“Venid, aclamemos alegremente a Jehová; cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación. Lleguemos ante su presencia con alabanza; aclamémosle con cánticos. Porque Jehová es Dios grande, y Rey grande sobre todos los dioses. Porque en su mano están las profundidades de la tierra, y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo; y sus manos formaron la tierra seca. Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron, y vieron mis obras. Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi furor que no entrarían en mi reposo” (Salmos 95)

En esta oportunidad vamos a continuar examinando los elementos del carácter de la vida de un creyente y ahora vamos a estudiar lo que Palabra de Dios tiene que decir con respecto a la adoración. Sobre este tema en particular se ha discutido bastante y muchas congregaciones definen que estilos de música “son de Dios” y cuales “son del diablo”. Hay mucha confusión al respecto y vemos por un lado congregación donde hasta tienen temor de aplaudir y de cantar algo fuera de himnos porque no quieren transgredir la ley de Dios y el otro extremo donde vemos congregaciones que utilizan todo tipo de ritmos y van más allá pues implementan instrumentos y costumbres que son propias del mundo y no de la iglesia del Señor. Pero, ¿cuál es la verdad? ¿Es bíblico algún instrumento y otro no? ¿Es de Dios un ritmo y del diablo el otro ritmo? ¿Cómo debemos alabar y adorar a Dios? Bueno, para responder estas y otras preguntas vamos a examinar el salmo 95, donde la Palabra de Dios exhorta a los hombres a alabar y a adorar a Dios. Debemos alabarle con gozo, con júbilo y mucha alegría porque Dios es grande, poderoso y Creador de todo. Debemos adorarle con humildad, postrándonos ante El porque Dios es nuestro Creador. No debemos endurecer nuestro corazón como el pueblo de Israel porque ellos fueron desechados y no recibieron la bendición de Dios por su incredulidad y por no santificar al Señor.

Acudamos pues a la Escritura sin prejuicios doctrinales y con la mente y el corazón abiertos para ver todo lo que el Señor nos tiene que decir al respecto.

La alabanza y adoración son parte importante de la vida del creyente

1. Alabemos al Señor porque Él es Dios (v. 1-5)

Venid, aclamemos alegremente a Jehová; cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación. Lleguemos ante su presencia con alabanza; aclamémosle con cánticos. Porque Jehová es Dios grande, y Rey grande sobre todos los  dioses. Porque en su mano están las profundidades de la tierra, y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo; y sus manos formaron la tierra seca

Este salmo se conoce como un tipo de salmo litúrgico, es decir uno que servía como una introducción a la adoración colectiva del pueblo de Israel. En este salmo vamos a ver el llamamiento al pueblo a alabar y adorar a Dios. No se mencionan instrumentos pero si se menciona la actitud del corazón y aun hasta la del cuerpo. No debemos entender la actitud del cuerpo como un dogma que todo creyente debe seguir, sino más bien como la expresión del corazón que viene a adorar al Señor por sus bondades. Esta primera sección, los versos del 1 al 5 nos hablan de la alabanza, del júbilo y el gozo que deben manifestar los hijos de Dios al venir a la presencia del Señor.

Alabemos a Dios con alegría por nuestra salvación

Venid, aclamemos alegremente a Jehová; cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación”

Lo primero que hace el salmista es llamar al pueblo de Dios, convocar a la alabanza. La palabra traducida aquí como “venid” es el vocablo hebreo “yalak” que significa entrar, caminar, ir. La idea aquí es que el salmista está invitando al pueblo a unirse a la caravana de adoradores que van rumbo al templo del Señor a adorar y que mientras están de camino, alaban con gozo y jubilo al Señor. La LBLA traduce esta frase como “Venid, cantemos con gozo al Señor, aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación“. Entonces en esta frase vemos el mandato bíblico, la actitud y la primera razón por la que debemos alabar a Dios: debemos unirnos a nuestros hermanos en la congregación y con gozo y jubilo cantar y aclamar (gritar a viva voz) las grandezas y bondades del Señor. ¿La razón? Porque Él es la roca de nuestra salvación. La idea aquí es la firmeza, la seguridad de nuestra salvación que ha sido ganada por el poder de nuestro Dios y garantizada por la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Ante la perspectiva de que hemos sido librados de la condenación para siempre, el creyente debe acercarse a Dios a alabarle con gozo, con sus palabras, con júbilo, con alegría por todo lo que ha hecho Dios por nosotros. Podemos recordar el relato bíblico de Éxodo 14 y 15 donde se nos narra al pueblo de Israel siendo librado por Dios de mano del faraón y como el pueblo alabo a Dios con un cántico de gozo y con panderos. Asimismo, dice la Escritura: “Bienaventurado el pueblo que sabe aclamarte; andará, oh Jehová, a la luz de tu rostro. En tu nombre se alegrará todo el día, y en tu justicia será enaltecido. Porque tú eres la gloria de su potencia, y por tu buena voluntad acrecentarás nuestro poder. Porque Jehová es nuestro escudo, y nuestro rey es el Santo de Israel” (Salmos 89:15-18)

Alabemos a Dios con nuestros labios

“Lleguemos ante su presencia con alabanza; aclamémosle con cánticos”

Esta frase es traducida por la LBLA como “Vengamos ante su presencia con acción de gracias, aclamémosle con salmos“. La palabra traducida aquí como “vengamos” o “lleguemos” es “qadam“, que significa anteceder, preceder y aquí es traducida como vengamos porque se asume en el contexto que el salmista está llamando al pueblo a entrar al templo a adorar, estando el ya adentro, es decir, habiéndose anticipado a entrar el primero. Recordemos que en el Antiguo Testamento, el templo era el lugar de adoración a Dios y de todo el templo, el Lugar Santísimo era el lugar donde se encontraba el Arca del Pacto y allí moraba la gloria de Dios, la shekinah, la presencia del Señor a la que nadie tenía acceso, sino el Sumo Sacerdote una vez al año y con un sacrificio de sangre para la expiación de los pecados del pueblo. Es claro que el salmista no está llamando al pueblo a entrar al Lugar Santísimo, sino al templo, teniéndolo como el lugar en general donde mora la presencia de Dios. Ante la presencia de Jehová, el pueblo debe venir a alabar, aclamándole con cánticos. Nuestra voz y la alabanza son elementos inseparables, no podemos alabar a Dios sin usar nuestra voz y nuestro ser. Consideremos este salmo: “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones” (Salmos 100). El mandato bíblico es a alabar a Dios con nuestros labios y con cánticos, como nos lo manda también el apóstol Pablo: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Colosenses 3:16)

Alabemos a Dios porque no hay nadie como El

“Porque Jehová es Dios grande, y Rey grande sobre todos los  dioses”

En esta frase se nos declara la segunda razón por la que debemos alabar a Dios: Porque Dios es incomparable, inconmensurable, porque no hay nada ni nadie como El, Dios es Único y es Rey grande soberano sobre todo. Si no tenemos claro en nuestra mente y corazón la verdad bíblica de la grandeza de Dios nunca podremos alabarle como Él se lo merece. El salmista dice: “Cantad a Dios cantad, cantad a nuestro Rey, cantad; porque Dios es el Rey de toda la tierra; cantad con inteligencia” (Salmos 47:6-7) y también exhorta al pueblo: “Proclamad entre las naciones su gloria, en todos los pueblos sus maravillas. Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; temible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de los pueblos son ídolos; pero Jehová hizo los cielos” (Salmos 96:3-5). Por último, el salmo dice: “Oyó Sion, y se alegró; y las hijas de Judá, Oh Jehová, se gozaron por tus juicios. Porque tú, Jehová, eres excelso sobre toda la tierra; eres muy exaltado sobre todos los dioses” (Salmos 97:8-9). El pueblo de Dios debe alabar al Señor porque hay nadie más grande que El y debe hacerlo con el gozo, la reverencia y la convicción de esta gran verdad.

Alabemos a Dios porque Él es Creador de todo

“Porque en su mano están las profundidades de la tierra, y las alturas de los montes son suyas. Suyo también el mar, pues él lo hizo; y sus manos formaron la tierra seca

En la última frase de esta sección vemos la tercera razón por la que debemos alabar a Dios y es porque Él es el creador de todo cuanto existe. La Biblia describe la naturaleza y carácter de Dios: “¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados? ¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia? He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40: 12-18). Dios es el creador y sustentador de todo cuanto existe, por eso vemos que en los cielos también el nombre de Dios es adorado por su poder: “Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 5:9-11)

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

La primera orden que vemos en este salmo es la exhortación a alabar el nombre de Dios por cuanto Él es el autor de nuestra salvación, porque Él es grande y no hay nadie como El, y porque Dios es el Creador y sustentador de todo. En virtud de estas verdades debemos alabar a Dios con gozo, gran júbilo y con todo nuestro ser.

Alabad a Dios con gozo y regocijo

2. Adoremos al Señor porque Él es nuestro Dios (v. 6-7c)

Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano

En esta segunda sección del salmo, vemos que se nos exhorta a adorar a Dios y se nos manda cual debe ser la actitud y la razón por la cual debemos tener ese estilo de vida de adoración al Señor.  Si bien es cierto en el Nuevo Testamento no encontramos muchas enseñanzas sobre alabanza y adoración, en el Antiguo Testamento es donde encontramos enseñanzas claras sobre la alabanza y sobre la adoración, en cuanto a actitud, instrumentos y propósito. La palabra traducida aquí por “venid” es “bow” que significa “entrar, ir“. Esta es la fase final de la triple invitación del salmista al pueblo de Dios a venir y entrar a adorar en el templo, en la presencia del Dios Altísimo. Aquí es donde se nos va a enseñar las actitudes que debemos tener al adorar y las razones por las que el creyente debe practicar constantemente esta disciplina espiritual.

La actitud en la adoración

Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor”

 En este contexto de adoración e intimidad dentro del templo del Señor, la orden del salmista es enfática: adoremos, postrémonos y arrodillémonos delante de Jehová nuestro Hacedor. Se usan tres palabras hebreas con significados parecidos que nos dan la idea de arrodillarnos, postrarnos, inclinarnos en reverencia, como muestra de respeto a alguien superior que consideramos digno de honra y dignidad. Es ante el Señor (y se usa aquí el nombre de pacto con el que Dios se reveló a Moisés) ante quien debemos postrarnos, reconociendo su majestad, su autoridad y su gloria. En otro salmo, David exclamó: “Destruirás a los que hablan mentira; al hombre sanguinario y engañador abominará Jehová. Mas yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; adoraré hacia tu santo templo en tu temor” (Salmos 5:6-7). Esta es la actitud que tuvo Salomón y el pueblo en la dedicación del templo del Señor: “Y no podían entrar los sacerdotes en la casa de Jehová, porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová. Cuando vieron todos los hijos de Israel descender el fuego y la gloria de Jehová sobre la casa, se postraron sobre sus rostros en el pavimento y adoraron, y alabaron a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, y su misericordia es para siempre. Entonces el rey y todo el pueblo sacrificaron víctimas delante de Jehová” (2 Crónicas 7:2-4). La adoración siempre va relacionada a la alabanza, al reconocimiento de quien es Dios, de sus virtudes y sus maravillas y debe ser hecha en un ambiente de intimidad y reverencia al Señor nuestro Dios. Muchos años más adelante, el rey Ezequías tuvo un tiempo de adoración junto al pueblo de Israel y vemos el uso de instrumentos, cantos, alabanzas y la misma actitud de postración, de humillación y reconocimiento de la majestad de Dios: “Entonces mandó Ezequías sacrificar el holocausto en el altar; y cuando comenzó el holocausto, comenzó también el cántico de Jehová, con las trompetas y los instrumentos de David rey de Israel. Y toda la multitud adoraba, y los cantores cantaban, y los trompeteros sonaban las trompetas; todo esto duró hasta consumirse el holocausto. Y cuando acabaron de ofrecer, se inclinó el rey, y todos los que con él estaban, y adoraron” (2 Crónicas 29:27-29)

 

En el Nuevo Testamento vemos que la enseñanza sobre el particular siempre se refiere a la humillación y al reconocimiento de la superioridad, la grandeza y la majestad del Señor. El hombre ciego de nacimiento, una vez perdido toda seguridad en la religión judía, en su familia y en si mismo, fue encontrado por el Señor Jesús y se produjo la siguiente situación: “Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró” (Juan 9:35-38). Asimismo, en el libro de Apocalipsis vemos a los ángeles del cielo, a los ancianos y a todos en general adorando a Dios en su trono: “y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 7:10-12). Las naciones todas han de adorar a Dios en la culminación de todas las cosas: “Y cantan el cántico de Moisés siervo de Dios, y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos. ¿Quién no te temerá, oh Señor, y glorificará tu nombre? pues sólo tú eres santo; por lo cual todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (Apocalipsis 15:3-4)

Adoramos a Dios porque es nuestro Dios

“Porque él es nuestro Dios; nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano

Así como debemos adorar a Dios porque solo Él es digno de alabanza y adoración y porque Él es nuestro Hacedor y el hacedor de todo cuanto existe, asimismo debemos adorar a Dios porque Él es nuestro Dios, le debemos culto y porque le pertenecemos. Aquí el salmista expresa que somos pueblo de su prado y ovejas de su mano. Dos salmos reconocen esta verdad maravillosa: “Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con alabanza; alabadle, bendecid su nombre” (Salmos 100:2-4) y también: “Y nosotros, pueblo tuyo, y ovejas de tu prado, te alabaremos para siempre; de generación en generación cantaremos tus alabanzas” (Salmos 79:13). Dado que somos el pueblo de Dios, somos sus hijos, ovejas de su prado, tenemos una relación muy estrecha e íntima con el Señor; por lo tanto, es lógico que el pueblo de Dios alabe y engrandezca a Dios: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

La Palabra del Señor nos enseña que debemos adorar a Dios en una actitud de humildad, reverencia, intimidad, reconociendo que Dios es grande, que no hay nadie como El, su majestad, gloria y autoridad con nuestro corazón y aun con la posición de nuestro cuerpo. Cuando adoramos nos humillamos ante Dios, reconociendo que El es nuestro Hacedor y que nosotros somos sus hijos, ovejas de su prado y por lo tanto los indicados para engrandecer y alabar y ensalzar a Dios por sus grandezas.

Adorar a Dios en la intimidad y hermosura de la santidad

3. Santifiquemos al Señor para no perder sus bendiciones (v. 7d-11)

Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron, y vieron mis obras. Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi furor que no entrarían en mi reposo

Esta última sección del salmo no contiene instrucciones para la alabanza o para la adoración, sino más bien una seria advertencia. A la luz de los mandatos claros de la Palabra de Dios para alabar al Señor por sus grandezas y adorar a Dios en la intimidad y en la santidad, debemos tener mucho cuidado de no caer en semejante ejemplo de desobediencia e incredulidad como el pueblo de Israel, quienes por la dureza de su corazón constantemente desobedecían y tentaban a Dios y por último fueron desechados para no experimentar las bendiciones de la Tierra Prometida que Dios tenía para ellos. Aún el mismo Moisés, siervo de Dios, quien vio al Señor cara a cara, perdió la oportunidad de pisar con sus propios pies la tierra de la bendición de Dios y quedo en el desierto, habiendo sido disciplinado por Dios por no haberle honrado en el episodio que aquí el autor del libro de Hebreos trae a colación. Que quede esto como una seria advertencia para quienes han alcanzado los tiempos de la gracia de Dios, que no vayamos a pensar que podemos vivir sin ningún tipo de consecuencias si desobedecemos, sino que así como Israel perdió bendiciones, así los creyentes en el día de  hoy pierden bendiciones y oportunidades por causa de la desobediencia y la dureza de corazón.

Cuando las circunstancias opacan la fe

Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron, y vieron mis obras”

Aquí el salmista menciona el episodio de Meriba, donde en el día de Masah en el desierto el pueblo tentó a Dios y vieron la gloria de Dios. Pero ¿en qué momento sucedió esto en la historia del pueblo de Israel? Para entender mejor lo que se está refiriendo David, tenemos que ir a Números capítulo 20: “Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber. Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado. Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel con Jehová, y él se santificó en ellos” (Números 20:1-13).

El pueblo de Dios había visto las maravillas de Dios, había visto su cuidado, su protección, sin embargo, en el momento de la carencia de agua, las circunstancias adversas pudieron más que su fe en el Señor. Pronto empezaron a quejarse del carácter de Dios, de sus propósitos y de sus designios. Atribuyeron maldad o despropósito a Dios al dudar y quejarse del porque Dios los había llevado allí. Aún Moisés se dejó llevar por la ira al considerar al pueblo rebelde y terminó golpeando la roca cuando Dios le había dicho que le hablara. El Señor igual respondió proveyendo agua para el pueblo; pero la sentencia, la disciplina del Señor para su siervo fue dura: como el no santificó el nombre de Dios, sino que se dejó llevar por sus emociones al igual que el pueblo, no entraría a la Tierra Prometida, el siervo que pudo ver cara a cara a Dios, fue impedido de ver la promesa cumplida con sus propios ojos por causa de su desobediencia. Muchos años después, cuando esta generación ya había muerto y los que en ese entonces eran niños estaban ya grandes y listos para entrar a la Tierra Prometida, se le dijo a Moisés: “Y habló Jehová a Moisés aquel mismo día, diciendo: Sube a este monte de Abarim, al monte Nebo, situado en la tierra de Moab que está frente a Jericó, y mira la tierra de Canaán, que yo doy por heredad a los hijos de Israel; y muere en el monte al cual subes, y sé unido a tu pueblo, así como murió Aarón tu hermano en el monte Hor, y fue unido a su pueblo; por cuanto pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba de Cades, en el desierto de Zin; porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel. Verás, por tanto, delante de ti la tierra; mas no entrarás allá, a la tierra que doy a los hijos de Israel” (Deuteronomio 32:48-52). Moisés fue disciplinado y no pudo ver la Tierra Prometida porque a quien mucho se le da, mucho se le demanda.

Perdiendo las bendiciones de Dios

“Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi furor que no entrarían en mi reposo

Asimismo, el pueblo de Israel también fue disciplinado por causa de su incredulidad. Este pasaje es mencionado por el escritor del libro de Hebreos al decir: “Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres; me probaron, y vieron mis obras cuarenta años. A causa de lo cual me disgusté contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo. Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad” (Hebreos 3:7-19).

A causa de su corazón duro ellos no pudieron entrar en las bendiciones que tenía el Señor para ellos. De la misma forma, dice el escritor del libro de Hebreos, tengamos cuidado y miremos atentamente a que ninguno de nosotros perdamos de entrar en el reposo de Dios y en sus bendiciones por causa de nuestra desobediencia o incredulidad. Así pues, el ejemplo del pueblo de Israel y aun de Moisés son advertencias severas para nosotros en estos tiempos.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Así como la Palabra de Dios nos exhorta a alabar y adorar al Señor por lo que Él es, por sus grandezas y maravillas, así también nos advierte a que no endurezcamos nuestro corazón por impaciencia, duda e incredulidad, porque de la manera en que la alabanza y la adoración nos ayudan a entrar en intimidad y reverencia ante el Señor, la duda y la incredulidad de corazón nos alejan de las bendiciones y propósitos que Dios tiene para nosotros. Si Dios disciplinó a Moisés, el siervo de Dios, ¿cómo no lo hará con nosotros? Si Dios disciplinó a su pueblo escogido y amado, ¿cómo no lo hará con  nosotros? Por lo tanto, tengamos temor de Dios y sirvámosle, alabándole y adorándole con reverencia y gratitud porque nuestro Dios es fuego consumidor y Él es el único digno de ser alabado y adorado.

Mucho cuidado con alejarnos del Señor por un corazón duro e incredulo

Conclusiones

Este salmo es hermoso porque nos anima a alabar al Señor, a entrar en su presencia con regocijo, gozo y con gratitud para luego pasar a un ambiente de adoración, donde reconocemos postrados y humillados la grandeza de nuestro Dios, quien nos visitó desde lo alto, trayéndonos la salvación en la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo. Asimismo, nos exhorta a mantenernos con la mirada puesta en el Señor y no permitir que la duda, la incredulidad o cualquier otro factor nos alejen del Señor, de su presencia, de la comunión con El y de perder todas las bendiciones que el Señor tiene para sus hijos. Alabanza y adoración van de la mano, y ambas van de la mano con la obediencia y la fe. No podemos distanciar una de otra, porque de lo contrario estaríamos pensando que la adoración o la alabanza solo se trata de cantar canciones y eso no es lo que la Palabra de Dios nos enseña. Adoración es obediencia, es rendición, es humillarnos ante Aquel que nos salvó, dándonos paz y vida eterna sin condenación. Alabemos al que vive por los siglos de los siglos y adoremos al Cordero que es digno de recibir toda la gloria, la honra, la alabanza y la adoración; pero también procuremos con todo nuestro corazón obedecerle y nunca apartarnos de Él.

Amén!