Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere. Porque de él doy testimonio de que tiene gran solicitud por vosotros, y por los que están en Laodicea, y los que están en Hierápolis” (Colosenses 4:12-13)

Este corto pasaje es uno de los que me ha impactado esta semana al leerlo y meditar sobre este hombre, creyente y compañero de Pablo llamado Epafras. De él no se dice mucho salvo los siguientes pasajes adicionales:

como lo habéis aprendido de Epafras, nuestro consiervo amado, que es un fiel ministro de Cristo para vosotros” (Colosenses 1:7)

Te saludan Epafras, mi compañero de prisiones por Cristo Jesús” (Filemón 1:23)

Aunque se dice poco de él, lo que podemos ver es a un hombre a quien Pablo ve como un compañero, un consiervo, un hombre igualmente comprometido con la obra de Dios y el avance del evangelio de Jesucristo. Este hombre aparentemente era el pastor de las localidades de Colosas, Laodicea e Hierapolis y era un creyente con un gran sentido de responsabilidad espiritual para con sus hermanos en la fe, orando por ellos y por su crecimiento y estabilidad espiritual. Y aunque este hombre no haya pasado a la historia mas que por unos cuantos versos en la Palabra de Dios, vemos su impacto en la vida de los creyentes a quienes el tuvo el privilegio de ministrar, orando, enseñando y velando aun con su propia vida por el pueblo del Señor.

 

Esto me lleva a considerar cuanta necesidad hay de hombres así en estos tiempos, hombres consagrados a Dios, comprometidos con su obra, que tienen la disposición y toman la decisión de llevar el peso del ministerio sobre sus hombros con diligencia y esfuerzo. Normalmente en la iglesia vemos pocos hermanos que son ayudantes ocasionales y son de ayuda, la mayoría no se comprometen con la obra del Señor y son mas asistentes pasivos; pero hombres que tomen el peso de la carga del ministerio en sus propios hombros y estén dispuestos a llevarlo por mucho tiempo no son muchos. Timoteo era un hombre con las mismas características y Pablo dijo de él lo siguiente:

 

Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también esté de buen ánimo al saber de vuestro estado; pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros. Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús. Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio

(Filipenses 2:19-22)

 

Hombres así son un regalo de Dios para el cuerpo de Cristo y deben ser reconocidos, honrados y respetados. Hombres como Epafras, con ese corazón pastoral, con ese amor para trabajar, esforzarse y considerar las necesidades del pueblo de Dios aun por encima de las personales son personas que son de gran bendición al cuerpo de Cristo. Cualquier equipo de trabajo en una iglesia se ve grandemente animado y bendecido por la presencia de hombres con esa fibra moral y espiritual, que son de ánimo y consuelo a los pastores y siervos de Dios que muchas veces trabajan solos o con muy poca ayuda en las iglesias aquí en Latinoamérica.

Otro hombre así era Epafrodito, del cual Pablo dice lo siguiente:

 

Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades; porque él tenía gran deseo de veros a todos vosotros, y gravemente se angustió porque habíais oído que había enfermado. Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza. Así que le envío con mayor solicitud, para que al verle de nuevo, os gocéis, y yo esté con menos tristeza. Recibidle, pues, en el Señor, con todo gozo, y tened en estima a los que son como él; porque por la obra de Cristo estuvo próximo a la muerte, exponiendo su vida para suplir lo que faltaba en vuestro servicio por mí

(Filipenses 2:25-30)

 

Oremos al Señor de la mies para que El levante mas hombres con ese corazón de servicio. Esa actitud no se puede comprar, ni vender, ni se aprende en un seminario, ni se puede transferir. Ese corazón Dios lo da a hombres que le aman, le buscan y le obedecen con fervor. Este tipo de hombres necesita la obra de Dios, muchas veces maltratada y abandonada. Definitivamente, la mies es mucha y los obreros son pocos; pero gloria a Dios que El edifica su Iglesia y ha prometido levantar estos hombres para el sostén, avance y bendición de su Amada Iglesia, que El compró con su propia sangre y mantiene firme para su propia gloria.

 

Amén