Alguien por ahí dijo una vez lo siguiente: “La vida es buena, la eternidad mejor; hay que estar preparados para las dos”. Y tenía mucha razón al decir esto pues entre ambas hay un punto crucial que todos debemos pasar: la muerte. Muchos viven obviando deliberadamente el hecho de que la muerte es la puerta de entrada a la eternidad, no hay vuelta atrás, y la condición en la que nos encontremos al morir determinará donde y como pasaremos esa extraña y misteriosa condición llamada eternidad.

El día de ayer fui testigo de un accidente terrible: un pobre joven que cruzó imprudentemente una vía rápida, murió atropellado por un bus de transporte público. Su muerte fue brutal y rápida: murió con el cráneo destrozado. Y entre sirenas, policías y la conmoción de los testigos, los autos pasaban por un solo carril, en una silenciosa columna que bajaba la velocidad al pasar por el cadáver, aun sin cubrir por lo reciente del accidente. Nadie quería mirar tan penoso cuadro; sin embargo, a todos nos pasaba lo mismo: las conversaciones se detenían, la música se apagaba, y todos miraban pensativos, impactados y con una mezcla de temor y extraña curiosidad dicha escena. ¿Quién sería ese joven? ¿Cuál habrían sido sus últimos pensamientos? ¿Dónde está ahora? ¿Qué es la muerte? ¿A dónde vamos cuando morimos? Y muchos pensamientos más eran el común denominador de aquellos que compartimos ese triste momento.

¿Estas preparado para enfrentar la muerte?

Es que el ser humano siempre se ha sentido intrigado ante lo que desconoce, ante lo misterioso. Y no existe misterio más grande que la muerte: ese terrible enemigo que desconoce niveles sociales, razas, posición económica; ante la cual lo mismo le es el rico que el pobre, el político poderoso que padece que cáncer como el mendigo que sufre debajo de un puente. Ante la muerte, todos somos iguales, es una tirana ante la cual todos estamos esclavizados. Muchas veces inesperada, otras ya anunciada; jamás la muerte será deseada, a excepción por aquellos que piensan que después de ella encontraran paz y tranquilidad, en el fin de su existencia. Y ese es un gran engaño: la muerte no significa el fin de nada.

Bíblicamente, la muerte no significa fin de la existencia, sino separación. Las Escrituras nos hablan de 3 tipos de muerte que el hombre puede experimentar. La primera, la muerte espiritual, es la consecuencia directa del pecado de Adán y Eva (Romanos 3: 23). Como representantes de la humanidad, su desobediencia marco a todos los hombres; por ende, todos nacemos pecadores, separados de un Dios santo y lleno de amor (Romanos 5: 12). Nacemos y vivimos con una naturaleza degenerada, pecadora, separada (muerta) de Dios. Nada de lo que hagamos, digamos, pensemos puede cambiar nuestra situación, excepto la regeneración espiritual que viene cuando acudimos en arrepentimiento y fe a los pies del Señor Jesucristo, creyendo en su sacrificio perfecto en la cruz como pago por nuestros pecados (Efesios 2: 1, 8-10).

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3: 23)

La segunda, la muerte física, también es consecuencia del pecado del hombre. Independientemente de si somos creyentes o no; es decir si hemos sido vueltos a vivir espiritualmente o aún seguimos separados de Dios, nuestro cuerpo físico sigue sujeto al pecado y se deteriora con los años (2 Corintios 4:16; Salmos 90: 9-10). Eventualmente, envejecemos y morimos: nuestro cuerpo se separa de nuestro ser inmaterial (alma/espíritu). Si somos creyentes, dice la Biblia que vamos al cielo, a la presencia del Señor en espera del fin de los tiempos y la Venida del Señor en gloria (1 Corintios 15: 50-52). Si en vida rechazamos arrepentirnos y creer en el Señor Jesucristo, vamos al lugar de castigo llamado infierno, donde los incrédulos son atormentados sin descanso, en espera del fin de los tiempos y el juicio final (Hebreos 9:27).

“Y de la manera que está establecido a los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9: 27)

Todos tenemos que enfrentar la muerte

Y por último, la tercera muerte es la muerte eterna: aquellos que murieron en incredulidad y que son atormentados en el infierno, se levantaran para ser juzgados en el juicio final delante de Dios, donde se les mostrara que por su vida malvada, de constante rechazo al amor del Señor, son merecedores del castigo eterno por que rehusaron creer en el Salvador de todos los hombres: Jesucristo. Serán lanzados al lago de fuego y azufre donde irán a parar Satanás, sus ángeles y todo lo malo y perverso de esta creación que será reemplazada por una perfecta, sin mancha ni pecado. Estas personas sufrirán un castigo consciente y eterno. No será su fin, sino la separación eterna de Dios y de todo lo bueno en este mundo y en el venidero (Juan 3: 18).

Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado sobre él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo; y no fue hallado lugar para ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el infierno fueron lanzados en el lago de fuego. Ésta es la muerte segunda. Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida fue lanzado en el lago de fuego” (Apocalipsis 20: 11-15)

Como hemos visto, la muerte no es el fin de nada. Muchos pensaran que al morir van a descansar de sus sufrimientos. La verdad es que si no se arrepintieron y creyeron en el Salvador Jesucristo, la muerte es nada menos que la puerta de entrada al peor sufrimiento que nunca han conocido. Lo peor que es que eterno y sin posibilidad de cambio. Para aquellos que confiaron en el Salvador Jesucristo y rindieron sus vidas a Él, la muerte tampoco es el fin, sino el paso a la verdadera paz, gozo y deleite en la presencia amorosa del Señor, destinada a aquellos que lavaron sus pecados en la sangre del Cordero de Dios.


La vida es buena, pero la eternidad es mucho mejor para aquellos que creen en el Señor Jesucristo. Debemos prepararnos para vivir esta vida en sabiduría y paz; pero definitivamente debemos prepararnos para la eternidad. No hay que temer a la muerte: inevitablemente debemos seguir ese camino; pero ¿sabes exactamente a donde iras después de morir? ¿Te esperara el gozo en el cielo o el sufrimiento eterno en el infierno? Si no estás seguro de ello, es tiempo de que corras a los pies del Señor Jesús, le pidas perdón por tus pecados y confíes en El para tu salvación. Su sangre derramada en la cruz del calvario es suficiente para librarte del castigo del infierno. Haz tuya esta oración:

Señor, hoy entiendo que la muerte no es el fin de nada, sino el inicio del gozo eterno o el sufrimiento eterno. Reconozco que en mi vida te he rechazado, he vivido una vida de pecado y por ello ahora sé que si muero, iría a la condenación eterna. Señor, creo en el sacrificio de tu hijo Jesucristo por mis pecados, creo que su sangre me puede salvar y te pido me perdones y salves para poder ir al cielo contigo cuando deba enfrentar la muerte. Pido estas cosas en el nombre del Señor Jesucristo, mi Salvador. Amén

Salvacion por la fe en el Señor Jesucristo

Busca una iglesia donde se predique la Palabra de Dios, lee la Biblia y busca a Dios en oración. Que el Señor te bendiga y estés preparado para enfrentar la eternidad.

Amén!