En esta oportunidad vamos a empezar una nueva serie de enseñanzas basadas en los primeros sermones que fueron predicados por los apóstoles del Señor, sermones que fueron utilizados por Dios de gran manera en la salvación de muchas personas y que aun hasta el día de hoy nos han llegado para nuestra edificación.

“El 6 de enero de 1850, cuando tenía 15 años, un joven se levantó para ir a su iglesia, pero debido a una tormenta de nieve no pudo llegar a ella. En vez de eso, se refugió en una antigua capilla metodista en Colchester.​ El pastor de la iglesia no llegó al servicio porque estaba enfermo. Entonces uno de los feligreses laicos fue al púlpito y empezó a predicar. Predicó sobre Isaías 45:22 diciendo: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más». Luego, dirigiéndose hacia él: «joven, pareces miserable. Y siempre serás miserable en la vida y miserable en la muerte si no obedeces el texto; pero si lo obedeces ahora, en este momento serás salvo». Este joven sabía que era miserable, y en ese momento creyó que solo Dios podía salvarlo. El orador, viendo su necesidad, le respondió: «Joven mira a Cristo Jesús, ¡Míralo!, ¡Míralo!, ¡Míralo! No tienes otra cosa qué hacer sino mirarlo y vivir». El joven comentó luego: «Así como con la serpiente de bronce que fue levantada, la gente miraba y era sanada, así fue conmigo”

Lo que acabamos de leer es la conversión de Charles Spurgeon, conocido como el príncipe de los predicadores. Este hombre fue tan impactado por el evangelio que a los 16 años ya estaba pastoreando una iglesia y ha sido uno de los más prolíficos predicadores y escritores cristianos de todos los tiempos. Queridos hermanos, un sermón de la Palabra de Dios puede transformar nuestras vidas, llevarnos por un camino completamente diferentes, restaurar nuestra familia. Atendamos a lo que Dios quiere hablarnos en esta mañana. Para ello, vamos a estudiar el primer sermón de la iglesia cristiana, el sermón de Pedro en Hechos capítulo 2, versos 14 al 40

 

El anuncio de una nueva era de bendición (v. 14-21)

 

“Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”

 

El contexto: Este pasaje ocurre inmediatamente después del nacimiento de la iglesia del Señor, en Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los 120 que estaban orando en el aposento alto. La Biblia nos narra que ellos empiezan a alabar y glorificar a Dios en otras lenguas, en otros idiomas que las personas que estaban allí y que habían acudido a Jerusalén por la fiesta, podían entender. Entre estas personas había muchos que estaban atónitos y maravillados, otros estaban atónitos y perplejos; mientras que un grupo se burlaban de ellos, acusándoles de ebrios.

El mensajero: Aquí es donde vemos al apóstol Pedro levantarse para poder dirigir la palabra en representación de los once apóstoles. Recordemos que este no es un sermón preparado, es más bien un sermón espontaneo, dirigido por Dios, el primer sermón predicado por un ministro del evangelio. Es interesante notar que el hombre que está predicando es un hombre muy diferente al que días atrás había negado a su Señor. Pedro ahora era un nuevo hombre por el poder del Espíritu Santo, lleno de valor y de fortaleza. Este hombre realmente había caminado con Jesús, había experimentado una relación con el Señor y por ende su predicación surgía de un corazón realmente transformado por Dios. Tanto el cómo los demás discípulos habían sido transformados por la llegada del Espíritu de Dios.

El mensaje: El sermón de Pedro que notamos aquí es realmente un resumen de su sermón, tal como nos indica el verso 40: “Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación”. Sin embargo, es suficiente para poder notar algunas cosas importantes:

  • Está dirigido a una audiencia judía, sea de judíos de sangre o prosélitos que tenían conocimiento de la Palabra de Dios. Hace 3 referencias a textos del Antiguo Testamento, profecías y salmos mesiánicos, dándoles un sentido en la persona y obra de Cristo Jesús
  • Está dividido en 3 segmentos: El anuncio de nueva era de bendición, tal como fue profetizado por Joel; el anuncio de una maravillosa resurrección, tal como fue anunciada por David; y por último, el anuncio de un nuevo reino en la persona y obra de Cristo el Mesías de Dios.
  • Como todo buen sermón, este concluye haciendo un llamado a la acción, una exhortación al arrepentimiento y a volverse a Dios.

Lo primero que hace el apóstol Pedro es traer la atención de los espectadores, desde su asombro inicial al verlos hablando en otros idiomas hacia lo que realmente estaba sucediendo: la iglesia acababa de nacer y con ello el cumplimiento de su misión en este mundo. Por esto Pedro valientemente se pone en pie llamando la atención acerca de lo que la gente estaba presenciando no era sino el cumplimiento de la profecía del profeta Joel. Esta profecía la encontramos en el libro de Joel capítulo 2 versos 28 al 32:

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo”

(Joel 2:28-32a)

Este pasaje se encuentra en el contexto de un tiempo muy difícil de prueba para Israel; pero apuntaba a un tiempo futuro, un tiempo maravilloso caracterizado por un derramamiento grande del Espíritu Santo. Sabemos por el testimonio bíblico que en tiempos del Antiguo Testamento el Espíritu de Dios solo descendía sobre algunos hombres escogidos por Dios, de manera temporal y para una labor especifica. Sin embargo, Joel alude a un tiempo en que el Espíritu de Dios se derramaría sobre toda carne, sobre jóvenes, sobre ancianos, sobre los siervos y las siervas del Señor. Además de prodigios y señales en los cielos antes de que venga el Día del Señor. Pedro enseña que esto que los hombres estaban viendo allí en Jerusalén era el inicio de esa nueva era de bendición, la época de la iglesia, la era donde los hombres podían ser salvos por medio de la fe en Jesucristo y recibir no solo la salvación, la vida eterna y el perdón de los pecados, sino la presencia permanente del Espíritu Santo en sus corazones. Ahora, hombres de toda tribu, lengua y nación, a todos los que pongan su esperanza en el Hijo de Dios como Señor y Salvador de este mundo, el Padre les perdonará sus pecados, les dará la vida eterna y les dará su Espíritu Santo como sello de que pertenecen a Dios.

“Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros”

(Juan 14:15-17)

Aun llegará un tiempo donde se suscitarán eventos terribles, enfermedades, desgracias, aun conmoción de los cielos, todo lo cual es principio de dolores y anunciamiento de la pronta e inminente venida de nuestro Señor Jesucristo. Antes de que llegue el Día del Señor, grande y espantoso. Sin embargo, antes de que llegue ese día, porque ha de venir, tenemos la oportunidad de vivir una era de bendición, de gracia, de nuevas oportunidades, donde todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. Este es el tiempo de bendición, esta nueva era que Pedro está anunciando y que por la gracia de Dios aun vivimos en estos días.

 

El anuncio de una maravillosa resurrección (v. 22-32)

“Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. Porque David dice de él: veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia. Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que, de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos”

Lo que Pedro anuncia inmediatamente es que esta nueva era de bendición está caracterizada o marcada por la persona, obra, muerte y resurrección del Señor Jesucristo. Lo anteriormente predicado es más como una introducción al tema que va a detallar aquí. Este es el verdadero cuerpo de su sermón, el tema principal de lo que quiere decir. Aquí vemos algunas cosas muy importantes que debemos tener en cuenta:

  • Jesús nazareno, varón aprobado por Dios por medio de los milagros, maravillas y señales ocurridas en su ministerio. Este hombre no hizo sus obras a ocultas del pueblo. Ellos mismos sabían todo lo que Jesús había enseñado y hecho. No podían ignorar el testimonio poderoso de su vida. Muchas personas al oírlo y verlo decían: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Otros decían: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?” (Mateo 8:27).
  • Se nos dice que este Jesús fue entregado a la muerte a manos de inicuos, en una cruz, como el peor de los criminales, sin haber cometido pecado alguno. El inocente pagó por los culpables para llevar nuestro castigo. Pedro mismo años más adelante diría acerca del Señor: “también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:21-24)
  • Sin embargo, a pesar de ello Pedro nos dice que esto, es decir, la muerte de Cristo Jesús no sorprendió a Dios. Esto ya estaba dentro de su determinado consejo y anticipado conocimiento. Es decir que no solo Dios sabía que esto iba a pasar, El propició que sucediera, porque era su voluntad que su Único Hijo muriera por la humanidad pecadora e incrédula.
  • Lo que se nos dice también es que este Cristo que vivió una vida agradable a Dios, que fue utilizado por Dios para la bendición de muchos, que fue entregado en manos de pecadores por el consejo y la voluntad de Dios, fue muerto; pero no permaneció muerto. Dice la Escritura que Dios le levantó de la muerte, porque era imposible que Cristo fuera retenido por la muerte. Él es Dios todo poderoso. Si, El murió; pero resucitó. El apóstol Juan dice: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre” (Juan 10:17-18)

 

Si el testimonio de la vida, del poder, de la muerte y de la resurrección de Cristo no fuera suficiente, el apóstol Pedro ahora cita un salmo, específicamente el salmo 16, que es conocido como un salmo mesiánico para hacer notar a sus oyentes que esto era algo que ya había sido anunciado por la Escritura siglos antes de que Cristo naciera en esta tierra.

“A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:8-11)

Pedro explica en su sermón que, si bien es cierto que este salmo lo escribió David, no podía estar refiriéndose a sí mismo. Así como la gente que le oía sabia y había visto los milagros, señales y poder del Señor Jesucristo, ellos también eran testigos de que David había muerto. Su sepulcro estaba entre ellos en su ciudad. No, David no se refería a si mismo; el era profeta y escribió de aquel que de su descendencia Dios levantaría como el Mesías de Israel, el Salvador prometido.

“Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 Samuel 7:12-16)

David habló acerca del Mesías, que no conocería la corrupción y en efecto así fue. Pedro testifica que ese Mesías prometido por David era Jesucristo. No solo era un hombre utilizado por Dios, no solo era un buen hombre, un buen maestro, un buen siervo. No, Él era el Mesías de Dios, quien murió, pero resucitó de entre los muertos. La resurrección de Cristo es la culminación de la obra salvadora de Dios y la evidencia de que Dios aceptó el sacrificio de su Hijo por nuestros pecados. La muerte no le pudo retener, El venció al pecado y a la muerte. Se levantó victorioso y esto ya había sido anunciado siglos antes por el salmista, profeta y rey David.

Pedro termina esta sección diciendo: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros (los apóstoles y discípulos) somos testigos”. Esta es la esencia del evangelismo: ellos eran testigos oculares de la vida, muerte y resurrección del Salvador y por ello proclamaron. Nosotros creemos que Cristo vino a este mundo, vivió, murió y resucito; y por ello predicamos, hablamos y compartimos la buena noticia del evangelio. Esta nueva era de bendición empezó cuando Cristo vino a esta tierra, vivió una vida agradable a Dios, murió y resucito, abriendo ahora un camino nuevo y vivo para que todos aquellos que crean en estas nuevas noticias sean salvos.

 

El anuncio de un nuevo reino de perdón y salvación (v. 33-40)

 

“Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación”

Esta tercera sección de su sermón es más bien como una conclusión, como una aplicación de lo anteriormente expuesto. Pedro no solo predica acerca de la muerte y resurrección de Cristo Jesús, sino que ahora anuncia que este Jesús ha sido exaltado por Dios el Padre como Señor de todos. Él es quien ahora entronizado como Rey ha derramado su Espíritu Santo sobre los creyentes, que es justo lo que dio pie a este sermón en primer lugar. Cristo fue exaltado por la mano de Dios y habiendo recibido la promesa del Padre ha derramado esta maravillosa promesa sobre los creyentes y nació la iglesia del Señor. Ellos, los oyentes de Pedro estaban presenciando un momento histórico: el nacimiento de la iglesia del Señor, la apertura de la nueva era de la gracia y la bendición, el primer sermón del cristianismo, la proclamación de las buenas noticias de perdón y restauración que Dios ofrece al hombre perdido.

Para sustentar esto, una vez más Pedro cita un salmo, el salmo 110, conocido también como un salmo mesiánico, escrito muchos siglos atrás, pero referido al Mesías de Dios:

“Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (Salmo 110:1)

“Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros. Y: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, más tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán. Pues, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: ¿Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?” (Hebreos 1:8-13)

Claramente David no estaba hablando de si mismo: una vez más se refería al Mesías de Dios, al Rey Ungido de Dios. Pedro conecta esta verdad de Antiguo Testamento con la vida de Jesús. El no solo es el Mesías resucitado como lo anunció David, sino que Jesús, a quien los israelitas crucificaron, a quienes ellos (los oyentes de Pedro) crucificaron (no activamente, pero seguro muchos de ellos dieron su venia), a este Jesús a quien muchos han rechazado, han dado la espalda, a quien han golpeado, escupido y matado; a El Dios le ha hecho Señor y Cristo. Es como si Pedro dijera: “Estaban equivocados en cuanto a Jesús. Lo crucificaron como si fuera un criminal, pero por su resurrección, Dios demostró que Él es Señor y el Mesías”.

Ante esta verdad, quienes oían el sermón de Pedro fueron convencidos por el Espíritu Santo. La NTV dice que “las palabras de Pedro traspasaron el corazón de los que le oyeron”. Ellos, en arrepentimiento preguntaron a Pedro: “¿Varones hermanos que haremos?”. Si, ellos habían crucificado en un sentido a Cristo Jesús. Ellos le habían rechazado. Ellos le habían dado la espalda al Mesías de Dios. Ellos se habían burlado del Cristo de Dios. Ellos habían despreciado el sacrificio del Unigénito Hijo de Dios, pero ahora su necio entendimiento y su duro corazón se había quebrantado por el convencimiento del Espíritu Santo. Ellos ahora quieren saber que va a pasar, que pueden hacer. La bendita Palabra de Dios les da esperanza:

  • Arrepentíos y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados y recibirán ellos también el regalo del Espíritu Santo, así como los discípulos lo habían recibido. Solo queremos aclarar que el bautismo no es un requisito para salvación, es una de las evidencias de que hemos sido salvos. Para ser salvos solo debemos creer en el nombre de Jesús; para creer debemos dar la espalda al pecado y caminar hacia la comunión con Dios. Una de esas señales es la obediencia a Dios en el bautismo.
  • Esta promesa es para los que oían a Pedro en ese momento, para sus hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. El alcance y la promesa del evangelio es para todos, para todos aquellos que pueden creer en estas buenas noticias.

Dios utilizó poderosamente a Pedro y se añadieron a la iglesia como tres mil personas. Tres mil personas pasaron de muerte a vida como resultado de la predicación de este primer sermón de labios de un ser humano pecador y débil, pero potenciado por el bendito Espíritu Santo de Dios.

 

Aplicaciones para la vida

 

 

  • El sermón de Pedro es un hermoso ejemplo de cómo predicar la bendita Palabra de Dios: un anuncio valeroso, lleno de poder de labios de un hombre que ha caminado con Jesús y que conoce personalmente a Dios.
  • Un anuncio que llama la atención de nuestras mentes a esta nueva era de bendición y de gracia para todos los seres humanos.
  • Un anuncio claro de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús. Un mensaje cristocéntrica, basado en la Biblia, que es claro, entendible, que no solo es conocimiento, sino que relaciona las verdades bíblicas con la vida de las personas.
  • Un anuncio de Cristo como Rey, un mensaje que llama al arrepentimiento y la fe en Cristo como Señor y Salvador. Un mensaje dirigido a todos los hombres, las buenas noticias de salvación.
  • Así como este sermón cambio miles de vidas, hoy puede cambiar la tuya. Así como el Espíritu traspasó el corazón de muchos cuando este sermón fue predicado, quiera Dios traspasar tu corazón para que entiendas, comprendas y seas salvo por su gracia y para su gloria.
  • Oremos al Señor