“El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal” (Romanos 12:9-21)

En esta oportunidad vamos a estudiar uno de los elementos importantes del carácter cristiano: la comunión entre los hermanos en la fe. Los creyentes hemos sido salvados del pecado y la condenación y hemos sido salvados para vivir unidos a Cristo Jesús en una unión poderosa y vital, como nos lo enseña el capítulo 15 del evangelio de Juan. Asimismo, hemos sido salvados para estar unidos todos como partes constitutivas del mismo cuerpo. La Biblia dice que los creyentes, la iglesia del Señor somos parte del cuerpo de Cristo: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:27). En ese sentido, el creyente no puede vivir su vida aparte de sus hermanos en la fe, sino en comunión unos con otros, amando a Dios por medio de amar a los hermanos, sirviendo a Dios por medio de servir a los hermanos con los dones que el Señor nos ha dado y caminando el camino de la fe al lado de nuestros hermanos y hermanas en todas partes del mundo. Esta es la voluntad del Señor y una de las mayores muestras que hemos nacido de nuevo: el amor que tenemos para con los hermanos.

En el pasaje que vamos a estudiar el día de hoy, vamos a ver que una de las principales consecuencias de una mente renovada es que el creyente puede relacionarse de una manera piadosa no solamente con Dios sino con sus hermanos en la fe, con todas las personas en general y aún con quienes se oponen y son enemigos. Un creyente que está madurando espiritualmente es un creyente que ama activamente y comparte con sus hermanos. Prefiere ser de bendición con todos y se identifica con los que le rodean. Por último, es un activo hacedor del bien con todos, haciendo bien aun a los enemigos, encomendándose en las manos de Dios y dejando que el Señor mismo haga justicia. En general, un creyente vive en la gracia de Dios y da gracia a quienes le rodean. Para ello pues, leamos el libro de Romanos, capítulo 12, versos 9 al 21.

El compañerismo entre los creyentes es la voluntad de Dios

1. Amando activamente y compartiendo con los hermanos (v. 9-13)

El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra,  prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad

Muchas personas esperan ser amadas, apreciadas y estimadas por los demás pero pocas personas se empeñan en ser personas amables, es decir fácil de ser amadas por otros. El Señor Jesucristo enseñó que: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mateo 7:12), enfatizando con ello la importancia de ser hacedores activos del bien, personas que amen activa y constantemente a sus hermanos, no solo en palabras sino en verdad. El primer paso para poder tener una buena vida de comunión con mis hermanos en la fe y en general con cualquier persona es ser un creyente que ame a los demás con el amor de Dios, compartiendo y bendiciendo a los demás.

Amando a los hermanos

El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra,  prefiriéndoos los unos a los otros”

 La LBLA traduce esta parte de la siguiente manera: “El amor sea sin hipocresía, aborreciendo lo malo, aplicándoos a lo bueno. Sed afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, daos preferencia unos a otros”. Esta sección es sumamente interesante porque presenta 2 acciones que nos ayudarán a amar a los hermanos y también porque presenta 3 de las 4 palabras que usaban los griegos para los diferentes tipos de amor. Las 2 acciones que debemos poner en práctica son:

1. El amor (gr. agápē) que profesamos sea sin hipocresía, sin doblez, sino sincero, real, veraz. Eso quiere decir que si no tengo nada bueno que decir o hacer con respecto a un hermano, mejor no digo nada o hago nada porque no hay nada peor que decir lo bueno de una persona pero a sus espaldas hablar mal de esa misma persona. Para poder tener un amor sincero sin hipocresía, Pablo nos enseña que:

  • Debemos aborrecer lo malo. Así como debemos tener una postura firme y honesta para con nuestros hermanos, asimismo debemos tener una postura firme y honesta contra el pecado. No podemos ser hipócritas con los hermanos, no debemos tener una doble vida o coquetear con el pecado.
  • Debemos seguir lo bueno. La palabra griega traducida por “seguir” o “aplicar” en la LBLA da la idea de estar pegado con pegamento a algo, o de caminar junto a algo. No solo debemos alejarnos del pecado, sino debemos correr hacia lo bueno y lo santo. No sólo se trata de desechar prácticas mundanas y pecadoras, sino de establecer nuevas prácticas y hábitos santos y piadosos que los reemplacen.

2. El amor dado a nuestros hermanos debe ser comprometido y amigable. La RV1960 nos dice que debemos amarnos los unos a los otros con amor fraternal. La LBLA dice que seamos afectuosos unos con otros con amor fraternal. Se nos dice que los unos a los otros debemos amarnos afectuosamente (gr. philadelphía) y se añade una característica más: con amor fraternal (gr. philóstorgos). En el idioma griego existían principalmente 4 tipos de amor: eros, el amor romántico y apasionado; agape, el amor incondicional y sacrificado; filos, el amor de hermanos, de compañeros, el amor de la amistad; y por último, storge, el amor comprometido, maduro, leal. En esta sección Pablo nos dice que debemos amarnos los unos a los otros con ese amor de compañerismo, de amistad, pero también de compromiso, lealtad.

Pablo usa 3 de las 4 palabras para describir el amor y las aplica a las relaciones entre hermanos en la fe. Adicionalmente, nos dice que este amor debe expresarse también cuando damos honra y preferencia a los demás, es decir cuando ponemos las necesidades de los otros por encima y delante de nuestras propias necesidades. ¡Eso es realmente amor en práctica y un duro golpe a nuestra carne egoísta! Sólo imagina como serían las iglesias si aplicáramos este triple panorama del amor a nuestras relaciones con los hermanos y con quienes nos rodean.

Una vida fervorosa en el Señor

“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración”

 Es curioso que estando el apóstol Pablo hablando de las buenas relaciones entre los hermanos en la fe y del compartir para las necesidades de los demás, de pronto pase al tema del cuidado de nuestra propia alma, al fervor que debemos tener en nuestra propia vida espiritual y a la esperanza y vida de oración que como creyentes debemos tener. Y es que no podremos tener una buena vida de comunión con los demás hermanos ni una vida de generosidad si no tengo una vida sana de comunión con el Señor en primer lugar. De la salud de mi vida espiritual se desprende el poder de la vida del creyente para con sus hermanos y semejantes. En ese sentido, el apóstol Pablo nos da 5 pasos que debemos adoptar para asegurarnos una vida espiritual saludable y por ende una buena vida de relaciones con quienes me rodean:

  1. Ser diligente y no perezoso en lo que requiere serlo. Seguramente hay cosas en la vida en la que podemos ser calmados y pasivos o tomarnos un descanso; pero en la vida espiritual no podemos ser perezosos. Debemos ser activos y diligentes en el cuidado de nuestra vida espiritual. Se nos anima a ser diligentes y no perezosos en nuestro caminar espiritual: “Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas” (Hebreos 6:10-12)
  1. Tener una vida fervorosa y de servicio al Señor. La palabra fervientes en el Espíritu es aplicada a Apolos por Lucas: “Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan” (Hechos 18:24-25). El fervor espiritual siempre va a llevar al servicio espiritual. El mismo apóstol Pablo era ejemplo de un siervo de Dios fervoroso, apasionado, diligente, esforzado, cuyo espíritu ardía por servir y hacer conocido al Señor en este mundo: “Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían” (Hechos 17:16-17)
  1. Tener gozo en la esperanza que Cristo nos da. La esperanza es la expectación que tenemos de lo que viene más adelante. Es compañera de la fe y nos ayuda a soportar los tiempos malos mirando con los ojos de la fe lo que Dios puede y va a hacer más adelante.
  1. Ser sufrido en la tribulación. La LBLA traduce “perseverando en el sufrimiento“. La palabra griega traducida por “perseverar” o “sufrido” es hypoménō el cual muchas veces es traducido también como “paciencia“. Debemos ser pacientes, tener largura de ánimo, no desmayar, sino perseverar y permanecer aún en medio del sufrimiento y la tribulación porque la prueba de nuestra fe produce paciencia y la paciencia nos lleva a la madurez: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2-4)
  1. Tener una vida constante de oración. En la Biblia encontramos abundantes referencias al hecho de que debemos orar constantemente y sin cesar. El mismo Pablo exhortaba a los colosenses: “Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar” (Colosenses 4:2-4). Es la oración que nos guarda de ceder a la tentación y al vivir en la carne.

Estos pasos nos ayudarán a vivir una vida espiritual sana y fervorosa, lo que se traducirá en una vida de comunión y armonía con nuestros demás hermanos.

Compartiendo con los hermanos

“compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad

Por último, una de las características de una vida en comunión con nuestros hermanos es la de compartir para las necesidades de aquellos que están pasando necesidad de algún tipo y la hospitalidad para recibir a nuestros hermanos y compartir con ellos. En medio de un mundo individualista, donde cada uno mira por lo suyo propio y nos rehusamos a compartir, a menos que sea con quienes amamos solamente, este mandato bíblico suena tal vez controversial; pero era la vivencia de la iglesia primitiva: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:42-47). Así pues, tiene sentido cuando el apóstol Pablo manda a los creyentes a participar, comunicar, tener comunión con sus hermanos que padecen necesidad y proveer para ellos, ayudarles, socorrerles, como muestra del amor de Dios: “Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios. Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios” (2 Corintios 9:10-12). Asimismo, la Palabra de Dios nos exhorta a mostrar hospitalidad: “Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:1-2)

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Uno de los primeros pasos para tener una vida de comunión con nuestros hermanos es una vida de amor activo y de compartir generosamente, las cuales brotan de una vida de sana y ferviente comunión con el Señor. El amor por el Señor se traduce en amor por los hermanos, un amor comprometido, leal, desinteresado, de compañerismo.

El creyente debe amar activa y generosamente a los demás

2. Bendiciendo y siendo empáticos con todos (v. 14-17)

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres

El segundo paso para poder tener una buena vida de comunión con los hermanos es ser personas que tengan un estilo de vida de bendecir a los demás y de ser empáticos con las necesidades de los demás. No sólo se trata de ayudar a los que tienen necesidad porque eso, si se hace sin amor ni la actitud apropiada no sirve de nada, como bien nos enseñó el apóstol Pablo: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3). La idea es poder identificarnos con los que sufren, con los que lloran, con los que padecen necesidad y también con los que están pasando un buen momento. El punto de esto es tener una vida que mire más allá de nuestras propias necesidades y pueda mirar más allá, hacia las personas a las que Dios ama y por las que entregó también a su Hijo Jesucristo.

Caminando en bendición

Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis

Esta enseñanza revolucionaria y contra cultural ya había sido enunciada antes por nuestro Señor Jesucristo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:38-48). La enseñanza es clara: debemos ser personas que están dispuestas a bendecir a todos en todas las formas posibles, aunque no se lo merezcan. ¿Por qué? Porque el creyente es hijo de Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, quien es generoso y bueno aun con el malo e ingrato. El creyente no debe maldecir a los hombres, porque están hechos a imagen de Dios: “Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?  Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce” (Santiago 3:9-12)

Caminando en empatía

Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran

La Palabra del Señor nos manda a ser empáticos con las personas que nos rodean; y ello demanda de nosotros cercanía, interés, humildad, amor, preocupación y un deseo sincero por el bienestar de nuestros hermanos en la fe. Gozarnos con quienes se están gozando, llorar con quienes están llorando es una labor que implica que nuestro corazón deje de ser egoísta y deje de mirar nuestras propias necesidades y problemas para mirar a las otras personas y acercarnos a ellas en actitud de amistad y leal compañerismo. Pablo tenía esto muy claro: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:3-4). Esto es completamente posible y deseable en los creyentes porque somos partes del cuerpo de Cristo: “para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan. Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:25-27)

Caminando en humildad

Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión

La LBLA traduce esta frase de la siguiente manera: “Tened el mismo sentir unos con otros; no seáis altivos en vuestro pensar, sino condescendiendo con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión“. La palabra traducida por “mismo sentir” o “vuestro pensar” en la LBLA y “unánimes” en la RV1960 es el vocablo griego phronéō que nos da la idea de una actitud, un modo de pensar, una disposición del pensamiento y de la voluntad, la que debe estar orientada al vivir en armonía con los demás: “Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros” (2 Corintios 13:11). El pasaje por excelencia para poder entender el mandato bíblico a tener un mismo sentir, humilde y dependiente de Dios lo encontramos en la declaración de Pablo en el capítulo 2 del libro de Filipenses: “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:1-8). El “sentir” que debe haber en los creyentes es el mismo “sentir” que hubo en Cristo Jesús, la disposición de depender de Dios humildemente para obedecerle hasta la muerte.

Procurando lo bueno delante de todos

No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres

Una vida de bendición, de humildad, de dependencia de Dios, empática, no egoísta sino más bien centrada en las necesidades de los demás es una vida que no paga con mal el mal recibido, sino que vive una vida de testimonio delante de todos los hombres: un testimonio de una vida íntegra, solícita en ayudar a los demás, tal como lo enseñó el Señor Jesucristo: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16). Como parte del pueblo de Dios, los creyentes debemos estar ocupados en buenas obras que sean de testimonio al mundo incrédulo: “Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres” (Tito 3:8)

¿Qué es lo que vemos hasta entonces?

Parte de ser un creyente que ama activamente a los demás es estar interesado activamente en los demás, en su bendición más que en nuestras propias necesidades; aun de las personas que nos hacen daño o que consideramos que no merecen nuestro amor o atención. Un creyente debe ser un agente de bendición para todas las personas, aún más para sus hermanos, porque somos parte del pueblo de Dios. Se espera de los creyentes que vivamos en armonía, en humildad, en una misma disposición y actitud del corazón, con el deseo de apoyarnos y edificarnos mutuamente.

El creyente debe ser empático y sensible a las necesidades de los demás

3. Haciendo el bien a los que se oponen (v. 18-21)

Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal

El tercer paso para poder tener una buena vida de comunión con los hermanos es ser personas que hacen el bien no solo a sus hermanos en la fe, sino también a quienes se oponen  y hacen daño. Es una verdad que muchas veces en medio de la iglesia padecemos conflictos, malos entendidos, problemas, producto de nuestra propia inmadurez espiritual y de cómo reaccionamos en la carne ante estos inconvenientes. Pero la Escritura no nos llama a responder en venganza, o enemistad o resentimiento, sino por el contrario y a semejanza del Hijo de Dios, el creyente debe responder dejando el conflicto en las manos de Dios, procurando ser un pacificador y restaurador de las relaciones, de tal forma que no seamos vencidos por el mal, sino que nosotros venzamos el mal con el bien, con un corazón perdonador y restaurador.

Encomendándonos en las manos de Dios

Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor

La Escritura manda que los creyentes debemos ser pacificadores: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9); porque Dios ama a los que procuran la paz: “Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala. Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal” (1 Pedro 3:10-12). Nuestra actitud jamás debe ser la de vengarnos del mal recibido, sino que debemos procurar el perdón y la paz. Existen 2 motivos poderosos que justifican esto:

  1. Debemos seguir el ejemplo del Señor Jesucristo, quien jamás tomó la venganza en sus manos, sino que se encomendó a su Padre Celestial: “Criados, estad sujetos con todo respeto a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Más si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios.  Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1 Pedro 2:18-23)
  1. Debemos entender que el juicio es algo reservado solo para Dios, no para nosotros: El apóstol Pablo dice que no nos venguemos nosotros mismos, sino que dejemos que la ira del Señor se desarrolle normalmente, porque es Dios quien juzga y quien en última instancia dará a cada uno lo que se merezca. Para ello, Pablo cita un verso del Antiguo Testamento: “Mía es la venganza y la retribución; a su tiempo su pie resbalará, porque el día de su aflicción está cercano, y lo que les está preparado se apresura” (Deuteronomio 32:35)

El ejecutar juicio es algo que está reservado a Dios, no al creyente. El creyente debe juzgar, pero en el sentido de discernir, examinar, con el objeto de aprobar lo bueno y desechar lo malo; pero no en el sentido de declarar o emitir juicio condenatorio sobre una persona, cosa o situación. Esa prerrogativa no nos corresponde, pues es el Señor el Juez justo de toda la tierra. Por nuestro lado, debemos ser pacificadores, procurando el bien y encomendándonos en las manos del Señor cuando sufrimos alguna injusticia.

Avergonzando a los enemigos

Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza

La conclusión entonces de todo lo antes mencionado por el apóstol Pablo es que, dado que hemos sido llamados a ser pacificadores, debemos demostrarlo no solo haciendo el bien a los que nos retribuyen de la misma manera, sino en especial a aquellos que se oponen, nos persiguen, nos maldicen y son nuestros enemigos. Pablo cita un pasaje del libro de Proverbios, el libro de la sabiduría para tal efecto: “Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas amontonarás sobre su cabeza, y Jehová te lo pagará” (Proverbios 25:21-22). Esto sería luego tomado por el Señor Jesucristo y enseñado como parte del Sermón del Monte, el manifiesto del Rey y enseñado como parte del carácter que Dios espera de los hijos del reino. La venganza es de Dios; pero aun así Dios es bueno y hace salir su sol sobre justos e injustos y bendice aun al malo e incrédulo como parte de su gracia común dada a todos los hombres. El creyente debe seguir las pisadas de su Padre Celestial y hacer bien no solo a quienes son buenos, sino también a los malos y enemigos. Sería bueno recordar una vez más las palabras del Señor Jesús a este respecto: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:44-48)

Un activo hacedor del bien

No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal

Pablo cierra esta enseñanza con un principio general, aplicable a todos los creyentes de todos los tiempos en la era de la Iglesia: No seas vencido por lo malo, sino vence con el bien el mal. No solo se trata de la respuesta que demos a quienes no nos tratan bien, sino que se trata de cuál es la respuesta en general de nuestro corazón a este mundo incrédulo y perverso: ¿viviremos en egoísmo e individualismo, haciendo y preocupándonos solo en nuestros intereses, dejando de lado a nuestros hermanos en la fe? ¿Nos dejaremos arrastrar por lo malo, por el espíritu vengativo y rencoroso de este mundo? ¿Seremos más bien personas pleitistas, conflictivas, rencillosas? El Señor nos dice en su Palabra que no dejemos que lo malo nos venza, sino que venzamos el mal de este mundo con el bien de su Palabra, con el bien que produce el poder del Espíritu Santo en nuestro interior, con el bien que nos demuestra el Señor en su carácter. Seamos hijos de nuestro Padre Celestial, santo, perfecto y bueno.

No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal

Conclusiones

Dice la Palabra de Dios: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Salmos 133:1). Esta verdad es posible cuando vivimos en armoniosa relación con nuestros hermanos, cuando somos personas que aman activamente, interesados por los demás, compartiendo las bendiciones que recibimos con nuestros hermanos en la fe, y cuando somos de bendición aun con quienes se oponen y son nuestros enemigos. No hay mejor forma de impactar a este mundo que ser reflejos del amor de Dios y amarnos los unos a los otros. Fue lo que el Señor Jesús dijo a sus discípulos: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:34-35).

Que verdad más poderosa y que relevante en estas épocas egoístas y solitarias. Que el Señor nos ayude a mirar más allá de nuestros problemas y nos enseñe a mirar los problemas de los demás, mirando con ojos de compasión, misericordia y perdón.  Que el mundo nos conozca por ser un pueblo amoroso, bueno, lleno de buenas obras como nuestros hermanos de la primera iglesia entendieron bien: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente” (Hechos 5:12-13)

Amén!