“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:1-11)

En esta oportunidad estudiaremos la perseverancia, la constancia y la capacidad de permanecer firme en el llamado de Dios y ante las dificultades, adversidades y disciplina del Señor sin desanimarse ni cansarse. Esta es una de las virtudes, de los elementos de la vida cristiana más importantes que nos ayudan a construir un carácter firme y estable, lo cual nos ayuda a crecer y ser confiables, fructíferos y de amparo para otros en la viña del Señor. Muchas personas empiezan proyectos solo para dejarlos a medio camino; pero un creyente perseverante va a terminar todo lo que empiece y no va a retroceder en el camino de la fe, ni va a desmayar ni a cansarse o perder el ánimo.

Para esto, vamos a estudiar el libro de Hebreos, capítulo 12, versos 1 al 11, donde veremos que dado que tenemos el ejemplo de fe y perseverancia de los grandes hombres de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, los creyentes debemos armarnos del mismo pensamiento y correr con paciencia la carrera de la fe, sin desanimarnos ni cansarnos por causa de la disciplina del Señor; porque el Señor nos disciplina para nuestro bien, para participar de su santidad. Dios disciplina a sus hijos, y a diferencia de nuestros padres terrenales, lo hace para nuestro bien y crecimiento en la vida espiritual.

El creyente debe correr la carrera de la fe con perseverancia y paciencia

1. Perseverantes al considerar a Jesús (v. 1-3)

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar

Al iniciar esta sección hay que considerar el contexto anterior, el capítulo 11, donde se nos describe la galería de los héroes de la fe, aquellos hombres y mujeres de Dios que le creyeron a Dios y “que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros” (Hebreos 11:33-34). Ellos son modelos y ejemplos para el creyente; pero vamos a ver que no solo ellos, sino también el Señor nuestro Jesucristo también es modelo de perseverancia y fe en el caminar de la vida cristiana. Nuestro Señor con más razón es el modelo perfecto de la paciencia y la perseverancia y vamos en esta parte a considerar su vida y su actitud ante la cruz como muestra de lo que todo creyente debe hacer.

Despojándonos del pecado que nos asedia

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia”

A estos grandes hombres y mujeres de Dios que nos precedieron y que por fe hicieron grandes cosas, y que por fe experimentaron grandes pruebas también, a estos grandes hombres el escritor del libro de Hebreos les denomina “tan grande nube de testigos alrededor nuestro“. La idea aquí expresada puede interpretarse de dos formas: estos hombres, ahora en la presencia de Dios, miran nuestras vidas y nos esperan en la meta. La segunda, simplemente es que son ejemplos de fe y perseverancia a los que tenemos que mirar para encontrar aliento y consuelo en los momentos difíciles. Los ejemplos de hombres como David, Job, Elías, etc nos dan ánimo al considerar como Dios guarda y bendice a los suyos a pesar de las pruebas temporales que ellos tuvieron que pasar. Estos hombres, sin contar con muchas de las ventajas de las que hoy disponemos,  fueron de igual forma fieles al Señor, vivieron vidas agradables a Dios y alcanzaron la meta a pesar de las dificultades y tribulaciones temporales de esta vida. A la luz de su poderoso testimonio de fe es que los creyentes tenemos que despojarnos (“poner a un lado como un vestido“) de todo peso y del pecado que nos asedia. Los atletas griegos de la antigüedad corrían casi desnudos para evitar todo aquello que pudiera estorbarles en la carrera. Los judíos “ceñían sus lomos” antes de correr; esto es, subían sus túnicas y las sujetaban amarradas a sus manos para no tropezar con ellas en la carrera. El creyente debe de la misma forma hacer a un lado todo aquello que le haga tropezar y desviarse del camino de la fe que debe correr. La LBLA traduce esta frase de la siguiente manera: “Despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve“. El pecado fácilmente nos puede dejar fuera de carrera si cedemos a sus engañosos ofrecimientos y tentaciones; por ello, el creyente debe despojarse de él cómo de un vestido y vestirse de las armas de la luz para vivir en santidad: “Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne” (Romanos 13:11-14)

Corriendo con paciencia la carrera de la fe

“y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús”

El creyente no sólo debe despojarse de lo malo, sino que debe correr con paciencia hacia lo bueno, hacia el llamado de Dios para su vida. El creyente debe tener la actitud del apóstol Pablo que exclamó: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13-14). El creyente debe correr con paciencia la carrera que tiene aún por delante, mirando al Señor Jesús. Hay que notar dos aspectos importantes que el escritor de Hebreos nos quiere hacer ver aquí: En primer lugar, el creyente debe correr la carrera con paciencia (gr. hypomon), con perseverancia, largura de ánimo, constancia y con la capacidad de soportar pacientemente todos los obstáculos, crisis, problemas y situaciones que se presenten, pero sin dejar de correr. La palabra traducida por carrera es el vocablo griego ἀγῶνα, de donde proviene nuestra palabra “agonía“. Esta es la misma palabra que usó Pablo al describir su actitud ante sus últimos días en esta tierra: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8). El camino de la vida cristiana es difícil pero el creyente debe asumirla con perseverancia y espíritu de lucha, soportando y confiando en la provisión de Dios para poder culminar la carrera con gozo.

En segundo lugar, el creyente debe correr puestos los ojos en el Señor Jesús. La palabra significa “mirando intensamente“, no a nosotros mismos, no a las circunstancias, sino al Señor Jesucristo y su poder maravilloso que nos sostiene en medio de las tribulaciones. Pablo exhortó a los colosenses: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:1-3) y el apóstol Pedro empezó a hundirse cuando dejó de mirar al Señor: “Más a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: !!Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: !!Tened ánimo; yo soy, no temáis! Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: !!Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: !!Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:25-31)

La perseverancia de Jesús

“el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”

 Es a Jesús a quien debemos de mirar fijamente en todo el tiempo de nuestra peregrinación. Nuestro Señor es descrito aquí como el autor y el consumador de nuestra fe, quien la empieza y quien la completa, la madura. El Señor Jesús, así como los grandes hombres y mujeres de fe del capítulo 11 del libro de Hebreos es ejemplo para nosotros de fe y perseverancia en el llamado de Dios. El, por el gozo puesto delante de Él (el gozo de hacer la voluntad de Dios y el gozo de la salvación del hombre), sufrió la cruenta muerte en la cruz y menosprecio el oprobio, tuvo en poco la vergüenza de ser hecho maldición y pecado por causa de la humanidad perdida y condenada; y por ello, fue exaltado por Dios, sentándose a la diestra del trono del Altísimo. La conocida profecía mesiánica de Isaías 53 nos muestra esto: “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores” (Isaías 53:10-12) y el apóstol Pablo nos declara que la humillación voluntaria del Señor Jesús le llevo a su exaltación por manos de su Padre Celestial: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:5-11). Jesucristo es el ejemplo perfecto de fe, perseverancia y paciencia en obedecer la voluntad de Dios y por ello recibió la recompensa de su sumisión al Padre y su humillación voluntaria por amor a Dios.

Considerando a Jesús para no desmayar

“Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar

La palabra “considerad” significa “analiza cuidadosamente, haz números y calcula de tal manera que obtengas un resultado exacto“. ¿Qué es lo que hay que analizar cuidadosamente? A Jesús, nuestro modelo perfecto de fe y perseverancia, quien tuvo gozo por hacer la voluntad de Dios y quien sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo. Para entender mejor esta frase, veamos como la LBLA traduce esta frase: “Considerad, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo“. Nuestro Señor Jesús enfrentó el odio del mundo, la ira de Dios por cargar el pecado de la humanidad, el rechazo de sus discípulos, la vergüenza de una muerte cruel, el dolor del castigo físico, el abandono de su Padre y lo soportó todo por amor a Dios y por amor al hombre: “Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre. Pero esto es para que se cumpla la palabra que está escrita en su ley: Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:24-25) y “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Juan 15:18). El escritor del libro de Hebreos nos dice que debemos considerar cuidadosamente el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo para que su fidelidad, su fe y perseverancia nos anime a continuar adelante en el camino de la fe por más difícil que parezca. Consideremos a Jesús, el capitán de nuestra salvación y todo lo que El sufrió, para que nuestro ánimo no se canse hasta desmayar. La LBLA traduce: “para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón“. El cansancio puede ser físico, pero el desánimo es un asunto del corazón. Cuando perdemos las fuerzas, el ánimo, la expectativa, nuestra fe decae, bajamos los brazos y ya no queremos seguir corriendo la carrera de la fe. Cuando deberíamos seguir el ejemplo de esos grandes hombres de Dios y el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, nos apagamos, desalentamos, ya no queremos congregar, ya no queremos seguir soñando, ya descuidamos nuestra vida devocional, nuestra apariencia, nuestro servicio, nos deprimimos, nos lamentamos, nos empezamos a auto compadecernos y es entonces cuando el escritor del libro de Hebreos dice: ¡Creyentes miren! El Señor Jesucristo sufrió lo que ninguno de nosotros pero siguió firme, porque tenía el gozo del galardón puesto delante de Él, tenía una meta clara, un propósito definido. El debe ser nuestro ejemplo y nosotros también debemos correr con paciencia y propósito nuestra vida, cuidándonos de no desviarnos, cansarnos o desanimarnos en el camino.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

A la luz del testimonio de los grandes hombres y mujeres de Dios, y a la luz del ejemplo de fe, obediencia y perseverancia de nuestro Señor Jesucristo, el creyente debe despojarse del pecado y de todo lo que le distraiga del camino de la vida cristiana y debe correr con paciencia, puesta la mirada fija en Jesús, quien ha iniciado nuestra fe y quien la completa. El Señor Jesucristo es el perfecto ejemplo de una vida de adoración y obediencia perseverante al Señor, firme, estable, gozosa y victoriosa aun en medio de tribulaciones y grandes crisis. A El debemos mirar e imitar en todo para que no nos desanimemos ni nos cansemos y dejemos de correr la carrera que Dios ha puesto por delante de nosotros.

Puestos los ojos en Jesús el autor y consumador de la fe

2. Perseverantes en la disciplina de Dios (v. 4-8)

Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos

No solo debemos ser perseverantes en la carrera de la vida cristiana, sino que también debemos ser perseverantes cuando somos disciplinados por Dios. Muchas veces los creyentes experimentamos problemas y crisis, producto de la disciplina de Dios por causa de nuestro pecado y allí es cuando perdemos el ánimo, nos desanimamos y no queremos seguir caminando el camino de la fe. El escritor de Hebreos nos va a enseñar que si Dios nos disciplina no es para nuestro mal, sino porque es nuestro Padre, porque nos ama y porque busca que seamos corregidos, encaminados y santificados. Por ende, la disciplina de Dios no debe ser motivo de desánimo, sino de aliento y consuelo porque no estamos solos en este mundo, sino que tenemos un Dios amoroso que cuida de nosotros y que  nos ama tanto que no va a dejarnos igual, sino que va a santificarnos para hacernos más parecidos a su Hijo Jesucristo.

Aún no hemos llegado al límite

Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado”

El razonamiento es simple: A diferencia del Señor Jesucristo, quien murió y derramó su sangre por obediencia al Padre y por amor de la humanidad, nosotros no hemos tenido que derramar sangre en nuestra lucha contra el pecado. Nuestra lucha es espiritual y aun en muchos casos carnal, pero no hemos tenido que morir para nuestra salvación o para salvación de otro. Por lo tanto, dado que no hemos llegado a ese límite, debemos armarnos de valor y coraje para seguir perseverantes en el camino de la vida cristiana agradando a Dios. Muchos creyentes se desaniman rápidamente, pero no consideran el testimonio de muchos de sus hermanos a lo largo y ancho de este mundo y en otras épocas de la historia, creyentes que han sufrido horrores a manos de este mundo incrédulo y aun así han sido fieles al Señor. El apóstol Pedro exhortaba a los creyentes: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría” (1 Pedro 4:12-13). El sufrir padecimientos muchas veces es consecuencia de una vida piadosa en Cristo Jesús y al considerar lo que nuestro Señor vivió y lo que muchos hermanos han vivido y viven aún, debemos ser valientes y esforzados y seguir avanzando en el camino de la vida cristiana.

La disciplina del Señor

“y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”

 La segunda razón por la que debemos perseverar en el camino de la vida cristiana es que muchas veces los problemas que enfrentamos son consecuencia de la disciplina de Dios a nuestra vida; y ello no es símbolo de que somos abandonados por el Señor, sino todo lo contrario, que Dios nos ama, que somos sus hijos y que el Señor está procurando nuestro bienestar y crecimiento espiritual. Para ello, el escritor del libro de Hebreos cita un pasaje del libro de Proverbios: “No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere” (Proverbios 3:11-12). La LBLA traduce este texto de la siguiente forma: “Hijo mio, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por El; porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo“. La idea es clara: dado que ya no somos enemigos de Dios, sino que Jesucristo ha ganado para nosotros la salvación y hemos entrado en una nueva relación con Dios como nuestro Señor y Padre, Dios tiene toda la autoridad para disciplinarnos porque somos sus hijos y El procura nuestro bienestar. Por lo tanto, no debemos tener en poco el castigo del Señor, ni pensar simplemente que es cuestión del azar o de la vida, sino que, si somos disciplinados por Dios, debemos meditar en las razones porque el Señor nos ha disciplinado y hacer los cambios en nuestras vidas para ser más obedientes al Señor. La Palabra de Dios también expresa: “El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; Mas el que escucha la corrección tiene entendimiento” (Proverbios 15:32)

Dios disciplina a sus hijos

“Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos

Esta es una frase interesante. La LBLA traduce esta frase de la siguiente manera: “Es para vuestra corrección que sufrís; Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no hijos verdaderos“. La disciplina del Señor es parte del trato de Dios con sus hijos. La palabra traducida por “disciplina” en la RV1960 y “corrección” en la LBLA es el vocablo griego paideía, de la cual viene nuestra moderna palabra “pedagogía“, la enseñanza e instrucción del niño. Dios tiene que instruirnos como un tutor a un niño pequeño porque realmente no sabemos aplicar las verdades bíblicas, porque somos inmaduros y porque nos cuesta entender las verdades espirituales. Muchas veces somos tercos y desobedientes a la voluntad del Señor, entonces el Señor tiene que disciplinarnos. La actitud que nosotros los creyentes debemos tener es la de soportar pacientemente, con largura de ánimo, sin desanimarnos, ni ofendernos o resentirnos con el Señor. La razón es obvia: ¿que padre hay que no discipline a su hijo? Todo padre, hasta el menos experimentado sabe disciplinar y corregir a su hijo pequeño para que aprenda a obedecer y comportarse como se debe. Sin embargo, si un creyente queda sin disciplina, de la que todos los creyentes han sido participantes, entonces con ello estamos demostrando que no somos hijos de Dios, sino bastardos, es decir hijos ilegítimos de Dios.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

En el camino de la vida cristiana, los creyentes no hemos llegado al límite en nuestra lucha contra el pecado; por lo tanto, debemos continuar el camino de la fe con una buena actitud. En ese camino, no solo debemos perseverar al considerar a Jesús como modelo y ejemplo de fe, sino que debemos perseverar en la disciplina del Señor. Y esto es así porque Dios nos disciplina, porque somos sus hijos y nos ama; para que podamos crecer y madurar espiritualmente. En ese sentido, no debemos desanimarnos porque esto es muestra de que somos hijos legítimos de Dios, de que Dios nos ama y que procura lo mejor para nosotros.

Dios, al que ama disciplina y azota a todo el que recibe por hijo

3. Perseverantes en el ejercicio de la santidad (v. 9-11)

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”

El creyente también debe ser perseverante en el ejercicio de la santidad. Para ello, el escritor del libro de Hebreos nos va a decir que de la misma forma que nuestros padres terrenales nos disciplinaban, de la misma manera Dios, dado que es nuestro Padre terrenal, nos disciplina para que participemos de su santidad, es decir, para que crezcamos y maduremos espiritualmente. Esto no debe ser motivo de tristeza sino de gozo, dado que quien ha sido disciplinado va a experimentar en su vida los frutos de justicia que brotan de un corazón entrenado, corregido y que ha madurado en el camino de la fe.

La ventaja de la disciplina

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?”

El escritor del libro de Hebreos compara la disciplina del Señor con la disciplina que nos proporcionaban nuestros padres terrenales. Ellos nos disciplinaban y los respetábamos. Siendo ellos imperfectos y pecadores como nosotros, aun así merecían nuestro respeto y sujeción como lo manda el Señor, con mucha mayor razón nosotros los creyentes debemos sujetarnos a Dios, aquí llamado el Padre de los espíritus. La obediencia a los padres terrenales tiene promesa de bendición como está escrito en la Palabra del Señor: “Honra a tu padre y a tu madre, como Jehová tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da” (Deuteronomio 5:16). La obediencia al Padre Celestial es aún más provechosa y tiene mayor bendición en esta vida y en la venidera: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios” (Deuteronomio 28:1-2). El ser disciplinados por Dios es realmente una bendición porque es muestra de que Dios nos ama, nos corrige y nos lleva por el sendero de la obediencia que traerá bendición a nuestras vidas.

El propósito de la disciplina

“Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad”

 Nuestros padres terrenales nos disciplinaban por pocos días como a ellos les parecía, según su entendimiento limitado y de acuerdo a su naturaleza pecaminosa. Ellos por pocos años nos corrigieron y enseñaron cómo comportarnos en esta vida. Muchas de esas enseñanzas provenían no de la Palabra de Dios, sino de costumbres, mitos, ideas propias; sin embargo, Dios, nuestro Padre Celestial es nuestro Padre para siempre, nunca va a dejar de ser nuestro Padre y nos disciplina según su carácter santo, su sabiduría infinita y su entendimiento superior. Realmente es una ventaja ser disciplinados por Dios, pues el propósito de su disciplina es que participemos de su santidad, porque este es el deseo del Señor para sus hijos: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). Así como es un llamado de Dios, también es obra de Dios nuestra santificación: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5:23); y por ello es que Dios trata con nosotros y nos disciplina para que seamos santificados y conformados a la imagen de su Hijo Jesucristo.

Ejercitados para la santidad

“Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”

 Un último aspecto que hay que considerar con respecto a la disciplina del Señor es que ninguna disciplina es causa de gozo, sino de tristeza a quien ha sido disciplinado por el Señor; sin embargo, debemos considerar el resultado del entrenamiento y del trato del Señor: da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. La palabra traducida como “ejercitados” es el vocablo griego gymnázō de donde viene nuestra moderna palabra “gimnasio“. La disciplina del Señor es el su “gimnasio“, donde somos entrenados a temer al Señor, a obedecerle y a ser sabios en el buen uso de nuestros sentidos para obedecer al Señor. Este comportamiento es propio de la madurez espiritual: “Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:13-14) y es un mandato del Señor para todos los creyentes: “Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera” (1 Timoteo 4:7-8). La disciplina del Señor es un proceso continuo donde el Señor constantemente está modelando  nuestro carácter para que participemos de la santidad de Dios.

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

El creyente debe perseverar también en el trato del Señor, porque el Señor esta moldeándole para participar de su santidad, para ser creyentes fructíferos en cuanto al carácter y la obra de Dios. Si bien es cierto en el momento la disciplina del Señor puede ser causa de tristeza, eso no debe desanimarnos, sino debe motivarnos considerando el fruto que en el futuro vamos a poder dar como creyentes maduros para la gloria de Dios.

El propósito de la disciplina es que seamos restaurados y sanados para crecer en santidad

Conclusiones

El creyente debe perseverar en el camino de la vida cristiana. Debe hacerlo considerando el ejemplo de los grandes hombres y mujeres de Dios del pasado, quienes a pesar de tener muchas carencias y experimentar innumerables tribulaciones, alcanzaron la victoria en el Señor. También debe considerar el ejemplo sublime del Señor Jesucristo, quien por el gozo puesto delante de Él, tuvo en poco la vergüenza y sufrió el rechazo del mundo, de los hombres, la ira de Dios, el castigo por el pecado y fue perseverante hasta el fin por amor de Dios y de la humanidad y recibió el galardón de su obediencia. Por lo tanto, el creyente debe mirar siempre al Señor, despojándose del pecado y de todo lo que le estorba en el camino de la vida cristiana y si pecara y fuere disciplinado por el Señor, tampoco debe desanimarse, sino fortalecerse, consolarse y perseverar en la verdad bíblica de que Dios ama a sus hijos y por eso los disciplina, para que participen de su santidad. Por último, el creyente debe perseverar en el ejercicio de la santidad, usando su vida para glorificar a Dios sin cansarse, porque ello ayuda a su madurez y crecimiento espiritual. No desmayemos sino continuemos corriendo la carrera de la fe con paciencia y perseverancia que aún tenemos mucho camino por delante y el galardón de Dios a los que terminan la carrera con fe.

Amén!