“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra: Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:1-11)

En esta oportunidad, estudiaremos una de las características de la vida cristiana que es el crecimiento. Se dice que todo lo que está vivo crece, así que se espera que todo creyente, con el paso del tiempo, crezca en su vida y madurez espiritual; de tal forma que un creyente que a pesar del paso del tiempo no madura, no cambia sus antiguos hábitos de pecado está negando con su propia vida la realidad de la obra de Dios en El y dando señales y evidencias de que no ha conocido realmente a Jesús como su Señor y Salvador.

Para esto, vamos a estudiar la Palabra de Dios en la segunda epístola de Pedro, capítulo 1, versos del 1 al 11 donde veremos que por medio de la justicia de nuestro Señor Jesucristo hemos recibido la fe que  nos da la salvación y el conocimiento de Dios. Por medio de ese conocimiento hemos sido hechos participes de la naturaleza divina y recibido todo lo que necesitamos para la vida y la piedad; por lo tanto, con diligencia debemos esforzarnos por crecer en las virtudes cristianas para que siempre seamos fructíferos en el conocimiento del Señor, guardados de toda caída y dignos herederos del reino de Dios y del Señor Jesucristo.

1. Salvos por el conocimiento de Dios (v. 1-2)

Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra: Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús

En esta primera sección, el apóstol Pedro empieza presentándose a los hermanos como siervo y enviado del Señor Jesucristo, señalando a sus hermanos como quienes habían recibido también una fe preciosa por medio de la justicia de Dios imputada a los que creen en el Señor Jesucristo.

Una fe preciosa

Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra”

Simón Pedro es la persona adecuada para poder hablarnos del crecimiento espiritual, dado que el experimentó en su propia vida el trato de Dios y el crecimiento espiritual. Aquí, en su 2da epístola, ya no vemos a un Pedro impetuoso, con altas y bajas en su caminar espiritual, sino que vemos a un Pedro ya anciano, curtido por el tiempo y por las experiencias, un hombre que ya ha visto la misericordia de Dios y su amor, quien de esta manera lo expresa a sus hermanos. A ellos les escribe y reconoce que el inicio de todo en el camino de la vida del creyente es el nuevo nacimiento. “Escribo a los que han alcanzado una fe igualmente preciosa que la nuestra, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo” es lo que nos dice Pedro. La justicia de Dios en Cristo, imputada a los que creen en El nos da la nueva vida, el perdón de pecados y es el inicio del caminar de la vida cristiana, este caminar cuyo objetivo es la semejanza al Hijo de Dios y la comunión eterna con Dios en los cielos. Todo empieza aquí, de tal suerte que no puede haber crecimiento ni madurez espiritual si no hay un nuevo nacimiento ni hemos recibido la nueva naturaleza espiritual. De la misma manera, una vez que somos nuevas criaturas en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17) somos transformados de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18)

Conocimiento de Dios y del Señor Jesús

“Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús

La nueva vida, la salvación también puede entenderse como el conocimiento del Dios vivo, el inicio de una relación con Dios de amor que jamás terminará. El Señor Jesús exclamó en su oración sacerdotal: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Es ese conocimiento salvador de Dios el inicio de una eternidad conociendo al Señor, a través de su Palabra, de la oración y las demás disciplinas espirituales, así como en una comunión íntima ahora y en la eternidad cuando estemos con El para siempre. Gracia y paz en el conocimiento de ese gran y poderoso Dios. Si dijimos hace un momento que el primer paso para la vida cristiana era la salvación, el segundo paso es el conocimiento de Dios, el cual viene por medio de la comunión con El: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). El mismo Señor Jesús prometió: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Juan 14:21).

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

El punto de partida para la vida espiritual es el nuevo nacimiento. No puede haber crecimiento, ni madurez espiritual si en primer lugar no hay vida espiritual. Jesús aclaró a Nicodemo: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Necesitamos la justicia de Dios que viene por la fe en el Señor Jesucristo para poder ser salvos, limpios y justos ante el Señor. Luego, empezar a conocer a nuestro Dios por medio de la comunión con Él es el siguiente paso para empezar a crecer y madurar espiritualmente. El apóstol Pedro es el mejor ejemplo de un creyente que ha sido tratado por Dios y que ha crecido espiritualmente por medio de los años, las pruebas, el servicio y la comunión con Dios.

El nuevo nacimiento es el inicio de la madurez de la vida cristiana

2. Capacitados por el conocimiento de Dios (v. 3-4)

Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia

En esta segunda sección, el apóstol Pedro nos habla de las grandes bendiciones que hemos recibido los creyentes por causa de nuestra relación salvadora con el Señor Jesucristo. Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad significa que los creyentes han recibido ya todo lo que necesitan para vivir de una manera agradable a Dios; pero necesitamos crecer y desarrollar todas las potencialidades que en Cristo hemos recibido. Esto gracias al conocimiento salvífico de Aquel que ha cumplido sus promesas en nosotros y nos ha capacitado con la naturaleza divina en nosotros por medio del Espíritu Santo que nos fue dado. Esto significa que no solo hemos sido salvados por el conocimiento de Dios, sino que también hemos sido capacitados por el conocimiento de Dios para vivir de una manera santa, agradable y fructífera para el Señor y esto no es sino el cumplimiento de las promesas del Señor dadas en los siglos antiguos en su Palabra.

Todas las cosas nos han sido dadas

Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder”

La LBLA traduce esta frase de la siguiente manera: “Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad“. El apóstol Pablo enseñó que: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:3-4). Esto nos quiere decir que el creyente en Cristo Jesús ha recibido por la gracia de Dios todo lo que éste necesita para poder vivir una vida agradable a Dios. Se menciona el poder de Dios porque definitivamente es muestra del poder de Dios al ver a una persona condenada al infierno, con una naturaleza depravada, con un corazón de piedra, insensible y alejada de todo lo que concierne a Dios y a todo lo bueno, verla ser transformada por el poder de Dios en una persona con un corazón de carne, sensible a las cosas de Dios, con una nueva naturaleza espiritual, con una nueva mente y capacidades para conocer, entender y amar al Señor. Hay una diferencia sustancial entre el creyente y el incrédulo: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo” (1 Corintios 2:14-16). La palabra traducida por “piedad” es el vocablo griego eusebeia, la cual era conocida por los antiguos como “la reina de las virtudes“; es decir una vida fervorosa, una actitud de amor, respeto, temor y devoción a Dios, la piedad religiosa verdadera y sin mancha. Esta es la meta de la vida cristiana y del crecimiento y para ello hemos sido capacitados por Dios, para poder llegar a esa meta en nuestra vida terrenal.

Preciosas y grandísimas promesas

“mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas”

Estas capacidades han sido dadas a los creyentes por su divino poder y también por el conocimiento de Aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. La palabra traducida por “conocimiento” es el vocablo griego epígnōsis que significa “un conocimiento profundo adquirido por medio de la experimentación“. El hombre incrédulo, al no conocer a Dios, ha sido entregado a su maldad: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta (conocer) a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Romanos 1:28). Por el contrario, el creyente tiene como meta conocer a Dios profundamente a lo largo de su vida en esta tierra: “Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” (Efesios 1:15-18). No sólo eso, sino que Dios mismo ha provisto hombres dotados con dones espirituales para la edificación del cuerpo de Cristo, de tal suerte que todos los creyentes puedan crecer espiritualmente en el conocimiento del Señor Jesucristo: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:11-13). Ese conocimiento de Dios ha hecho realidad las promesas de Dios dadas en los tiempos antiguos: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:25-27), promesas hechas realidad en Cristo Jesús y en su obra vicaria en la cruz del Calvario por nosotros.

Participantes de la naturaleza divina

“Para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia

Nos dice aquí el apóstol Pedro que el objetivo de las promesas de Dios dadas a los creyentes por causa del conocimiento de Él es que lleguemos a ser participantes de la naturaleza divina de Dios. La palabra traducida por “participantes” es el vocablo griego koinōnós que significa “cómplice, participante, compañero, copartícipe, tener comunión con” lo que no significa que somos llamados a ser Dios, como algunos falsos maestros suelen enseñar, sino que simplemente somos llamados a tener comunión con la naturaleza espiritual y santa de Dios, y esto a causa del Espíritu Santo que nos ha sido dado: “y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5). Una realidad asombrosa en la vida de todo creyente es que el Espíritu Santo mora en el: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). La presencia maravillosa del Espíritu Santo de la promesa en nosotros debe manifestarse de forma vívida y clara. Pedro dice aquí que por causa de este coparticipar en la naturaleza de Dios, el creyente debe constantemente huir de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia. Es lo mismo que el apóstol Pablo enseña: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:20). La presencia del Espíritu Santo nos lleva a huir del pecado y la degeneración propios de un mundo que no conoce a Dios, que no tiene conocimiento de Dios y que es esclavo del pecado y de sus deseos intensos por hacer lo malo (entendido por la palabra concupiscencia). El creyente ha sido librado de esa esclavitud y ha sido capacitado para seguir la justicia, la paz y la santidad con todos los que adoran a Dios de corazón.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Así como hemos sido salvos por el conocimiento del Señor Jesucristo, también somos capacitados por el conocimiento salvador de Dios, capacitados para vivir una vida agradable al Señor, en santidad y temor de El. Las promesas de Dios, hechas en los tiempos antiguos, se han cumplido en la persona y obra de Cristo Jesús, de tal manera que todos los creyentes han recibido la nueva naturaleza espiritual que les capacita para vivir de manera santa a Dios, con un nuevo corazón y una nueva mente y huir de este mundo de maldad y corrupción, gracias al ministerio santificador del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones.

El creyente ha sido hecho morada del Espíritu Santo

3. Fructíferos en el conocimiento de Dios (v. 5-11)

vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo

En esta tercera sección, el apóstol Pedro pasa de hablar de las bendiciones que hemos recibido los creyentes al estar en Cristo a hablar de las responsabilidades que tenemos los creyentes que estamos en el Señor. Si bien es cierto que somos bendecidos en Cristo, y capacitados para todo lo bueno, la experiencia y el sentido común nos dicen que los creyentes siguen pecando y que aun muchos creyentes son capaces de cometer errores garrafales y vivir de una manera desobediente al Señor. ¿Por qué sucede esto? Porque las bendiciones y las capacidades que tienen los creyentes no se ejecutan de manera automática en ellos, sino que todo creyente debe crecer, madurar y poner en práctica la obediencia y las disciplinas espirituales para que su vida pueda tener fruto y crecimiento. Vamos a ver entonces los pasos que el apóstol Pedro nos enseña para el crecimiento en la vida espiritual.

La escalera del crecimiento

vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”

Sobre la fe que hemos recibido por la gracia de Dios, el creyente debe poner toda diligencia en suplir, añadir, aumentar un listado de virtudes que Pedro va a enumerar, 7 virtudes o cualidades que el creyente debe esforzarse por poner en práctica en su propia vida y que a la vez deben ser frutos que broten de su corazón transformado y redimido. 7 cualidades que forman “una escalera del crecimiento“, que empiezan con la fe y la virtud (obediencia) y culminan en el amor, el cual es el vínculo perfecto y la culminación de la madurez cristiana. Estas cualidades son:

  1. Virtud – Obediencia al Señor, excelencia moral, producto no de una conducta religiosa de apariencias, sino de un corazón amante de Dios, que le obedece y le teme. El primer resultado de la verdadera fe es la obediencia: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2:14)
  2. Conocimiento – Aquí no se refiere al conocimiento salvador del Señor, sino al conocimiento natural, intelectual de la Palabra y la doctrina del Señor, la cual nos prepara para toda buena obra y produce temor de Dios en nosotros: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17)
  3. Dominio propio – Esta palabra significa “auto control, templanza o gobierno de uno mismo“. Este es uno de los aspectos del fruto del Espíritu Santo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:22-24) y una de las características que Dios nos ha dado: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Es vital para poder soportar la tentación, la inclinación a lo malo de nuestra naturaleza carnal aun presente y para disciplinarnos para amar a Dios, servirle y caminar en este mundo en santidad.
  4. Paciencia – La LBLA traduce esta virtud como “perseverancia“. Este es también uno de los aspectos del fruto del Espíritu Santo en las vidas de los creyentes y nos habla de la capacidad de soportar con paciencia y buena actitud las vicisitudes de la vida sin desviarse ni cambiar por ello. El apóstol Pablo exhortó a los colosenses: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12). La paciencia ante las pruebas de la vida y ante las diversas circunstancias que se presentan y que nos tientan a salir del camino de la vida cristiana es necesaria como parte de nuestro equipamiento espiritual: “Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (1 Timoteo 6:11)
  5. Piedad – Aquí la palabra piedad es entendida como el fervor espiritual, la devoción a Dios desde el corazón. El apóstol Pablo enseñaba que la piedad era más importante que los bienes materiales, porque la devoción, el temor y el amor a Dios siempre guardará nuestros caminos: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:6-8)
  6. Afecto fraternal – La penúltima de las virtudes en la vida cristiana es el amor filial, el afecto fraternal, el amor entre hermanos. El amor a los hermanos es uno de los signos más claros de que hemos nacido de nuevo: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte” (1 Juan 3:14) y debe ser una marca constante en la vida espiritual: “Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros” (Romanos 12:10)
  7. Amor – La última de las virtudes en la vida cristiana que debemos desarrollar es el amor agápē, el amor incondicional, sacrificado, el amor de Dios. El creyente debe vivir su vida en el amor de Dios, debe tratar a los hermanos con el amor de Dios, debe servir a Dios con el amor de Dios y debe predicar el evangelio de Jesucristo con el amor de Dios. El apóstol Pablo enseñaba: “soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:13-14)

Ociosos y sin fruto

“Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”

 El resultado de que estas cualidades estén en nosotros y abunden son claras: no nos dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento del Señor Jesucristo; esto quiere decir que todo creyente que tiene estas cualidades en su vida y las está desarrollando nunca quedará inactivo, ocioso, inútil, sino que su vida siempre estará dando frutos que le den gloria a Dios: frutos de alabanza, frutos de servicio, orando, dando, sirviendo, poniendo en práctica los dones y talentos que el Señor le ha dado. Un creyente que está madurando espiritualmente no puede quedarse impávido ante la necesidad de este mundo, sino que pondrá las manos en el arado y saldrá a servir a su Señor. El mismo conocimiento del Señor Jesús quien vino a esta tierra no a ser servido, sino a servir, mueve al creyente a ser un siervo fiel, dispuesto y fructífero en el reino de Dios. Dar frutos es el resultado natural de estar unido a Jesús y crecer en El: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:1-5)

Miopes y ciegos

“Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados”

 El resultado de que estas cualidades no estén en nosotros también es clara: ya sabemos que seremos creyentes ociosos y sin fruto en el conocimiento del Señor; pero aquí Pedro nos muestra el panorama desde otra perspectiva: El creyente que no desarrolla estas virtudes en su vida tiene la vista muy corta. La palabra usada es “miope“, es decir alguien que ve bien de cerca pero no bien de lejos. Un creyente que se niega a crecer espiritualmente no tendrá visión sino que solo estará enfocado en sus necesidades personales. No solo eso, sino que si continua así, otra de las características es que ese creyente es ciego; porque ha olvidado la purificación de sus antiguos pecados. El triste panorama de un creyente que no ha desarrollado su vida espiritual y no ha madurado es que no solo es una persona ociosa e infructuosa, sino que ha perdido la visión de su propósito en la vida y la memoria de cómo fue perdonado de sus pecados y para que fue salvado. El creyente miope o ciego espiritualmente no vive en la nueva vida que Dios le ha dado, sino que camina en tinieblas, habiendo sido trasladado a la luz.

Una entrada amplia y generosa al reino del Señor

“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo

Por último, el apóstol Pedro concluye con una exhortación: a la luz de las ventajas y beneficios que se obtienen de desarrollar la vida espiritual a través del cultivo de estas virtudes, el creyente debe procurar hacer firme su llamad0 y elección porque haciendo estas cosas no tropezará jamás. El énfasis es intenso, se usa un doble negativo al decir que nunca, de ninguna manera tropezará el creyente que se involucre en el desarrollo de la vida espiritual. De esta manera, les será otorgada amplia entrada al reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. La recompensa final del creyente es una entrada amplia y victoriosa para quien vivió una vida de devoción a Dios, de fidelidad a Él y de obediencia a su Palabra. A la luz de las tremendas recompensas que el Señor tiene para sus hijos, el apóstol Pedro exhorta: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir” (2 Pedro 3:10-11)

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Que la venida del Señor nos encuentre viviendo una vida de devoción a Dios, de madurez y crecimiento espiritual. Para ello, el creyente debe esforzarse en añadir con diligencia a su vida las virtudes que han sido mencionadas en esta sección, porque al hacerlo así, será un creyente fructífero para la obra de Dios y al final de los tiempos, le será otorgada una amplia y victoriosa entrada al reino eterno del Señor Jesucristo.

 El creyente se presentará ante su Señor en el fin de los tiempos

Conclusiones

Consideremos este texto: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Hebreos 12:28-29). El llamado de Dios para los creyentes es vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, en espera del advenimiento del reino eterno del Señor Jesucristo. Para ello, el creyente ha sido salvado por la fe en el Señor y ha sido capacitado por el divino poder de Dios, por medio de la presencia del Espíritu Santo y su ministerio santificador, para que el creyente pueda vivir una vida santa y agradable a Dios. Esta es una verdad maravillosa, que Dios ha provisto todo lo que el creyente necesita para la vida y la piedad; pero también es cierto que el creyente tiene por responsabilidad el desarrollar su vida espiritual y madurar por medio del cultivo de 7 virtudes espirituales, las cuales cuando abundan en ese creyente, le harán fructífero en el conocimiento del Señor y le guardarán de toda caída y tropiezo.

Animémonos pues a poner en práctica el crecimiento en la vida espiritual para que la venida del Señor nos encuentre maduros, fervientes, devotos y apasionados por Dios, fructíferos en su obra y viviendo en santidad para la gloria de Dios.

Amén!