Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo: Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste. Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí. Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; más aún veré tu santo templo. Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; mas tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío. Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo. Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan. Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová. Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra” (Jonás 2:1-10)

En esta oportunidad hermanos quiero compartir con ustedes un hermoso tema acerca de la oración. Hay muchas oraciones registradas en la Biblia, proclamadas por hombres y mujeres de Dios en diferentes circunstancias y en ellas podemos ver el corazón de un creyente, como se comporta en medio de la necesidad y como estas oraciones nos enseñan más sobre el carácter de Dios y como trata con sus hijos en medio de las circunstancias que ellos viven. En esta oportunidad vamos a estudiar la oración del profeta Jonás, el profeta desobediente, y vamos a ver como esta oración no muestra tres aspectos de una oración efectiva. En general, la oración de Jonás en el vientre del pez nos enseña que una pequeña oración puede cambiar el curso de nuestra vida, aunque hayamos desviado nuestro curso por causa del pecado. No importa el lugar o la situación donde nos encontremos, siempre podemos clamar a Dios en medio de nuestra necesidad con apremio y urgencia, debemos clamar a Dios en una oración de fe y debemos orar a Dios con arrepentimiento y sincero deseo de cambiar y el Señor oirá nuestras oraciones y responderá favorablemente porque de Él es el poder para salvar y guardar.

El capítulo 2 del libro de Jonás empieza de esta manera: “Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo: ” (v. 1) y esto sucedió porque en el capítulo 1 vemos que el Señor había encomendado una misión a Jonás: la de predicar a la pagana Nínive; más Jonás había huido de la presencia del Señor y de la obediencia a su Palabra para escapar a Tarsis. Sin embargo, nadie puede huir del Señor y Dios le trajo a una crisis donde el barco donde huía se vio envuelto en una gran tormenta y Jonás fue echado al mar para aquietar las aguas. Sin embargo, “Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches” (Jonás 1:17). La situación parecía descontrolada para Jonás; sin embargo para el Señor todo estaba completamente bajo control, sólo que el Señor estaba disciplinando a su desobediente siervo y allí en la crisis es que Jonás fue quebrantado y proclamó una oración que ha quedado registrada para la eternidad.

Jonás fue disciplinado por Dios por causa de su desobediencia

1. Una oración desesperada en medio de la necesidad (v. 2-3)

Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste. Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí

Jonás se encuentra en el vientre del pez, en una situación desesperada, lejos de todo y de todos y allí en medio de la circunstancia desesperada, el ora. Invoque en  mi angustia al Señor y El me oyó, desde el seno del Seol, el lugar de los muertos clame a Dios y mi voz oíste dice Jonás. Imagina hermano, ¿cómo se sentiría Jonás dentro del vientre del pez? ¿Cómo llegó a esa situación? No fue al azar, no fue la mala suerte, no fue sino una cadena de malas decisiones que le llevaron a estar en ese lugar. Primero, decidió desobedecer el llamado de Dios, segundo decidió alejarse de la presencia de Dios. En tercer lugar, se echó a dormir en medio de la tormenta cuando debía recapacitar en lo que estaba haciendo. Por último, él ahora se encontraba en la soledad de la desobediencia, en su propio desierto personal y privado, dentro de un enorme pez, solo, desamparado, y con la culpa y la vergüenza de encontrarse así por sus propias malas decisiones. Es la misma sensación que David expresa cuando clama: “Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia. Y no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano. Porque ha perseguido el enemigo mi alma; ha postrado en tierra mi vida; me ha hecho habitar en tinieblas como los ya muertos. Y mi espíritu se angustió dentro de mí; está desolado mi corazón. Me acordé de los días antiguos; meditaba en todas tus obras; reflexionaba en las obras de tus manos. Extendí mis manos a ti, mi alma a ti como la tierra sedienta. Respóndeme pronto, oh Jehová, porque desmaya mi espíritu; no escondas de mí tu rostro, no venga yo a ser semejante a los que descienden a la sepultura” (Salmos 143: 1-7). Hermanos, el lugar de la desobediencia es el lugar de la angustia, de la falta de paz, del conflicto. En nuestro corazón ya no reina la paz de Dios, sino el temor, la culpa, la ansiedad, la desazón. Ya no hay gozo de Dios, no hay ese deleite en la oración, el deseo de servir al Señor, la alegría de compartir con los hermanos, sino que vivimos en tristeza, en soledad, viviendo nuestras propias penas y angustias sin que nadie se entere, fingiendo delante de los demás que estamos bien espiritualmente, pero realmente hace mucho tiempo que dejamos de caminar en comunión con Dios y por ende no hay gozo, no hay pasión y no hay fervor en la vida espiritual. Jonás fue llamado a ser profeta del Señor, tenía un llamado de Dios pero él ahora era un pecador más, arrinconado y avergonzado por su propio pecado.

Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí” es lo que reconoce Jonás. Estoy en lo profundo, estoy en el nivel más bajo de mi vida espiritual, todas tus olas y tus ondas han pasado sobre mí. Jonás estaba experimentando la disciplina del Señor, el castigo de Dios a sus hijos desobedientes. Hermanos, la Biblia es clara al enseñarnos que Dios nos ama, Él es nuestro Padre Celestial que sabe de qué cosas tenemos necesidad aun antes de que las pidamos, Él es quien provee todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos; pero también Él es quien disciplina a sus hijos a quienes ama y corrige y azota a sus amados, para que participen de su santidad. Cuando somos disciplinados parece que el mundo se nos viene encima, todo sale mal, las puertas se cierran, las oportunidades se acaban, los amigos nos abandonan, aquellos en quienes confiábamos nos traicionan, no nos entienden, de la nada nos critican, lo que pensábamos seguro y firme de pronto se cierra, la enfermedad nos visita, suceden cosas malas y pensamos: “Esto no puede estar pasándome a mí“. El escritor de Hebreos reconoce que al presente, ninguna disciplina es fuente de gozo, sino de tristeza. David se sentía como si estuviera ya muerto. Jonás decía: Estoy en el seno del Seol, en los abismos de la tierra, estoy sepultado, estoy acabado. Se terminó todo para mí; sin embargo, desde el lugar de la profunda necesidad, de la desesperación, de la soledad, de la vergüenza, cuando no sabemos que más podemos hacer, cuando no hay nada que se puede hacer para cambiar las cosas si hay algo que podemos hacer que puede cambiar todo: Podemos orar desde el lugar de nuestra necesidad. Es lo que hizo el rey Asa cuando Zera el etíope vino contra el con un millón de hombres armados: vio la necesidad y clamó a Dios: “Y salió contra ellos Zera etíope con un ejército de un millón de hombres y trescientos carros; y vino hasta Maresa. Entonces salió Asa contra él, y ordenaron la batalla en el valle de Sefata junto a Maresa. Y clamó Asa a Jehová su Dios, y dijo: ¡Oh Jehová, para ti no hay diferencia alguna en dar ayuda al poderoso o al que no tiene fuerzas! Ayúdanos, oh Jehová Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos, y en tu nombre venimos contra este ejército. Oh Jehová, tú eres nuestro Dios; no prevalezca contra ti el hombre. Y Jehová deshizo a los etíopes delante de Asa y delante de Judá; y huyeron los etíopes” (2 Crónicas 14:9-12)

Un clamor desesperado en medio de la necesidad

2. Una oración atrevida de fe (v. 4-6)

Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; más aún veré tu santo templo. Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; más tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío

Al considerar la penosa situación en la que se encontraba Jonás, el ora. Clama a Dios y cuando clamamos siempre experimentamos la tentación de pensar que Dios no nos va a escuchar, de que no va a atender nuestras oraciones, de que nuestra situación es tan mala o de tanta necesidad que realmente no tenemos salida. Jonás exclama: “Desechado soy de delante de tus ojos” y hermanos cuantas veces no hemos pensado lo mismo. “Ya no hay más oportunidad para mí“, “El Señor ya me ha desechado“, “Ya nunca más podré volver a ser el de antes“, “Todo se terminó para mí“. Satanás nos tienta y caemos en la auto compasión, en el lamento, en la queja y nos paralizamos. Decimos, “nada va a cambiar, es por demás orar“. La parálisis del lamento es muy peligrosa hermanos y ese es uno de los peligros al que nos enfrentamos cuando somos disciplinados por Dios o cuando experimentamos alguna crisis o tribulación. Sin embargo, Jonás no se queda lamentándose sino que da una expresión de fe maravillosa: “Más aun veré tu santo templo“. Hermanos y para que Jonás pueda ver el templo del Señor tenía que salir del vientre de ese pez. Jonás sabía que si bien es cierto él estaba siendo disciplinado por Dios, él estaba en un lugar de necesidad y soledad, ese no era la última estación de su vida, que había algo más allá que Dios tenía para él y que si bien es cierto hoy lloraba por su desobediencia, mañana reiría por la restauración de Dios. Hermano, Jonás no iba a morir en el vientre del pez. El aun iba a ir a Jerusalén, el aun iba a entrar al templo a adorar, el aun iba a orar, el aun iba a predicar, el aun iba a hacer muchas cosas más. Este no es el final de tu vida, aún hay cosas que tienes que hacer. Cuando Elías estaba en el desierto y deseaba la muerte, el ángel le dijo: Come y bebe porque largo camino te resta, aún hay cosas que tienes que hacer. Este no es el último de tus días. Tu mente dice “Soy desechado por Dios“, pero la fe dice: “Aun veré el templo de Dios“. Levántate hermano, aún hay cosas que debes hacer, aún hay sueños que debes cumplir para Dios, aún hay promesas que debes ver en tu vida, aún hay un llamado que  debes obedecer.

Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó a mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; más tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío“.

El abismo lo rodeaba, todo estaba en contra suya; pero tu sacaste mi vida de la sepultura dice Jonás. Pero el aún seguía dentro del pez; sin embargo la fe llama las cosas que no son como si fuesen. La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Jonás veía por fe que el Señor le iba a liberar y eso es uno de los ingredientes de una oración efectiva: orar con fe. Sin fe es imposible agradar a Dios dice la Palabra, porque el que se acerca a Dios debe creer que le hay y que Dios es galardonador de los que le buscan. Hay bendición en orar y buscar a Dios pero no vamos a experimentar esa bendición sino oramos con fe, creyente, confesando lo que Dios nos va a dar aunque no lo veamos. La Biblia nos enseña a empuñar el escudo de la fe, con que podamos apagar los dardos de fuego del maligno, los dardos de la duda, de la incredulidad, de la tristeza, de la auto compasión. Hermanos, tenemos que orar con fe, creyendo lo que pedimos, abrazando la fe y teniendo paz, confiando en que el Señor nos va a dar lo que pedimos. Jonás oró en medio de su necesidad y oró con fe.

Una oración de fe siempre agrada a Dios

3. Una oración sincera de arrepentimiento (v. 7-9)

Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo. Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan. Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová

El tercer componente de una oración efectiva es una oración sincera de arrepentimiento. Jonás dice que en medio de la necesidad y la crisis, el oró al Señor y oró con fe, creyendo que Dios le iba a sacar de esa situación. ¿Cuál era la confianza de Jonás para creer que Dios le iba a librar? Su confianza estaba en el carácter de Dios, en su santidad, en su salvación y en el hecho de que Jonás se había arrepentido de su pecado y por tanto había restaurado su comunión con el Señor. Ya el pecado no era obstáculo entre Dios y el, y solucionado el problema del pecado, Dios podía ser propicio a la vida de Jonás. Cuando el alma de Jonás ya no podía más y desfallecía, Jonás se acordó del Señor y su oración fue oída y contestada. Podemos confiar en que Dios no permitirá que seamos probados más allá de lo que podamos soportar, aunque sea en medio de la disciplina del Señor. Hermanos, la disciplina del Señor es para corrección e instrucción, nunca para destrucción. Dios no quiere destruirte, sino que quiere corregirte, para que seas un creyente más santo, más fructífero, más maduro para la gloria de Dios.

Los que siguen vanidades ilusorias, su misericordia abandonan. Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí”

Jonás reconoce que los que siguen vanidades ilusorias abandonan la misericordia del Señor. ¿Que son esas vanidades ilusorias? La vanidad, la ilusión de pensar que mis caminos son mejores que los caminos de Dios. Hay muchos hermanos que piensan que pueden tomar mejores decisiones que Dios, que planean sus asuntos y no piden consejo, sino que oran en privado y tuercen las Escrituras y dicen “Yo sentí hacer esto de parte de Dios” o “El Señor puso esto en mi  corazón“. Otros oran pero solo para comunicarle a Dios lo que ya han decidido y solo piden que Dios bendiga sus planes, no para consultarle al Señor o pedirle su dirección. Muchos son impacientes y en vez de esperar que sea Dios quien responda o guie, ellos quieren solucionar el problema a su manera. Considera a un joven que quiere casarse, ora por una compañera idónea pero en vez de esperar en el Señor y enfocarse en servir y madurar, lo que hace es desesperarse y empezar a coquetear con una, con otra, fijándose en aspectos exteriores más que en el corazón. De pronto ve una hermana, ella le corresponde, él se emociona y en vez de orar al Señor, este hermano toma una decisión y solo ora para comunicar al Señor y pedirle su bendición sobre lo que el ya ha decidido. Luego, cuando las cosas no salen como esperaba, la burbuja de la ilusión se rompe y somos quebrantados.

Así hay muchos casos de hermanos que son llamados por el Señor, que son encaminados por Dios en determinado sentido, pero ellos por su afán de vivir ya lo que Dios les ha prometido, toman decisiones personales sin considerar la voluntad de Dios y viven una fantasía, una ilusión. Cuando esa ilusión se rompe, son quebrantados, disciplinados por Dios y nos entristecemos y deprimimos. Pero Jonás no se quedó allí, sino que él dice: “Si es cierto, yo perseguí la ilusión de pensar que podía escapar del llamado de Dios“; pero ahora yo “con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí”. Jonás, con un corazón arrepentido, con voz de alabanza (aunque el aún estaba en el vientre del pez y eso nos habla del corazón de la verdadera alabanza, la del corazón), él iba a cumplir lo que prometió: servir al Señor, obedecerle, amarle. Hermanos, este es el punto de quiebre en la vida del profeta Jonás, cuando el, quebrantado, disciplinado reconoce la majestad de Dios, su poder, su amor y se rinde ante El. Por fin, Jonás se deshace de sus planes personales y se pone a disposición del Señor, para que El haga lo que desee en su vida. Ya no más los planes de Jonás, sino los planes de Dios. Si, el aun tendría mucho que aprender; pero esta vez estaría encaminado hacia la voluntad de Dios.

 “La salvación es de Jehová” es como culmina su oración Jonás. Esta es la fuerte confianza de este hombre de Dios. Jonás estaba seguro de que saldría del vientre del pez porque Dios es bueno y porque la salvación proviene de Jehová. La salvación es de Dios, no de nosotros mismos. Nada podemos hacer nosotros para solucionar el problema del pecado que nos separa de Dios. Dios, en su gran amor ha provisto salvación por medio del sacrificio de su Único Hijo, Jesucristo. El murió en la cruz del Calvario para pagar la pena del pecado que era la muerte y para darnos libre acceso a la presencia de Dios y que podamos ser salvos en su nombre. El mismo Señor Jesucristo dijo: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar” (Mateo 12:39-41). Jonás fue un tipo de lo que luego Cristo haría por el bienestar de la humanidad. Jonás estuvo en el vientre del pez por desobediencia, el Hijo de Dios estuvo en el vientre de la tierra por obediencia a su Padre y así proveyó salvación para todo aquel que cree y confiesa el nombre de Jesús como Señor y Salvador.

Una oración de arrepentimiento siempre traerá cambios a nuestra vida

Conclusión

Este hermoso capítulo termina con la respuesta de Dios a la oración de Jonás: “Y mandó Jehová al pez, y vomitó a Jonás en tierra” (v. 10). El profeta Jonás fue liberado y pudo cumplir su deseo de volver a adorar en el templo de Dios, y tener una segunda oportunidad de cumplir el llamado de Dios, que era predicar a la nación pagana de Nínive. Hermanos, tenemos un Dios que va a cumplir sus propósitos a pesar de nuestro pecado, nuestra debilidad y desobediencia. El hombre no puede resistir la voluntad de Dios, sino que el Señor es soberano y Él va a cumplir su propósito en ti y en mí. Si somos obedientes, Él se va a glorificar. Si somos desobedientes y queremos hacer nuestra propia voluntad, siguiendo vanidades e ilusiones, el Señor nos va a disciplinar, vamos a llorar, vamos a quebrarnos, vamos a ir al desierto solitario de la desobediencia; pero estando allí Dios va a hablar a nuestros corazones y vamos a clamar. Si realmente conocemos a Dios, en medio de la crisis, vamos a clamar a Dios y clamar con desesperación, clamar con fe y clamar con un sincero arrepentimiento. El Señor va a oír nuestra oración, nos va a restaurar, vamos a tener nuevamente comunión con El y empezaremos a caminar nuevamente en el sendero de la perfecta, buena y agradable voluntad de Dios.

Que el Señor nos ayude a orar efectivamente, a orar intencionalmente y a orar con propósito. Quiero compartir con ustedes la bendición del pueblo de Dios: “Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz” (Números 6:24-26). Quiero que oremos un momento al Señor y pongamos nuestras cargas delante del Señor nuestro Dios.

Amén