Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12)

Tomaremos este pasaje como la base para poder entender a qué se refiere la doctrina de la vitalidad de las Escrituras. El escritor del libro de Hebreos nos da dos características de la Palabra de Dios: nos dice que es viva (gr. Ζῶν) y eficaz (gr. ἐνεργής), comparándola a una espada de dos filos que penetra el alma y el espíritu hasta lo más profundo del hombre y discerniendo los pensamientos y las intenciones del corazón.

Al decir que la Palabra de Dios es viva estamos refiriéndonos a su origen divino, como a su poder para permanecer efectiva y trascendente a pesar del paso de los siglos. La Biblia es relevante, trascendente, suficiente, completa y actual sea la época de la humanidad donde vivamos porque es la misma palabra del Dios todopoderoso, relevante, eterno e inmutable. El apóstol Pedro al hablar de la Escritura a los creyentes destinatarios de su carta, les dice: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; más la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 Pedro 1:23-25).

La Biblia es viva y eficaz

La Biblia es completa, está viva, no necesita ningún aditamento para poder cumplir su propósito. El salmista dice: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Salmos 19:7-10). El propio Señor Jesucristo dijo con respecto a sus palabras: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). La Palabra de Dios es vida para aquellos que con corazón dispuesto acuden a ella y no necesita de nada adicional para ser efectiva.

Cuando decimos que la Biblia es eficaz lo que queremos decir es que es la Palabra de Dios cumple efectivamente los propósitos de Dios, porque proviene de Él y tiene su poder: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:10-11). El profeta Jeremías declara hablando la Palabra de Dios: “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jeremías 23:29). Definitivamente la Biblia contiene todo lo que necesitamos para nuestras vidas, para obedecer perfectamente a Dios y para agradarle. Sin embargo, debido a la contaminación de este mundo, al engaño del pecado y a nuestra inmadurez, no podemos entenderla completamente en todos sus aspectos y nuestra comprensión de la Palabra de Dios va aumentando poco a poco según vamos creciendo en obediencia. Es allí donde los maestros cristianos y el consejo de otros nos ayudan a poder entender y aplicar la Palabra de Dios a situaciones específicas de nuestra vida. Nuestra conciencia, sentimientos son aspectos subjetivos que no deben dejarse de lado pero deben ir subordinados a aspectos objetivos como los mandamientos expresos de la Palabra de Dios, la enseñanza de maestros dotados y probados que enseñan la sana doctrina y el consejo sabio de hermanos maduros de la fe (en ese orden). Por medio de estas situaciones el Espíritu Santo nos guía y deberíamos mirar con mucha precaución, sino con rechazo, cualquier otro medio que reclame autoridad para darnos dirección.

Uno de los versos más claros sobre la vitalidad y poder de las Sagradas Escrituras lo encontramos en lo que el apóstol Pablo les dijo a los creyentes tesalonicenses: “Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Tesalonicenses 2:13). En resumen, cuando hablamos de la vitalidad de las Sagradas Escrituras lo que estamos diciendo es que la Biblia está viva, es poderosa, es relevante, tiene poder y es eficaz para cumplir todo lo que Dios se ha propuesta al declararla. La Palabra de Dios es eficaz sobre los inconversos, produciendo fe en aquellos llamados para la salvación (Romanos 10:17) y produciendo el nuevo nacimiento espiritual (1 Pedro 1:23, Santiago 1:18). En los creyentes, la Palabra de Dios también actúa, santificándolos (Juan 17:17-19), alimentándolos espiritualmente (1 Pedro 2:2), edificándolos (Hechos 20:32), guardándolos del pecado (Salmos 119:9-11), purificándolos (Efesios 5:26) y preparándonos para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).

La Biblia debe ser prioridad para nuestras vidas

Por ende, el creyente debe considerar la Palabra de Dios como prioridad en su vida (Josué 1:18) y ministerio (1 Timoteo 4:13-16), teniendo celo por la Palabra de Dios y su obrar poderoso. Debe desechar todo consejo humano y filosofía hueca y estéril, y siguiendo la exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:1-2). Lo debe hacer porque el creyente no predica o enseña sus propios consejos e ideas, lo que hace es proclamar la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre, la cual obra poderosamente en los creyentes y la que también obra en los incrédulos que son llamados por Dios para salvación.  Comprender el poder y vitalidad de las Sagradas Escrituras es importante para poder saber que ella nos muestra la voluntad de Dios. Considero que la voluntad perfecta del Señor para nuestras vidas se puede resumir en que obedezcamos todo lo que está escrito en la Palabra de Dios (Josué 1:8). Sobre asuntos que no están escritos en la Biblia tenemos libertad de acción, siempre y cuando no salgamos de los márgenes que nos delimitan los principios generales de la Palabra de Dios. El ejemplo más claro pienso yo es este: Dios no me dice exactamente qué debo hacer para escoger una esposa, pero me dice que siendo creyente no debo unirme en yugo desigual y que debería buscar ciertas cualidades en una mujer (Proverbios 31, etc.). ¿Qué debe hacer un joven entonces? Debe pedir sabiduría a Dios (Santiago 1:5), deleitarse en el Señor (Salmos 37:4-5) y elegir una esposa. ¿Hay una sola mujer que sea la voluntad de Dios para la vida de un creyente varón soltero? Pienso que no. Hay muchas jóvenes solteras que aman a Dios, que exhiben rasgos de carácter piadosos y que podrían ser una esposa ideal para un varón creyente. Claro, estamos simplificando y obviando aspectos como la compatibilidad de caracteres, metas, ideales, gustos, etc.; pero el punto es que hay más de una alternativa que sería la voluntad de Dios para nuestras vidas, porque Dios no ha estipulado cada punto de la vida del hombre, pero si ha dado principios generales que abarcan toda la vida del hombre y en los aspectos más detallados tenemos libertad de acción siempre que vayamos en obediencia y sumisión a la Palabra que nos delimita el camino por donde debemos ir.

En conclusión, el creyente no necesita nada mas que la Palabra de Dios para poder conocer las Sagradas Escrituras. Obras literarias, históricas, científicas y otras producto del invento humano pueden ser de mucho ánimo, aclaración y estímulo; pero nada como la Palabra de Dios para guardarnos del pecado, ser luz a nuestros pies y revelarnos la voluntad del Señor para nuestras vidas.

Amén!