“Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:1-12)

En este apartado vamos a estudiar por medio de una de las enseñanzas del Señor Jesucristo acerca de la humildad. Vamos a ver que el conocimiento de la Palabra de Dios es sumamente necesario para la vida del creyente pero pierde su sentido cuando se toma como mera adquisición de información y no provoca un cambio de vida, sino una vida religioso, legalista, basada en apariencias y que busca títulos y reconocimientos. Por el contrario, el Señor nos manda a no buscar reconocimientos ni gloria de los hombres, porque el que se humilla será enaltecido y el que se enaltece a si mismo será humillado.

1. El orgullo de la religiosidad (v. 1-7)

Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí

El Señor Jesús dirigió las frases más duras contra los religiosos y termino siendo rechazado por ellos. Una de las acusaciones más duras es esta: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros” (Mateo 23:15). También “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23); por ultimo “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mateo 23:27). El veredicto del Señor era claro: “¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (Mateo 23:33). La religiosidad endurecida de los líderes judíos estaba basada en un conocimiento de la Palabra de Dios pero una ignorancia de las implicancias de la misma y una rebeldía encubierta a la verdadera voluntad de Dios. En este pasaje, el Señor Jesús nos dará algunos aspectos de la religiosidad espiritual, basada en el orgullo espiritual, que nos ayudara a reconocer este terrible pecado en nuestras vidas.

El orgullo espiritual nos aleja de Dios y del verdadero evangelio

El conocimiento bíblico es necesario

Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos” (v. 1-2)

Los escribas y fariseos, líderes religiosos del pueblo de Israel tenían conocimiento bíblico, testifica Jesús. Ellos se han sentado en la cátedra de Moisés. Esta “cátedra de Moisés” significa el lugar de autoridad que tenían tanto escribas como fariseos al interpretar La Ley y ejercitar su autoridad sobre el pueblo judío. Ellos estaban para decirle al pueblo lo que la ley de Moisés, “realmente” significaba, es decir interpretarla y darle su aplicación a la vida diaria de las personas. Ellos habían hecho bien en basar su enseñanza en la Ley de Moisés. El problema era que su interpretación era deficiente, producto de su deficiente relación con Dios y sus intereses personales. Ellos habían desmenuzado la Ley de Moisés en más de 630 mandamientos, reglas, tradiciones y normas que ellos consideraban tan o más importantes aun que el verdadero espíritu de la Ley. Que diferencia con el escriba Esdras del Antiguo Testamento, de quien se dice que “Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esdras 7:10). Es necesario el conocimiento bíblico de la Palabra de Dios, pero ello debe ir acompañado de una correcta interpretación, producto de una relación viva con el Señor y de un estudio concienzudo de la Palabra de Dios, no de una interpretación sesgada y antojadiza. Con respecto a este tema, el apóstol Pablo exhorta a Timoteo a ser un obrero que “traza” bien la Palabra de Dios, que no enseña sus propias conclusiones sino que se ha preparado y estudiado para enseñar todo lo que la Escritura realmente quiere y tiene que decir: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15)

El conocimiento bíblico por sí solo no es suficiente

Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras” (v. 3a)

Aquí el Señor Jesús hace una declaración sorprendente: Si, los fariseos y escribas son hipócritas, son sepulcros blanqueados, son personas que engañan y cierran el reino de Dios para los que están queriendo entrar; pero dado que su enseñanza está basada en la Ley de Moisés, en la Palabra de Dios, todo lo que ellos enseñan los oyentes de Jesus debían guardar y hacer. Muchos se sorprenderían con esta declaración porque muchos hoy en día dicen “No puedo obedecer a tal o cual persona porque ni el mismo hace lo que predica“. “Tal persona no es integra, por lo tanto no puedo oír su enseñanza“. ¿Cuál era el problema de los escribas y fariseos? ¿De que los acusaba siempre el Señor Jesus? ¿De ser falsos maestros? ¿De enseñar herejías? No!, el Señor siempre los acusó de hipocresía, es decir que ellos no cumplían lo que enseñaban y esto era lo que los oyentes del Señor, sus discípulos, no debían imitar. Nunca el Señor les dijo “rebélense contra la enseñanza de los fariseos, nieguen sus mandatos“. No, Él dijo obedezcan y hagan todo lo que los religiosos enseñan, pero no los imiten a ellos. ¿Por qué? Porque uno siempre debe someterse a la Palabra de Dios independientemente de quien la enseñe. Dios hablo a través de un burro a Balaam y puede hablar por medio de su Palabra aun a través de hombres imperfectos y pecadores, pero eso no nos da el derecho de menospreciar la Palabra de Dios. Es necesaria la sumisión y la obediencia a la Palabra de Dios por lo que ella es, la Palabra del Dios vivo, independientemente de quien la enseñe. Podemos rechazar el testimonio del mensajero, podemos desacreditar su liderazgo a causa de falta de integridad, pero la Palabra de Dios, si es que ella es predicada y enseñada, no debe ser menospreciada por nadie. David testifico acerca de la Palabra de Dios cuando dijo “Me postraré hacia tu santo templo, Y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Salmos 138:2). Asimismo, los tesalonicenses entendían el valor de la Palabra de Dios, según nos testifica Pablo: “Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Tesalonicenses 2:13).

El orgullo espiritual es hipócrita

porque dicen, y no hacen” (v. 3b)

El problema con los fariseos era la hipocresía, lo cual es el núcleo del orgullo espiritual. La persona orgullosa es hipócrita, aunque no sea consciente de ello, pues dice y proclama a los cuatro vientos su bondad y se siente superior por ello, pero realmente no hace lo que pregona. Los fariseos y escribas enseñaban meticulosamente la Ley, pero ellos mismos no eran hacedores de la Ley. El Señor Jesus dijo de ellos “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mateo 15: 7-9). También les advirtió: “¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7:4-5). Santiago advertía a los creyentes “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22). No solo los escribas y fariseos eran presas de este pecado, sino que los creyentes también estamos expuestos a darle más énfasis a la apariencia externa que a la actitud interna. Sobre todo aquellos que sirven en la obra de Dios corren el riesgo de aparentar lo que no son y lo que no tienen, pero realmente tener un corazón duro, incrédulo, egoísta. Al fin de cuentas, podemos engañar a los hombres, aun engañarnos a nosotros mismos como decía Santiago, pero a quien no podremos engañar jamas es a Dios, para quien “no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).

 El orgullo espiritual es legalista

“Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (v. 4)

Otra de las características del orgullo espiritual además de la hipocresía es el legalismo, es decir el establecimiento de reglas y tradiciones que nos ganen, si fuese posible, favor para con Dios. Lo curioso es que estos religiosos establecían las reglas para otros pero no para ellos. Como eran hipócritas, lo que hacían era, como dice el Señor Jesus, atar cargas pesadas y difíciles de llevar sobre los hombres, obligándolos a cumplir sus tradiciones y reglas y condenándolos si no lo hacían. Sin embargo, ellos mismos “ni con un dedo querían moverlas“, es decir, a los demás los trataban duramente, a ellos mismos con suma suavidad. El legalista se ensalza a si mismo por su “obediencia” y desprecia a los demás (Juan 7:49). La mejor ilustración de un orgulloso legalista la podemos ver en este pasaje: “A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Lucas 18: 9-12).

¿Qué es entonces el legalismo? Hay una ilustración que leí hace un tiempo y creo ejemplifica claramente la diferencia entre el legalismo y el cristianismo real: Imagine que se encuentra en una casa enorme, en la cual viven individuos que oyen bien y otros que son sordos. Todos están juntos, y usted no puede distinguirlos a simple vista. En un salón hay un hombre sentado. Al verle, usted se da cuenta de que lleva cierto ritmo con los pies y los dedos de la mano. Usted sabe lo que está sucediendo, él está escuchando música y obviamente la disfruta. Todo su cuerpo está reaccionando a lo que sus oídos están percibiendo. Repentinamente, uno de los sordos abre la puerta y entra al salón. Al ver al hombre, le saluda y piensa: “Este está disfrutando la vida, yo trataré de hacerlo también”, de modo que el sordo se sienta junto al otro y comienza a imitarle. Con un poco de práctica, el sordo tiene casi el mismo ritmo, sonríe y piensa: “No es tan divertido, pero está bien”. Enseguida, un tercer hombre entra en el salón y ve a dos hombres aparentemente haciendo la misma cosa. Pero ¿existe alguna diferencia? ¡Claro que sí! Las acciones del primero son una respuesta natural a la música que escucha, en cambio, el sordo solamente está imitando esas acciones exteriores aunque no puede oír ni una sola nota. Esa es la diferencia entre el legalismo y el cristianismo real. Uno es producto de una vida espiritual con el Señor, el otro es mera imitación, sin vida, ni poder.

El orgullo espiritual es hipócrita y se basa en apariencias

El orgullo espiritual se basa en las apariencias

Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos” (v. 5)

Dado que el orgullo espiritual es hipócrita y legalista, lo primero que busca una persona religiosa y orgullosa es mantener la apariencia de santidad a los ojos de los hombres. Ciertamente estas personas “aman más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12:43). La enseñanza de Jesus era clara al respecto: Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:1-2).

También “Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:5). Asimismo “Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa” (Mateo 6:16). Jesus enseño claramente que los frutos de la vida espiritual provienen de nuestra vida en privado con Dios y no al revés. Sin embargo, los religiosos hacían sus obras con el único propósito de ser vistos por los hombres y edificar una reputación de santidad y piedad que no iba de acuerdo con su realidad. Las filacterias eran cada una de las dos pequeñas envolturas de cuero que contienen tiras de pergamino con ciertos pasajes de la Escritura, y que los judíos, durante ciertos rezos, llevan atadas, una al brazo izquierdo, y otra a la frente, en respuesta a la Escritura que enseñaba: “Y te será como una señal sobre tu mano, y como un memorial delante de tus ojos, para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto con mano fuerte te sacó Jehová de Egipto” (Éxodo 13:9). Los fariseos aun agrandaban esas cajitas y los flecos de sus mantos para aparecer más notables ante los demás, mas celosos de la Ley, mas espirituales. Asimismo, alargaban los flecos de sus mantos, que era una respuesta a este texto: “Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos, por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul. Y os servirá de franja, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis. Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios” (Números 15:38-40). Ellos alargaban estos flecos para aparentar su obediencia al Señor.

El orgullo espiritual busca la gloria de los hombres

y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí” (v. 6-7)

Era tal la distorsión que habían sufrido los religiosos y fariseos de los tiempos del Señor Jesus, que no solo eran hipócritas, legalistas y estaban muy preocupados en dar una apariencia de piedad, sino que también amaban tener poder sobre los demás, recibir aplausos, elogios de los demás. Amaban el lugar de honor en los banquetes, amaban ser las personas a quienes los demás acudían por consejo y para saber la interpretación de la Escritura, amaban ser reconocidos en las plazas por sus atuendos y amaban que los hombres reconozcan su liderazgo y autoridad. Definitivamente ellos habían perdido todo el sentido y el propósito de su función, de su llamado y de  lo que es el servicio y el liderazgo cristiano. Esto nos hace recordar la denuncia que hace el Señor por el pecado de los lideres religiosos de los tiempos del Antiguo Testamento: “Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos. Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 2:4-8).

¿Que vemos hasta entonces?

El orgullo espiritual es un pecado terrible que engaña, nubla la mente y distorsiona la perspectiva de lo que la Palabra de Dios enseña. El orgullo espiritual es hipócrita, legalista, da una engañosa apariencia de piedad y busca la gloria de los hombres antes que la de Dios. Dios resiste a los soberbios, por eso vemos que Jesús se dirigió duramente contra los líderes religiosos, porque ellos mismos cerraban sus ojos a la necesidad de un Salvador y así enseñaban a los demás también. El orgullo nos hace cerrar los ojos a nuestra necesidad de cambio, de sanidad, de restauración y nos hace pensar que todo está bien y que nosotros somos mejores creyentes de lo que realmente somos. El creyente orgulloso se asemeja a los creyentes de la iglesia de Laodicea “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas” (Apocalipsis 3:17-18).

¿Cuál es una de nuestras mayores necesidades? Ver nuestra verdadera condición espiritual; y el orgullo no nos permite hacer eso. Dejemos a un lado toda apariencia de piedad, humillémonos delante del Señor y reconozcamos lo mucho que necesitamos de Él.

2. La bendición de la humildad (v. 8-12)

Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

A diferencia de la realidad de los lideres orgullosos de Israel, el Señor Jesús proclama la enseñanza de la Palabra de Dios a sus discípulos, el sentido de la verdadera humildad, la que nace de una relación viva con el Señor y es alimentada con la convicción de quien es Dios, quienes somos nosotros y la necesidad constante que tenemos de Dios para nuestras vidas.

La humildad reconoce el principio de la posición

Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos

A diferencia de los fariseos que buscaban ansiosamente que la gente les reconozca y les llamen Rabí (maestro), el Señor Jesús manda a sus discípulos que ellos no deben buscar tal reconocimiento. La razón: uno solo es nuestro maestro (gr. didaskalos). La RV1960 añade “el Cristo“, aunque esa aclaración no se encuentra en el original, seguramente para darle más fuerza al dicho de Jesús, aunque está claro por el contexto del pasaje mismo. Lo que Cristo quiere aclarar aquí es que hay un solo Maestro de maestros, quien les está enseñando la verdad de Dios y que los demás somos hermanos. ¿Eso significa que el ministerio de maestro no debe existir o que el Señor está invalidando el hecho de que existan algunos hermanos que enseñen la Palabra de Dios? De ninguna manera, el contexto claramente nos muestra que lo que debemos hacer es, a diferencia de los fariseos, buscar el reconocimiento como maestro, como rabí, como autoridad máxima. Los judíos consideraban los dichos de los rabís aun por encima de cualquier otra cosa. El fariseo Gamaliel, el maestro del apóstol Pablo en su juventud, era llamado “la belleza de la Ley”. Hilel, otro fariseo que era rabí había escrito multitud de interpretaciones de los mandamientos, interpretaciones que eran quienes normaban la vida y conducta de los israelitas. Sin embargo, lo que el Señor nos enseña es que no debemos considerar a alguien, a algún hermano, “la suprema autoridad en cuanto a interpretación bíblica” porque quien hace eso es el Señor mismo. Él nos enseña por medio de su Espíritu y por medio de hermanos con dones espirituales para enseñar. Pero no debemos recordar que el don no nos hace más o menos importantes en el reino de Dios. Todos somos hermanos, sean algunos pastores, otros maestros, otros misioneros, otros empresarios, etc. Hay un componente de respeto que es claro pero eso no significa el abuso y la “divinización” que tenían los israelitas por los fariseos, como también vemos ahora en muchas iglesias una “divinización” de pastores y líderes. Está claro que el Señor estableció maestros en la iglesia: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (1 Corintios 12:28). Es una bendición tener un maestro que cuide y pastoree a su congregación porque “Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor” (Eclesiastés 12:11). Ser maestro de la Palabra de Dios es una responsabilidad del creyente maduro: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Hebreos 5:12). Sin embargo, esto debe tomarse con responsabilidad y temor de Dios porque “Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación” (Santiago 3:1).

La humildad reconoce nuestra necesidad de Dios

La humildad reconoce el principio de la autoridad

Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos

Mientras los fariseos buscaban ser reconocidos como figuras de autoridad en medio y por encima del pueblo, como padres, el Señor Jesús manda a sus discípulos que no consideremos a ningún ser humano como figura máxima de autoridad en la tierra. La razón: Solo tenemos un Padre que está en los cielos, quien es la autoridad máxima sobre todos nosotros. Una vez más, esto no significa que el Señor está desconociendo la figura del padre terrenal porque la misma Escritura enseña que “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa” (Efesios 6:1-2). Asimismo, el Señor tampoco desconoce la presencia de figuras de autoridad en nuestras vidas. La Biblia misma testifica que “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos” (Romanos 13:1-2). La misma exhortación el Señor dirige hacia nuestras autoridades espirituales “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso” (Hebreos 13:17). Es claro entonces que la perspectiva del Señor Jesús es que no consideremos como suprema autoridad de nuestra vida a ningún hombre. Nos debemos someter los unos a los otros en el temor de Cristo (Efesios 5:21); pero no debemos idolatrar o divinizar a nadie. La máxima autoridad de nuestras vidas es Dios por medio de su Palabra escrita.

La humildad reconoce el principio de la fidelidad

Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo

Aunque pareciera que la palabra maestro se repite aquí como en el verso 8, la verdad es que la RV1960 traduce la palabra griega kathēgēts como maestro pero tiene un significado un poco más amplio. La LBLA lo traduce como preceptor: “No dejéis que os llamen preceptores porque uno es vuestro preceptor, Cristo“. Desde el punto de vista histórico y etimológico, un preceptor es un profesor responsable de mantener un precepto, o sea cierta ordenanza o ley o tradición. El término se utiliza para designar a personas encargadas de acompañar y orientar la educación de un niño o de un adolescente, más comúnmente en internados y antiguamente incluso en el hogar. Un preceptor es un ayo, un tutor, un líder y guía que ayuda en la crianza de niños. En ese sentido, dice Jesús, no solo Él es nuestro didaskalos (maestro), nuestro Padre, sino también es nuestro preceptor (ayo, tutor, líder, maestro). Nuestra fidelidad debe ser 100% solo al Señor y los maestros en la iglesia, los líderes no deben inculcar la fidelidad a sí mismos, sino al Señor Jesús y al reino de Dios. Esto es muy relevante ahora porque vemos que ahora muchos creyentes no tienen fidelidad a nada, andan por aquí y por allá y no se ha comprometido con nada; y vemos también líderes que están abocados a enseñar y fomentar la fidelidad a ellos mismos, a sus ministerios en vez de al Señor. Lo que el Señor Jesucristo nos enseña es que no debemos seguir ciegamente a los hombres, ni considerarnos leales sin objeción a ellos, sino que nuestra lealtad debe ser al Señor en primer lugar y si somos leales al Señor seremos leales a la obra de Dios y a los siervos del Señor. Una persona humilde no tiene problemas en someterse a los demás, en seguir a sus líderes, en comprometerse, porque en primer lugar está comprometida al 100% con Dios. Una persona orgullosa siempre está buscando figurar, levantarse sobre los demás, y que todos le sigan a él o ella.

La humildad reconoce el principio del liderazgo

El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo

Ahora, el Señor Jesús enuncia uno de los dos principios eternos que en este texto se enseñan. Este principio dice que el que quiera ser mayor entre los demás, debe ser el servidor de todos. El Señor enseñó este principio también a sus doce discípulos: “Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 20:25-26). Y una vez más, cuando ellos discutían sobre quien habría de ser el mayor: “Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor. Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Marcos 9:33-35). El principio es claro, quien desea liderazgo no desea algo malo, pues es bueno tener la iniciativa de servir y presidir y hacer la obra de Dios. Lo malo esta en querer seguir los patrones del mundo al liderar; pero lo que claramente dice el Señor aquí es que el que quiera ser mayor debe ser el servidor de los demás. Quien desea tener un puesto de liderazgo en la obra de Dios no debe seguir el esquema de los fariseos, que estaban sobre el pueblo, menospreciándolos y tratándolos como ignorantes, sino que debe seguir el esquema de Cristo Jesús que “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Esto implica iniciativa, disposición y disponibilidad. Muchos quieren servir pero no quieren darse el trabajo de esforzarse, solo se sientan allí y quieren ser considerados para cosas grandes cuando en las cosas pequeñas no son fieles. Otros solo quieren enseñar, ser reconocidos como líderes, pero no se dan cuenta de que sus vidas no son integras, de que son mal ejemplo de lo que quieren enseñar y no son hábiles para ser maestros o servidores de los demás, no porque no tengan capacidad o experiencia, sino porque no tienen un corazón humilde, paciente y amoroso para servir a los demás.

La humildad reconoce el principio de la exaltación

Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

El segundo principio que enseña el Señor Jesucristo es este: el que se ensalza a si mismo será humillado y el que se tiene un principio humilde y no busca ensalzarse, ese será enaltecido por el Señor. Hay que tener claro que el agente que humilla o enaltece no es la persona misma sino el Señor: “Dije a los insensatos: No os infatuéis; y a los impíos: No os enorgullezcáis; no hagáis alarde de vuestro poder; no habléis con cerviz erguida. Porque ni de oriente ni de occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento. Mas Dios es el juez; a éste humilla, y a aquél enaltece” (Salmos 75:4-7). El Señor es quien honra y bendice a quien le honra a El: “Por tanto, Jehová el Dios de Israel dice: Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí perpetuamente; mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco” (1 Samuel 2:30). La humildad resulta en bendición para quien la practica: “Riquezas, honra y vida Son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová” (Proverbios 22:4). La humildad y el temor de Dios están relacionados: el humilde hace caso, presta atención a los consejos de la Palabra de Dios y se somete a ellos. El orgulloso es rebelde, no sigue la Palabra de Dios, la desobedece, la racionaliza, justifica su pecado y al final sigue los designios de su propio corazón. Pero la Biblia nos enseña: “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:2).

En otras palabras, debemos procurar ser humildes, contentarnos con lo que Dios nos ha dado, procurar superarnos y servirle cada vez mejor, pero nunca auto promocionarnos, nunca exaltarnos a nosotros mismos, nunca sugerir lo bueno que somos, lo capaces que somos. El orgullo nunca es buen consejero, más la humildad siempre nos llevara a buen puerto. “Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Asimismo, “Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5). Cuando esperamos en El, y le servimos no por la recompensa, sino por amor y gratitud a Él, paciente, fiel, constante y apasionadamente, entonces es Dios quien abre camino para nosotros, es El quien abre puertas, quien da gracia, da favor, bendice, exalta y promueve.

Dios da gracia a los humildes, pero resiste a los soberbios

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Lo que hemos visto hasta el momento son las incomparables bendiciones de la humildad y como esta se contrasta con el orgullo espiritual, representado aquí por los líderes religiosos fariseos de los tiempos de Jesús. Los discípulos del Señor ahora tenían el mandato claro de Jesús, ser humildes, tenían el ejemplo perfecto del Señor quien dijo de sí mismo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29). Asimismo, tenían el mal ejemplo de los líderes orgullosos, así que tenían que tomar una decisión. Así como nosotros, en este tiempo que nos ha tocado vivir tenemos que tomar una decisión: vivir orgullosamente, pensando que nuestros pensamientos, nuestra forma de pensar o ver la vida es la correcta y que los demás no saben tanto de nuestras vidas o decisiones como nosotros; o vivimos humildemente, confesando siempre nuestra necesidad de sabiduría, reconociendo siempre la autoridad máxima de la Palabra de Dios y considerando como importantes y necesario el consejo, la sumisión y la obediencia a las autoridades que el Señor ha puesto sobre nosotros. El pueblo de Israel en un momento de su vida fue identificada por el Señor como una asna montes: “¿Cómo puedes decir: No soy inmunda, nunca anduve tras los baales? Mira tú proceder en el valle, conoce lo que has hecho, dromedaria ligera que tuerce su camino, asna montés acostumbrada al desierto, que en su ardor olfatea el viento. De su lujuria, ¿quién la detendrá? Todos los que la buscaren no se fatigarán, porque en el tiempo de su celo la hallarán. Guarda tus pies de andar descalzos, y tu garganta de la sed. Mas dijiste: No hay remedio en ninguna manera, porque a extraños he amado, y tras ellos he de ir” (Jeremías 2:23-25). Sin embargo, el consejo del Señor, su reprensión nos habla que “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia” (Salmos 32:8-10). Misericordia, paz y bendición hay para el que se humilla y obedece al Señor, amándole y sirviéndole de corazón.

Amen!