Aquello que es importante para nosotros lo valoramos. Si lo valoramos invertimos tiempo, atención y aun dinero en ello. No puedo decir que algo es importante, prioritario para mi si no le doy mi atención, ni mi tiempo, ni me cuesta en algún modo. Es común que valoramos lo que no tenemos; pero una vez que lo tenemos, perdemos interés, lo dejamos a un lado y no le prestamos la atención que tenia para nosotros antes. Y también es verdad que si algo nos cuesta mucho, lo valoramos mas que aquello que no nos cuesta tanto. En este sentido, vamos tras aquello que es nuestro tesoro: aquello que le damos mayor importancia en nuestra vida es lo que rige nuestros pensamientos, actos, deseos y decisiones (Mateo 6:21). Es el centro de lo que somos y sufre de primera mano el resultado de nuestras decisiones.

Nuestro corazon es el centro de lo que somos y sufre de primera mano el resultado de nuestras decisiones.

“Y Arauna dijo a David:  Tome y ofrezca mi señor el rey lo que bien le pareciere;  he aquí bueyes para el holocausto,  y los trillos y los yugos de los bueyes para leña.
Todo esto,  oh rey,  Arauna lo da al rey.  Luego dijo Arauna al rey:  Jehová tu Dios te sea propicio.
Y el rey dijo a Arauna:  No,  sino por precio te lo compraré;  porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada.  Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata.
Y edificó allí David un altar a Jehová,  y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz;  y Jehová oyó las súplicas de la tierra,  y cesó la plaga en Israel
” (2 Samuel 24:22-25)

En el Antiguo Testamento, el rey David debía ofrecer un sacrificio para Dios y debía hacerla en un terreno, propiedad de un hombre llamado Arauna (2 Samuel 24;17-25). Arauna estaba dispuesto a obsequiar su terreno para que David pudiera ofrecer su sacrificio. Lo consideraríamos hoy como una "bendición": tenemos el terreno gratis, solo hay que hacer el sacrificio y listo! Pero David no era la clase de hombres que aprovechan la "oportunidad", no era de esos "mercenarios espirituales" que venden su lealtad, su esfuerzo y disposición al mejor postor. David era un hombre integro, que vivía según sus convicciones en Dios, y dijo unas palabras que han quedado inmortalizadas "No ofreceré sacrificios a Dios que no me cuesten nada". Que tremenda declaración! Que tal convicción y claridad con respecto a lo que es la verdadera adoración y el verdadero servicio a Dios: es un sacrificio de amor y gratitud al Dios que nos dio todo. Cuantos hay que no servirán si no les dan todas las facilidades, cuantos hay que no moverán un dedo porque hace mucho sol, porque hace mucho frío, porque están desanimados, porque nadie les agradece, porque no sienten ganas de hacerlo, porque no hay beneficios de hacerlo; como si servir a Dios fuera un negocio. Que lejos estaba David de esas almas tibias y entumecidas. Un corazón ardiente y ferviente por Dios jamás pondrá condiciones, reservas u objeciones al hecho de servir al Señor. Servir a Dios tiene un costo. El discípulo de Cristo, el que ha conocido al Señor conoce el costo y esta dispuesto a pagarlo: ha puesto las manos en el arado y sabe que no le esta permitido mirar atrás.

 

El tesoro de nuestro corazon dicta nuestros pensamientos, decisiones y sentimientos

 

Además,  el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo,  el cual un hombre halla,  y lo esconde de nuevo;  y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene,  y compra aquel campo”       (Mateo 13:44)

En el Nuevo Testamento, el Señor Jesucristo nos dijo que el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido, que cuando un hombre lo encuentra, va y vende todo lo que tiene para comprar el terreno donde encontró el tesoro (Mateo 13:44). Con esto nos da una profunda enseñanza en una sencilla parábola: conocer a Dios, tener una relación personal con El por medio de la fe en Jesucristo es el mayor de los tesoros que un hombre puede encontrar en la vida, mayor que el dinero, posesiones, títulos, etc. Es tan valioso que vale la pena que uno deje a un lado todo lo que tiene por adquirirlo. Es interesante que el hombre debe vender todo lo que tiene para adquirir dicho tesoro, pues no se pueden tener las dos cosas a la vez. Nuestro corazón solo puede servir a un solo Señor: a si mismo, o al Señor Jesucristo. Si se sirve a si mismo, la vida de dicha persona estará centrada en si misma, en su comodidad, en su paz, en su gozo, en su desarrollo y en su satisfacción. Gozara aquí en la tierra seguramente de diversas cosas que adquirirá con su esfuerzo e inteligencia; pero sufrirá la eternidad en el infierno de fuego porque desprecio la sangre del Hijo de Dios que fue derramada en el Calvario por el perdón de los pecados de la humanidad.

Si dicha persona tiene un corazón enfocado en servir al Señor, en amarle y conocerle, deberá en el camino de su vida renunciar a diversas cosas por amor del Señor; pero gozara eternamente en la presencia del Señor en el cielo porque puso su esperanza en el Hijo de Dios y fue transformado por el poder de Dios.

¿Tras que cosas va nuestro corazon?

Entonces, todo se resume en una sola cosa: ¿tras que va mi corazón? ¿cual es el mayor tesoro para mi? Sera la adquisición de dinero, será el consumismo inútil, será que voy tras el amor, tras el placer del sexo, tras el aplauso de las personas, tras agradar a los demás, tras de lo que otros dijeron de mi? ¿que determina el rumbo que lleva mi vida?

Solo una cosa me es necesaria: que mi corazón vaya tras los pasos del Señor Jesucristo, que mi tesoro sea el conocerle y que este dispuesto a darlo todo, aun mi vida misma, con tal de conocerle, amarle y adorarle.

Pero cuantas cosas eran para mí ganancia,  las he estimado como pérdida por amor de Cristo.
Y ciertamente,  aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús,  mi Señor,  por amor del cual lo he perdido todo,  y lo tengo por basura,  para ganar a Cristo, y ser hallado en él,  no teniendo mi propia justicia,  que es por la ley,  sino la que es por la fe de Cristo,  la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle,  y el poder de su resurrección,  y la participación de sus padecimientos,  llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos
”  (Filipenses 3:7-11)

Amen!