Buenos días mis amados amigos y hermanos. A pocos días de cerrar este año 2015 e iniciar un nuevo año, es necesario recordar lo bueno que ha sido el Señor a lo largo de este año. Dios ha sido bueno hermanos y bueno en gran manera. No debemos olvidar las bondades de Dios y su misericordia, que El nos ha extendido aun a pesar de nuestras fallas e infidelidades. Eso nos guardara en un espíritu agradecido a Dios por todo lo que El es y por todo lo que El ha hecho por nosotros.

Sin embargo, lamentablemente, en muchos de nosotros los creyentes encontramos ingratitud hacia el Señor. El articulo de hoy, el ultimo de este año, lo he escrito y predicado con el deseo de que recordemos que siempre debemos estar agradecidos a Dios y la principal razón por la que debemos estar agradecidos es por su salvación. Y si no estamos agradecidos por la poderosa salvación que  hemos recibido, nunca estaremos realmente agradecidos con Dios. Para ello, les pido por favor que me acompañen a Lucas, capitulo 17, versos 11 al 19:

 1. Acudiendo al lugar correcto (v. 11-13)

Yendo Jesús a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos y alzaron la voz, diciendo: !!Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!

En este pasaje vemos al Señor Jesús dirigiéndose a Jerusalén, rumbo a lo que sería la última etapa de su vida y ministerio. El Señor se dirigía a Jerusalén para ser apresado por los fariseos, golpeado, juzgado injustamente y ser crucificado. Mientras se dirigía hacia allá, nos dice Lucas que el tomo el camino fronterizo entre Galilea y Samaria, rumbo hacia Jerusalén, al sur. Los judíos normalmente no atravesaban Samaria para no tener contacto con los samaritanos, sino que tomaban un desvío por el rio Jordán; pero vemos a Jesús yendo por la frontera entre estos dos pueblos cuando le salen al encuentro diez hombres leprosos. He aquí un detalle adicional que Lucas nos da: se pararon a cierta distancia, no se acercaron a Jesús, sino que de lejos alzaron su voz y le llamaron. Otro detalle que Lucas nos da en el verso 16 es que uno de los diez leprosos era samaritano y este es un detalle muy importante.

Como habíamos comentado anteriormente, los judíos y samaritanos no se hablaban ni se relacionaban entre sí (Juan 4:9) y además sabemos que la Ley de Moisés tenían reglamentaciones muy claras para el caso de los impuros, de los enfermos de lepra y otras situaciones. Levítico 13:45-46 (“Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada“) nos dice que los leprosos debían vivir fuera del campamento, fuera de la ciudad, apartados de sus familias, de su pueblo, literalmente pudriéndose en vida, en soledad y debería gritar siempre su condición: Inmundo, inmundo!. Números 5:2 también nos enseña lo mismo. ¿Que vemos aquí entonces? Vemos a diez hombres que han caído en desgracia, para los cuales las barreras raciales ya no importan porque lo han perdido todo. ¿Que interesa que mi vecino sea samaritano, judío, persa, chino, árabe, si lo he perdido todo y mi única compañía es el hombre de al lado que esta igual o peor que yo? La desgracia en la que se encontraban estos hombres, la vergüenza que cubría sus vidas no es más que la ilustración de los efectos del pecado en el ser humano. La Biblia toma la lepra como un símbolo del pecado y vemos en estos diez hombres a la humanidad perdida: separados de Dios y de su gracia, en soledad, muriendo en vida, estos hombres nos hablan de ti y de mi cuando no tenemos a Jesucristo como nuestro único Señor y Salvador. La Escritura dice que todos hemos pecado y por lo tanto estamos destituidos de la gloria de Dios. Así como la lepra es una enfermedad que llena la piel del afectado y le quita toda sensibilidad, el pecado nos llena por completo y nos ha apartado de todo lo bueno y todo lo justo. Estos hombres alguna vez tuvieron una vida, tuvieron una familia pero lo perdieron todo por causa de la lepra. Nosotros hemos nacido en pecado, somos pecadores por naturaleza y no tenemos comunión ni amistad ni intimidad con Dios. Aún más, en la vida podemos cosechar algunas bendiciones y perderlas por causa del pecado, por nuestra codicia, por nuestra mala administración, por nuestra ignorancia. El pecado nos roba todo y nos ha condenado a la muerte eterna, el infierno de fuego y la condenación.

El pecado nos ata, nos esclaviza y nos separa de Dios

Sin embargo, vemos a estos pobres hombres, casi cadáveres andantes tomando una decisión que tendría la potencialidad para cambiar sus vidas por completo: oyen que Jesús está cerca, toman lo que les queda de cuerpo y acuden a Él. Saben que son leprosos, saben que están marcados por el destino para sufrir, saben que no son como las demás personas y por ello se quedan lejos. No corren a los pies del Salvador, no se abrazan a los pies del Nazareno, pero por lo menos claman. Alzan su voz, y en medio de harapos, heridas que brotan pus y hedor unas voces de esperanza suenan: ¡Jesús! ¡Maestro! ¡Ten misericordia de nosotros! Este es el inicio de un nuevo capítulo en la vida de una persona. Cuando su pueblo no tuvo misericordia, cuando el sacerdote según la Ley sentencio “Leproso” y los mando al exilio, cuando sus familias les dieron la espalda, cuando todo en la vida les dio la espalda, ellos fueron a Jesús y Él no los echo fuera. Venid a mí, dice Jesús, todos los que estén trabajados y cargados que yo os hare descansar. Vengan a mí los leprosos, los ciegos, los malditos, los ladrones, las prostitutas, los que no tienen esperanza, los endeudados, los abandonados, los perdidos, los adictos. Vengan a mí todos aquellos que reconocen su necesidad de Dios. Si crees que lo tienes todo y no necesitas nada estas ciego y no ves el fuego que ya está ardiendo a tus pies; pero si ves tu alma leprosa, ves como tu vida se cae a pedazos, como todo aquello en lo que confiabas se aleja de ti, entonces tu también puedes clamar a alta voz y decir “¡Jesús, ten misericordia de mí!”

El mejor lugar donde puedes estar es a los pies de Jesús. ¿Quién puede tener real misericordia de nosotros? ¿Quién puede entender realmente las profundidades de nuestro perdido corazón? ¿Quién sabe de qué cosas carecemos y como el pecado nos ha infectado la mente, el corazón, los sentimientos, las decisiones sino el mismo Señor, Dios quien conoce las profundidades del hombre, Él sabe que nuestro corazón es perverso y engañoso. Dios sabe que somos leprosos, que estamos perdidos y que sin Él, solo esperamos la condenación. Jesús vino a buscar y salvar lo que estaba perdido. El médico de médicos vino a sanar a los que estaban enfermos. En el antiguo Israel, en los tiempos bíblicos no había cura para la lepra. Quien la padecía debía vivir separado de todos y esperar que por obra del Señor sanara o de lo contrario esperar la muerte. Era una condena desastrosa; pero en Cristo, el pecado siempre tiene solución. Su sangre preciosa se ha derramado para que ni tu ni yo seamos más leprosos espirituales, sino que en la cruz del Calvario, Cristo fue castigado, herido por nuestros pecados, molido por nuestras maldades y cargo El la ira de Dios por el pecado del hombre y una vez terminado, el Señor clamo: Consumado es! para que a partir de ese entonces, el hombre pueda acercarse a Jesús en fe y recibir salvación y vida eterna.

Jesucristo nos libera del pecado y de la condenacion eterna

2. Agradecido por las razones correctas (v. 14-16)

Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz, y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano

Nosotros venimos al Señor porque Él nos está llamando. Dios llama al hombre a la salvación. Venid dice Jehová y arreglemos cuentas, pues así sus pecados sean rojos como el carmesí vendrán a ser como blanca lana. Dios te está llamando a la salvación y haces bien en venir, pero eso no es el fin de la historia. Dios llama al hombre a la salvación y el hombre debe responder en fe. Ese es el desafío que Dios nos pone: ¿Creerás la Palabra de Dios? ¿Creerás en el evangelio? Dice Lucas que cuando Jesús vio a los leprosos que lo llamaban, Él les dijo: Vayan y muéstrense a los sacerdotes. ¿Por qué les ordeno esto el Señor? Miremos un pasaje donde nos muestra una situación parecida: Vemos en Mateo 8:2-4 donde nos dice que “Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos“. En este pasaje la sanidad del leproso es inmediata pero debe ir al sacerdote para que este, así como valido su enfermedad (Levítico 13:3), ahora valide su sanidad y sea reintegrado a su familia y a la vida del pueblo de Dios (Levítico 13:12-13). Para el caso de los diez leprosos, ellos debían ir al sacerdote, en fe, aunque aún no veían su sanidad e ira ser examinados. En algún momento del camino, ellos serían sanados para que cuando lleguen donde el sacerdote, solo este declare su sanidad completa. Era un desafío de fe bastante grande pero ellos lo tomaron y fueron. Y nos dice Lucas que mientras iban caminando, fueron sanados.

Hermanos, esto es un milagro maravilloso. Su piel reconstruida, sus miembros completos y sanos, ya no más llagas, ya no más la piel putrefacta ni hedionda. No más vergüenza, no más dolor, no más soledad, no más separación. Las consecuencias de la lepra desaparecieron por el poder de Dios por medio de la fe en su Palabra. Diez hombres, diez familias, diez esposas bendecidas por el poder de Dios. Y así como la fe en la Palabra de Dios obra milagros, así cuando ponemos nuestra fe en el Señor Jesucristo, la Biblia dice que “Justificados pues por medio de la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). La fe en el Señor Jesús nos limpia del pecado, la lepra espiritual, y somos hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17). La vergüenza del pecado, las manchas del pecado, las aflicciones del pecado, las cadenas de la esclavitud a la que estábamos atados se rompen por el poder de Dios, el evangelio. Pablo decía hermanos que él no se avergonzaba del evangelio, ¿por qué? Porque era poder de Dios para salvación de los hombres, al judío primeramente, pero también al griego. Al judío y al samaritano, al peruano y al musulmán. Al pobre y al que tiene abundancia, al enfermo y al sano, al cojo y al ciego o al que tiene todas sus facultades físicas, Todos necesitamos de un Salvador y ese Salvador es el Señor Jesucristo y Él nos llama en esta oportunidad a tener fe en El y confesarle como Señor y Salvador.

En este maravilloso escenario de sanidad divina, uno de los diez leprosos, al ver que había sido sanado, volvió a buscar a Jesús y lo hizo de la siguiente manera: (1) glorificando a Dios en alta voz, (2) cayendo postrado sobre su rostro a los pies del Señor, y (3) dándole gracias. ¡Qué hermoso cuadro de la respuesta de un pecador que ha sido salvado por el Señor. Este hombre, así como se esforzó y alzo su voz para clamar por su necesidad, así también alzo su voz para agradecer a Dios por el milagro recibido. Lo hizo dándole la gloria al Señor, postrándose y adorando y dando gracias. La gratitud a Dios está muy relacionada con la salvación, con la fe, con la obediencia y con la adoración. Más bien, la ingratitud es una de las marcas de los inconversos. Miremos lo que dice la Palabra de Dios en Romanos 1:21 (“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido“). Pablo dice lo mismo en 2 Timoteo 3:2 (“Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos“).

Este hombre, aunque era samaritano, reconoció su necesidad, clamo a Jesús, obedeció la Palabra de Jesús, fue sano de su lepra y fue sano también de su pecado y eso se evidencia porque el regreso. Antes de regresar a su casa, antes de disfrutar de su nueva vida, antes de aprovechar las oportunidades que su sanidad le presentaba, el acudió donde el Maestro, quien le había sanado, Lo hizo en adoración, en alabanza y gratitud. Este es el cuadro de un hombre que ha nacido de nuevo, que está agradecido al Señor y que le ama. El que hace unos instantes estaba muriendo en vida, hediondo, lleno de moscas y heridas y pus, amargado, resentido, dolido, avergonzado y despreciado por todos ahora saltaba, brincaba, se arrodillaba, lloraba, alababa y daba acción de gracias a Dios porque había recibido una nueva vida.

Sin embargo, cuantos hermanos ahora se gozan en las razones equivocadas y se olvidan de que si no estamos agradecidos por la salvación que hemos recibido, mostramos un corazón incrédulo y nunca podremos tener una buena relación con Dios. ¿Estas agradecido a Dios por la salvación que has recibido? Si es así, entonces ¿estas alzando tu voz para confesar a Jesús ante los demás? ¿Estas postrándote en adoración y oración al Señor todos los días? ¿Estas siempre dándole gracias al Señor por todo? La Biblia dice en 1 Corintios 15:57 que “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” y también nos dice en 1 Tesalonicenses 5:18 que “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús“. Un creyente verdadero es agradecido al Señor, en primer lugar porque ha sido salvo de la condenación eterna, y también por las demás cosas, las buenas y las malas, porque el creyente entiende que su Señor es soberano en todo y que Él tiene control sobre toda circunstancia de la vida. Las buenas cosas que Dios permite son muestra de su favor y misericordia, las malas cosas que Dios permite, son para nuestra edificación, madurez y también son muestras de su favor y misericordia pues Dios nos está conformando a la imagen de su Hijo Jesucristo.

Alabanza, adoracion y accion de gracias a Dios es lo que se espera de cada creyente

3. Siguiendo las prioridades correctas (v. 17-19)

Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado

Al ver que solo uno de los diez leprosos regreso a dar gracias a Dios, y que encima el que regreso era samaritano y no judío, Jesús hace 3 preguntas que nos ayudan a meditar donde esta nuestro corazón y cuan agradecidos somos o no a Dios:

La bendición de Dios es para todos los que acuden a los pies del Señor Jesús. No hay distinción racial, ni de color, ni de educación o de condición económica. Si tienes fe y acudes a los pies del Señor te pones en el lugar de la bendición de Dios pues Dios se agrada de todo aquel que tiene fe.

No todos reconocen la bendición de Dios. La mayoría de las personas que reciben una bendición de Dios no la reconocen, ni agradecen lo que Dios ha hecho. Ellos solo querían una solución para sus problemas, no querían realmente conocer a Dios, ni ser por El enseñados. Muchos vienen a Jesús por los panes y los peces y cuando se acaban estos o cuando reciben lo que querían, se van, no son leales al Señor, no le aman ni le quieren conocer.

Dios siempre se reserva un remanente que le da gloria. Como en toda la historia de la Biblia, Dios siempre se ha guardado para sí mismo un remanente, un grupo de personas que en medio de este mundo ingrato y enemigo de Dios, le reconocen, le aman y le agradecen. Solo uno, el 10% de los que fueron sanados regreso, y fue el que menos se esperaba. No era un judío de pura cepa, no fue un hebreo de hebreos, no fue un orgulloso fariseo, intelectual. No fue un adinerado miembro del pueblo de Dios, sino un humilde samaritano, un perro (así es como les llamaban), un extranjero, un foráneo, un ajeno al pueblo de Dios. Él fue quien con corazón humilde reconoció la gracia de Dios, vio su condición anterior, vio su condición actual y entendió que todo lo que había recibido y tenía lo tenía porque la misericordia de Dios es para siempre.

El evangelio divide a la humanidad entre los salvos y los no salvos, quienes han sido iluminados por el conocimiento de Dios y han visto al Salvador y por ende no tienen otra cosa que hacer que correr a sus pies. Cuando la multitud se apartaba de Jesús, solo unos pocos se quedaron con El y uno de ellos dijo “Señor, a quien iremos, si solo tú tienes palabras de vida eterna“. Solo quienes ven la mano de Dios, pueden estar agradecidos con Dios y adorarle por sus infinitas misericordias. Solo aquellos que han visto a Jesús como Señor y Salvador pueden decir como decía el Salmista: “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, El que sana todas tus dolencias; El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias; El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila. Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia. Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras. Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen” (Salmos 103:1-11).

Nunca olvides lo bueno que es Dios!

El hombre que fue sanado recibe entonces de Jesús la orden “Levántate y vete, tu fe te ha salvado“. Levántate de la vergüenza que tenías y ve a una nueva vida de libertad y gozo. Tu fe en mí, dice el Señor, te dio sanidad física y sanidad espiritual. No más lepra ni condenación. Tal es el poder del Bendito Salvador. Su sangre es poderosa y puede sanar y limpiar toda mancha de tu vida. ¿No quieres acudir al Salvador hoy? Y si ya le has conocido, ¿estas agradecido con su salvación? Si la salvación no produce en ti acción de gracias, nada más lo hará. Tienes un corazón de piedra, insensible y muerto. Pero si estas agradecido al Señor, entonces le adoraras, le alabaras de todo tu corazón, le cantaras, le darás todo lo que tienes, le servirás, aprenderás su Palabras y confesaras su poderoso nombre, el nombre de Jesús, delante de todo aquel que demande razón de tu esperanza, sin vergüenza, porque lo que antes eras ya no lo eres más. Eras leproso, pecador, muerto en tus delitos y pecados, pero ya no más. Ahora el Señor te ha enviado al mundo para que el mundo vea lo que Dios puede hacer con aquel o con aquella que tiene fe en Jesús.

Tenemos que reconocer que en todo tiempo Dios ha sido, es y será bueno

Amen!

Gloria a Dios!

En el 2015 Dios fue bueno, en el 2016 lo seguirá siendo porque Dios es bueno!!!