En la tercera y última parte de esta serie sobre la salvación que el Señor ha provisto a la humanidad, quiero compartir con ustedes la motivación de Dios para brindar este hermoso regalo de la salvación: el amor por la  humanidad. Dios, en su amor, a pesar de que éramos enemigos y estábamos muertos y separados de Él, nos amó, dio a su Único Hijo y lo envió a este mundo para que sea salvo por medio de Él. El Señor Jesús, su muerte en la cruz y resurrección gloriosa es la mayor expresión del amor de Dios por el hombre. Para ello, les invito a leer el evangelio de Juan, capítulo 3, versos del 13 al 21.

Lo que vamos a ver en este texto es que así como Dios proveyó la serpiente en el desierto para dar salvación de la muerte a todo aquel que la mirara, Dios amó al mundo, dio a su Hijo Unigénito y lo envió para salvar a la humanidad que estaba condenada por el pecado; de tal manera que todo aquel que cree en el Hijo tiene vida eterna, más el que no cree ya es condenado porque ha preferido las tinieblas que la luz que viene de Dios.

1. El Hijo del Hombre que da vida eterna a los que miran a Él (v. 13-15)

Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna

Este texto se ubica en medio de la conversación del Señor Jesús con Nicodemo. Este hombre, reconocido por el Señor como “maestro en Israel” no podía comprender las cosas espirituales que el Señor Jesús le estaba manifestando, así que el Señor va a relacionar las enseñanzas suyas con un evento que él, como maestro del Antiguo Testamento, ubicaría rápidamente: la salvación del veneno de las serpientes por medio del levantamiento de la serpiente de bronce. Nuestro Señor va a relacionar este evento con su futura muerte vicaria por todo el mundo y va a dar paso a una de las verdades más maravillosas y predicadas en la historia de la humanidad: Dios amó al mundo y por ello dio y envió a su Único Hijo para que el mundo sea salvo por Él.

El Hijo del Hombre que está en el cielo

Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo”

Nadie subió al cielo ni puede subir a él. La Escritura dice: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Algunos hombres fueron al cielo como Enoc y Elías, pero ninguno como el Hijo de Dios que tenía con el Padre eterna comunión, estaba con el Padre, descendió del cielo y subió nuevamente. Solo El está calificado para revelarnos al Padre porque Él le ha visto. Pablo enseñó: “la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén” (1 Timoteo 6:15-16)

La serpiente en el desierto

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto”

Para entender esto, tenemos que leer Números capítulo 21: “Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes. Y Moisés oró por el pueblo. Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía” (Números 21:4-9)

Todo el que era mordido por las serpientes estaba condenado a muerte, pero si miraban a la serpiente en el asta podían vivir por la fe puesta en ella. Este es un símbolo del Antiguo Testamento de la salvación por fe.

Así como la serpiente fue levantada para dar vida, así el Hijo del Hombre sería levantado

El Hijo del Hombre levantado

“así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”

Es necesario que de la misma manera que la serpiente fue levantada para dar vida, así el Hijo del Hombre sea levantado. Es más, el evento de la serpiente de bronce en el desierto fue un tipo, un símbolo que anticipaba la poderosa salvación del Señor que vendría siglos después y que daría salvación espiritual, eterna para todo aquel que tuviera fe.

Muchos siglos antes del primer advenimiento del Señor Jesús en carne, el Señor Jehová dijo: “Reuníos, y venid; juntaos todos los sobrevivientes de entre las naciones. No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva. Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:20-22)

Muchos siglos después, el Señor Jesús dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Juan 12:32) y “Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:40). El Señor Jesús es el cumplimiento de las promesas del Señor, no sólo a su pueblo, sino esperanza y luz a toda la humanidad perdida.

El Hijo del Hombre que da vida eterna

“Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna

Todo aquel que cree en el Señor Jesús no se pierde, no hay condenación para el que ve al Hijo de Dios con los ojos de la fe. No solo es librado de la condenación, sino que recibirá vida eterna, una vida espiritual sin pecado, en comunión eterna con Dios. El Señor Jesús declaró: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Una vida abundante, sin el dominio del pecado, en comunión con Dios es lo que se ofrece a quienes miran al Hijo de Dios y creen en El. Debemos creer en el evangelio de Cristo: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15)

2. El Hijo Unigénito de Dios que fue enviado por amor al mundo (v. 16-18)

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios

El versículo 16 es uno de los versos más famosos de toda la Biblia y uno de los más predicados en todo el mundo en la historia de la humanidad. Aquí vemos con claridad la magnitud del amor de Dios por el hombre que no escatimó a su propio y amado Hijo, con quien tenía comunión eterna y perfecta desde la eternidad pasada, sino que lo entregó por amor a la humanidad perdida. Esa magnitud del amor de Dios explica también la magnitud del juicio de Dios que cae sobre los que rechazan tan grande, incondicional y sublime amor.

El amor de Dios en acción

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”

Consideremos de qué manera, como es el amor de Dios por la humanidad perdida que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo ha dado. Lo ha entregado a la muerte, al juicio por el pecado, a soportar su ira infinita por el pecado. Pablo declaró: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8)

¿A quien entregó Dios? A su Hijo unigénito, el único en su género. Los creyentes somos por fe adoptados hijos de Dios; pero Jesucristo es el Hijo de Dios, engendrado eternamente del Padre, Dios mismo en su esencia, carácter y poder, pero subordinado al Padre en su rol y funciones. No hay nadie como Jesús, el Dios-hombre entregado por nuestros pecados para salvarnos

Para que todo aquel que crea en él no se  pierda, sino que tenga vida eterna. La invitación está abierta a todos los hombres, el evangelio debe ser predicado a toda nación y toda criatura. El regalo de Dios es la vida eterna, la paz con Dios, el perdón de pecados y la absolución: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:33-34)

 Dios amó al mundo y dio a su Hijo Unigenito para salvarlo

El propósito de Dios al enviar a su Hijo

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”

Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo. El hombre merece la justa condenación por sus pecados, por su maldad, por su mente entenebrecida, cegada y pecadora. Sin embargo, como hemos visto anteriormente, cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia de Dios. Su amor motivó al Padre a enviar a su Hijo al mundo pero no para condenarlo. Más bien, Dios si envió a su Hijo para que el mundo sea salvo por medio de Él. Nuestro Señor proclamó: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:46-48).

El Padre ha entregado el juicio a su Hijo: “Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:20-24). Y aunque el Señor no vino a este mundo para condenarlo, todo hombre que rechaza a Jesús ya es condenado por cuanto ha rechazado al Único que Dios ha designado como Señor y Salvador de todos los hombres.

El que no cree ya ha sido condenado

“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios

El que cree es librado de la ira de Dios y de la condenación por los pecados, por causa de que Cristo le justifica y vive por causa de los méritos del Señor en él. El que no cree, ya ha sido condenado, nació en condenación y cada día de su vida vive en condenación. Hay una sombra de maldición y condena sobre todo hombre que rechaza al nombre de Jesús, el Unigénito Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Algún día, en el tiempo final, esa condenación latente se hará efectiva: si el hombre incrédulo muere, morirá sin Cristo y va rumbo al infierno. Si esa persona incrédula vive para el momento del regreso del Señor, experimentará la ira de Dios, la condenación a este mundo pecador: “Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada; porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Tesalonicenses 1:8-10)

3. La luz del mundo que divide a la humanidad (v. 19-21)

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios

La condenación del hombre incrédulo no es algo que recién va a definirse en el último momento de su vida, cuando se pesen las acciones buenas contra las malas. La Escritura proclama claramente que el hombre incrédulo, el que rechaza el evangelio del Señor Jesucristo “ya ha sido juzgado” (tiempo perfecto pasivo). Dios ya ha decretado la sentencia sobre la humanidad pecadora: la paga del pecado es muerte, separación eterna de Dios. El hombre viene a este mundo ya en condenación por causa de su naturaleza pecadora y esa sentencia tiene efectos hasta el día de hoy en la degradación moral que el hombre vive a causa de su separación de Dios.

La naturaleza de la condenación

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”

Mucha gente piensa que Dios es malo al condenar a las personas que no creen. Muchos se preguntan: ¿No puede Dios simplemente perdonar y olvidar y dejar tranquilos a quienes no quieren creer en El?. Estas preguntas ignoran no solo la naturaleza de Dios como Señor, Dios y Juez de toda la creación, sino ignoran y tergiversan la naturaleza depravada del hombre. Dios como Juez y Creador de todo, tiene absoluta autoridad sobre su Creación y demanda castigo para el pecado, porque el pecado es toda infracción de la ley de Dios y por tanto una ofensa directa a Él y su carácter. El hombre está completamente perdido, depravado, todo lo que hace y puede hacer es pecar y aunque en esta vida terrenal, el hombre disfruta las bendiciones de Dios como la salud, la vida, los alimentos, el aire, el cariño, etc.; rechaza abiertamente a Dios y no quiere saber nada de Él. Así como el hombre no quiere saber nada de Dios, cuando llegue el tiempo final Dios les dará justamente lo que ellos quieren: un lugar sin Dios ni nada bueno, sin luz, sin esperanza, sin amor, un lugar de tinieblas, de oscuridad, donde el fuego nunca se apaga, donde el gusano de ellos nunca muere, donde los dientes rechinan y los lamentos y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Los hombres incrédulos tendrán lo que ellos siempre han amado: todo lo malo, estar lejos de Dios, apartados de Él.

El hombre pecador aborrece la luz

“Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”

El hombre pecador, el incrédulo es el que hace lo malo y se deleita haciendo lo malo. Este hombre pecador aborrece la luz y no quiere venir a la luz. El hombre pecador no viene a Jesús para que sus obras no sean reprendidas, porque no quiere arrepentirse de sus pecados, porque no desea cambiar su vida: “Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). El Señor Jesús proclama a todos los hombres: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46)

El hombre que practica la verdad viene a la luz

“Más el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios

¿Quién es el que practica la verdad? Los judíos le hicieron la misma pregunta a Jesús: “Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:28-29). Todo hombre que quiera ser salvo debe venir a Jesús y poner en práctica las obras de Dios que es venir a los pies del Señor Jesús, quien dijo: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Estas obras son hechas en Dios porque es Dios quien llama, es Dios quien salva, es Dios quien regenera, es Dios quien da vida eterna, es Dios quien nos hace nueva criatura en Cristo Jesús, es Dios quien nos guarda por el poder de Dios y es Dios quien nos resucitará y glorificará en el día final. ¡Aleluya!

Pecador, ven a los pies de Jesús!

Conclusiones

Así como sabemos que la salvación es por iniciativa de Dios, es posible por la gracia de Dios por medio de la fe, sin ninguna obra de la ley para que ningún hombre pueda jactarse delante de Dios; así también sabemos, porque la Escritura así lo declara, que la salvación es para la gloria de Dios al salvar hombres condenados y hacerlos nuevas criaturas en Cristo. De la misma manera, al considerar el día de hoy la Palabra de Dios vemos que la salvación es motivada por el amor de Dios al hombre. Dios es amor, es su esencia y carácter y ha demostrado ese amor en que aun siendo enemigos y pecadores, Cristo murió por nosotros. Dios no escatimó ni a su propio Hijo sino que lo dio, lo entregó y lo envió al mundo para salvarlo, para que todo aquel que lo mira con ojos de arrepentimiento y fe, sea salvo de la condenación eterna, de la pena del pecado y reciba perdón completo de sus pecados, paz con Dios y vida eterna, una vida de conocimiento y relación con Dios, una vida poderosa que nunca terminará.

De tal manera me amó Dios que su vida no escatimó

Al terminar estos días de Semana Santa lo único que podemos hacer es agradecer y alabar a Dios por tan poderosa salvación que Él nos ha provisto. De la misma manera, comprometernos a adorarle, servirle y amarle con todo el corazón porque íbamos rumbo al infierno y Él nos salvó, miró nuestra humillación y se compadeció de nuestra miseria. ¡Gloria a Dios por el Salvador Jesucristo, quien nos libra de la ira venidera!

¡Prediquemos la Palabra del Señor para que otros hombres perdidos también sean salvos a la luz del Salvador!

Amén!