“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.
El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” (Juan 12:24-25)

Para experimentar verdadero crecimiento, hay un elemento de renuncia y separación que no podemos obviar. Debemos renunciar a hábitos pecaminosos, conductas inmaduras, falta de perdón, amargura, celos, ansiedad, adicciones, envidias y demás cosas que llenan nuestro corazón y que marcan nuestro comportamiento. Podemos engañar a las personas, y aun a nosotros mismos; pero los frutos de nuestra vida demuestran realmente lo que creemos y en ultima instancia lo que somos.

Realmente, esto va mucho más allá que solamente decidir “sonreír y ser feliz”, “olvídate de tus problemas” o “tu tienes todo lo que se necesita para ser feliz”. No amigos, no es así tan fácil. Si así lo fuera, porque a pesar de que han pasado tantos años, seguimos lidiando con inmoralidades, adicciones, dolores, angustias, depresiones que incluso son mas frecuentes hoy en nuestra era moderna que antes. El problema esta en nuestro corazón: somos egoístas por naturaleza y nos complace vivir nuestra vida “a nuestra manera”. Pero eso es la peor manera de vivir. Necesitamos una regla absoluta de fe y conducta, un referente, el diseño de nuestro Creador, por medio de su Palabra, que nos demanda negarnos a nosotros mismos, a estas cosas que les he mencionado líneas arriba, para poder entender el camino del verdadero crecimiento y la de la verdadera libertad.

 

Nuestra vida es como el grano de trigo, tiene que caer a tierra y morir para poder dar vida. Si seguimos abrazados a nuestros pecados y nuestras costumbres, miedos, tradiciones y formas de pensar erróneas, pasaran los años y se nos irá la vida en ello; pero nunca habremos experimentado lo que realmente es vivir y dar vida.
Amen!