“Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Colosenses 3:15-17)

La Palabra de Dios dice: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:16-18). ¿Por qué debemos estar agradecidos a Dios? Hay tres razones poderosas por las cuales debemos estar agradecidos a Dios: La primera, porque es la voluntad de Dios que seamos agradecidos. La segunda, porque es evidencia de que la Palabra de Dios mora en abundancia en nosotros. Por último, debemos ser agradecidos a Dios porque si estamos llenos del Espíritu Santo, esa es la reacción natural que debemos tener. ¿Has notado que en ningún momento dije que debemos estar agradecidos porque nos va bien o porque hemos recibido alguna bendición de Dios? Eso no significa que no debemos agradecer a Dios por sus bondades y misericordias, pero lo que quiero decir es que la gratitud cristiana va más allá de las circunstancias que vivamos y que debemos estar agradecidos a Dios y tener un espíritu gozoso aun en medio de las tribulaciones más grandes y las circunstancias más adversas. No en vano, la orden a ser agradecidos en 1 Tesalonicenses 5:16-18 se encuentra entre mandamientos a orar sin cesar y a ser gozosos. Aun a pesar de las circunstancias el creyente puede y debe tener una actitud de oración, de gozo y de agradecimiento a Dios.

En esta oportunidad vamos a seguir examinando los pilares del carácter cristiano y ahora vamos a ver lo que la Palabra de Dios tiene que decir con respecto a la gratitud. Vamos a ver que el creyente debe vivir en la paz de Cristo y ser agradecido porque Dios le ha llamado a ser parte del cuerpo de Cristo; debe permitir que la Palabra de Dios more en abundancia en su corazón y que se evidencie en su vida, enseñando a sus hermanos y alabando y dando gracias a Dios por su bondad. Asimismo, debe hacer todo en el nombre del Señor y dar gracias por ello al Padre. Para ello, por favor examinemos la epístola a los Colosenses, capítulo 3, versos 15 al 17:

El creyente debe ser agradecido con su Señor

1. Agradecidos por ser parte del cuerpo de Cristo (v. 15)

Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos

La primera razón por la que un creyente debe ser agradecido a Dios es por su salvación, porque por los méritos de Cristo Jesús hemos sido salvados de la condenación eterna en el infierno. La salvación de Dios nos ha dado paz y asimismo nos ha llevado a ser parte del cuerpo de Cristo, la comunidad de todos los creyentes en Jesucristo de todos los tiempos. Uno podría pensar en muchas razones para estar agradecido a Dios, pero esta es la primera y si no estamos agradecidos al Señor por su salvación, si no entendemos la magnitud de la condenación de la que fuimos salvos y la magnitud del sacrificio que Dios tuvo que hacer para salvarnos, entonces realmente no estaremos agradecidos a Dios con nada de lo que suceda en nuestras vidas. Un corazón en guerra no puede ser un corazón agradecido y es allí por donde debemos empezar:

Un corazón en paz con Dios

“Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones”

 

La LBLA traduce esta frase como “y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones“. La Palabra traducida como “reine” en la LBLA o “gobierne” en la RV1960 significa literalmente “arbitre o reglamente“. La paz de Dios, ganada por medio del sacrificio de Cristo Jesús en la cruz y dada a los creyentes debe ser quien reglamente y gobierne nuestros corazones. No puede haber paz, ni gratitud, ni comunión verdadera en el corazón de una persona que no ha hecho primero las paces con Dios. El Señor hace la invitación a los hombres: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18). Es por medio del sacrificio de Cristo Jesús que tenemos paz con Dios: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Una vez que somos hechos hijos de Dios, la voluntad del Señor es que vivamos en paz con todos: “Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros” (2 Corintios 13:11). Esto es posible cuando nuestra vida está en comunión con el Señor y nuestra mente está sujeta bajo la influencia poderosa de la Palabra de Dios: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7). Pablo entendía claramente que nuestras mentes y corazones deben ser conquistados por la Palabra de Dios y su consejo, en vez de estar a merced de pensamientos pecaminosos, de duda, de incredulidad provenientes de este mundo que aborrece a Dios. La batalla de la mente y del corazón es una de las batallas más grandes que el creyente debe librar y el resultado de esta determinará en gran medida el gozo y la efectividad en la vida cristiana. Como volvemos a repetir, un corazón afanoso, una mente llena de pensamientos contradictorios, engañosos provocaran ansiedad, irritabilidad, amargura, conflicto y todo tipo de males que llevan al creyente a no poder crecer ni madurar ni ser efectivo en la obra del Señor.

Un corazón en unidad

“a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo”

 

El apóstol Pablo claramente enseña que la paz de Dios no sólo debe gobernar nuestras mentes y corazones, sino que debe ser quien arbitre, reglamente y gobierne nuestras relaciones con los demás hermanos en la fe. Pablo dijo a los corintios: “Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos” (1 Corintios 12:12-14). Los creyentes, “siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:5). Hemos sido hechos y llamados a ser participantes del cuerpo de Cristo en nuestra salvación, en el bautismo del Espíritu Santo. Tal vez venimos de diversos trasfondos sociales, culturales, económicos, familiares; pero todos los creyentes en Cristo Jesús hemos sido llamados a ser de un solo Señor, un solo cuerpo, en una unidad espiritual con nuestro Señor que no se terminará jamás. No estamos solos, hemos sido llamados a ser parte de la familia de Dios y esta es una verdad teológica que no podemos ignorar. El creyente no puede ni debe hacer su vida cristiana de manera individual, egoísta, apartada de los demás. Nos necesitamos los unos a los otros, somos parte los unos de los otros, debemos adorar en unidad, debemos servir en unidad, debemos congregar y animarnos los unos a los otros, servirnos por amor usando nuestros dones espirituales, exhortarnos si decaemos en el caminar de la vida cristiana, aprender juntos, alabar al Señor, compartir el compañerismo cristiano. Esta es la voluntad expresa del Señor: “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca” (Hebreos 10: 23-25). Tan importante como mantenernos fieles en la fe es la de animar a nuestros hermanos al amor y a las buenas obras. Pero ¿cómo podremos mantenernos firmes en la soledad de nuestro egoísmo? ¿Cómo podremos animar y estimular a los otros creyentes, nuestros hermanos cuando preferimos la comodidad de nuestro hogar en vez de estar al lado de los santos de Dios? La respuesta es clarísima: No dejando de congregar, como algunos tienen por costumbre. Congregar periódicamente, constantemente, sacrificialmente es la forma como podemos mantenernos firmes en la fe y el amor del Señor, y como podemos servir a nuestros hermanos, exhortándonos y animándonos.

Un corazón agradecido

“y sed agradecidos”

 

Literalmente dice: “vengan a ser, háganse agradecidos“. Es una orden, un mandato de Dios y la consecuencia natural de considerar el hecho de que hemos sido salvos de la condenación del infierno por la sangre de Jesús, así como del hecho de que hemos sido hechos partes del cuerpo de Cristo, su iglesia y que ya no estamos más solos, sino que tenemos el privilegio de formar parte de la comunidad de los santos, así como el deber de servirles a los santos y de caminar al lado de ellos la vida cristiana. Ser agradecido no depende de nuestros sentimientos, sino que es un acto de la voluntad. Nos es mandado porque puede ser obedecido. Debemos obedecer porque es la evidencia de que hemos entendido el acto de la gracia de Dios por su salvación y su bondad al no dejarnos solos en este mundo, sino darnos no solo su Espíritu Santo y la comunión espiritual y de hecho con hermanos de todas partes de este mundo: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Salmos 133:1). “Más gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:57-58). Seamos agradecidos con el Señor y que eso nos motive a servirle más y mejor.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

La paz de Dios debe gobernar nuestros corazones y las relaciones con nuestros demás hermanos en la fe. El reconocimiento de la salvación de Dios a favor nuestro y la bendición que es contar con la comunión y el soporte de los hermanos en la fe deben ser motivos más que suficientes para ser agradecidos a Dios en todo tiempo y en todo momento. Como decía el salmista: “Te alabaré con todo mi corazón; delante de los dioses te cantaré salmos. Me postraré hacia tu santo templo, y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad; porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas. El día que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma. Te alabarán, oh Jehová, todos los reyes de la tierra, porque han oído los dichos de tu boca. Y cantarán de los caminos de Jehová, porque la gloria de Jehová es grande. Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde, más al altivo mira de lejos. Si anduviere yo en medio de la angustia, tú me vivificarás; contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano, y me salvará tu diestra. Jehová cumplirá su propósito en mí; tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; no desampares la obra de tus manos” (Salmos 138)

Un corazón lleno de la Palabra de Dios produce gratitud

2. Agradecidos alabando a Dios por su Palabra (v. 16)

La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales

El pasaje paralelo del libro de los Efesios dice: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Efesios 5:18-19). Las órdenes son muy parecidas, con la diferencia de que en una se nos exhorta a tener la Palabra de Dios morando en abundancia en nuestro corazón; en la otra se nos exhorta a que no sea el vino quien nos controle, porque causa disolución, sino que seamos llenos del Espíritu Santo. Ambas órdenes no son contradictorias sino complementarias: No podemos ser verdaderamente llenos, dominados, controlados por el Espíritu Santo si es que no tenemos el corazón y la mente llenas de la Palabra de Dios. Asimismo, toda persona que llena su mente y corazón de la Palabra del Señor inevitablemente sera una persona sometida al Espíritu Santo y esto se demostrará en un servicio de amor con sabiduría y en una actitud de alabanza y gratitud al Señor.

Llenos de la Palabra de Dios

“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”

 

Ya hemos visto la estrecha relación entre estar lleno de la Palabra de Dios y ser lleno del Espíritu Santo. La LBLA traduce la frase como “Que la Palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros“. La palabra traducida por “habite” o “more” es la misma que Pablo usa en su exhortación a Timoteo: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2 Timoteo 1:12-14). La Biblia abunda en testimonios acerca de la bendición que produce en la persona que guarda los mandamientos de Dios y que medita en la Palabra del Señor. Miremos por ejemplo lo que dice el Salmo 19: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón” (Salmos 19:7-11). La Palabra del Señor produce en el corazón del creyente temor de Dios: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmos 119:9-11). El Rey Salomón también testificó: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios. Porque Jehová da la sabiduría, y de su boca viene el conocimiento y la  inteligencia” (Proverbios 2:1-6). El Señor promete sabiduría, éxito, bendición, protección, paz, prosperidad, gozo a todos aquellos que acuden a la Palabra de Dios constantemente, la meditan, la escudriñan, la obedecen, la enseñan, la atesoran. “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará” (Salmos 1:1-3). La exhortación a Josué luego de la muerte de Moisés justo se refería a este mismo tema: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:8-9). Con tantos testimonios en la Palabra de Dios sería realmente una negligencia de parte de un creyente ser desobediente y no procurar leer, meditar, escudriñar y obedecer la Palabra de Dios. Sin embargo, ¿qué es lo que vemos? Justamente eso: creyentes que no se dan el tiempo para leer su Biblia, para memorizarla, para estudiarla y por ello sus pensamientos y corazones están llenos de principios mundanos de este sistema que es enemigo de Dios. Por ello, no tenemos un corazón agradecido ni podemos ser llenos del Espíritu Santo, controlados por El, sino que seguimos siendo controlados por nuestras propias pasiones y deseos pecaminosos.

Sirviendo a los hermanos con sabiduría

“enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría”

 

Una vida que está llena de la Palabra de Dios no puede permanecer en una actitud egoísta e impávida ante la necesidad de los hermanos. Así como Esdras que “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esdras 7:10), el creyente no sólo buscará tener la Palabra en su corazón para beneficio personal sino que, como dice Pablo, enseñará, exhortará, animará a sus hermanos con toda sabiduría y conocimiento de la Palabra de Dios. La Escritura dice que “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; Mas la lengua de los sabios es medicina” (Proverbios 12:18). También nos testifica que: “Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor” (Eclesiastés 12:11). Esta fue la misma exhortación que Pablo le dio a Timoteo: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza. Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza” (1 Timoteo 4:12-13). Y es que el creyente tiene que estar ocupado en buenas cosas, invirtiendo su tiempo en el servicio del Señor, en el uso de sus dones espirituales para la gloria de Dios y la edificación de sus hermanos. ¿Qué sentido tiene tener tantos dones, tanto conocimiento y tanta sabiduría si no voy a compartirla con mis hermanos que padecen necesidad, que tienen urgencia de un buen consejo, de una buena enseñanza? Los creyentes debemos estar ocupados en enseñar y exhortar con amor y toda sabiduría, porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34b).

Alabando con gratitud al Señor

“cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales”

La LBLA traduce esta frase de la siguiente manera: “con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones“. El rey David, su hijo Salomón y el pueblo de Israel entendían la importancia de la alabanza en el culto al Señor: “y los levitas cantores, todos los de Asaf, los de Hemán y los de Jedutún, juntamente con sus hijos y sus hermanos, vestidos de lino fino, estaban con címbalos y salterios y arpas al oriente del altar; y con ellos ciento veinte sacerdotes que tocaban trompetas), cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Jehová, y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre; entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (2 Crónicas 5:12-14). La alabanza, la adoración al Señor es parte importante de la vida de comunión de un hijo de Dios. Reflexionemos en esto: ¿qué hijo de Dios, al considerar la bondad de Dios, su amor, su misericordia, sus grandes hechos, no va a querer alabarlo, cantarle de todo corazón, con todo su amor? Como David decía: “Pronto está mi corazón, oh Dios, mi corazón está dispuesto; cantaré, y trovaré salmos. Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; me levantaré de mañana. Te alabaré entre los pueblos, oh Señor; cantaré de ti entre las naciones. Porque grande es hasta los cielos tu misericordia, y hasta las nubes tu verdad. Exaltado seas sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra sea tu gloria” (Salmos 57:7-11).

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

El creyente debe procurar alimentarse siempre de la Palabra del Señor y esa comunión constante con las Sagradas Escrituras producirá en su corazón el amor y el deseo de servir al Señor enseñando y animando a los hermanos, procurando la edificación del cuerpo de Cristo, así como una actitud de adoración, gratitud y alabanza al Señor que se manifestará en un corazón que canta desde lo profundo del corazón al Señor.

Cantando con acción de gracias al Señor en nuestros corazones

3. Agradecidos haciendo todo en el nombre de Jesús (v. 17)

Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él

El pasaje paralelo del libro de Efesios dice: “dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 5:20). Hay una filosofía, una dinámica de vida que Pablo entiende debe ser el estándar en los creyentes. Esa dinámica es la de vivir haciéndolo todo en el nombre del Señor Jesús, teniéndolo presente siempre y dándole gracias por todo. No sólo debemos dar gracias por lo que recibimos, sino que Pablo aquí dice que debemos dar gracias también por lo que hacemos, por lo que el Señor en su gracia y misericordia nos permite hacer en la vida y en su obra. En esta última sección vamos a examinar este mandato del Señor a los creyentes:

Hacerlo todo para la gloria de Dios

Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús”

Todas las decisiones que tomamos, las labores que realizamos, los pasos que seguimos, en fin todo lo que hacemos tiene una motivación, es decir, hacemos lo que hacemos por alguna razón que nos mueve. Podemos tener razones egoístas para las decisiones que tomamos. Podemos tal vez buscar dinero, fama, aplausos de la gente, aprobación de los líderes, compañía, o tal vez buscamos agradar a Dios, obedecerle, amarle. Sea cual fuere la motivación que tenemos, ella es la que nos mueve a tomar las decisiones y mantenernos en ellas. ¿Pero qué es lo que el apóstol Pablo nos dice en esta oportunidad? Él nos dice que todo lo que hagamos de palabra o de hecho (es decir en palabras o acciones) debemos hacerlo todo en el nombre del Señor Jesús, es decir, en su nombre, en su autoridad, con el mismo corazón y en representación de Él. Nuestras palabras y nuestros actos tienen que estar impregnados de nuestro amor por Dios y de la pasión por servirle. El apóstol Pablo enseñó a los corintios: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios” (1 Corintios 10:31-32). Aquí la motivación que subyace a todo lo que el creyente debe hacer es la gloria de Dios, que justamente era el deseo y corazón de nuestro Señor Jesús. En todo lo que el creyente se involucre, él tiene que preguntarse: “¿Esto qué voy a hacer o decir glorifica a Dios?“. Asimismo, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes colosenses: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís” (Colosenses 3:23-24). Esto significa algo más que ser un buen trabajador, un buen estudiante o un buen empresario. Lo que quiere decir Pablo es que la motivación del creyente debe ser buscar y propiciar activamente que el nombre de Dios sea glorificado. Eso tiene implicancias muy serias: el nombre de Dios debe ser conocido. Su evangelio debe ser predicado. El testimonio de Dios no debe ser manchado por algún mal comportamiento nuestro. Debemos estar dispuestos a que el mundo conozca de Dios y del poder del evangelio por medio de nuestras palabras y por medio de nuestras decisiones. Como decía Pablo a Tito, su joven discípulo: “no defraudando, sino mostrándose fieles en todo, para que en todo adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:10). La vida y el comportamiento de cada creyente deben “adornar” la doctrina de Dios nuestro Salvador. Teología y práctica deben ir de la mano porque de lo contrario eso se convierte en religiosidad y es fuente de orgullo y de engaño al pensar que solo por adquirir conocimientos bíblicos equivale a santidad.

Dando gracias por todo para la gloria de Dios

“dando gracias a Dios Padre por medio de él

Ya el apóstol Pablo nos ha enseñado a los creyentes: “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18). Debemos dar gracias, pero debemos hacerlo a Dios por medio de Jesucristo. Todo en la vida del creyente debe canalizarse por medio de la persona de Jesucristo, “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30). Por medio de Cristo hemos recibido la salvación, por medio de Cristo hemos recibido la promesa de la vida eterna, por medio de Cristo hemos recibido el Espíritu Santo quien nos guía a toda la verdad y nos santifica, por medio de Cristo hemos recibido ya todas las bendiciones espirituales y todas las promesas de Dios, que en El son Si y Amen. Por medio de Cristo hemos sido salvos de la condenación del infierno y de la ira de Dios. Por medio de Cristo hemos sido adoptados hijos de Dios y ahora tenemos una relación que nunca terminará con nuestro Dios por toda la eternidad. Por medio de Cristo tenemos protección, bendición, guía, seguridad, paz, fortaleza, consuelo, sabiduría. ¿No son estos motivos suficientes para estar agradecidos con Dios? ¿No es esto suficiente para poder decir: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Salmos 4:8)?

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Hermanos, todo lo que hagamos, cada palabra de nuestra boca, en cada momento de nuestra vida, sea cual sea el resultado, todo hagámoslo en el nombre del Señor, para la gloria de Dios, dando siempre gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Por El somos aceptos ante Dios, por su amor jamás nadie nos separará de Dios. Estamos seguros en Cristo. Podemos vivir en paz, confiando en que nuestro buen Dios siempre proveerá el bien para sus hijos: “Porque sol y escudo es Jehová Dios; Gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad” (Salmos 84:11).

Cantad alegres al Señor habitantes de la tierra

4. Conclusiones

Hermanos, lean conmigo el Salmo 100: “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones“. Vemos aquí 7 acciones que el creyente debe realizar y todas están relacionadas con la gratitud: cantad, servid, venid ante Jehová, reconoced, entrad, alabad a Dios y bendecid su nombre. ¿Por qué? “Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones”. Esa es la principal razón por la cual el creyente debe ser agradecido con Dios, porque lo que Dios es y no tanto por lo que Dios hace. Porque Dios es bueno es que vivimos, porque Dios es bueno es que nos ha dado su salvación, porque Dios es bueno es que es fiel y nos sostiene a pesar de todo. Porque Dios es bueno es que podemos tener verdadera esperanza de que Dios nos guardará y sostendrá siempre, por amor a su nombre, por su santidad y poder.

Hermano, te animo a que reconozcas a Dios, lo bueno que Él es, que no te olvides de sus bendiciones ni de todo lo que Dios ha hecho por ti. Dios ha sido bueno, Dios es bueno y Dios siempre será bueno, todo el tiempo. Dale gracias a Dios por lo que tienes y por lo que no tienes, por lo que ha hecho en ti y por lo que aún no ha hecho, por las promesas cumplidas y por las que aún faltan cumplir. Se agradecido con Dios y por ello alábale, cántale, sírvele, gózate en El.

Amén!