Una de las marcas de un verdadero hijo de Dios es que tiene una fe genuina en el Señor Jesucristo que significa que esa persona ha nacido de nuevo, ha sido engendrada de Dios y por ende es capaz de amar a Dios, amar a los hermanos, obedecer la Palabra de Dios y vencer a este mundo pecador. La vida de un creyente es una vida de amor, santidad, comunión y victoria sobre este mundo, sobre el pecado, sobre la maldad, sobre todas las cosas que este mundo degenerado y pecador ofrece. Para ello, leamos por favor 1 Juan, capítulo 5, versos 1 al 5:

Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

  1. Una fe vencedora es una fe que ama (v. 1)

Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él

Una de las características mas importantes de la fe cristiana es que es sobrenatural: no solo es una creencia humana intelectual que alguna persona puede tener en un momento, sino que Juan declara algo maravilloso: Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, esto es, todo aquel que realmente es un cristiano, es nacido, engendrado de Dios. Esto es revelador, porque el apóstol Juan nos está enseñando el origen de la fe que todos los creyentes tienen. Esa fe no viene de la intelectualidad, esa fe no viene como herencia de los padres, no se aprende en un salón de clases, no la puedes recibir de nadie, esa fe viene directamente de Dios. Cuando el Señor Jesús preguntó por su identidad a sus discípulos, Pedro confesó: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mateo 16:16-17). Nuestro Dios es el dador de la fe, el autor y consumador de la fe que hemos recibido para creer en el nombre del Señor Jesucristo y ser salvos. Para el ser humano le es imposible entender y comprender por sí mismo los asuntos espirituales, porque está muerto en sus delitos y pecados y no puede ser salvo. Pero gracias a Dios que nos ha dado a su Único Hijo como provisión para la salvación y nos da la fe que viene por el oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Por lo tanto, el creyente tiene un origen sobrenatural, es engendrado de Dios, como nos lo dice el mismo Juan en el primer capítulo de su evangelio: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12-13). Pedro también manifiesta esto con respecto a la fe de los creyentes: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:22-23). 

Además de esto, Juan dice: “y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él“. Esa fe sobrenatural, maravillosa, ese regalo hermoso que hemos recibido de parte de Dios tiene 2 implicancias poderosas: amamos a Dios y amamos al que ha sido engendrado por El, esto es a Cristo mismo y a los hermanos en la fe. Si he nacido de nuevo y soy un creyente amo a Dios y amo a los hermanos, amo la iglesia del Señor, amo congregar, amo servir, amo cantar a mi Dios, amo su bendita Palabra, amo pasar tiempo con los hermanos, amo predicar el evangelio, amo las cosas que Dios ama y empiezo cada vez más a aborrecer lo que Dios aborrece. Una vida victoriosa es una vida donde dejamos de hacer las cosas del mundo, el pecado y sus terribles consecuencias y empezamos a hacer de corazón la voluntad de Dios. Ahora, dado que la fe es sobrenatural y dada por Dios las evidencias de esa fe deben manifestarse en la vida de todo creyente. Esto quiere decir que para el creyente que está en plena comunión con el Señor esto no debe ser un esfuerzo o una carga, sino todo lo contrario, es algo que fluye de manera natural. Si pecamos o no tenemos comunión con Dios, si andamos en desobediencia, entonces el corazón se endurece, la mente se cierra y se vuelve necia, el servicio se vuelve una carga, los problemas nos agobian y nos volvemos egoístas, centrados en nosotros mismos, no queremos saber más de nadie ni queremos que nadie sepa de nosotros. Nos aislamos y pensamos que así estaremos bien, pero eso no es lo correcto. Dios nos llama a amarle y amar a los hermanos. Vivir en amor, en libertad, en fe, en servicio, en esfuerzo, en gozo es lo que Dios quiere de sus hijos. No hay paz más grande que poner tu cabeza en la almohada y saber que no tienes asuntos pendientes con Dios, ya te has arrepentido y has confesado todo pecado ante El; y que tampoco tienes asuntos pendientes con ningún hermano.

En paz con Dios y con los hombres

  1. Una fe vencedora es una fe que obedece (v. 2-3)

En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos”

 

Otra de las características de una fe vencedora es que no es algo místico, nebuloso, mágico. Es una fe aunque sobrenatural, muy racional, es entendible, se puede examinar. Es decir, como creyentes nos podemos evaluar para saber si estamos andando en la senda correcta y esa fe que hemos recibido de Dios la estamos guardando con integridad. ¿Cómo sabemos que estamos amando a Dios? ¿Por nuestras palabras? ¿Por cómo cantamos? ¿Por cuantos versos bíblicos o doctrinas nos sabemos de memoria? ¿Por cuánto tiempo pasamos sirviendo? Mucho cuidado de pensar que estas cosas indican que amamos más a Dios. Servir hasta el agotamiento no sirve de nada y a veces puede ser pura religiosidad. Sabemos que amamos a Dios en que amamos a los hermanos. Amor hacia nuestro prójimo, dejar el egoísmo, la individualidad, la codicia y estas cosas, esto es la mejor evidencia de que amamos a Dios a quien no vemos, cuando amamos a los hombres a quienes si podemos ver. La segunda cosa que evidencia que tenemos una fe victoriosa es que obedecemos los mandamientos de Dios. Dos columnas en la vida cristiana: amor a los hermanos y obediencia a Dios.

Porque este es el amor a Dios, dice Juan, no en que lo digamos porque hay muchos que se llenan la boca hablando y prometiendo y jactándose de cosas que ni saben ni entienden. Muchos hay que dicen muchas cosas. Hermanos, el papel aguanta todo, el teclado también; pero la verdadera medida de nuestro amor a Dios no es un sentimiento de deuda hacia Él, sino un sentimiento de gratitud hacia Dios, expresada en la obediencia a los mandamientos de Dios; porque Juan dice, estos no son gravosos, osea no son pesados, no son difíciles, no es una carga pesada para quien ama a Dios. Recuerda por un momento cuando estuviste enamorado. A ti no te importaba si tenías que caminar cuadras de cuadras para ver a tu amada. No te importaba si ella pedía un plato costoso en el restaurante y tú solo pedias agua, porque estabas enamorado, la amabas y harías lo que fuera por ella. Ni el sueño, ni el cansancio, ni el frio, nada podía robar el gozo de tu corazón al saber que tu persona amada era feliz y que tu podías hacerla feliz. Siendo padres uno sería capaz de dejar de dormir, de comer, de lo que sea por amor a nuestros hijos, por verlos felices. Su gozo es nuestro gozo, su alegría es nuestra alegría. ¿No debe ser lo mismo para con Dios? Por supuesto. ¿Cuándo los mandamientos de Dios no son gravosos? Cuando amamos a Dios, cuando estamos enamorados de Él. Cuando tenemos el corazón lleno de amor y gratitud para con Dios no existen excusas. Una vigilia no es pesada, dejar de comer, levantarnos más temprano, servir hasta más tarde, predicar, enseñar, ayudar en la obra de Dios, dar de nuestro dinero, nada, absolutamente nada es difícil cuando estamos apasionados, enamorados, agradecidos con Dios. Pero cuando nuestro corazón ha perdido el gozo, cuando se ha endurecido por el engaño del pecado, cuando hemos dejado de pasar tiempo en la presencia de Dios en oración, cuando hemos dejado de lado su Palabra y nuestra mente está cada vez más llena de la inmundicia de este mundo y de sus engaños, entonces los mandamientos de Dios son pesados, gravosos, difíciles, incómodos. Empezamos a pensar que servir a Dios significa perdernos lo más divertido de la vida. Pensamos que es aburrido pasar tiempo en la iglesia cuando podría irme al cine con mis amigos (incrédulos por supuesto, porque si un amigo tuyo es un buen cristiano jamás te animara a desobedecer a Dios). Pensamos que servir a Dios nos quita tiempo para nuestras vidas y que Dios nos quiere esclavizar a una vida aburrida y monótona. Hermanos, ¡es todo lo contrario! La vida cristiana es la verdadera libertad, servir es el verdadero gozo y obedecer a Dios es la inteligencia, la sabiduría y la garantía de que todo nos ira bien en esta vida. ¿Acaso no recuerdas lo que Dios le dijo a Josué? “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:8-9). Pero la desobediencia a Dios trae tristeza, depresión, culpa, vergüenza, el gozo se va, las fuerzas se van, el mundo nos atrae, el orgullo llena nuestro corazón, las ideas necias llenan nuestra mente, dejamos de lado el sendero bueno y nos enfrentamos a las consecuencias. ¿Quieres saber cuáles son las consecuencias de alejarte de Dios?

Mira: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios. Bendito serás tú en la ciudad, y bendito tú en el campo. Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas. Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar. Bendito serás en tu entrar, y bendito en tu salir. Jehová derrotará a tus enemigos que se levantaren contra ti; por un camino saldrán contra ti, y por siete caminos huirán de delante de ti. Jehová te enviará su bendición sobre tus graneros, y sobre todo aquello en que pusieres tu mano; y te bendecirá en la tierra que Jehová tu Dios te da. Te confirmará Jehová por pueblo santo suyo, como te lo ha jurado, cuando guardares los mandamientos de Jehová tú Dios, y anduvieres en sus caminos. Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti, y te temerán. Y te hará Jehová sobreabundar en bienes, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu bestia, y en el fruto de tu tierra, en el país que Jehová juró a tus padres que te había de dar. Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo, y para bendecir toda obra de tus manos. Y prestarás a muchas naciones, y tú no pedirás prestado. Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo, si obedecieres los mandamientos de Jehová tu Dios, que yo te ordeno hoy, para que los guardes y cumplas, y si no te apartares de todas las palabras que yo te mando hoy, ni a diestra ni a siniestra, para ir tras dioses ajenos y servirles. Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán. Maldito serás tú en la ciudad, y maldito en el campo. Maldita tu canasta, y tu artesa de amasar. Maldito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, la cría de tus vacas, y los rebaños de tus ovejas. Maldito serás en tu entrar, y maldito en tu salir. Y Jehová enviará contra ti la maldición, quebranto y asombro en todo cuanto pusieres mano e hicieres, hasta que seas destruido, y perezcas pronto a causa de la maldad de tus obras por las cuales me habrás dejado. Jehová traerá sobre ti mortandad, hasta que te consuma de la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella. Jehová te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación y de ardor, con sequía, con calamidad repentina y con añublo; y te perseguirán hasta que perezcas. Y los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y la tierra que está debajo de ti, de hierro. Dará Jehová por lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti hasta que perezcas. Jehová te entregará derrotado delante de tus enemigos; por un camino saldrás contra ellos, y por siete caminos huirás delante de ellos; y serás vejado por todos los reinos de la tierra. Y tus cadáveres servirán de comida a toda ave del cielo y fiera de la tierra, y no habrá quien las espante. Jehová te herirá con la úlcera de Egipto, con tumores, con sarna, y con comezón de que no puedas ser curado. Jehová te herirá con locura, ceguera y turbación de espíritu; y palparás a mediodía como palpa el ciego en la oscuridad, y no serás prosperado en tus caminos; y no serás sino oprimido y robado todos los días, y no habrá quien te salve. Te desposarás con mujer, y otro varón dormirá con ella; edificarás casa, y no habitarás en ella; plantarás viña, y no la disfrutarás. Tu buey será matado delante de tus ojos, y tú no comerás de él; tu asno será arrebatado de delante de ti, y no te será devuelto; tus ovejas serán dadas a tus enemigos, y no tendrás quien te las rescate. Tus hijos y tus hijas serán entregados a otro pueblo, y tus ojos lo verán, y desfallecerán por ellos todo el día; y no habrá fuerza en tu mano. El fruto de tu tierra y de todo tu trabajo comerá pueblo que no conociste; y no serás sino oprimido y quebrantado todos los días. Y enloquecerás a causa de lo que verás con tus ojos. Te herirá Jehová con maligna pústula en las rodillas y en las piernas, desde la planta de tu pie hasta tu coronilla, sin que puedas ser curado. Jehová te llevará a ti, y al rey que hubieres puesto sobre ti, a nación que no conociste ni tú ni tus padres; y allá servirás a dioses ajenos, al palo y a la piedra. Y serás motivo de horror, y servirás de refrán y de burla a todos los pueblos a los cuales te llevará Jehová. Sacarás mucha semilla al campo, y recogerás poco, porque la langosta lo consumirá. Plantarás viñas y labrarás, pero no beberás vino, ni recogerás uvas, porque el gusano se las comerá. Tendrás olivos en todo tu territorio, mas no te ungirás con el aceite, porque tu aceituna se caerá. Hijos e hijas engendrarás, y no serán para ti, porque irán en cautiverio. Toda tu arboleda y el fruto de tu tierra serán consumidos por la langosta. El extranjero que estará en medio de ti se elevará sobre ti muy alto, y tú descenderás muy abajo. Él te prestará a ti, y tú no le prestarás a él; él será por cabeza, y tú serás por cola. Y vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te perseguirán, y te alcanzarán hasta que perezcas; por cuanto no habrás atendido a la voz de Jehová tú Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos, que él te mandó; y serán en ti por señal y por maravilla, y en tu descendencia para siempre. Por cuanto no serviste a Jehová tú Dios con alegría y con gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas, servirás, por tanto, a tus enemigos que enviare Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas; y él pondrá yugo de hierro sobre tu cuello, hasta destruirte. Jehová traerá contra ti una nación de lejos, del extremo de la tierra, que vuele como águila, nación cuya lengua no entiendas; gente fiera de rostro, que no tendrá respeto al anciano, ni perdonará al niño; y comerá el fruto de tu bestia y el fruto de tu tierra, hasta que perezcas; y no te dejará grano, ni mosto, ni aceite, ni la cría de tus vacas, ni los rebaños de tus ovejas, hasta destruirte. Pondrá sitio a todas tus ciudades, hasta que caigan tus muros altos y fortificados en que tú confías, en toda tu tierra; sitiará, pues, todas tus ciudades y toda la tierra que Jehová tu Dios te hubiere dado. Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que Jehová tu Dios te dio, en el sitio y en el apuro con que te angustiará tu enemigo. El hombre tierno en medio de ti, y el muy delicado, mirará con malos ojos a su hermano, y a la mujer de su seno, y al resto de sus hijos que le quedaren; para no dar a alguno de ellos de la carne de sus hijos, que él comiere, por no haberle quedado nada, en el asedio y en el apuro con que tu enemigo te oprimirá en todas tus ciudades. La tierna y la delicada entre vosotros, que nunca la planta de su pie intentaría sentar sobre la tierra, de pura delicadeza y ternura, mirará con malos ojos al marido de su seno, a su hijo, a su hija, al recién nacido que sale de entre sus pies, y a sus hijos que diere a luz; pues los comerá ocultamente, por la carencia de todo, en el asedio y en el apuro con que tu enemigo te oprimirá en tus ciudades. Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS, entonces Jehová aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, y enfermedades malignas y duraderas; y traerá sobre ti todos los males de Egipto, delante de los cuales temiste, y no te dejarán. Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido. Y quedaréis pocos en número, en lugar de haber sido como las estrellas del cielo en multitud, por cuanto no obedecisteis a la voz de Jehová tu Dios. Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en multiplicaros, así se gozará Jehová en arruinaros y en destruiros; y seréis arrancados de sobre la tierra a la cual entráis para tomar posesión de ella. Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres, al leño y a la piedra. Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo; pues allí te dará Jehová corazón temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma; y tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde! y a la tarde dirás: ¡Quién diera que fuese la mañana! por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos. Y Jehová te hará volver a Egipto en naves, por el camino del cual te ha dicho: Nunca más volverás; y allí seréis vendidos a vuestros enemigos por esclavos y por esclavas, y no habrá quien os compre” (Deuteronomio 28:1-68)

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  1. Una fe vencedora vence al mundo y sus deseos (v. 4-5)

Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Por último, la tercera característica de una fe vencedora es que vence al mundo y sus deseos pecaminosos. Si el mundo te atrae y no puedes vencer el pecado es porque tu corazón ha perdido el gozo, tu comunión con el Señor no está del todo correcta y tu fe se ha debilitado. El apóstol Juan dice que esto no es patrimonio de algunos “ungidos”, sino que todos, todos los creyentes, los que han nacido de Dios vencen al mundo. Y esta es la victoria dice Juan, nuestra fe. Es interesante que Juan dice que es nuestra fe la que vence al mundo y no nuestro talento, nuestro carácter, nuestra obediencia. Es nuestra fe, la cual recibimos en primer lugar de Dios, así que no es nuestra. En nosotros no hay fuerza para vencer a este mundo; pero en Dios sí. La Palabra de Dios dice: “Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zacarías 4:6). Es nuestra fe sobrenatural, maravillosa, que viene de Dios la cual nos hace vencer, porque nos ha dado nueva vida, nos ha dado una nueva mente, nuevos pensamientos que generan nuevas actitudes y nuevos comportamientos y  nuevos sentimientos de gozo y alegría en Dios. Lo triste es creyentes que tienen esa fe pero la tienen escondida, guardada, maltratada, pisoteada porque siguen teniendo la mente llena de la basura del pecado, la inmundicia de este mundo. Entonces viven derrotados, deprimidos, cayendo en pecado constantemente, tristes, sin esperanza, sin deseos de servir, con el corazón frio y entumecido, con un callo en el corazón y la mente y una venda en los ojos. Son incapaces de ver lo que Dios quiere hacer, no escuchan la voz de Dios, son sordos y viven anhelando y deseando volver a sus pecados y a la condenación de la cual Dios les sacó.

Pero ¿quién es el que vence al mundo? ¿El más preparado? ¿El que tiene riquezas? ¿El que tiene muchos amigos? No, el que vence a este mundo, el que vence al pecado, el que vence la basura, la derrota, la tristeza, la depresión y vive con gozo, con esperanza, lleno del Espíritu Santo, con alegría sirviendo a Dios y siempre puede salir victorioso de todos sus problemas es aquel que cree que Jesucristo es el Hijo de Dios, que se ha rendido a los pies de Dios, que le ama a Dios y por ende ama a sus hermanos en la fe y le obedece a Dios. Aquel que vive de rodillas delante del Señor, obedeciéndole, siendo agradecido con lo que Dios nos da, sea poco o mucho, aquel que esta tan enamorado de Dios que obedecer no es penoso ni una carga. Aquel que tiene su corazón escondido en Dios, que ante cualquier circunstancia solo mira a Dios, ese es el vencedor, ese es el que sigue adelante. Hermanos, quiero que medites en Daniel. Llego como un jovencito a Babilonia. Fue arrancado de su familia y llevado a una nación extraña, aprendió costumbres extrañas, fue alejado de todos, tuvo muchos enemigos en su vida, gente que lo quería destruir. Vio el castigo de Dios al pueblo de Israel por su incredulidad y desobediencia. Pero ¿sabes qué? Pasaron reyes, pasaron reinos, pasaron imperios, pasaron personas y años y nadie pudo derrotar a Daniel. Pasó Nabucodonosor, pasó Dario, pasó Ciro, pasó Belsasar, pasaron todos y Daniel permaneció firme como una roca. ¿Por qué? Porque este era un hombre que amaba a Dios, que le obedecía de manera radical, que ante cualquier situación el prefería obedecer a Dios. Si tenía que escoger entre su trabajo o Dios, el prefería a Dios. SI tenía que escoger entre su vida o Dios, el escogía a Dios. Por eso, porque puso siempre a Dios en primer lugar, Dios le dio el mejor de los trabajos y le dio una vida larga; porque cuando buscamos nuestra vida la perdemos pero cuando la entregamos a Dios, entonces la ganamos.

  • ¿Quieres vencer? Prefiere a Dios antes que a nada y lo ganarás todo
  • ¿Quiere vencer? Ama a Dios con todo tu corazón
  • ¿Quieres vencer? Ama a tus hermanos, sírveles, ama a la humanidad, predica el evangelio
  • ¿Quieres vencer? Obedece la Palabra de Dios
  • ¿Quieres vencer? Siempre mira a Jesús, ríndete a Él, reconócele como el Único Hijo de Dios, el Salvador de este mundo, tu Señor y tu Salvador

Oremos al Señor

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