristo lo hizo.

En esta misma línea de pensamiento, el apóstol Pablo ahora plantea un primer argumento para explicar la enseñanza que está impartiendo con respecto a la enseñanza: Debemos obedecer al Señor porque hemos sido libertados del pecado con ese propósito. Para ello, el enuncia 3 declaraciones, dos a modo de pregunta y respuesta y una conclusión o implicancia de las mismas, las cuales son:

(1) Si hemos sido liberados de la condenación de la ley, no tiene sentido volver a condenarnos al vivir en pecado (v.15). Pablo dice claramente que estamos “bajo” la gracia de Dios y ya no “bajo” la ley. Pablo hizo una advertencia parecida a los creyentes gálatas: “Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?” (Gálatas 4:7). Por lo tanto, “estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1).

(2) Somos esclavos de aquello a lo que obedecemos (v. 16). La palabra traducida como “sometéis” en la RV1960 es traducida como “os presentáis” en la LBLA y es un término militar que da la idea de acudir y estar parado firme en la presencia de alguien. Solo hay dos cosas a las que nos sometemos o nos presentamos: al pecado o a la justicia y cada uno de ellos tiene un resultado. Pablo es radical y tiene una postura blanco/negro al decir que cuando nos sometemos lo hacemos como esclavos y con un propósito: obedecer. El hombre durante siglos reclama sus derechos, exige sus libertades; pero la Palabra de Dios proclama claramente que el hombre siempre es y será esclavo: del pecado o de la obediencia. La libertad, tal y como es plenamente definida es un atributo que le pertenece solamente a Dios. La libertad del hombre es restringida por los parámetros que Dios le ha impuesto y aquellos que circunscriben su propia naturaleza: el ser humano es libre, pero su naturaleza siempre le dictara que hacer. Si es caída, lo único que querrá hacer es pecar; si ha sido redimida, querrá hacer la voluntad de Dios pero luchara contra el pecado. También el apóstol Pablo nos dice que la posición que tomemos determinara los resultados que obtengamos: si nos sometemos al pecado nos volveremos esclavos del pecado para obedecerle y obtendremos como resultado la muerte. Si nos sometemos a la obediencia nos volveremos esclavos de ella y obtendremos como resultado la justicia. No se refiere a la salvación, como que obtendremos salvación por nuestra obediencia, sino se refiere a la justicia práctica, la santidad que viene como resultado de nuestra obediencia a la Palabra de Dios. En este sentido, el pecado aquí es definido como desobediencia a la Palabra de Dios y ello conlleva como resultado la muerte. El apóstol Pedro menciona el caso de los falsos maestros y de aquellos que los siguen: “Estos son fuentes sin agua, y nubes empujadas por la tormenta; para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre. Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error. Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció. Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2 Pedro 2:17-22)

Hemos sido hechos siervos de Dios

(3) Hemos sido liberados del pecado para ser hechos siervos de la justicia (v. 17-18). Pablo da gracias a Dios porque lo que el ser humano era incapaz de hacer por causa de su naturaleza caída, limitada y esclava del pecado, Dios en su misericordia nos salvó de la esclavitud. Jesus dijo: “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). El ser humano no puede librarse del pecado porque es pecador por naturaleza: “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jeremías 13:23). También Pablo testifica que “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:9-12). Es un terrible escenario para la humanidad; pero gracias a Dios que en su misericordia, aunque éramos esclavos del pecado, nos fue presentado el evangelio y Dios nos iluminó y lo oímos, lo creímos y obedecimos. La fe y la obediencia están conectadas en la Palabra de Dios, de tal forma que la una es la consecuencia de la primera y la primera no se puede expresar y es muerta sin la segunda.

Por la gracia de Dios, obedecimos de corazón a la enseñanza (gr. didache), doctrina del evangelio, la fe viene por el oír y así conocimos al Señor y fuimos libertados del pecado y hecho siervos de la justicia. La palabra libertados es la misma que se usa en estos pasajes:

y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32)

Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36)

Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2)

Fuimos libertados del pecado y hechos siervos de la justicia, para obedecer a Dios y vivir para El y por El. Entonces siendo libertados del pecado, es absurdo volver a esclavizarnos a él; porque el principio bíblico dice que nos hacemos esclavos de aquello a lo que nos sometemos. Esto es algo que los creyentes tenemos que tener presente porque de este propósito, de este diseño dependen todos nuestros pensamientos y decisiones. Aquello que determine nuestros pensamientos, sentimientos, prioridades y decisiones es aquello que nos motiva para vivir. ¿Vivimos para nosotros mismos o para el Señor? La Palabra dice que somos libres del pecado no para vivir para nosotros mismos, sino para el Señor y su gloria.

2. Desafiados por el apóstol para obedecer  (v. 19)

Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia

El apóstol, en los versos anteriores ha recurrido a la teología para que entendamos que basados en el alcance y poder de la salvación que hemos recibido, entendamos que no debemos seguir viviendo en el pecado y desobedeciendo a Dios, sino que debemos obedecer al Señor porque hemos sido hechos siervos de la justicia para vivir agradando al Señor. Ahora, el apóstol Pablo va a usar un razonamiento humano, más sencillo, menos teológico, pero no menos importante para que entendamos que no debemos vivir en desobediencia, sino en obediencia al Señor.

¿Por qué recurre el apóstol Pablo a esta argumentación? Él dice “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad“. La LBLA traduce esta frase como “Hablo en términos humanos, por causa de la debilidad de vuestra carne“. La motivación del apóstol Pablo para mostrarnos este argumento de razón es porque entiende que nos cuesta llevar la teología a la práctica. Reconoce que podemos saber intelectualmente que debemos obedecer a Dios, pero aun así seguimos en desobediencia. Aunque hemos recibido la salvación de Dios, la nueva naturaleza y el Espíritu Santo, aun luchamos contra el pecado y batallamos en nuestra carne por obedecer a Dios.

Pablo es claro en su mensaje: así como antes, cuando éramos esclavos del pecado, de todo corazón nos dedicábamos a hacer lo malo y presentábamos nuestros miembros, es decir, nuestro cuerpo físico para ser esclavos de la inmundicia e iniquidad, así ahora, que hemos recibido una nueva naturaleza, un nuevo corazón, una nueva mente, una vida espiritual, debemos presentar ahora nuestros cuerpos como esclavos de la justicia con el propósito de la santificación.

Aquí hay dos verdades importantes que subyacen a esta declaración:

(1) Nuestro cuerpo es vehículo de nuestro ser inmaterial e instrumento usado para la justicia o para la inmundicia. Pablo ha enseñado esta verdad claramente en sus epístolas “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19-20). También nos dice que “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1). Así como el Señor Jesus entregó su cuerpo para servir al Señor y obedecerle hasta la muerte: “Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; más me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:5-10), así también nosotros debemos presentar nuestros cuerpos como sacrificios vivos, en obediencia al Señor. No puedo decir que obedezco al Señor solo porque lo deseo, tengo que manifestarlo con mi cuerpo, con mis acciones.

(2) El propósito de nuestra obediencia no es un ritualismo moral, sino la santificación de nuestras vidas para Dios. La palabra “santificación” (gr. hagiasmos) es usada en pasajes como1 Tesalonicenses 4:2-8  “Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios; que ninguno agravie ni engañe en nada a su hermano; porque el Señor es vengador de todo esto, como ya os hemos dicho y testificado. Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha a hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo“. Es la voluntad expresa de Dios que le obedezcamos, que ofrezcamos nuestros cuerpos en obediencia y esta obediencia no es una apariencia externa de piedad, porque esto es más bien característica de los incrédulos: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5). Por el contrario, la obediencia del creyente debe fluir de una nueva naturaleza y de un corazón agradecido al Señor. La verdad es que hemos sido capacitados para obedecer al Señor como dice 2 Pedro 1:3Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia“.

Jesus entrego su cuerpo para obedecer a Dios, asi tambien nosotros debemos entregarnos para obedecer a Dios

3. Capacitados por Dios para obedecer (v. 20-23)

Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro

Por último, Pablo nos pasa a explicar que debemos obedecer a Dios porque hemos sido capacitados por Dios mismo, quien no solo nos ha salvado sino nos ha dado lo necesario para obedecerle.  Para ello enumera tres aspectos que debemos tener en cuenta:

(1) Éramos esclavos del pecado y todo lo que hacíamos estaba marcado por la muerte (v. 20-21). Hubo un tiempo antes de que conociéramos al Señor donde éramos esclavos del pecado, lo que significa que éramos ajenos a la justicia. El fruto de todo lo que hacíamos era pecado, era vergonzoso y su fin era muerte: “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra” (Romanos 7:5-6)

(2) Hemos sido libertados del pecado y tenemos como meta la santificación (v. 22). Decir que la salvación consiste en que solo hemos sido liberados del pecado es faltar a la verdad del evangelio. No solo hemos sido liberados del pecado, sino que hemos sido hechos siervos de Dios, ahora tenemos otro amo, otras motivaciones, otro propósito. Siendo ahora siervos de Dios, liberados del pecado “para” obedecer al Señor, tenemos como fruto la santificación. Pablo dice en el verso anterior que los frutos del pecado eran vergonzosos e inútiles, pero en cambio, el fruto de una vida cambiada es ahora la santificación, la consagración a Dios y el resultado de ella es la vida eterna.

La mejor ilustración que podemos encontrar es la salida del pueblo de Dios de Egipto y su éxodo hacia la Tierra  Prometida. Dios no saco a su pueblo para vagar en el desierto, ellos vagaron 40 años por su desobediencia; pero el propósito de Dios era llevarlos a la Tierra Prometida: “Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo” (Éxodo 3:7-8)

(3) No debemos pecar porque la paga del pecado es muerte y significa rechazar el regalo que Dios nos dio (v. 23). La paga del pecado es la muerte, la separación de Dios y de todo lo bueno, más el regalo que Dios nos dio es que es Cristo Jesus quien nos da vida eterna. Aun cuando éramos muertos en pecados, Cristo murió por nosotros y ese regalo maravilloso es algo que no podemos rechazar. Cuando pecamos nos exponemos a esa muerte, a la degradación de nuestros afectos, sentimientos, pensamientos, pero cuando nos abrazamos del regalo maravilloso que Dios nos ha dado tenemos la vida abundante, eterna, satisfactoria que Cristo prometió a los que acudían a Él en fe.

Saul fue rechazado por su constante desobediencia a Dios

En conclusión, lo que vemos es que a base de lo que Dios ha hecho por nosotros, seria ingrato y malo que paguemos con desobediencia las grandes bendiciones que Dios ya nos ha dado. Nos ha libertado, nos ha capacitado, nos ha dado otro destino diferente del que teníamos y nos da el mandato expresa de obedecerle. No hacerlo es desobediencia expresa contra el Señor. Que Dios nos ayude a obedecerle y tener temor de Dios todos los días de nuestra vida, de tal manera que vivamos en gratitud, obediencia y amor por Dios quien nos salvó y nos ha dado el privilegio de ser sus hijos y sus siervos.

La Palabra de Dios nos muestra el terrible caso del Rey Saúl, quien por su constante actitud de desobediencia al Señor fue desechado como Rey de Israel y terminó sus días tristemente, habiendo perdido la presencia, el favor y la bendición de Dios. Que su ejemplo nos advierta sobre lo peligroso que es vivir sin temor de Dios. Hermanos, recordemos que “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).

Entonces dijo Samuel a Saúl: Déjame declararte lo que Jehová me ha dicho esta noche. Y él le respondió: Di. Y dijo Samuel: Aunque eras pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho jefe de las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido por rey sobre Israel? Y Jehová te envió en misión y dijo: Ve, destruye a los pecadores de Amalec, y hazles guerra hasta que los acabes. ¿Por qué, pues, no has oído la voz de Jehová, sino que vuelto al botín has hecho lo malo ante los ojos de Jehová? Y Saúl respondió a Samuel: Antes bien he obedecido la voz de Jehová, y fui a la misión que Jehová me envió, y he traído a Agag rey de Amalec, y he destruido a los amalecitas. Mas el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, las primicias del anatema, para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios en Gilgal. Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey. Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado, y vuelve conmigo para que adore a Jehová. Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel” (1 Samuel 15:16-26)

 

Amen!