Los 3 desafíos de un padre

El encuentro del Señor Jesús con el padre de un niño endemoniado sirvió para revelar la incredulidad de la naturaleza humana presente en todos los espectadores de este suceso: los escribas, el mismo padre, sus propios discípulos. Ante esta realidad, brilla la poca fe que tenía el padre para llevar a su hijo al Señor quien lo sana dando muestra del poder de Dios y su fidelidad que permanecen ante la depravación de la naturaleza humana. Aun así, el creyente puede contrarrestar esta inclinación a la incredulidad a través de la constancia en la oración y en el fortalecimiento de la fe. A su vez, también podemos ver esta situación narrada en los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas desde la perspectiva del padre del niño endemoniado, tratar de entender su frustración, su incredulidad y como dejo eso a un lado para dar lugar al Señor y a su poder.

Esta historia nos enseña 3 desafíos que enfrenta todo padre de familia y que son luchas reales que debemos enfrentar todos los días de nuestra vida: la lucha contra la frustración, la lucha contra la incredulidad y la lucha por dejar que sea el Señor el centro y foco de atención en nuestra vida. Asimismo, hay una realidad que trasciende esta situación y apunta al Padre de todos, nuestro Dios, quien a diferencia de los hombres es soberano y hace todo conforme a su voluntad y propósitos, es perfecto y nos ama pues ha entregado a su Hijo perfecto para que un padre pueda tener a su hijo sano de vuelta y para volver el corazón de los padres hacia los hijos por medio de la salvación que es por la fe en su sangre. Para entender mejor esto, leamos por favor el evangelio de Marcos, capítulo 9, versos del 14 al 29.

Cuando volvieron a los discípulos, vieron una gran multitud que les rodeaba, y a unos escribas que discutían con ellos. Enseguida, cuando toda la multitud vio a Jesús, quedó sorprendida, y corriendo hacia Él, le saludaban. Y Él les preguntó: ¿Qué discutís con ellos? Y uno de la multitud le respondió: Maestro, te traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo, y siempre que se apodera de él, lo derriba, y echa espumarajos, cruje los dientes y se va consumiendo. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron. Respondiéndoles Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? ¡Traédmelo! Y se lo trajeron. Y cuando el espíritu vio a Jesús, al instante sacudió con violencia al muchacho, y éste, cayendo a tierra, se revolcaba echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él respondió: Desde su niñez. Y muchas veces lo ha echado en el fuego y también en el agua para destruirlo. Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: “¿Cómo si tú puedes?” Todas las cosas son posibles para el que cree. Al instante el padre del muchacho gritó y dijo: Creo; ayúdame en mi incredulidad. Cuando Jesús vio que se agolpaba una multitud, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te ordeno: Sal de él y no vuelvas a entrar en él. Y después de gritar y de sacudirlo con terribles convulsiones, salió: y el muchacho quedó como muerto, tanto, que la mayoría de ellos decían: ¡Está muerto! Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó, y él se puso en pie. Cuando entró Jesús en la casa, sus discípulos le preguntaban en privado: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Y Él les dijo: Esta clase con nada puede salir, sino con oración

Las batallas que todo padre debe luchar

1. El desafío de la frustración (v. 14-18)

Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos. Y en seguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron.  Él les preguntó: ¿Qué disputáis con ellos? Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu mudo, el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron

Ser padre no es fácil hermanos, normalmente las personas reciben poca o nula instrucción sobre cómo ser padres; aunque en la Palabra de Dios si tenemos los principios divinos para la paternidad y es responsabilidad de la iglesia del Señor predicar el evangelio y estos principios, así como de los padres creyentes el de buscar en la Palabra de Dios la sabiduría del Señor para ser buenos padres. Aun así, en el día a día solemos enfrentarnos con diferentes luchas en nuestro camino de ser padres. Una de estas luchas es contra la frustración, es decir, la sensación que se produce cuando las cosas no nos salen como queremos. Para ello vamos a examinar el incidente del encuentro de Jesús con el padre del niño endemoniado. Como ya hemos mencionado, este incidente es narrado en 3 de los 4 evangelios y cada uno de ellos nos narra algunos detalles adicionales, los cuales nos ayudaran a entender mejor lo que estaba sucediendo.

Miremos por favor lo que dice en el relato paralelo de Mateo: “Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar” (Mateo 17:14-16). La LBLA traduce esto de la siguiente forma: “Cuando llegaron a la multitud, se le acercó un hombre, que arrodillándose delante de Él, dijo: Señor, ten misericordia de mi hijo, porque es epiléptico y sufre terriblemente, porque muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Y lo traje a tus discípulos y ellos no pudieron curarlo“.

Ahora miremos por favor el relato paralelo de Lucas: “Al día siguiente, cuando descendieron del monte, una gran multitud les salió al encuentro. Y he aquí, un hombre de la multitud clamó diciendo: Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que tengo; y sucede que un espíritu le toma, y de repente da voces, y le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y estropeándole, a duras penas se aparta de él. Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera, y no pudieron” (Lucas 9:37-40). La LBLA traduce estos versos de la siguiente forma: “Y aconteció que al día siguiente, cuando bajaron del monte, una gran multitud le salió al encuentro. Y he aquí, un hombre de la multitud gritó, diciendo: Maestro, te suplico que veas a mi hijo, pues es el único que tengo, y sucede que un espíritu se apodera de él, y de repente da gritos, y el espíritu le hace caer con convulsiones, echando espumarajos; y magullándole, a duras penas se aparta de él. Entonces rogué a tus discípulos que lo echaran fuera, y no pudieron“.

¿Que vemos entonces? Vemos que Jesús y sus tres discípulos más cercanos pasaron toda la noche en el monte de la transfiguración, y al día siguiente cuando bajaron encontraron un alboroto y una gran multitud entre la que se encontraban los discípulos restantes, algunos escribas y mucha gente del pueblo quienes discutían entre sí. Al llegar Jesús y la gente darse cuenta de ello, salieron a recibirle y saludarle y el Señor preguntó ¿Que está pasando? ¿Qué cosa discuten? Y antes de que la multitud respondiese: un hombre salió de entre la multitud alzando la voz, gritando y llorando (eso es lo que significa la palabra griega en el original), arrodillándose ante el Señor y diciéndole: “Señor, maestro ten misericordia de mi hijo, te lo he traído para que lo veas, es el único que tengo y es lunático (epiléptico), tiene un espíritu mudo y cada vez que ese espíritu se apodera de él, da gritos, lo derriba al suelo convulsionando, echando espuma por la boca, crujiendo los dientes y lo deja seco, tieso y golpeándole a duras penas se aparta de él“. El caso aparentemente describe los síntomas de la epilepsia y aunque la epilepsia es una enfermedad que tiene una causa clínica, aquí la escritura describe un origen más siniestro: una posesión demoníaca que se expresaba en la forma de una epilepsia muy agresiva, la cual iba consumiendo al muchacho. Este padre de familia, desesperado por no saber qué hacer había tomado una buena decisión: llevar a su hijo hacia la presencia de Jesús pero no sabía que no iba a encontrar a Jesús, sino que el Señor había ido al monte de la transfiguración y ese padre se encontró con 9 de los discípulos del Señor y les rogo que lo echaran fuera, que lo expulsarán pero no pudieron hacerlo. Quiero que por un momento imagines y trates de sentir la frustración de este padre, traer a su único hijo, quien está padeciendo terriblemente y ni él ni la ciencia de esos tiempos podían hacer nada, sino que acude al Señor, de quien se había dado testimonio ya que echaba fuera demonios y sanaba a todos los que acudían a Él. Sin embargo, cuando llega, no lo encuentra, sino que encuentra a sus discípulos y ellos no lo puedan curar. ¡Cuánta frustración! ¡Cuánto dolor! El padre pudo haberse ido pero no lo hizo, espero a que el Señor bajara, espero toda una noche entera con su hijo allí, todo magullado, herido, con el temor de que en cualquier momento el demonio lo podía tocar de nuevo y hacerle aún más daño. Esa es la lucha contra la frustración y muchos hombres no soportan esta lucha sino que huyen y dejan a sus esposas abandonadas, sus hijos sin resguardo y prefieren no soportar la batalla y esperar pacientemente, sino que huyen cuando sienten la presión de la vida y las circunstancias. Este hombre tomo una buena decisión al llevar a su hijo a Jesús, y al no encontrarlo y ver que su supuesta solución se le escapaba de las manos, tomó otra mejor decisión: esperar pacientemente al Señor, sin desesperarse y sin huir de la situación, sino enfrentar la crisis. Una de las características que un padre debe modelar en su carácter es la capacidad de soportar la presión, la frustración, la crisis sin huir, sino soportar porque en su fortaleza su esposa e hijos pueden refugiarse. Su testimonio de fuerza y aguante dan gloria a Dios porque es un hombre que espera en el Señor sin escapar y sin abandonar sus responsabilidades y su llamado. Este hombre debía proteger a su hijo y lo hizo hasta el final. No se sabe nada de la madre, pero lo que vemos es que el padre fue el encargado de llevar a su hijo y procurar su restauración. Que diferente ahora cuando vemos en los hospitales, en los colegios, en todo lugar donde es necesario que el padre se involucre en la vida de sus hijos, no vemos hombres mayormente sino que vemos a mujeres. ¿Dónde están los varones? Pues han abdicado a sus responsabilidades y con ello han dejado a sus esposas e hijos sin el amparo de su fuerza.

La batalla contra la frustración

2. El desafío de la incredulidad (v. 19-24)

Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo. Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño. Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad

Pero ahora vemos que la situación cambia: el Señor Jesús ha aparecido y con él las esperanzas de que su hijo pueda recobrar la salud. Este padre, desesperado, se ha humillado delante del Señor, ha clamado su ayuda y la Biblia siempre registra que todo aquel que clama al Señor siempre recibe respuesta. La única persona que clamó al Señor de corazón y Dios no lo escuchó fue Jesucristo, quien fue hecho pecado por cada uno de nosotros y cargó en sí mismo todo el castigo por el pecado de la humanidad. El Señor ha aparecido y al oír el caso y ver la situación: ver a los escribas discutiendo, a los discípulos impotentes de echar el demonio y a un padre desesperado, clama: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de soportar su incredulidad? porque todos estaban discutiendo y preocupados en cualquier cosa menos en lo que verdaderamente importaba: la salvación de ese niño y nadie podía hacer nada porque todos tenían un corazón incrédulo, aún el padre mismo.

Sin embargo, Jesús si muestra el deseo de sanar a este niño y le pide que se lo traigan. Y cuando el espíritu vio a Jesús (se confirma que no era una enfermedad solamente sino una posesión demoníaca) al instante inició un episodio de epilepsia: sacudió con violencia al muchacho y cayendo a tierra se revolcaba echando espuma por la boca y convulsionaba. Este pasaje no es narrado en los pasajes paralelos de Mateo y Lucas, pero Marcos nos da bastantes detalles. Por ejemplo, vemos que cuando el niño empieza a ser maltratado por el demonio, Jesús pregunta al padre desde cuando le sucedían estas cosas a lo que el padre contesta que desde su niñez su hijo sufría estos ataques. Por referencias posteriores sabemos que en estos momentos el niño ya tendría unos 10 a 11 años (es llamado muchacho en los versos posteriores) así que calculamos que durante varios años este niño ha sufrido los ataques del demonio. El padre también refiere que el demonio en sus ataques ha lanzado al niño al fuego y al agua con el fin de destruirlo. Hermanos, ¿pueden imaginarse el aspecto de ese niño, luego de años de ataques, de quemaduras con fuego y golpes? ¿Puedes imaginar el dolor del padre al ver cada año a su hijo sufrir y no saber cuándo va a terminar muerto por causa de este demonio que lo tenía esclavizado? Sucede que con los años, uno se va acostumbrando a la desgracia y aprende a vivir con la enfermedad como si fuera una compañera. Pregúntale a un enfermo que ha convivido muchos años con una enfermedad y vas a ver desazón, rutina y una terrible adaptación a esa situación. Muchas personas llegan a acostumbrarse a su situación y abrazar la resignación. Gracias a Dios que este padre no tomó tal resignación, sino que llevó a su hijo al Único que podía sanarlo. Sin embargo, mira lo que dice el padre: “Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos“. Nuestro Señor le responde claramente: Si puedes creer al que cree todo le es posible. La LBLA traduce mejor esta porción y dice “Jesús le dijo: ¿Como si tú puedes? Todas las cosas son posibles para el que cree“. Este es el principio fundamental de la vida cristiana: la fe. Esto no significa lo que muchos malos maestros enseñan: que tú puedes hacer lo que sea con la fe y que puedes “obligar” a Dios a hacer lo que tú quieres si tienes la suficiente fe. Eso no es lo que este texto está diciendo. La palabra “todo” no significa necesariamente algo absoluto. Si yo te digo: “estoy muy cansado, he trabajado todo el día“. ¿Eso significa que trabaje las 24 horas del día? Por supuesto que no! Es un decir, una forma de decir que significa que trabaje la mayor parte del día. Lo que Jesús le está enseñando a este padre es que el que cree puede lograr todo, pero ese “todo” está supeditado a la voluntad y los propósitos de Dios. Entonces no son todas las cosas sino todas las cosas que a Dios agradan y que El permite.

Ante esta verdad y este desafío que el Señor le plantea, dice la Escritura que el padre del muchacho gritó y dijo: Creo, ayúdame en mi incredulidad. La palabra en griego que se traduce “gritó” quiere decir literalmente: “llorar con un chillido“. El padre fue desnudado ante los ojos del Señor. Creía, pero su fe era débil. Creía, pero dudaba y las sombras de la duda y el temor nublaban esa chispa de fe que tenía. Sin embargo, en medio de sus dudas, de su temor, de su incredulidad, él toma otra buena decisión: no se calla, sino que clama al Señor reconociendo su necesidad: “Creo, ayuda mi incredulidad”. Él está diciendo: Señor, creo, pero tengo dudas y necesito tu ayuda. Por mi mismo no tengo la suficiente fuerza para creer como sé que debo creer. Ayúdame. Les he mencionado hace unos momentos antes que en la Biblia, no hay ningún caso en que un hombre o mujer clamaran de corazón a Dios y que Dios no les haya respondido, a excepción del Señor Jesucristo, quien cargo con la ira de Dios por nuestro pecado. El salmista David dice: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmos 34:4) y el verso 6 dice: “Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias“. Este hombre acudió a Jesús, venció la batalla contra la frustración y ahora clama a Jesús y vence la batalla de la incredulidad: ¿cómo? Reconociendo la necesidad y buscando el rostro de Dios. Muchos me dicen: “hermano no puedo buscar a Dios porque estoy en pecado”. Yo digo: “Justo por eso debes buscar a Dios porque no encontraras poder para vencer al pecado en ningún otro lugar“. Muchos esperan estar bien para buscar a Dios, pero no hermanos, en tu necesidad debes clamar a Dios, porque no encontraras solución en otro lugar que no sea en la presencia de Dios. Mira lo que la Biblia dice: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:66-7). También se dice: “Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel. En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados” (Salmos 22: 3-5). Todo aquel que clama al Señor siempre encontrará respuesta.

La batalla contra la incredulidad

3. El desafío de la primacía (v. 25-29)

Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu mudo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él. Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió; y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó. Cuando él entró en casa, sus discípulos le preguntaron aparte: ¿Por qué nosotros no pudimos echarle fuera? Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno

En esta última sección vamos a ver la tercera lucha de un padre: la lucha por ceder al Señor el primer lugar en nuestras vidas, prioridades y actividades. El varón suele caracterizarse por ser pragmático, por buscar soluciones antes que orar. Es más fácil para el varón actuar en su carne y no confiar en el Señor, depender de Él y buscarle. En esta historia ocurre algo sumamente interesante: el padre casi desaparece de la escena, tomando un segundo lugar y dejando la primacía y la preeminencia al Señor Jesús, quien sana a su hijo y da una enseñanza a sus discípulos.

Veamos el pasaje paralelo de Mateo: “Y Jesús lo reprendió y el demonio salió de él, y el muchacho quedó curado desde aquel momento. Entonces los discípulos, llegándose a Jesús en privado, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? Y Él les dijo: Por vuestra poca fe; porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Pásate de aquí allá”, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:18-21). Muchos de ustedes se habrán dado cuenta de que el verso 21 lo he omitido y no lo he leído. Según los manuscritos más confiables descubiertos recientemente, es decir, después de la elaboración de la Reina Valera 1960, encontramos que el versículo 21 no existe. Lo que sucede es que los escribas al copiar los sucesivos manuscritos tendían a armonizar Mateo desde Marcos, tomándolo como base, y todo indica según estudios exhaustivos, que ese verso lo tomaron de Marcos y añadieron la frase “y ayuno“, frase que tampoco se encuentra en los manuscritos más confiables de Marcos; es decir Marcos 9:29 termina diciendo: “Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración“.

El pasaje paralelo de Lucas menciona: “Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó y le sacudió con violencia; pero Jesús reprendió al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y se lo devolvió a su padre. Y todos se admiraban de la grandeza de Dios” (Lucas 9:42-43). Lucas no menciona nada acerca de la conversación privada entre Jesús y sus discípulos, sino que realza la grandeza y el poder de Dios.

¿Qué es lo que sucede entonces? Vemos que el Señor Jesucristo se hace cargo de la situación, reprende al demonio, este sale en medio de convulsiones del muchacho y le deja libre y sano desde aquel momento. ¡Por fin! ¡Por fin después de muchos años de golpes, dolores, quemaduras, de noches sin poder dormir, de angustia, de dolor, después de mucho tiempo Dios ha obrado, en medio de una situación que parecía desesperada, Dios se acercó y sanó aquel muchacho y restauró una familia! Gracias a Dios hermanos, porque aunque este padre tenía dudas en su corazón y era incrédulo en parte, se acercó al Padre perfecto y eterno, quien envió a su Hijo único y amado para salvar al mundo del pecado y para restaurar a este hijo suyo, su único, su amado de las garras de Satanás. Dice la Escritura que “así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, El igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida” (Hebreos 2:14-15). Jesucristo vino a librar al hombre de la maldición del pecado y de las garras de Satanás. El muchacho es sanado y vemos que ahora Jesús entra en la casa, ¿de quién? del padre del muchacho. Seguramente se iba a realizar una celebración en honor del Señor Jesús y en agradecimiento a la salvación del muchacho, así que mientras estaban haciendo los preparativos, los discípulos le preguntan en privado al Señor, un poco avergonzados seguro: Señor, ¿por qué nosotros no pudimos echarlo fuera, sobretodo porque antes si habían podido echar fuera demonios? El Señor les responde (uniendo los relatos paralelos en los 3 evangelios): Por su poca fe. Si tuviera más fe, aunque sea como un grano de mostaza (como la del padre) dirían a este monte pásate de aquí y se pasaría y nada les sería imposible; pero esta incredulidad y este género no puede salir sin oración.  Y todos estaban admirados de la grandeza de Dios.

El padre le dio el primer lugar al Señor y no solo acudió el y llevo a su hijo hacia Jesus, sino que también invitó a Jesús a su hogar. Este hombre venció la batalla contra la primacía, dejando que el Señor obre y tomando el segundo lugar, invitando al Señor a su hogar y dejando que Dios sea quien tome control de la situación y obre conforme a sus propósitos. No se trata de nosotros hermanos, sino que se trata de Jesucristo y de su poder, de lo que El puede hacer en las vidas de aquellos que se rinden ante El, le creen y le abren las puertas de su vida y corazón.

Dale a Jesús el primer lugar en tu vida y en tu familia

Conclusiones

Hermanos, este hombre, un padre de familia, imperfecto, falible, débil experimentó una gran crisis familiar. En medio de esa gran crisis, el no abdicó a sus responsabilidades como hombre, esposo y padre, sino que se aferró a su rol dentro de la familia y su fuerza protegió a su mujer e hijo. Tomó una buena decisión al llevar a su hijo hacia Jesús y aunque en primera instancia experimentó la lucha de la frustración al no encontrar la respuesta que esperaba, no desesperó ni huyó ante la crisis sino que esperó al Señor y cuando Jesús apareció se humilló de rodillas ante el Señor y clamó a Dios por su necesidad. Ante el desafío de fe que le puso el Señor Jesucristo, él, a pesar de su  incredulidad, clamó una vez más y pidió la ayuda del Señor. Luchó la batalla de la incredulidad y la ganó al clamar al Señor por ayuda y socorro: Alzaré mis ojos a los montes de donde vendrá mi socorro. Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. Por último, tomó otra gran decisión al dejar que Jesús tome el control de una situación que parecía descontrolarse. Se hizo a un lado para dejar que sea Dios quien obre y se glorifique y encontró respuesta a su clamor. Dios obró, su muchacho fue sanado y este hombre, en agradecimiento tomó otra gran decisión: invitó a Jesús a su hogar. Lo hizo sin afán de protagonismo, lo hizo con sencillez, con humildad y de todo corazón. Jesús fue a su hogar y fue de bendición no sólo al muchacho, sino a la familia entera y aún a sus discípulos, quienes recibieron una gran lección espiritual.

Hermano, te invito a que corras a la presencia de Dios, que le busques aunque las cosas no salgan como esperas. Clama a Dios por tu necesidad, reconoce que no tienes ni la fe, ni el poder, ni la sabiduría necesaria para vivir una vida agradable a Dios por ti solo y deja que Dios tome control de tus circunstancias. Deja que él tome control de tu vida, espera en El y pídele que Él ocupe el trono de tu corazón. Invita al Señor a tu hogar, habla la Palabra de Dios a tus familiares. Lean la Biblia, oren, busquen al Señor como familia. Abre las puertas de tu casa a Jesús y ciérralas al diablo y a toda su inmundicia. Haz en tu casa un altar de oración al Señor. Haz que tu casa sea un lugar para recibir, hospedar y bendecir a siervos de Dios. Y recuerda, puedes no ser el padre perfecto, pero si tienes fe, puedes clamar al Perfecto Padre de las luces, en quien no hay sombra de variación, quien te dará toda dádiva y don perfecto de lo alto.

Oremos al Señor.

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