En este día especial acostumbramos honrar a nuestras madres, dándoles gracias por su dedicación, compromiso, amor, tierno cuidado y esfuerzo por criar a sus hijos. El amor de una madre realmente es un amor poderoso, incondicional, que ha brillado y brilla aun en medio de esta sociedad que está sumida en oscuridad. Pero como todo amor humano, tiene un límite, y es allí donde nos encontramos con la realidad de un amor superior, infinito, supremo, perfecto, el cual es el amor de Dios. Una madre daría todo por sus hijos pero ¿qué puede hacer cuando sus hijos están en peligro más allá de tus fuerzas? ¿Qué hacer cuando la necesidad sobrepasa la capacidad de una madre? ¿Hasta dónde es capaz de llegar una madre por amor a sus hijos? Hoy vamos a hablar de una madre, y no de una madre cualquiera, sino una ejemplar, abnegada y dispuesta a todo por amor a su hija.

La Palabra de Dios nos narra el caso de una madre, una mujer gentil que tenía todas las posibilidades en contra y que se encontraba desesperada por causa de su hija que estaba endemoniada. Esta mujer se entera de la llegada del Señor Jesús y a pesar del aparente rechazo inicial ella levanta un clamor, se postra en oración y pone en ejercicio su fe para poder recibir de parte de Dios una solución para su hija. Por causa de su fe, llama la atención del Señor y recibe el milagro de la liberación de su hija, dejando el testimonio de lo que una madre puede hacer por amor a sus hijos y de lo que el Padre Celestial hace por sus hijos que acuden a Él con fe y disposición de corazón.

Leamos por favor el evangelio de Mateo, capítulo 15, versos 21 al 28:

“Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas pérdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora”

1. El clamor de una madre se abre camino en medio de las circunstancias (v. 21-23)

Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros

Para poder entender esta historia tenemos que tener en cuenta dos cosas: Primero, que tanto Mateo como Marcos narran este evento desde diferentes perspectivas. Combinando ambos detalles podemos tener un panorama mejor y más claro de lo que está realmente sucediendo aquí. Leamos entonces Marcos capítulo 7, versos 24 al 30:

Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse. Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y siro fenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama

Lo segundo que tenemos que tener en cuenta es que este pasaje se encuentra en el contexto de una anterior discusión de Jesús con los fariseos acerca de lo que realmente contamina al hombre. El pueblo judío había colado el mosquito y tragado el camello; es decir, se habían enfocado tanto en los aspectos rituales que habían olvidado el espíritu de la ley y habían usado la ley para crear distancia, para sentirse superiores y para discriminar a los demás. Ellos le daban más importancia a la ofrenda que al honrar a sus padres, ellos le daban más importancia a lavarse las manos que a la misericordia, la justicia y el amor. Hacían distinción entre ellos y los gentiles, llamándolos despectivamente perros; porque ellos tenían rituales muy escrupulosos para limpiarse, para alimentarse y para vivir. Jesús les enseña que lo contamina al hombre no es lo que entra del hombre, sino lo que sale de él. La codicia, la envidia, el rencor, el odio, la ira y demás pecados nacen en el corazón del hombre y por mas rituales que las personas puedan ejecutar, o por mas barnices y capas de religiosidad que las personas puedan poner sobre si, nada puede quitar estos pecados del corazón sino la sangre de Cristo y el poder del Espíritu Santo. 

Después de esta discusión, Jesús se va de Genesaret, donde se encontraba, hacia la región gentil de Tiro y Sidón, pertenecientes a la antigua región de Sidón. En los tiempos de Jesús, estas ciudades pertenecían a la provincia romana de Siria. Dice la Escritura que Jesús entro con sus discípulos en una casa para evitar que los descubrieran pero eso fue imposible. Vemos en Marcos 3:7-9 que la fama de Jesús ya había precedido esta visita en regiones gentiles como Tiro y Sidón: “Jesús se fue con sus discípulos a la orilla del lago. Los seguía mucha gente que había oído hablar de las cosas que él hacía. Era gente de las regiones de Galilea y de Judea, de la ciudad de Jerusalén y de Idumea. Algunos venían también del otro lado del río Jordán, y de los alrededores de las ciudades de Tiro y de Sidón. Como había tanta gente, Jesús les pidió a sus discípulos que prepararan una barca, para que la gente no lo apretujara. Aunque Jesús había sanado a mucha gente, todavía quedaban muchos enfermos que lo rodeaban y que querían tocarlo para quedar sanos“. Seguramente lo que Jesús quería era distanciarse un momento de la oposición judía y dedicar un tiempo de descanso con sus discípulos, para guiarles, enseñarles y estar con ellos. En estas circunstancias es donde vemos que aparece en escena una madre gentil. Mateo nos dice que era una mujer cananea que vivía en aquella región. Marcos nos especifica que era siro fenicia de origen, hablaba griego y tenía una hija que tenía un espíritu inmundo. Mateo añade a ello que su hija era gravemente atormentada por un demonio. Esta era una mujer que tenía todo en contra: era gentil, no conocía la Palabra de Dios, era despreciada por los judíos, no se nos dice nada de su marido o de su familia, lo único que se menciona es que su hija era atormentada gravemente por un demonio y la Biblia en otras oportunidades nos ha mostrado los estragos que estos seres espirituales causaban en las personas: “Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua” (Mateo 17:14-15), comparando con: “Y he aquí, un hombre de la multitud clamó diciendo: Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que tengo; y sucede que un espíritu le toma, y de repente da voces, y le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y estropeándole, a duras penas se aparta de él” (Lucas 9:38-39). Por último, compare con: “Y respondiendo uno de la multitud, dijo: Maestro, traje a ti mi hijo, que tiene un espíritu mudo, el cual, dondequiera que le toma, le sacude; y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera, y no pudieron” (Marcos 9:17-18). ¿Imaginas la situación de esta madre? ¿Su desesperación? ¿Su impotencia al contemplar día tras día a su amada hija ser consumida por este mal para el cual ella ni nadie en este mundo tenían la menor capacidad de curar? Debía ser un dolor indescriptible el poder ver a tu hija destruirse poco a poco por el maligno influjo de este demonio malvado. En esa crítica situación, ella oye hablar de Jesús y nos dice la Escritura que ella acudió a seguir a Jesús y sus discípulos mientras clamaba: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. La palabra usada por Mateo indica que la mujer llegó llorando en alta voz, clamando, gritando desesperadamente por la situación en la que se encontraba. Es interesante que ella supiera tanto de Jesús, al punto de llamarlo Señor, Hijo de David. Este era un término familiar para los judíos, pero para una mujer que no tenía nada que ver con los judíos, tal afirmación significaba que ella había investigado, había preguntado, se había esforzado en buscar y saber más de ese Jesús del que todos hablaban. Los fariseos lo rechazaban, los judíos no lo reconocían. Una gentil, un “perro” como ellos lo llamaban, declara el titulo real de Jesús: Hijo de David, heredero del trono de Israel, el Mesías de Dios, el Cristo, el Ungido del Señor. Ella había llegado al límite de su capacidad. Ni ella ni ningún medico en este mundo podía curar a su hija. Ella acudió a quien entendía tenía todo el poder y la autoridad: El Ungido Soberano de Israel, el Señor Jesús. Le pide misericordia, le pide compasión, favor, gracia y auxilio en medio de la situación en la que se encontraba. Hermano, esto nos muestra una verdad clara de las Escrituras: Si tienes necesidad, debes clamar. Me causa mucha curiosidad cuando encuentro personas que dicen: “Bueno, si tengo muchos problemas, si Dios quiere me ayudará“. “Estoy esperando la respuesta de Dios por mi crisis“. “Si Dios quiere, si es su voluntad espero me ayude a superar esta crisis“. ¿Realmente es una necesidad? ¿Realmente es una crisis? La Biblia dice: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias” (Salmos 34:4-6). Si tienes una crisis debes clamar a Dios. Muchos no quieren clamar a Dios porque no tienen una vida de santidad y piensan “¿para qué voy a orar si Dios no me va a escuchar?“. Mira lo que dice la Escritura: “Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica. Jehová, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:1-4).

Vemos hasta el momento una crisis, una mujer que clama al Señor, que acude al lugar correcto; pero recibe una respuesta que no esperaba: silencio de parte del Señor. No solo eso, sino recibe desprecio de parte de los discípulos, que ni siquiera se dignan a mirarla o a dirigirle palabra, sino que hablan con Jesús, diciéndole: “Despídela, porque grita detrás de nosotros. Esta gentil apartada de Dios y de todo lo bueno, nos molesta con sus gritos, ¿por qué no la botas?“. Casi podemos imaginar las caras de los discípulos del Señor, con sus ojos llenos de orgullo, pensando de esta mujer que lo que sufre se lo merece por no ser parte del pueblo de Dios. Bueno, se puede entender en parte porque estos hombres aún tienen el corazón endurecido, aun no tienen al Espíritu Santo en sus vidas, aun no entienden el propósito de Dios, el amor, la gracia; pero ¿el Señor? ¿Por qué calla? ¿Por qué no la atiende, como lo hace con muchas personas cuando acudían a Él por sanidad o liberación? ¿Es que acaso no hay misericordia para una mujer gentil, que no ha tenido el privilegio de nacer judía? Esto nos lleva a considerar porque a veces el Señor calla en medio de una crisis, cuando clamamos a Él y parece que no hay respuesta. Una niña endemoniada, un hogar destruido, una madre desesperada que clama en busca de ayuda al Señor, unos discípulos intolerantes y orgullosos, y el silencio del Señor. Esta mujer tenía la actitud correcta, fue el lugar correcto, pero aun así tenía todo en contra: no era judía, estaba alejada del pueblo de Israel, era despreciada por los discípulos del Señor y aparentemente fue ignorada por el Señor al que ella acudió en clamor y lágrimas.

El clamor de una madre que se abre paso en medio de sus circunstancias

2. La postración de una madre llama la atención de Dios (v. 24-26)

El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos

El relato de Mateo continua con la respuesta del Señor Jesús a sus discípulos: “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel“. La Escritura nos dice que la mujer no esperó a recibir respuesta de los discípulos, sino que vino hasta donde estaba el Señor y se postró ante sus pies, insistiendo: “¡Señor, socórreme!”. Jesús esta vez le responde directamente a ella diciendo: “No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos“. Esta frase parecería ofensiva pero si leemos el relato paralelo de Marcos podremos entender mejor este asunto: “Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos“. Uniendo ambos relatos, lo que el Señor le estaba diciendo a la mujer es que su misión estaba dirigida a la casa de Israel y que ellos tenían la prioridad y la preeminencia en el plan de Dios en ese momento. Los judíos llamaban despectivamente a los gentiles “perros” pero el Señor les llama “perrillos” o perros pequeños que se criaban en casa. El Señor Jesús estaba declarándole lo que la sabiduría de Dios había determinado: 

  1. Que la salvación provenía de los judíos (Juan 4:22),
  2. Que la salvación se debía anunciar a los judíos en primer lugar (Romanos 1:16) y
  3. Pasara lo que pasara, Dios jamás ha desechado a su pueblo (Romanos 11:1-2)

Esto no significa que el amor de Dios no estaba disponible para los gentiles o que los gentiles no tenían lugar en el plan de Dios, sino que el gran misterio de Dios es que en Cristo Jesús, el derribaría la pared que nos separaba. Los gentiles si tenían lugar en el plan de Dios como lo dice la Escritura: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (Efesios 2:11-16). No hermanos, no se confundan, siempre los gentiles estuvieron en el corazón de Dios, siempre estuvo presente en el plan de Dios el momento en que gente de toda tribu, lengua y nación adorarían delante del trono del Señor por la eternidad. Lo que el Señor le estaba diciendo a la mujer era que no estaba bien que se cambiara el plan de Dios, dándoles prioridad a los gentiles antes que a los judíos. Pero eso por ningún motivo significaba que el Señor había desechado el clamor de esta mujer. Y para ella también era claro que no había llegado tan lejos para volverse atrás. Había clamado y ahora se encontraba postrada delante del Señor, reconociendo su autoridad y poder, delante de la presencia misma del Señor y no iba a darse vuelta así sin más. 

Mateo y Marcos registran que esta mujer se postró ante Jesús. Esta es la palabra griega προσκυνέω que básicamente es traducida en el Nuevo Testamento por adorar. Es un término propio de los creyentes que adoran a Dios, de los judíos que adoran a Dios, de los seres celestiales que adoran a Dios; pero es muy extraño ver a un gentil pagano, que no tiene mayor conocimiento de Dios no solo invocar al Mesías de Dios sino postrarse ante El en la postura clásica de la adoración. Esta mujer pudo haberse lamentado de su situación pero no lo hizo, ella clamó. Esta mujer pudo haberse ofendido al recibir el silencio del Señor, el desprecio de los discípulos o el calificativo de “perrillo” pero no lo hizo, ella se humilló aún más, postrándose ante el Señor, reconociendo su posición delante de Dios. Y es que cuando venimos a la presencia del Señor en humillación, debemos hacerlo sin exigencias o condiciones. No venimos a exponer nuestros términos delante del Señor, simplemente venimos a derramar el corazón delante de Dios, a clamar, a llorar, a orar, a pedir, a suplicar, a rogar, a dejarlo todo en la presencia del Señor y allí no caben formas o condicionamientos. Esta mujer había llegado demasiado lejos y no era el momento de rendirse.

La humillación de una madre que llama la atención de Dios

3. La fe de una madre mueve la mano de Dios (v. 27-28)

Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora

Por último, ante esta respuesta del Señor que pudiera ser interpretada como una negativa, ella responde con sabiduría y humildad: “Sí Señor, soy un perrillo, soy una gentil pagana, alejada de Dios y de todo lo bueno. Es cierto, la salvación viene de los judíos, y a ellos les debe ser predicada en primer lugar; pero así como en casa de los amos, los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de ellos, así los gentiles pueden beneficiarse de la misericordia y las bendiciones que Dios ha extendido a su pueblo Israel“. ¿Entiendes esta respuesta hermano? Esta mujer está siendo brutalmente honesta consigo mismo y con Dios. Ella está reconociendo quien es realmente. Ella no está exigiendo derechos, ella no está reclamando bendiciones, ella no está pactando, confesando o demandando nada, ella simplemente está diciendo “Amen, Señor, lo que tú dices es cierto. No tengo oportunidad, estoy perdida; sin embargo la base de mi clamor no está puesta en alguna condición que pueda cumplir que me haga merecedora de tu gracia, mi clamor se fundamenta en la poderosa y eterna verdad de que Dios tu eres misericordioso, bueno y que al corazón contrito y humillado jamás el Señor despreciará”. Esto me hace recordar al salmo 143 que dice: “Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia. Y no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano” (Salmo 143:1-2). Esta mujer entendió la base de la fe y la eficacia de la oración: no es por nuestros méritos, sino solo por la gracia de Dios. Su confianza no estaba puesta en nada que pudiera hacer sino solamente en la persona  misma del Señor y en su deseo de bendecirla y responder su oración a pesar de que ella no era judía, ni religiosa. 

Esta mujer pudo haber exigido, pudo haber apelado a mil y un argumentos y la respuesta siempre hubiera sido la misma: No; sin embargo, ella solo descanso en la atrevida petición de que pudiera, por gracia, beneficiarse de las gotas de la misericordia de Dios que salpicaban del rio de gracia que caía primero sobre la nación de Israel. Y su clamor tuvo respuesta: el Señor le dijo “Oh mujer, grande es tu fe, que te suceda como deseas“. Marcos nos dice que “Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija“. Lo que muchos judíos y religiosos fariseos no consiguieron por la dureza de sus corazones, su incredulidad y su ciego orgullo, esta mujer consiguió por su clamor, su postración y su fe. Muchos judíos oyeron al Pan de vida hablar y no quisieron recibir la bendición, esta mujer se conformó con migajas y recibió una tremenda bendición. Ella volvió a su casa y encontró a su pequeña, su amada hija, por la que fue capaz de hacer lo impensable, acostada sobre su cama descansando. ¡No había más demonio! ¡No más dolor! ¡No más llanto! ¡No más destrucción! ¡Su hija había sido sanada tal y como el Señor lo dijo! ¿Puedes imaginar la alegría que llenaría el corazón de esa madre al ver a su hijita, su princesa sana y salva despertar y verla con una gran sonrisa en los labios y ojos vivos y alegres, como siempre debió estar? No hay mayor alegría para un padre o una madre que saber que nuestros hijos son felices y están bien. Si eres padre, sabes lo que esta mujer sintió al ver libre a su pequeña; pero el asunto no es este, el punto es como llegó allí. Aquí vemos tres aspectos:

  1. Ella clamó a Dios en medio de su crisis, derramando su corazón delante de Él y exponiendo su causa ante el Señor de los Ejércitos. Ella no dejo lugar a la queja y la murmuración.
  2. Ella se postró ante Dios, reconociéndole, sometiéndose a Él y esperando de El la respuesta a su clamor. Ella no quiso controlar la situación, sino que dejo el asunto en las manos de Dios.
  3. Ella tuvo fe en Dios, entendiendo que el sustento de la fe es la gracia de Dios, no los méritos humanos. Su confianza no estaba en sí misma, sino en la misericordia del Dios al que había clamado y ante el cual se había postrado. Este es el asunto central de este relato y la idea central de lo que el Señor Jesucristo quería enseñar a sus discípulos: la naturaleza de la verdadera fe. Antes de este relato, vemos la incredulidad y la religiosidad de los fariseos, después de este relato vemos la incredulidad y dureza de corazón de los discípulos al no creer que Jesús puede alimentar a una multitud con unos pocos panes. Entre estos relatos, la fe sencilla, humilde, atrevida de esta mujer relucía como una joya en medio del barro, como una estrella reluciente en medio de la oscura noche. ¿Qué es pues la verdadera fe? Es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Es el descanso del alma al considerar no los méritos propios sino la gracia soberana de Dios quien perdona al pecador, no le toma en cuenta sus pecados y le otorga bendición. Por la fe sabemos que Dios amó de tal manera al mundo que ha dado a su Único Hijo, lo ha entregado a la muerte, para que todo aquel que crea en Él no se pierda más tenga vida eterna. Lo ha entregado a la muerte porque todos los seres humanos merecemos la condenación por nuestros pecados. Somos como la mujer siro fenicia, perdidos, alejados de Dios y de todo lo bueno, con todo en contra, rechazados, despreciados; pero por el gran amor con que Dios nos ha amado, El sufrió en la cruz el pago por nuestros pecados y en esa cruz Dios cargó sobre su Hijo todo el pago por la maldad del mundo. Cristo murió pero resucito al tercer día, ascendió a los cielos y hoy está sentado a la diestra del trono de Dios escuchando el clamor y respondiendo la oración.

La fe de una madre en acción mueve la mano de Dios

Conclusiones

Hermanos y amigos, Dios nos hace una invitación el día de hoy: Él te invita a reconocer tu necesidad, tu condición delante de Dios. Estas perdido, estas en crisis, angustiado, abatido, sin esperanza, preso de tu pecado, esclavo de adicciones, de penas, de pesar. Tus múltiples pecados pesan sobre ti y el fuego del infierno arde sobre tus pies ya. Pero hoy Dios te invita: clama a mí y yo te responderé. Clama al Señor, invoca su nombre porque la Biblia dice que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. Porque si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y creyeres en tu corazón que Dios le levanto de los muertos serás salvo, porque con el corazón se cree para justicia pero con  la boca se confiesa para salvación. 

Póstrate ante el Señor, clama ante El, reconoce tu condición y reconócelo a Él como soberano Dios sobre todas las cosas. Acude a Dios pidiendo misericordia, no confiado en ti mismo, en tu aparente bondad o en algún merito tuyo, sino solamente en la bondad y gracia de Dios a través de los méritos de Cristo Jesús. Solo de otra persona en las Escrituras se dice que tenían una fe muy grande y era otro gentil, un centurión romano: “Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo. Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga. Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero dí la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Lucas 7:2-9)

Es un asunto de fe. Se trata de clamar a Dios, humillarnos ante Dios y creerle a Dios. ¿Qué harás? En esta noche te animo a seguir el ejemplo de esta madre que clamó, que se humilló y que creyó; y pudo así ser de bendición a su hija. 

Amén!

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