En esta oportunidad tengo el privilegio dado por el Señor de compartir con ustedes una pequeña serie de temas acerca de la grande y poderosa salvación que hemos recibido de nuestro Dios por medio de la persona y obra de Jesucristo, el Salvador de los hombres. En estas tres noches vamos a compartir sobre la salvación, sobre el evangelio visto desde tres puntos de vista: la salvación es por la gracia de Dios, la salvación es por voluntad de Dios y la salvación es motivada por el amor de Dios y para su gloria. Hay más aspectos que podrían considerarse, pero consideraremos estos tres aspectos y es nuestro deseo y oración que el Señor exalte su Palabra y traiga luz y gloria sobre el poderoso nombre de Jesús para salvación de muchas almas en esta noche y para gozo y edificación de su amada iglesia. Hoy, nuestra primera noche, compartiré con ustedes el primer aspecto de esta serie: la salvación es por la gracia de Dios; para ello quiero compartir con ustedes Efesios, capítulo 2, versos 1 al 10, donde se nos enseña que la salvación es por la gracia de Dios y eso se refleja en que aunque éramos pecadores, muertos en nuestros delitos y pecados y por consiguiente herederos de la condenación eterna, Dios nos amó y nos salvó, dándonos una vida nueva, levantándonos y sentándonos en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Lo hizo mediante la fe en la obra poderosa de Cristo Jesús y lo hizo para que caminemos en las buenas obras que Dios preparo de antemano para quienes habría de salvar.

En estas épocas más que en ningún otra época de la historia humana necesitamos regresar el mensaje puro, sencillo pero poderoso del evangelio según Jesucristo, las terribles noticias que nos dicen que el hombre está perdido y no puede hacer nada por su salvación porque no puede ser salvo y por ni siquiera desea ser salvo; pero a la vez las maravillosas buenas noticias de que Dios, en su misericordia y amor, a pesar de nuestra maldad, pecado y perdición, nos ha amado y ha provisto camino de salvación para los hombres por medio de su Unigénito Hijo, salvación que no solo nos da paz, perdón de pecados y vida eterna, sino que nos da una nueva vida, un nuevo poder, una nueva mente y una nueva perspectiva de las cosas para que vivamos una vida nueva y abundante en Cristo Jesús. Sin más que decir entonces mis amados hermanos, empecemos leyendo la Palabra bendita del Señor.

“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:1-10)

La salvación es por la gracia de Dios

1. La gracia de Dios nos salvó a pesar de nuestra condición (v. 1-3)

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás

Se dice que para que la luz de la gloria de Cristo brille es necesario ver la oscuridad en la que se encuentra la humanidad sin Dios. Hoy, en pleno siglo XXI, la humanidad tiene adelantos tecnológicos que hace un siglo nadie podría haber soñado siquiera. El ser humano ha quebrado sus límites en muchos aspectos y ha crecido en inteligencia, capacidad y conocimientos. Sin embargo, nunca como ahora hay tantos asesinatos, guerras, depravaciones, maldades. El ser humano ha caído en una bancarrota moral y espiritual de la que parece nunca va a salir. La confusión, el pecado, la maldad ha sobreabundado sobremanera y parece que a nadie le importa ni le causa problema. Ya el apóstol Pablo nos ha enseñado en el libro de Romanos, los capítulos 1 al 3 que no solo los judíos o los gentiles, sino que la humanidad toda esta perdida, es depravada y está separada de Dios por causa de su naturaleza pecadora. El apóstol Pablo concluye: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos. Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:9-19). En medio de esa desesperada situación es que resalta y brilla la obra salvadora de Dios.

Muertos en delitos y pecados

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”

Dios nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. El ser humano está muerto espiritualmente. La palabra muerte no significa “fin” sino “separación” y la Palabra dice que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Pablo enseñó a Tito: “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:3-5). Pablo también enseñó a Timoteo  sobre el carácter de los hombres sin Dios de los últimos días: “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5). En esa situación de pecado, de maldad, de una mente reprobada, cauterizada por el pecado, un corazón de piedra, una humanidad aborrecedora de Dios y amante del pecado, estando muertos, insensibles, inertes ante Dios y todo lo bueno es que Dios nos dio vida, nos salvó, nos ofrece su salvación por  medio del bendito evangelio que Jesús, Pablo y los demás apóstoles predicaron y que en esta noche se está predicando en muchas iglesias a lo largo y ancho de este mundo.

Viviendo según la corriente de este mundo

en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”

¿Cómo es esa humanidad pecadora que no conoce al Señor? Ya lo mencionó Pablo anteriormente: “tienen apariencia de piedad pero niegan la eficacia de ella“. Una humanidad religiosa, que promulga valores, que puede ser muy moral o completamente inmoral, pero delante del Señor están muertos porque no tienen una relación personal con Dios por medio de Jesucristo el Salvador. En esa situación anduvimos en otro tiempo dice Pablo. ¿De qué manera? Siguiendo la corriente de este mundo, la filosofía hedonista, consumista, individualista, egoísta y pecadora de este sistema de cosas gobernado por Satanás y opuesto a Dios y a todo lo bueno. ¿Quién esta detrás de todo esto? Todo este sistema de cosas, el mundo se maneja conforme al príncipe de la potestad del aire. Este es el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. La palabra traducida por “opera” significa “energiza, da poder” y esto quiere decir que Satanás, esta detrás de las corrientes de pensamiento de este mundo que alejan más y más al hombre de Dios. El esta detrás de toda religión que no proclama a Cristo, detrás de toda secta que desvía a los hombres, detrás de toda artimaña política que busca oponerse a la Palabra de Dios. El esta detrás de las campañas consumistas, encerrando a los hombres en el amor al dinero y a las posesiones. El esta detrás de todo el imperio de la pornografía que mueve millones de dólares al año, más que muchas de las mejores empresas de este mundo combinadas. Satanás esta detrás de todo plan y estrategia que tiene por objetivo que el hombre olvide a Dios, que desprecie el evangelio y que crea que la Biblia es un libro con errores, antiguo, despreciable. La humanidad, como una manada de borregos ciegos, va conforme a esta corriente, siguiendo y amando sus enseñanzas y dándole la espalda a Dios y a su Cristo. Pablo dice que “pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:3-4).

Viviendo en los deseos de nuestra carne

“entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos”

También aclara Pablo que la humanidad no solo es atacada desde fuera y seducida por este mundo de maldad, sino que la humanidad está atrapada y es esclava del pecado desde su propia naturaleza y corazón. También en otro tiempo, dice Pablo, los creyentes fuimos incrédulos y en ese tiempo vivíamos en los deseos de nuestra carne. La palabra traducida por “deseos” es el griego “epithumia” lo que significa “el deseo intenso por algo“. Es una palabra que casi siempre es traducida con un sentido negativo y traducida como “concupiscencia“, es decir el deseo intenso por lo malo. Aquí Pablo nos está diciendo que la humanidad incrédula vive siguiendo los deseos intensos por la carne, es decir la naturaleza pecadora del hombre que no ha conocido a Dios. ¿Cómo se manifiesta esto? En que por naturaleza y con un deseo intenso, la humanidad vive haciendo no la voluntad de Dios, sino la voluntad de la carne y los pensamientos, una mente entenebrecida y cegada por el diablo. El apóstol Pablo enseño que: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (Efesios 4:17-19). El hombre natural, el incrédulo que no conoce a Dios se encuentra en un proceso de degradación por causa de la dureza de su corazón. Cada vez se entrega más a la maldad y a su pecado, es esclavo de él y no puede escapar. El hombre está atrapado tanto exteriormente como interiormente. No tiene solución fuera de la salvación que Dios provee.

Hijos de ira

“y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”

 

La conclusión de Pablo es determinante: el hombre incrédulo es por naturaleza hijo de ira. El ser humano sin Cristo no es pecador porque peca, sino peca porque es pecador, es su naturaleza, es lo único que puede hacer y lo único que quiere hacer. El apóstol Juan declaró: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). Todo aquel que no ha nacido de nuevo tiene la ira de Dios sobre sí y la vida que tiene solo es la manifestación de la paciencia y bondad de Dios que le da la oportunidad del arrepentimiento, porque una vez extinguida esta vida, no hay más oportunidad: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). Todo aquel que rechaza el evangelio del Señor Jesucristo no vera la vida ni la bondad del Señor, sino que conocerá la ira de Dios sin límites por causa de su maldad y hermanos, ¡horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! porque nuestro Dios es fuego consumidor.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Aunque éramos esclavos del pecado, por naturaleza hijos de ira, muertos en nuestros delitos y pecados, aborrecedores de Dios y aborreciéndonos entre nosotros mismos, dice la Biblia que Dios nos amó y en su misericordia nos salvó, otorgándonos la vida nueva que solo Cristo puede dar. Ese regalo maravilloso solo se da por la gracia de Dios, porque el ser humano, ningún ser humano ha hecho absolutamente nada para merecer la misericordia y bondad del Señor. Muchos dicen que Dios no es justo y es verdad. Si Dios fuese justo, ningún ser humano debería ser salvo porque todos somos pecadores desde nuestro nacimiento y por ende hijos de condenación y herederos del lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles. No hermanos, Dios no es justo en ese sentido, sino que es misericordioso. En su gran amor, proveyó una maravillosa salida para el problema del pecado, la cual vamos a estudiar a continuación.

Dios salva a los pecadores a pesar de su condición perdida y depravada

2. La gracia de Dios nos salvó por su misericordia y amor (v. 4-7)

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús

En esta segunda sección, el apóstol Pablo nos va a enseñar que la gracia de Dios nos salvó por su misericordia y amor. El gran amor de Dios por su creación motivó al Señor a proveer salida para el pecado. Así pues, Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros para que podamos ser salvos. Esto tenía que ser así porque el amor de Dios no puede contradecir la justicia de Dios. La justicia de Dios demanda castigo para el culpable: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él” (Ezequiel 18:20); pero el amor de Dios anhela la salvación del hombre: “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 2:3-4). Esta encrucijada se resuelve en la persona del Siervo sufriente de Jehová, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el Unigénito de Dios enviado al mundo para morir por nosotros, nuestro bendito Salvador.

La misericordia y el amor de Dios

Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados”

La situación del hombre es desesperada, no tiene solución alguna. Es esclavo del pecado, hijos del diablo, heredero de condenación, hijo de ira, cegado por Satanás y muerto en sus delitos y pecados. Pero Dios, que es rico en misericordia y con el gran amor con que nos amó, a pesar de que estábamos muertos en nuestros pecados actuó a favor nuestro. El sacerdote Zacarías, al profetizar sobre su hijo Juan el Bautista clamó por el Espíritu de Dios: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:76-79). Mateo registra: “Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció. Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:12-17). Dios intervino en la historia humana perdida y desgraciada y en medio de la oscuridad, del pecado y de la abundancia de la maldad, hizo sobreabundar su gracia maravillosa. Hay un himno muy hermoso llamado Sublime Gracia que dice así:

 

Bendecidos en Cristo Jesús

nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”

¡Aleluya! ¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Alabado sea el nombre del Señor! Por su gran amor y misericordia el Señor nos salvó. Nos dio vida juntamente con Cristo por gracia, solo por su gracia somos salvador y junto con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. Pablo nos enseña la profunda identificación del creyente con Cristo: estamos en Cristo, estamos en el Amado, somos aceptos en El. Los que éramos enemigos hemos sido reconciliados, los que éramos ajenos, extranjeros y advenedizos hemos sido hechos cercanos al Señor. Los que éramos hijos del diablo hemos sido adoptados en la familia de Dios como sus hijos amados. Los que éramos hijos de ira, ahora somos hijos del Señor, herederos con Cristo Jesús y no hay condenación alguna para los que están en Cristo Jesús. Pablo exclamó: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El apóstol Pablo declaró la profunda identificación que ahora el creyente tiene en Cristo: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 3:6-8). Los que vivíamos en tinieblas hemos sido trasladados al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención y perdón de pecados por su sangre. Cristo pagó en la cruz la paga de nuestro pecado que es la muerte. Cuando ponemos nuestra fe en la obra poderosa de Cristo Jesús, le confesamos como Señor y suficiente Salvador, dice la Escritura  “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9-10)

Para mostrar su gracia y bondad

para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús

Dice aquí Pablo que el propósito de Dios en nuestra salvación es mostrar en los siglos venideros, en la culminación de este mundo y en la inauguración del venidero, las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con los creyentes, los que estamos en Cristo Jesús. Pablo también mencionó lo mismo en: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:3-6). En el tiempo final, dice la Escritura que millones alabaran al Señor en el trono cantando: “Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:8-9). “Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 7:9-12)

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

La gracia del Señor nos salvó por su misericordia y amor, para la alabanza de la gloria de su gracia, para mostrar las abundantes riquezas de su amor, para que Dios sea exaltado y glorificado y para que su nombre sea dado a conocer a toda la creación y Él sea el Salvador, el único Dios y el único digno de ser exaltado y alabado por su bondad y amor. Gloria a Dios por su salvación pues le pertenece a Él. Gloria a Jesucristo por su amor, por entregarse a la cruz por amor a su Padre y por obediencia a Él. Gloria al Espíritu Santo porque nos ha sellado y dado una nueva naturaleza. Gloria a la Santísima Trinidad, gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Dios salva por su misericordia y amor

3. La gracia de Dios nos salvó con un propósito (v. 8-10)

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas

En esta última sección, el apóstol Pablo va a enseñar que la salvación de Dios tiene un propósito claro en los creyentes, un propósito subordinado al gran propósito de traer gloria a su nombre: nos ha salvado por medio de la fe para que no haya ser humano salvado que pueda jactarse delante de Dios de mérito alguno y para que los creyentes vivamos en nueva vida y buenas obras, que Dios ha preparado de antemano para sus redimidos, de tal manera que los creyentes, como tizones arrebatados del fuego vivamos ahora una nueva vida libres del pecado, en santidad, como ejemplos vivos del poder de Dios para transformar por completo un alma perdida en un alma redimida y santificada.

Salvos por fe para que nadie se gloríe delante de Dios

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”

 Somos salvos por la gracia de Dios. El medio para la salvación es la fe en Cristo Jesús. Esto es un regalo, un don de Dios, no por obras para que ningún ser humano se gloríe delante de Dios de mérito alguno, sino que ha sido diseñado así por Dios para que Él sea glorificado como el que justifica al impío por medio de la fe en Cristo. En este sentido, Pablo enseñó: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:23-28). La salvación es un regalo de Dios y el evangelio son las buenas noticias de ese regalo que Dios ha dado a los hombres, “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17). De esta manera, nadie en los cielos podrá jactarse delante de Dios de mérito alguno, porque todos los creyentes somos pecadores salvados por gracia de Dios, indignos de su salvación y de su bondad, para que en todo sea glorificado Dios por su bondad y amor.

Salvos para andar en buenas obras

“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas

La otra razón derivada de la salvación de Dios es porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús (somos nueva creación según nos enseña2 Corintios 5:17) con el propósito de hacer buenas obras, las que Dios preparó de antemano para que caminemos en ellas, para que vivamos en esa novedad de vida. Esto es lo que enseñó el apóstol Pablo: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). El Señor nos ha preparado para ser hijos suyos llenos de frutos de buenas obras, que nacen de un corazón redimido, agradecido a Dios, salvado, restaurado, una nueva criatura. Ya no somos hombres depravados, con un corazón de piedra, muertos en nuestros pecados e insensibles a Dios, sino que somos nueva creación, nación santa, real sacerdocio, linaje escogido, destinados a anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Nuestra luz debe alumbrar ahora a todo el mundo porque aunque estamos en el mundo, no somos más de este mundo, sino que somos luz en Dios.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Los creyentes hemos sido salvados por gracia de Dios por medio de la fe con el fin de que ningún hombre pueda jactarse delante de Dios de mérito alguno. Asimismo, hemos sido salvados para que vivamos en nueva vida, llenos de frutos de buenas obras, con un corazón agradecido, redimido, sanado, amoroso, devoto a Dios, sirviéndole, agradándole y alabándole. En todo aspecto de nuestra vida, el creyente debe darle la gloria a Dios que le salvó y le redimió de la maldición del pecado.

Somos nuevas criaturas en Cristo Jesús

Conclusiones

La salvación de Dios es por la gracia de Dios, quien nos salvó a pesar de nuestra condición perdida y pecadora. La gracia de Dios nos salvó por su misericordia y amor; y por último, la gracia de Dios nos salvó con el propósito de darle toda la gloria a Dios y con el propósito de vivir nuevas vidas, llenas de frutos de justicia y de amor por Dios. ¿Cómo debemos vivir entonces? Alabando y adorando a Dios agradecidos por su amor y bondad, por su gracia maravillosa. Debemos servirle, esforzándonos en buscar la santidad y la obediencia al Señor porque eso es a lo que El Señor nos ha llamado y para eso nos ha salvado. Asimismo, la invitación se extiende a todo hombre en esta noche: La gracia de Dios te invita a la salvación en esta hora, no desprecies el mensaje del evangelio. El Señor Jesucristo vino a esta tierra, humillándose tomando forma de siervo y humillándose hasta la muerte y muerte de cruz para darte la oportunidad de tener paz con Dios y de que tus pecados sean perdonados y recibas la vida eterna en el cielo con Dios. Hoy es el día de salvación, hoy el Señor te llama a que te pongas a cuentas con El, a que confieses tus pecados y le pidas perdón, clamando el nombre de Jesús y reconociéndole como Señor y Salvador. Confiesa el nombre de Cristo y serás salvo, acércate hoy a los pies del Salvador porque la Biblia dice: “El que a mi viene yo no lo echo fuera“. ¡Ven hoy y recibe vida eterna!

Amén!