Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Hebreos 6:10-20)

Dice la Escritura en Romanos 15:4-5: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús“. La paciencia es un elemento fundamental en el caminar de la vida cristiana. Se nos manda a vivir con paciencia, a tratar a nuestros hermanos con paciencia, a enseñar con paciencia, a esperar las promesas de Dios con paciencia y en general para todo en la vida veremos que nos es necesaria la paciencia. Esta virtud es una de las más malentendidas en este mundo que todo lo quiere inmediato, que busca el camino fácil y practico. Sin embargo, veremos en la Palabra de Dios que Dios no olvida la obra de amor que hacemos para El, pero debemos perseverar en ello hasta el final, con paciencia, porque con ella alcanzamos las promesas de Dios. Un ejemplo de esto es Abraham, modelo de un creyente paciente. Asimismo, tenemos la doble garantía de Dios, su nombre y la verdad de su promesa de por medio que nos garantizan el cumplimiento de las promesas de Dios en Cristo Jesús. La paciencia es importante y necesaria, es uno de los aspectos del fruto del Espíritu Santo, era una de las cualidades del Señor Jesús y es uno de los mandamientos expresos de la Palabra de Dios.

1. La importancia de la paciencia (v. 10-12)

Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas

La epístola a los Hebreos está caracterizada por tener varias admoniciones, es decir, advertencias, exhortaciones que se les hacen a los creyentes con el fin de que no se desvíen de la enseñanza de la Palabra de Dios ni de la obediencia al Señor. Justamente esta sección que vamos a estudiar viene a continuación de la cuarta de 7 advertencias que encontramos en este libro: la cuarta advertencia es sobre aquellos que siendo testigos del poder de Dios y de las bendiciones de la Palabra se vuelven atrás (Hebreos 6:4-8). Sin embargo, en palabras del propio escritor del libro de Hebreos, “en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación” (Hebreos 6:9). A los creyentes les espera, y se les demanda, “cosas mejores” dado que viven y dependen de una realidad diferente en el Señor. Al creyente se le demanda:

Paciencia en el amor y el servicio a Dios

Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún” (v. 10)

Este verso es traducido por la LBLA de la siguiente forma: “Porque Dios no es injusto como para olvidarse de vuestra obra y del amor que habéis mostrado hacia su nombre“, que consideramos una mejor traducción porque deja claro que Dios no olvida, su carácter se lo impide, el trabajo arduo de los santos y del amor que ellos muestran hacia Dios. Estas dos características se manifiestan en el servicio a los santos. En este verso se repite dos veces la palabra griega diakonos que significa servidor pero en dos tiempos diferentes: en pasado participio (habiendo servido) y presente participio (sirviendo aún). Esto es sumamente interesante porque implica ciertas verdades muy claras: El amor a Dios va de la mano con el trabajo, con el servicio a Dios. Ambos se expresan en una actitud constante y persistente de servir humildemente a los santos. Entonces, no puedo decir que amo a Dios o que estoy sirviendo a Dios si no estoy al lado de las personas, sobretodo de los hermanos, sirviéndoles. Ese es una de las mejores expresiones del amor de Dios. Y de estas cosas, de la constancia, la persistencia y el esfuerzo por servir a los santos en el nombre del Señor, de estas cosas Dios no se olvida. Él es justo para tener en memoria lo que sus santos hacen por amor a Él.

Dios recuerda nuestro obrar y recompensa a sus hijos. El Señor animó al rey Asa: “Vino el Espíritu de Dios sobre Azarías hijo de Obed, y salió al encuentro de Asa, y le dijo: Oídme, Asa y todo Judá y Benjamín: Jehová estará con vosotros, si vosotros estuviereis con él; y si le buscareis, será hallado de vosotros; más si le dejareis, él también os dejará. Muchos días ha estado Israel sin verdadero Dios y sin sacerdote que enseñara, y sin ley; pero cuando en su tribulación se convirtieron a Jehová Dios de Israel, y le buscaron, él fue hallado de ellos. En aquellos tiempos no hubo paz, ni para el que entraba ni para el que salía, sino muchas aflicciones sobre todos los habitantes de las tierras. Y una gente destruía a otra, y una ciudad a otra ciudad; porque Dios los turbó con toda clase de calamidades. Pero esforzaos vosotros, y no desfallezcan vuestras manos, pues hay recompensa para vuestra obra. Cuando oyó Asa las palabras y la profecía del profeta Azarías hijo de Obed, cobró ánimo, y quitó los ídolos abominables de toda la tierra de Judá y de Benjamín, y de las ciudades que él había tomado en la parte montañosa de Efraín; y reparó el altar de Jehová que estaba delante del pórtico de Jehová” (2 Crónicas 15:1-8). Asimismo, Pablo nos da la misma esperanza en 1 Corintios 15:58: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano“. Amamos a Dios y le servimos por amor, eso es lo que nos manda la Escritura. Asimismo, el Señor nos recompensará, eso también enseña la Escritura, pero se demanda que sirvamos y sigamos sirviendo pacientemente al Señor.

Esperar pacientemente en el Señor tiene recompensas

Constancia y perseverancia en la paciencia

Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza” (v. 11)

El autor del libro de Hebreos nos da la seguridad de que Dios no se olvida del amor y del servicio que hemos y seguimos dando a los santos; pero como si esto fuese suficiente motivación nos dice también que es el gran anhelo, el deseo ferviente, tanto de él cómo de todos los que sirven al Señor, que los creyentes manifestemos la misma solicitud, la misma diligencia “hasta el fin“. Literalmente, dice que manifestemos la misma solicitud hasta la plenitud, la madurez, el fin de nuestro crecimiento, es decir hasta que nos encontremos delante de la presencia del Señor. Entonces, el creyente nunca se da “de vacaciones“, siempre debe estar sirviendo, perseverando, obrando y amando al Señor, con el mismo afán, la misma solicitud, la misma diligencia. ¿Con que actitud? La LBLA traduce “para alcanzar la plena seguridad de la esperanza“. Una mejor traducción seria “con la plena seguridad de la esperanza“. No solo se trata de servir paciente y constantemente sino hacerlo con la actitud correcta. “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos 12:11). Debemos hacerlo con buen ánimo porque Dios es quien escudriña las mentes y los corazones de todos y a El nada se le puede ocultar. “Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; más si lo dejares, él te desechará para siempre” (1 Crónicas 28:9).

Este mandato del escritor del libro de Hebreos es sumamente relevante en estos tiempos donde vemos creyentes que son llamados “escobita nueva“: barren muy bien los primeros meses, pero pronto se desgastan y cada vez son menos útiles hasta que terminan siendo unas escobas completamente inútiles que no sirven para nada. Hermanos, no seamos “escobitas nuevas“, sino que si hemos comenzado amando y sirviendo al Señor con devoción y pasión, sigámoslo haciendo siempre y cada vez más. Esforcémonos, preparémonos, sirvamos más y mejor al Señor siempre y recuerda que hemos aprendido que el servicio hecho de corazón al Señor se premia ¡con más servicio! El Señor abre puertas para sus hijos, para que le sirvan más y con mayor responsabilidad. La obra de Dios requiere siervos fieles, diligentes, dispuestos, responsables, con carácter, en los que el Señor puede confiar su ministerio. Lo contrario de la diligencia es la negligencia y no debemos ser siervos negligentes y malos, que aprovechan que su Señor aun no vuelve para jugar y perder el tiempo en sus propios asuntos en vez de edificar el reino de Dios.

Imitadores de aquellos que muestran paciencia

a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas” (v. 12)

¿Cuál es el propósito de que se nos mande a ser pacientes, diligentes y constantes en el servicio a Dios? A fin de que no seamos perezosos. La palabra usada por el escritor del libro de Hebreos para “perezosos” solo la usa el y ningún otro escritor del Nuevo Testamento y solo la usa 2 veces, una aquí y la otra en Hebreos 5:11-12Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír. Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido“. Aquí es traducido como “tardos para oír” y está asociado a la inmadurez y la desobediencia. En contraste al mandato de “ser diligentes y perseverantes” está el peligro de hacernos tardos para oír y obedecer, por ende ociosos y perezosos en cuanto a las cosas espirituales. Con respecto a esto, Pablo manda: “También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos” (1 Tesalonicenses 5:14). Asimismo, el apóstol Pedro enseña que “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 1:5-8). Cuando no oímos con obediencia la Palabra de Dios, cuando no crecemos en la vida espiritual, sino que somos negligentes y de doble ánimo, entonces nos volvemos ociosos, perezosos, inútiles y sin fruto en cuanto al camino del Señor y esto no es la voluntad de Dios.

Por el contrario, lo que Dios quiere es que seamos “imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas“. Podemos pensar en los hombres y mujeres que el escritor de Hebreos va a mostrar en el capítulo 11 de su libro, como ejemplos de fe y perseverancia. Este capítulo dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:1-2). También, al final del capítulo dice: “¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas; que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en  batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Hebreos 11:32-40). Estos hombres, “de los cuales el mundo no era digno“, heredaron las promesas de Dios por su fe y su paciencia. La palabra paciencia ha sido traducida del griego makrothymía que es uno de los vocablos más fuertes para describir la paciencia. Es asociada con la paciencia de Dios ante un mundo incrédulo, con el fruto del Espíritu Santo y con la virtud que debemos tener los cristianos ante toda adversidad y situación.

¿Que vemos hasta el momento?

Lo que hemos visto hasta el momento es que a diferencia del hombre que se cansa, se olvida de sus promesas a Dios y de que se desanima en el servicio al Señor, Dios es fiel y nunca olvida el amor y el servicio que sus hijos le dan, expresados en el servicio amoroso, fiel y dispuesto a los santos. Es más, se nos manda a perseverar pacientemente en dicho servicio hasta el final, con la actitud esperanzada en la fidelidad de Dios, para evadir el peligro de volvernos ociosos y sin fruto, sino que debemos ser imitadores de los grandes hombres y mujeres de Dios, que debido a su fe y paciencia heredaron las promesas de Dios y son ejemplos de vida cristiana, obediente, sacrificada y esforzada.

Abraham es el modelo de paciencia y fe para los creyentes

2. El ejemplo de la paciencia (v. 13-15)

Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa

Para ilustrar el mandamiento a servir pacientemente a Dios, el escritor del libro de Hebreos nos menciona el caso de Abraham, quien es considerado en la Biblia el amigo de Dios y el padre de la fe. El Nuevo Testamento menciona a Abraham más que cualquier otra figura del Antiguo Testamento, excepto Moisés, y destaca su importancia como un hombre de fe. Cuando se llama a abandonar Mesopotamia, Abraham obedeció y se fue, a pesar de que no sabía a dónde iba (Hebreos 11:8 – “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba“). Incluso después de llegar a Canaán, Abraham seguía siendo un desconocido y no vivió para ver el cumplimiento de las promesas (Hebreos 11:9-10 – “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios“). Él creía que Dios le daría un hijo y que su descendencia algún día llegaría a ser tan numerosos como las estrellas. Sobre la base de esta fe que Dios “contó su fe por justicia” (Génesis 15:4-6 – “Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará. Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia“). Pablo cita este pasaje como su primera ilustración de la justificación por la fe en Romanos 4:1-3 (“¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia“). En el mismo capítulo señala Pablo que Abraham se atrevió a creer que Sara daría a luz al hijo prometido, a pesar de que había pasado la edad de tener hijos y él era de cien años de edad (Romanos 4:18-22 – “El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años, o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual también su fe le fue contada por justicia“). La fe inquebrantable de Abraham en las promesas de Dios sigue siendo un reto para todas las personas y un ejemplo hermoso de la gran paciencia de este hombre.

La promesa de Dios

Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente” (v. 13-14)

Se dice que el pacto de Dios con Abraham es incondicional porque Dios realizo el pacto de manera unidireccional, sin requerir la participación de Abraham. La Palabra registra esto en: “Y le dijo: Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte a heredar esta tierra. Y él respondió: Señor Jehová, ¿en qué conoceré que la he de heredar? Y le dijo: Tráeme una becerra de tres años, y una cabra de tres años, y un carnero de tres años, una tórtola también, y un palomino. Y tomó él todo esto, y los partió por la mitad, y puso cada mitad una enfrente de la otra; mas no partió las aves. Y descendían aves de rapiña sobre los cuerpos muertos, y Abram las ahuyentaba. Más a la caída del sol sobrecogió el sueño a Abram, y he aquí que el temor de una grande oscuridad cayó sobre él. Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza. Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez. Y en la cuarta generación volverán acá; porque aún no ha llegado a su colmo la maldad del amorreo hasta aquí. Y sucedió que puesto el sol, y ya oscurecido, se veía un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasaba por entre los animales divididos. En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates; la tierra de los ceneos, los cenezeos, los cadmoneos, los heteos, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos” (Génesis 15:7-21). Era costumbre en la antigüedad que al momento de determinar un pacto entre dos personas, se realizara el ritual que realizó Abraham y puestas las dos personas a cada extremos, ambas pasaran por entre los animales cortados. En este caso vemos solo a Dios pasando por entre los animales, dejándonos en claro que es El quien establece el pacto y quien lo garantiza. También, más adelante el Señor mismo expresó: “y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos” (Génesis 22:16-17). Esta era la firme confianza que podía tener Abraham: el cumplimiento del pacto que Dios había establecido con El no dependía de sí mismo, de su obediencia o carácter, sino que estaba asegurado por Dios mismo. Dios juró por la autoridad máxima, la suprema verdad y la fuente más confiable del Universo: El mismo.

La paciencia de Abraham

Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa” (v. 15)

Recordemos que Abraham fue llamado por Dios a la edad de 75 años: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán” (Génesis 12:1-4). Después de muchas cosas, le fue prometido un hijo: “Después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande. Y respondió Abram: Señor Jehová, ¿qué me darás, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese damasceno Eliezer? Dijo también Abram: Mira que no me has dado prole, y he aquí que será mi heredero un esclavo nacido en mi casa. Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará. Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:1-6). A la edad de 86 tuvo su primer hijo, Ismael (Génesis 16:16); pero este no era el cumplimiento de la promesa de Dios, sino más bien es uno de los errores que el cometió en el camino.

A la edad de 99 años, Dios reconfirmó su pacto con el: “Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera. Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo: He aquí mí pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos” (Génesis 17:1-8)

Es recién a los 100 años que Abraham recibe parte del cumplimiento de la promesa de Dios, el nacimiento de su hijo Isaac: “Visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho. Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac. Y circuncidó Abraham a su hijo Isaac de ocho días, como Dios le había mandado. Y era Abraham de cien años cuando nació Isaac su hijo. Entonces dijo Sara: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo. Y añadió: ¿Quién dijera a Abraham que Sara habría de dar de mamar a hijos? Pues le he dado un hijo en su vejez” (Génesis 21:1-7)

¿Que vemos hasta entonces?

Vemos que el escritor del libro de Hebreos nos da el hermoso ejemplo de un hombre imperfecto como nosotros, un hombre de fe, quien recibió la promesa de Dios y pacientemente espero a lo largo de 25 años el cumplimiento de lo que el Señor le había prometido. No fue una espera fácil, él fue tratado y moldeado por el Señor a lo largo de todos esos años, pero su fe inquebrantable, su paciente espera, su disposición a obedecer a Dios a pesar de no ver la respuesta a sus deseos, es un ejemplo para todos y cada uno de nosotros.

Cristo es nuestra esperanza de gloria

3. El ancla firme de la paciencia (v. 16-20)

Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec

Aquí el escritor de Hebreos hace un fuerte contraste entre la seguridad que proporciona el hombre frente a la seguridad que Dios proporciona. La idea es que veamos la gran certeza y el fundamento firme que debe tener el creyente para su fe y para esperar pacientemente en Dios, quien cumplirá todo lo que ha prometido a su debido tiempo. Ya lo hemos visto en la vida de Abraham y sabemos que Dios cumplirá su voluntad por mas imposibilidades que el hombre pueda ver, porque “nada hay imposible para Dios” (Lucas 1:37).

La seguridad proporcionada por el hombre

Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación” (v. 16)

Se nos dice que los hombres juran por alguien mayor que ellos mismos, reconociendo el valor de Dios, que es por quien juran, como referente de sus juramentos. Y este juramento es el fin de toda controversia o discusión pues elevamos un juramento que tiene rango de obligatoriedad. Ahora, esto es susceptible de fallo pues tenemos que tener en cuenta la naturaleza humana caída, que no es confiable. El escritor del libro de Hebreos explica un caso ideal, en el que dos personas solucionan sus conflictos elevando un juramento a Dios y ello es el fin de la discusión. Sin embargo, vemos que en los tiempos de Jesús, el juramento a Dios había caído en una distorsión; por lo cual el mismo Señor enseñó: “Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mateo 5:33-37) ¿Por qué prohibió los juramentos el Señor? Porque se estaban realizando por hacer, solo para dar una apariencia externa cuando no había la intención de cumplirla. La palabra del hombre había perdido valor, lo dice claramente al final “Sea vuestro hablar sí o no, porque fuera de eso de mal procede”. Los hombres ya no tenían aprecio por la verdad y dar un juramento ya había perdido su sentido: ya no era más la expresión de la solemnidad de una promesa, sino solamente una estrategia para dar mayor relevancia a un acuerdo, el cual muy probablemente no se tenía el deseo real de cumplir. Asimismo, Santiago enseña que “Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación” (Santiago 5:12). La idea aquí es la misma: el hombre no es confiable, no puede ser un referente de la verdad y su palabra no se puede tomar como referente, ni aun cuando toma el nombre de Dios. Este cuadro penoso de la naturaleza humana caída nos ayuda a comprender el valor de lo que Dios ha hecho, de su naturaleza y su carácter.

La seguridad proporcionada por Dios

Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (v. 17-18)

A diferencia del hombre que es tendiente a la mentira, Dios es veraz, Él es la verdad absoluta; por tanto El no necesita jurar por nadie superior a sí mismo, es más, El no necesita jurar porque Él es la verdad. Sin embargo, en su misericordia y amor, Dios condesciende con nosotros y manifiesta su voluntad de expresarnos la seguridad de su promesa y palabra. Dios interpuso juramento a Abraham para mostrarle que era seguro lo que iba a hacer y aunque pasaran los años, Abraham podía confiar y esperar pacientemente en Dios porque El “juró” que iba a cumplir lo que había prometido. ¿Necesitaba Dios jurar? No, porque Dios no miente; pero lo hizo para fortalecer la fe de Abraham y para mostrarnos la inmutabilidad de su consejo y carácter. La esperanza de Abraham, y la nuestra está arraigada en dos verdades inmutables:

  • El carácter inalterable de Dios: De nuestro Señor se dice “Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, más tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán” (Salmos 102:25-27). Dios mismo testificó al pueblo de Israel: “Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos” (Malaquías 3:6). “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Dios no cambia, Él es el mismo siempre y por eso podemos confiar en que Él es coherente y consistente consigo mismo y con lo que ha prometido.
  • La verdad inalterable de las promesas de Dios: La Palabra de Dios siempre permanecerá: “Secase la hierba, marchitase la flor; más la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8). “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:11). El Señor Jesucristo nos dio la seguridad del cumplimiento de la Palabra de Dios “porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:18), porque “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).

En estas dos cosas es imposible que Dios mienta, dice el escritor del libro de Hebreos. Números 23:19a dice que “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta“. Pablo también añade: “en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos” (Tito 1:2). Estas verdades deben significar un fortísimo consuelo en nosotros los creyentes, quienes hemos acudido a asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. Esta verdad es el fundamento y la seguridad de la fe, la confianza y la paciencia que todo hijo de Dios debe tener: Dios no miente, no olvida, no pasa por alto. Él ha prometido y cumplirá lo que ha prometido, porque Él es fiel y Él no puede negarse a sí mismo.

La seguridad garantizada por Jesucristo

La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (v. 19-20)

A diferencia del hombre, cuya palabra no es confiable, Dios nos da poderosas razones para confiar en Él y esperar pacientemente. La paciencia se puede fundamentar no en la buena suerte, el azar o algo así, sino que se fundamenta en el carácter santo de Dios. Él ha querido mostrarnos su favor y gracia y lo ha hecho por medio del ejemplo de Abraham, por la inmutabilidad de su carácter y la verdad de sus promesas. Sin embargo, ¿que nos asegura que la bendición de sus promesas no fue solo para Abraham o para algunos hombres de fe solamente? Aquí el escritor del libro de Hebreos nos dice que la esperanza a la que nos hemos asido, a la que hemos recurrido esta puesta delante de nosotros, es un ancla del alma, una esperanza segura, duradera y firme, la cual ha ingresado al interior del velo. ¿Qué o quién es esta esperanza? Pablo enseña que “Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:24-27). Es Jesús el foco y la meta de nuestra esperanza. Es el Señor Jesús quien ha entrado como precursor, delante de nosotros, a la misma presencia de Dios después de su muerte y resurrección. Es este ingreso lo que nos certifica que Dios aceptó el sacrificio vicario de Cristo Jesús. Como sabemos, el Señor Jesús murió, resucito y ascendió a los cielos. En otra parte del libro de Hebreos, se nos dice que “no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:24-28).

¿Por que te abates alma mía y te turbas dentro de mi? Espera en Dios porque aun he de alabarle

Jesus entró a la presencia de Dios como el sumo sacerdote perfecto, según el orden de Melquisedec, es decir, no nombrado por los hombres ni sujeto a las debilidades de los hombres, sino designado por el mismo Dios y hecho sumo sacerdote para siempre: “Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre” (Hebreos 7:1-3). Un sumo sacerdote que nos conviene, santo, apartado de todo mal, que fue tentado en todo pero sin pecado: “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto. Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. Porque la ley constituye sumos sacerdotes a débiles hombres; pero la palabra del juramento, posterior a la ley, al Hijo, hecho perfecto para siempre” (Hechos 7:22-28). El entro a los cielos y es por El que las promesas de Dios son reales para todos los hijos de Dios, los creyentes en Cristo Jesús: “Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; más ha sido Sí en él; porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (2 Corintios 1:19-20)

¿Que vemos hasta entonces?

¿Por qué podemos ser pacientes y esperar en las promesas de Dios? Porque Dios es confiable, porque Él es inmutable en su carácter, porque Él ha manifestado a través de la vida de Abraham su bondad, a través de su la verdad de su palabra que todo lo que Él ha prometido lo cumplirá; y por último, porque su Único Hijo, el Señor Jesucristo, ha sido entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. El ascendió a los cielos, hecho sumo sacerdote para siempre, para interceder por nosotros y en El, todas las promesas de Dios son SI y AMEN. En Cristo Jesús, en sus méritos, podemos recibir el cumplimiento de las promesas de Dios. Por causa de Él, la gracia de Dios se ha mostrado a nosotros y sabemos que Dios hará todo lo que ha prometido. ¡Gracias a Dios! ¡Gracias por Jesús! Espera paciente hermano, sirve al Señor sin desmayar, que a su tiempo vendrá lo que Él ha prometido.

Amén!